Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

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domingo, 17 de marzo de 2019

La espiritualidad del Vacío



Kabir (1440-1518) fue, en palabras de Jesús Aguado (1961), «el más importante poeta devocional de la India». Del valor de esta corriente para la poesía universal nos ha informado el mismo exégeta en diversas traducciones, la última ¿En qué estabas pensando? (Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2017). Y el propio Aguado ha convertido esta fértil tradición que tan bien conoce en semilla creativa de uno de sus mejores libros, Los poemas de Vikram Babu (2000). De una manera sucinta estos serían los datos —el conocimiento histórico, la divulgación literaria y la creación apócrifa— que preceden al poema que da título a su nuevo libro, Dice Kabir y otros poemas (Pre-Textos, Valencia, 2019). 
    De Kabir el traductor Jesús Aguado ha explicado también el carácter sincrético tanto de su confuso origen como de su doctrina, que no solo utiliza «símbolos y creencias…. del hinduismo y del islamismo», sino que sitúa «sus enseñanzas más allá y al margen» de ambas corrientes. Y el poema que recupera en el título su nombre, 500 años después de fallecido, junto al verbo de dicción que introduce la enseñanza («Dice Kabir: / si encuentras la Palabra, / ¿qué más te queda por hacer?») prende en esta concepción sincrética. En una de las estrofas del poema Jesús Aguado reúne —y los une en sintagmas de una única frase— a Shiva, Kali, Buda, Mahaviras, Mahoma, Cristo, Zaratustra y Krishna. Ahora bien, en esta utópica relación de dioses y profetas falta un invitado. De hecho, el anfitrión de todos ellos en el presente: «Hermano, / en el centro del mundo es el Vacío / quien lo gobierna todo». La «Nada» y su poeta, Kabir, una voz que renace para anunciar su final: «Un Vacío que borra / con un gesto a Kabir y a sus hermanos». Este es el punto de partida filosófico del extraordinario poema que es «Dice Kabir»: la necesidad que tiene la religión del presente, la Nada, de conciliar su concepción de la vida con las religiones que le preceden, para crear, aunque resulte paradójico pensarlo, su propia espiritualidad. La intuición, ahora ya poética, de que Kabir, amparado por su heterodoxia religiosa, pueda ser el poeta del presente es el arranque del acierto del poema. Con su estilo anafórico, su lenguaje vivaz y la atención a lo concreto de su pensamiento, lejos de cualquier abstracción, Jesús Aguado ha sabido componer el gran poema filosófico de un presente abrumado por su paradójico dios, el que crea la inexistencia de cuanto existe. 
    El título añade un convencional… y otros poemas sobre el que el lector empieza a sospechar que no debe serlo tanto, pues la primera parte, «Dice Kabir», incluye otros dos poemas más y la segunda son los «Otros poemas». Uno y cinco, nombrados como tres y tres. Es posible que no haya ningún enigma en ello, salvo la enigmática condición de cuanto existe.
     Esos otros cinco extensos poemas forman en torno a «Dice Kabir» una sucesión de círculos a través de los cuales cobra protagonismo uno de los elementos esenciales de este epicentro. El círculo inmediato es, en el segundo poema del libro, la condición apócrifa. «La invención de la pólvora» es una antología apócrifa de poetas chinos sobre sus descubrimientos científicos, en la línea que abrió para la literatura española Max Aub otorgándole a la otredad la capacidad de creación no solo individual (como habían hecho Fernando Pessoa o Antonio Machado), sino como una voz colectiva dentro de la época que pone en cuestión a la propia época. Y este cuestionar resulta paralelo a la lección del Kabir apócrifo: «El Maestro, por fin, / le pidió prestadas su mente y sus manos / al Vacío».
    El siguiente círculo es el conocimiento y lo protagoniza el tercer poema, «Anillos de los árboles». Kabir solo puede encarnar la conciliación de las religiones porque las conoce. Y siendo ahora la Nada su dios, cuando lo que vive desaparece deja el rastro anillado en una caligrafía, como los árboles una vez talados. Este texto, de raíz erudita, aunque de una erudición muy próxima a la simple memoria del lector, convoca pensamientos de la literatura universal sobre el legado secreto de los árboles. El sentido de este poema, aunque cabría denominarlo con mayor propiedad sección, lo proporciona una cita de Edmon Jabès: «el camino del conocimiento no existe pero sí existen los anillos de los árboles».
    De estos dos poemas que completan junto a «Kabir dice» la primera parte de libro cabría realizar una observación. Es fácil detectar una tendencia común de la poesía contemporánea hacia el sincretismo de género. La concepción lírica con frecuencia busca su renovación en la absorción de rasgos propios de otros géneros, en general de índole narrativa o dramática. Jesús Aguado propone en sus últimos títulos (Hormigas en el cielo, de 2011, es otro ejemplo) una simbiosis singular ente la poesía y el ensayo. De hecho, ambas secciones, «La invención de la pólvora» y «Anillos de los árboles», presentan una estructura propiamente ensayística, con nota introductoria y biografía de los poetas el primero y con un aporte de datos en el segundo. Pero concebidos ambos como poemas, a partir sobre todo del papel que representan en el libro como extensiones hacia el ensayo de conceptos presentes en el poema central del libro, el que le da título. De una forma gráfica se podría explicar como de un tronco poético nacen ramas que se extienden y entrelazan con el fruto de otro tronco de carácter ensayístico, nutriéndolo con una impronta de distancia objetiva que innova el decir lírico.
    La segunda parte, «Otros poemas», añade tres círculos más al epicentro del poema de Kabir, aunque quizá no como nuevos conceptos añadidos, sino como interpretaciones en la vivencia del presente de los temas ubicados en un pasado mítico o histórico en la primera parte. Así, «Intemperie del deseo» es un descarnado poema sobre la herida que causa la pérdida del deseo —«Qué hacer cuando te sientes / deseado por nadie y siendo nadie, // vacío de vacío»—, en un claro paralelismo con el vacío metafísico del poema inicial. «Roquedal» es, a su vez, un estremecedor encomio de una otredad esencial que va mucho más allá del planteamiento de heterónimos y apócrifos: «si te acogen las rocas como roca, / merece esa quietud y ese silencio». Y el tercero, «Me acuerdo de María Zambrano», cierra el círculo abierto por el alegato de Kabir sobre el gobierno del vacío con el aporte de la experiencia personal del conocimiento: «Me acuerdo de que yo dejaba de ser yo / y me recomenzaba y me extinguía / como un puente quemándose antes de construirse». Es decir, también el tiempo del dios paradójico de la Nada posee su propio rito devocional: salir del yo, abandonarlo, una y otra vez, para seguir siendo yo durante un instante, antes de que al siguiente el yo de nuevo se extinga en su lucha con la muerte, náufrago aferrado a lo escrito en el anillo de un árbol.

[Inédito]

sábado, 13 de octubre de 2018

Jesús Aguado en Benarés


I

[El Ciervo nº 771. Septiembre-Octubre, 2018]

II  Adenda

(Esta ha sido la tercera ocasión en la que he leído el libro de Jesús Aguado. Cada una en un ejemplar diferente. La primera fue en octubre de 2006. El volumen se titulaba La astucia del vacío. Cuadernos de Benarés 1987-2004.  Lo había publicado un mínima editorial malagueña, Narila, dirigida por la poeta Aurora Luque. Es un libro raro. No creo que haya circulado demasiado. Sin embargo, la edición —como malagueña— es espléndida. Márgenes generosos, elegante tipografía. Podría señalar, si tuviera paciencia para buscar ahora el dato, el día exacto y la hora en la que empecé a leerlo y también cuándo lo acabé. Fue durante un vuelo entre Filadelfia y Barcelona. Al aterrizar, por la mañana, ya lo había concluido. Fue una lectura paradójica. Un viaje dentro de otro viaje. Pero tuvo un aliciente. Acababa de convivir durante unos días con su autor y el libro fue una suerte de entrar en detalle sobre asuntos de los que poco antes me había hablado. Por ejemplo, las únicas notas que tomé estaban relacionadas con el carácter premonitorio que había descubierto en algunos fragmentos donde Aguado hablaba de las niñas de la India con un sentimiento paternal en el que creí ver anunciado el nacimiento, en aquel momento reciente, de su hija. Fue una lectura, se diría, privada del libro.
       En 2010 DVD ediciones, en su colección de narrativa, la que se imprimía con cubiertas de color negro, se reeditó  La astucia del vacío. Cuadernos de Benarés 1987-2004, tal como se había publicado en la príncipe, pero con algunas erratas menos. Habían pasado unos años, pocos, pero sobre todo lo apresurado de mi primera lectura me aconsejó una segunda. Mi intención en aquel momento era escribir sobre el libro, pero no recuerdo por qué, el tiempo pasó sin que lo hiciera. Ahora lo lamento.
      Esta tercera edición del libro, ocho años más tarde, ha resultado una auténtica sorpresa. El cambio de título —ahora Benarés, India, Pre-Textos, 2018— es el símbolo de una reescritura. El origen de este libro se encuentra en los cuadernos que a modo de diario Jesús Aguado fue redactando en Benarés durante los años de su estancia en India y, en especial, en esta ciudad. Para la escritura de La astucia del vacío el autor seleccionó algunos fragmentos, los dató y los transcribió para el libro. Pasados catorce años de su regreso de Benarés, y escritos y publicados otros muchos títulos, Jesús Aguado ha querido para esta tercera edición —dado que las editoriales que imprimieron las dos anteriores han desaparecido ya hace años— reescribirlo. Ha revisado los cuadernos originales y ha recuperado páginas que tal vez en su primera lectura le parecieron poco interesantes, pero que con la perspectiva del tiempo han ganado hondura, y al contrario, ha revisado los fragmentos publicados y con buen tino ha retirado algunos que no añadían nada al conjunto. Ha borrado también las marcas cronológicas, que solo tenían un valor testimonial, pero que quizá ocultaban la profunda unidad que tiene el conjunto como vivencia profunda, sin fechas, del espacio y del tiempo. Ha realizado pequeñas alteraciones en el orden, de modo que el libro ha salido ganando con la mayor madurez de su autor. Y, aun para el lector que ya conocía el contenido, resulta una sorpresa. No tanto porque haya aspectos novedosos, como por la hondura que han ido ganando con los años las reflexiones del autor, sus descripciones de la vida en India, el relato de sus sensaciones y en cada una de sus páginas el fulgor de quien vive una relación amorosa de extremada intensidad. Un amor a las calles polvorientas, a la destartalada bicicleta con la que las recorre, a las aguas del Ganges, a la sabiduría ancestral que fluye en su cauce, a la pobreza como cántico de la vida verdadera y al descubrimiento paulatino de una filosofía vital que le transforma. Benarés, India es la crónica íntima de esa trasformación. Que lo es del autor, pero también, como no podía ser de otra forma, en la que avanza acompañado del lector, porque la inmortal ciudad de Benarés es «Un espacio que nos piensa en voz alta a cada uno de nosotros».)

[Inédito]

domingo, 26 de agosto de 2018

San Francisco-Delhi, vuelo directo


NO PASA NADA. LOS POETAS BEAT Y ORIENTE, de Jesús Aguado 
El Bardo, Barcelona, 2007

Ferlinghetti nació en 1919, Kerouac en 1922, Ginsberg en 1926… En parecidas fechas nacieron Rafael Morales, José Hierro y Ángel González; es decir, mientras la poesía en España practicaba un realismo endecasílabo de andar por casa, apegado a las tristezas de la posguerra como una bombilla de veinte vatios a la oscuridad, la generación beat norteamericana tomaba aviones a Oriente, experimentaba con sustancias prohibidas, rompía moldes poéticos y proporcionaba argumentos vitales a lectores que nacerían décadas más tarde. Sin ellos no se entienden los años 70 en Occidente. Y cuando su influjo languidecía, los rigores y fantasmas del nuevo siglo, empeñado en resucitar lo peor del que le precede, impone el rescate del espíritu de la generación beat, que de nuevo cobra protagonismo en las librerías. Como ejemplo, esta antología temática editada y traducida por el poeta Jesús Aguado, verdadero puente entre universos literarios. Si hace unos meses esta página celebraba sus traducciones y exégesis de los poetas devocionales de la India, hoy lo hace de su lectura de los poetas norteamericanos con influjo oriental. Puente, pues, de ida y vuelta.
    Oriente supuso para la generación beat una amalgama de estímulos que abarcó desde la filosofía hasta la bisutería. De todo ello hay en los poemas de No pasa nada. En el ámbito más genérico, lo oriental ofrece a los poetas beat un argumento para rechazar el seco racionalismo del siglo XX sin caer en el irracionalismo. Jack Kerouac (1922-1969) fue quien mejor planteó las nuevas ideas mediante su teoría del Éxtasis: «el Pensamiento Correcto/ es el pensamiento de que el camino es el No-Camino», y Philip Whalen (1923-2002), que llegó a ser abad zen —informa Jesús Aguado en una nota a modo de jaiku critico—, quien desarrolló con amplitud esta filosofía: «riachuelo que ruge como las vías del tren / que no va a Chicago». El modelo oriental fue, después, una vía para sortear la secreta alianza entre rigor puritano y mercado que marcó buena parte del siglo XX. Lawrence Ferlinghetti (1919), cuya editorial —City Lights Books— es un emblema del movimiento, le dio al pensamiento beat una dimensión cívica y política. Su poema «Un buda en el montón de leña» puede citarse como el mejor ejemplo: «Si de algún modo hubiera habido / un hilandero seguidor de Gandhi / con Brian Willson a las puertas de la Casa Blanca / a las Puertas del Paraíso / entonces no hubiera ocurrido / ningún nuevo Vietnam / ni se hubieran escuchado / más canciones militares». La creciente militarización del planeta le devuelve sentido y actualidad a este viejo poema de Ferlinghetti.
    En un ámbito más concreto, Oriente surtió a los poetas beat con su inagotable bazar iconográfico y referencial. Diane di Prima (1934) empieza una de sus Cartas revolucionarias así: «ahora deja que te cuente lo que es un Brahmasastra / … el arma hindú de la guerra…/ como una cuña voladora de energía mental / arrojada contra el enemigo por un dios o por un héroe». Otro de sus poemas afirma que es «fácil cantar el blues / fácil recitar sutras». A diferencia de los románticos, que viajaron a Oriente con la imaginación para huir de su presente, los beat funden sin excesivos reparos su cotidianidad americana con su idealidad hacia la casa del sol naciente. Allen Ginsberg (1926-1999) en una magnífica evocación de su cocina neoyorquina se pregunta: «¿tengo suficientes dólares / para dejar el alquiler pagado mientras estoy en China?», y más abajo exclama: «qué bueno / ese halvah con semilla de sésamo triturada / después de una semana en el congelador».

[El Ciervo nº 674. Mayo de 2007]

miércoles, 30 de mayo de 2018

Inverosímiles poetas



EL VECINO INQUIETANTE, de Jesús Aguado (ed.) 
4 Estaciones, Ayuntamiento de Lucena, 2004

Ramprasad, poeta en lengua bengalí que vivió en el siglo XVIII, era funcionario del Estado de Calcuta, según cuenta Jesús Aguado, pero en lugar de copiar los documentos en los libros oficiales, aprovechaba estos para componer sus poemas devotos. Al descubrirle, su superior se irritó considerablemente, pero cuando leyó en los libros estatales versos tan sabios como estos: «La casa del placer es la de la Belleza, / que te fascina y llama, que te exprime hasta el fin. / ¿Cuándo te vas a despertar, oh mente, / y darte cuenta del altísimo / coste de esa Belleza?»; no sólo le disculpó, sino que le alentó a seguir dando tan digno destino al papel oficial. En esa misma época escribió, cuenta también Jesús Aguado, un poeta en lengua gujarati llamado Dhiro del que sólo se sabe que, una vez compuestos, enrollaba sus poemas y los introducía en el interior de una caña de bambú que luego lanzaba a la corriente del río. Dhiro escribió poemas capaces de seguir inquietando a cualquier lector que en cualquier lugar del planeta los encuentre y desenrolle: «¿Pero a quién hablo, quién me escucha? / El lenguaje no puede cercar lo incomprensible».
    El mismo «Dhiro dice: / Señor, / donde quiera que mire allí te veo», y esta afirmación bien podría desvelar la razón profunda de la existencia en la India de cientos, acaso miles, de poetas devocionales, la mayoría hindúes, pero también sufíes o jainistas, de una altura poética y mística impresionante, apabullante incluso. El poeta Jesús Aguado (1961), que ha residido algunos años en Benarés, preparó en 1998 una primera Antología de poesía devocional de la India, publicada por la editorial Índica-Etnos de Benarés. En aquella ocasión reunía 50 poetas con notas, comentarios eruditos y glosario de términos; para esta Segunda antología de poetas devocionales de la India Aguado ha cambiado de estrategia. En esta ocasión presenta a los 26 poetas místicos sin otro acompañamiento que una breve nota biográfica, como si fueran obras contemporáneas y no un objeto de estudio antropológico. Y el resultado es sorprendente, de su diestra mano de traductor y conocedor de las tradiciones religiosas de la India, los poemas resultan tan inmediatos, tan sugerentes e iluminadores como los textos de nuestra propia mística. [En el momento de reproducir la reseña el autor ha publicado una compilación completa, donde reúne los títulos citados y añade nuevos poetas, titulada ¿En qué estabas pensando? Antología de poesía devocional de la India, siglos V-XIX (Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2017)].
    No despistan en absoluto, aunque el lector reconozca su ignorancia, los mil nombres con que se designa la divinidad (quizá porque sabe que Fray Luis escribió De los nombres de Cristo), tampoco el tono directo y coloquial de poemas y oraciones —casi erasmista (seguro que se le escapa el anacronismo a alguien). Impresiona su vecindad con la muerte, así Nathakuptanar, poeta en tamil del siglo XIII, hubiera entusiasmado a nuestros barrocos: «Cómo pueden gozar entre unos brazos / musculosos quizás pero que pronto / serán comida para bestias». Y cautiva la vivacidad y espontaneidad de la poesía erótica y amorosa; Ksetrayya, poeta en télugu del XVII, interpretó el espíritu de las prostitutas sagradas en el templo de Krishna con versos que deslumbrarán a los seguidores del realismo sucio: «Eres guapo, ¿no es cierto?, / Adivaratha, / y un listillo también. / Deja ya de tratarme como si fuera tonta. / ¿O es que piensas que no / hay más hombres aquí?». Este es uno de los mil registros de la poesía devocional y mística de la India, porque, como escribió Dhurjati en el siglo XVI, «¿Bajo qué forma tiene mi mente que adorarte? / ¿No te han visto los hombres / en todo: / en la rodilla, / en los pechos de una mujer, / en una / jarra o en los excrementos de una cabra?».

[El Ciervo nº 648. Marzo de 2005]

martes, 6 de febrero de 2018

Presentación de «Paseo» de Jesús Aguado


Los poetas antiguos no se preocupaban demasiado por el título de sus libros. Poemas era siempre la mejor opción. Los modernos se prodigan: títulos de poema, de sección, de cada libro. No todos los títulos dan pistas sobre el poeta. A veces hablan de otras cosas. Para comprobar si son buenos títulos, es decir, si en ellos el poeta ha dejado un vestigio de autorretrato, los relego a subtítulos y como título sitúo el nombre del poeta. «Jesús Aguado: Paseo». No solo es un buen título, sino que nos da la primera clave de interpretación. Si Jesús Aguado es el que pasea, «Paseo» no es un sustantivo, sino un verbo conjugado: [Yo] Paseo
    El título (o subtítulo) donde Jesús Aguado ha dejado una pista más evidente de sí mismo es en El fugitivo. Incluso desde su repetición: en el libro original, que es de 1998, y en la poesía reunida, de 2001. De hecho, pasear ¿no es también una suerte de fuga? Lo era, evidentemente, para Henry David Thoreau (1817-1862), el caminante norteamericano que paseaba tan ferozmente como podía en contra de una sociedad que detestaba. La fuga de Jesús Aguado, sin embargo, es otra. Se descubre en unos versos del libro de 1998: «Soy el que escapa, el fugitivo aquel / al que persiguen sus miradas / sus gustos los paisajes las sillas de su cuarto / sus opiniones y sus libros el café de las siete / la sombra de su cuerpo en primavera».
    El arte de la fuga de Jesús Aguado le concierne, evidentemente, a sí mismo. Y es poliédrico. Empieza quizá desde el nacimiento. Él mismo ha dudado durante años, en las solapas de sus libros, dónde situarlo. Sabemos que fue «casi en Sevilla», afortunada fórmula para huir del Madrid que le vio nacer y poco más, pues en seguida huyó hacia el sur. Continúa con su formación, inquieta, compuesta de diversos caminos súbitamente abandonados. Tal como abandonaba con nocturnidad ferroviaria su ciudad, Sevilla, para visitar a la mañana siguiente en Madrid a María Zambrano y regresar, luego, en el tren nocturno. Anécdota que nos proporciona un dato del fugitivo: la formación la elige el sujeto, no las circunstancias.
    Ahora bien, la verdadera fuga de Jesús Aguado es la poética. De hecho, cada libro suyo es una aventura temática, estética y formal radicalmente diferente. Así, temáticamente, cada uno de sus títulos se adentra, investiga e incluso agota un tema distinto. Diría más, un universo significativo. De Paseo se puede afirmar que anhela captar el instante, lo efímero, lo intrascendente y descubrir detrás su trascendencia.
   Cada libro establece también sus propios límites estéticos, en estrecho vínculo con el tema. La estética no es un equipo de fútbol del que ser seguidor, como a veces parece, sino una herramienta de la que dispone el poema para cobrar existencia. A lo extenso de su obra Aguado ha practicado diversas modalidades estéticas. Por ejemplo, en sus títulos iniciales, como el célebre Amores imposibles (1990) utiliza la ironía, la descripción, el ingenio verbal y el carácter narrativo propios de una estética figurativa. En sus libros visionarios, acaso el más estremecedor entre los cuales sea Lo que dices de mí (2002), predomina una estética abstracta. La estética, digamos, hindú, aquella que Jesús Aguado absorbió en sus estancias en la India y en la dedicación como traductor a su poesía devocional, sobresale en un libro tan importante como Los poemas de Vikram Babu (2000). Y finalmente existe también una estética elíptica, que recoge influencias orientales y que el poeta utiliza con sagacidad para hablar del presente. Una estética que le permite huir del costumbrismo que acecha detrás del presente gracias a esa mirada esencial, como ocurre en el espléndido libro Verbos (2009). Estética elíptica que es la que acoge y ampara Paseo, un conjunto de observaciones escrito íntegramente en haikus.
     Y finalmente, cada libro de Jesús Aguado es una aventura formal. Creo que no existe ninguna forma métrica tradicional que no haya utilizado en algún momento de su obra poética, afirmación que también puede extenderse a las múltiples formas que presentan las formas libres. De hecho, Jesús Aguado no elige sus formas, deja que cada tema o motivo que aborde sea quien se acomode en una métrica.
     El paseo que pautan los poemas de Paseo ha elegido el haiku. No es tampoco una elección casual. Jesús Aguado fue discípulo de Bashō. Su versión de Camino a Oku y de los Diarios de viaje (2011 y 2014) fueron la academia donde Aguado aprendió la difícil e intricada técnica que es capaz de diluir una gota de sabiduría en diecisiete sílabas. No es su primer libro de haikus, le precede Algunos haikus (o no) desde la nada (2007). En este conjunto se encuentra el que considero como el mejor haiku escrito en castellano que yo haya leído nunca: «Con sus patitas / la cucaracha muerta / sostiene el cielo».
     Paseo comparte y extiende una tradición literaria que me gustaría evocar ahora sucintamente. Como es sabido, el primer occidental que realizó un viaje sin objetivo concreto, y luego lo contó, fue Francesco Petrarca, quien en 1336 ascendió al Monte Ventoso con el único propósito de contemplar el paisaje desde la cumbre. Y posteriormente se lo escribió en una epístola a un amigo. Este viaje personal, con el exclusivo fin de disfrutar de la naturaleza y movido solo por el deseo de la contemplación tuvo un evidente propósito: el conocimiento del propio sujeto que contemplaba. El reconocimiento del yo. El mismo yo que pasea en este libro de 2018.
     A veces los occidentales escribimos la historia delante de un espejo. En el siglo II, es decir, más de mil cien años antes, Zhang Zi, calígrafo chino de la dinastía Han que se dedicó a la construcción de jardines, escribió un día una frase que podrían compartir Petrarca y Aguado tras sendos paseos: «Siempre que me encuentro de buen humor me voy a pasear en mi pequeño jardín, sintiendo que el paisaje y el ser humano son uno». 

[Inédito, 2018]

(Librería Animal Sospechoso. Barcelona, sábado 3 de febrero de 2018)

jueves, 1 de septiembre de 2016

CORRESPONDENCIA FAMILIAR. «Carta al padre», de Jesús Aguado


Jesús Aguado 
Carta al padre 
Vandalia, Sevilla, 2016

Fiel a su poética de huir siempre de aquello que consolida, Jesús Aguado (1961) esboza en Carta al padre un breve tratado sobre los límites de un tema. O mejor será decir, sobre cómo piensa la poesía contemporánea. La idea del que huye de su propia poética se ha convertido en este libro en paradigma temático. Un trazado de lindes conceptuales que el autor secuencia en cuatro secciones que dialogan unas veces, pero otras discuten y se enfrentan entre sí.
  La segunda parte acaba con el juego y con las complicidades. Hay solo un hijo y un único padre. Y una sola lectura de esta relación: la de avasallar. Un hijo avasallado y un padre avasallador. La metáfora es universal y reúne ahí ecos de toda la memoria del autoritarismo. Es una sección que no deja indiferente. Que duele leer. Que toca la textura de la vida. Se podría incluso afirmar que en «Carta al padre» no hay un tema, no hay una retórica. La poesía asalta la vida y la muestra olvidándose de sus artificios. Es uno de los momentos más álgidos de la escritura de Jesús Aguado.
    Ahora bien, cabe preguntar cómo se conjugan el ingenio de la primera parte y la desolación de la segunda. La respuesta surge evidente: como fugas dentro del tema, sí. Como un ejercicio de límites, también: la poesía se extiende desde el artificio verbal de la ficción hasta el cara a cara con lo más íntimo de la vida. La inquietud aumenta en las dos secciones siguientes. «Un padre muere» es una elegía escalofriante por su crudeza, por su despojamiento, por la complejidad emocional que desgaja cada una de las metáforas. Metáforas de raíz existencial, expresionistas incluso, opuestas siempre al carácter sentimental. Y la sección última «Oración por mis padres», es exactamente lo opuesto: la idealización de los padres más abstracta que cabe pensar: una suerte de amor universal de la que emana la vida. Un padre que boquea en un cubo como un pez; unos padres cuyo amor es de la misma materia de los dioses: creador. Dos universos poéticos opuestos, uno junto al otro. 
  Fuga, límites. Sí. ¿Algo más? Heteronomía pero sin nombres: cada parte está escrita por un poeta diferente al que se le pidiera una “Carta al padre”: uno lo convertiría en un delicioso laberinto emocional, otro haría un ajuste de cuentas con su progenitor, un tercero escribiría una elegía desde el vacío de la vida humana, y un cuarto elevaría un cántico universal. Así es como se muestra el libro, un manifiesto contra la solemnidad del «tema». No es ya solo el sujeto el que se desgaja y fragmenta ante su conflicto con la existencia, es la existencia misma la que ha perdido su condición monolítica. Deflagración e idealismo, emoción y rabia no son solo respuestas ante una experiencia, sino formas de la pregunta, el modo cuarteado cómo la experiencia se formula. Desde este punto de vista Jesús Aguado no solo nos presenta en Carta al padre los poemas que ha escrito sobre un tema, la relación con el padre, sino que nos muestra cómo piensa la poesía contemporánea en sus límites, justo antes de que la sustituya el silencio.

Clarín nº 124 Julio-Agosto de 2016

domingo, 13 de mayo de 2012

ITINERARIOS DEL YO. «El fugitivo. Poesía reunida», de Jesús Aguado


 
Jesús Aguado. EL FUGITIVO. POESÍA REUNIDA (1985-2010)
Vaso Roto, Madrid, 2011, 580 págs.

Una de las paradojas fundacionales que la poesía actual, que la centralidad de T.S. Eliot, de Fernando Pessoa o del último Antonio Machado han contribuido a extender, es la que sostiene que solo se puede profundizar en el yo sintiéndose cada vez más otro. A este oxímoron apela el título de la poesía reunida de Jesús Aguado (1961), El fugitivo como emblema del poeta cuya labor «es buscar el afuera… escaparse de las diferentes cárceles del Yo». Eliot había trazado este camino extramuros del yo de modo conceptual, y Pessoa lo culminó en todas las vertientes de la escritura poética: estilística, métrica, temática y conceptual. Machado, aun antes de los apócrifos, ya había sentido la necesidad de circunscribir en cada título una etapa. La ausencia de uniformidad métrica que se observa en un primer acercamiento a la obra reunida de Aguado parece confirmar su propósito de ahondar en esta paradoja esencial de la modernidad. La combinación de metros clásicos —incluidas estrofas infrecuentes— con una experimentación incansable con el verso libre, en todas sus modalidades, indica una clara huida del encierro del yo que supone el dominio de un metro. Hay un precedente ejemplar de esta actitud en Federico García Lorca, que eligió para cada uno de sus libros una forma métrica diferente, sin repetirla nunca. Si Pessoa hablaba de su «drama en gente», de Lorca y Aguado cabría decirse que ahondan su «drama en formas métricas».
            No se puede decir lo mismo del estilo de Jesús Aguado, que se mantiene fiel —aun en los textos más depurados— a una lengua poética rica en metáforas, imaginativa, al borde de la irrealidad y devota siempre del encantamiento verbal y de la belleza del idioma. Este lenguaje brillante y seductor ejerce un protagonismo aglutinador frente a la disgregación métrica, como de hecho también existió en Lorca. En el ámbito temático es tal vez donde se constata con mayor rotundidad la paradoja de la otredad. Con buen tino, el poeta divide en dos grandes partes su obra reunida, y es en esta conjunción de dos maneras de interpretar el único tema que domina toda la obra —el amor o su ausencia— es donde se descubre el esfuerzo de Aguado por huir de su propio mundo poético construido.  En la visión del amor que establecen los títulos de la primera parte, el protagonismo es compartido por tres entes: yo, tú y el mundo. Cuando fluye la savia enamorada entre los tres, el amor se cumple. En otras ocasiones el triángulo lo forman yo, la ausencia del tú y el mundo, y entonces deviene la tristeza. El atractivo temático de esta primera parte prende en el hecho de que el flujo entre los elementos del amor nunca comparten una misma dirección, sus interacciones son imprevisibles: «sus ojos son el río, los míos de la tierra: / ambos somos el otro y este mundo es el cielo».
            En los libros de la segunda parte se advierte una doble influencia, de la filosofía por una parte y de la mística oriental por otra. Y ambas convergen en presentar una nueva concepción del amor como fuente magmática de la vida. El yo y el tú de la tradición amorosa se funden ya no con el mundo, que queda relegado, sino con la fuerza omnímoda del lenguaje, de forma que ya no es posible distinguir fronteras entre sujeto, objeto y dicción amorosa. Un libro, Lo que dices de mí, se yergue como pilar o guía de esta renovada concepción del amor que anhela transmitir una dimensión más honda de la experiencia: «el mapa de una historia que al vivirla nos vive».
 Jesús Aguado en Varsovia, abril de 2012

El Ciervo, nº 733. Abril de 2012

martes, 18 de octubre de 2011

Lectura de Toni Montesinos y de Jesús Aguado

Jesús Aguado y Toni Montesinos inauguran la nueva temporada del altillo de La Cigale, ese bar parisino en el corazón de la Gràcia gitana —lo hubiera escrito así mismo si esto fuera una guía turística; no lo es, pero como no estoy tan seguro de que ya no seamos todos redactores de guías turísticas, no lo borro, ahí queda. El altillo de La Cigale tiene algo de piso de los abuelos (que uno espera heredar pronto para deshacerse de tanto sillón y de tanto cuadro) y un poco de sala de oficiales en un cuartel de capital de provincia. Álex Chico y Juan Vico ofician ni se sabe ya las temporadas como virgilios de este purgatorio. Lo hacen bien, salen con un papel que no leen y luego se retiran a los sofás. Lo justo para no dejar huérfanos a los poetas, y para que estos asuman pronto su protagonismo, porque es falso el tópico que dice que la noche es larga. Nada hay más breve que la oscuridad.

Nueva temporada de lecturas en La Cigale

Toni Montesinos trae los folios con sus poemas guardados en una carpetilla transparente de color ámbar. En el Cosmocaixa hay una hormiga perfectamente guardada desde hace miles de años en una gotita de ámbar. A la poesía le va bien esa metáfora, y a la de Toni Montesinos, siempre tan autobiográfica, mucho mejor. Como instantes de vida en ámbar, así son también los poemas que están escritos en los folios que la carpetilla guardaba. Son inéditos. Un libro que está escribiendo. Los poemas, nos dice, hablan de islas. Pese a la intensidad biográfica de los textos, el poeta da pocas explicaciones sobre el sentido de lo que ha escrito. Voy a hablar de dos islas, dice, que no tienen mucho en común: Puerto Rico e Islandia. De hecho, esas dos islas creo que sólo tienen una única cosa en común (que desveló más tarde, en su intervención, Jesús Aguado): la historia de amor del poeta.
En su lectura Toni Montesinos desmontó uno de los tópicos más arraigados que existen en la literatura contemporánea, tan prendido a ella que casi nadie piensa que sea un tópico: el hecho de que los espacios geográficos implican un tono literario. Uno mismo, si se deja llevar, piensa en Puerto Rico como una isla que impregnará de colorido, olor, sonido y vivacidad a los poemas; y sin embargo, evocará Islandia con un verso ensimismado, reflexivo, trascendente... Toni Montesinos destrozó todas nuestras expectativas de seres previsibles. Leyó una serie de poemas ubicados en Puerto Rico, muy bien titulados, por cierto, meditativos, hondos, de escritura adusta y gesto serio. Como si Puerto Rico fuera el lugar donde uno llega para ver los paisajes últimos de la naturaleza que le descubran el límite de sí mismo y de su experiencia de la vida, que no siempre ha sido grata, y de cómo ese poso de lo vivido arde cuando el sentido de la vida cambia y le recompensa con la gratitud sensorial de la isla de los prodigios. De cómo lo que se vive, sólo se puede vivir desde la vida que se ha vivido. Y eso nos hace más sabios también ante la alegría de las islas del Caribe.
Luego parte a Islandia y cuando esperábamos que ese echar el cubo al pozo de sí mismo podría llegar aún más lejos ante los paisajes extremos de la isla gélida, Toni Montesinos nos cambia de nuevo las previsiones. Y los poemas islandeses son un prodigio de ironía, de distancia, de desprendimiento, de humor casi inglés. Un no tomarse en serio la trascendencia de lo que está contemplando, y fijarse en los detalles nimios, divertidos, paradójicos. Nada de lo que se esperaba. Definitivamente, los espacios no implican tono. El tono es patrimonio exclusivo del poeta. Los espacios sólo acumulan una memoria tonal que los hace previsibles. El genio del poeta se mide también por su capacidad para darle la vuelta a las expectativas.
Luego tomó la palabra Jesús Aguado. Empezó con el elogio de Toni Montesinos, que a estas alturas del acto, tras su lectura, el público se tomó en serio. Las presentaciones deberían ser siempre a posteriori de las lecturas, así atenderíamos más al presentador y sabríamos cuándo tiene razón, cuándo exagera y cuándo se queda corto.

Jesús Aguado y Toni Montesinos

La lectura de La Cigale se celebra en vísperas de la publicación de la obra completa de Jesús Aguado, un tomo de 500 páginas que nos revelará bien armonizada la dimensión poliédrica y en constante refundación de este poeta. Y aunque no haya un Jesús Aguado, sino una multitud de fugitivos que huyen de cada una de las impresiones que de su sombra ha quedado sobre un papel, Jesús Aguado ha elegido para esta noche su versión más nostálgica. Yo pensaba en Walter Benjamin: si alguien le hubiera pedido que le leyera algo mientras trabajaba en las bibliotecas de París por la mañana y leía las inquietantes noticias de los diarios alemanes por la tarde, sin duda Benjamin hubiera elegido alguno de los relatos que escribió en Ibiza, esa especie de interregno en su ajetreada lucha entre su formación intelectual y las estrechuras de la sociedad de su tiempo. Jesús Aguado eligió Benarés. A Benarés fue, nos dijo, a leer y a escribir, a pasear y sobre todo a no hacer nada (nada de lo que hacemos en occidente constantemente no se sabe muy bien para qué). En ese no hacer nada está, claro, convertirse en un experto en poesía devocional de la India y en poesía de las tribus, hecho cultural completamente desconocido aquí, y acaso también allá. Leyó en La Cigale su poema de la tribu apócrifa que deslizó entre sus traducciones. Un texto que se manejaba bien en los intersticios de los géneros tradicionales: un marco épico, una salmodia sagrada, una interpretación intensamente lírica. Nos regaló al final dos jugosos jaikus de Benarés, cuyo zumo exprimió y con ello nos dio una lección de poética que raras veces se imparten en ninguna universidad: cómo se transforma la experiencia de lo cotidiano en intensidad literaria.
El público, arrellanado en los sillones y sofás del altillo de La Cigale aplaudió a los dos poetas. Un lunes de octubre, al anochecer, no parecía que la realidad diera mucho más de sí. La expectativa cotidiana dicta para esas horas y para estos días un poco de televisión y darle cuerda al despertador. Toni Montesinos y Jesús Aguado hicieron como que nos paseaban por el planeta, pero eso no era nada más que un espejismo, en verdad nos abrieron las puertas de algo más hondo y fascinante: la intimidad de sus maneras de mirar el mundo.

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[Inédito, 18 de octubre de 2011]

jueves, 2 de diciembre de 2010

ÁTOMOS. «Verbos», de Jesús Aguado

Los lingüistas definen «verbo» como la única clase de palabras capaz de implicar tiempo mediante un morfema. En literatura, la conciencia del paso del tiempo desde muy temprano fue patrimonio de la lírica; uno de los primeros textos conservados en China, del siglo XI aC, acaba con esta precisa metáfora temporal: «A por artemisas fuiste. / Un día sin verte / Es como tres años». El «verbo» literario posee, por el contrario, una connotación épica. Parafraseando la definición lingüística se puede afirmar que en literatura el «verbo» implica narración. Esta es la primera gran paradoja de Verbos: para desentrañar conceptos esencialmente líricos —«Amor» y «Conocimiento»— Jesús Aguado (1961) presenta una serie de verbos ordenados como si se tratara de un pequeño diccionario. La segunda paradoja es que estos verbos, que irradian sobre el poema desde el título, a veces se ausentan del texto. El primer poema, «Amar», sirve como ejemplo: «la tetera humeante / las manos ahuecadas / todavía / el sol sobre las plantas». La tercera paradoja es que la escritura no pierde referentes narrativos, pese a la elisión total de los verbos entre las tres imágenes y pese a la que función verbal (implicar tiempo) se la arrogue un adverbio —«todavía»—, sino que los gana: desde el título, el verbo «amar» ofrece temporalidad y acción a la estampa nominal. Es relevante fijar este juego de paradojas, como de muñeca rusa, porque si en la poesía clásica se juzgaba al poeta por la tradición a la que se adscribía, en la contemporánea se le valora por su capacidad de alterar y modificar las expectativas de los materiales que utiliza.
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Jesús Aguado, que ha definido siempre su poética como el arte de la fuga: «la del Sentido, la de la Historia, la del Cuerpo, la de la Sociedad, la del Yo, la de la Ideología», culmina en Verbos la huida de su propia condición retórica, iniciada con El fugitivo (1998), título emblemático que señala una inflexión en su obra desde una época celebratoria, figurativa y acumulativa, hacia otra más austera de reflexión metafísica y existencial. Si la parte central de Heridas (2004), «Mendigo», creaba la metáfora del nuevo período: quien sólo tiene a favor la «intemperie» expresiva, ahora Verbos la conjuga con sus elipsis constantes, un despiadado trabajo de selección léxica y una sintaxis reducida a fulgor. Pero al paso de esta esencialidad expresiva no camina la dimensión temática; al contrario, esta se ensancha hasta fundir cotidianidad y cosmos en la misma acción. El verbo «Pelar» se define así: «entre la mano y el cuchillo / una galaxia sueña su espiral // antes de que despierte ya es basura». Esta elaboración artística de la condensación semántica se remonta a la literatura sapiencial de la Edad Media —don Juan Manuel, por ejemplo, escribió sus cuentos para los legos y una sentencia final en verso sólo comprensible por los sabios—, y ha tenido su edad de oro en la posguerra mundial con poetas como René Char o Paul Celan, en cuya estela cabe situar los mecanismos retóricos por los que se adentra Verbos.

El libro, con su nueva estrategia verbal, indaga los dos ámbitos temáticos predilectos de Aguado: el amor y el conocimiento. Ambos sufren un movimiento de amplitud: el amor se bifurca —a la amada y a la hija, en la primera sección, la más cohesionada y brillante— y el saber sobre el mundo se dispersa, se va disgregando en pequeños átomos de significado que contienen al mismo tiempo certezas e incertidumbres; juntos los dos polos antagónicos de lo conocido: el verbo «Insistir» se define como «cultivar desaciertos / las semillas / hacen suya tu causa y fructifican».


El Ciervo nº 710, mayo de 2010


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viernes, 2 de octubre de 2009

VIDA, AMOR Y POESÍA COMO ARGUMENTO DE «MENDIGO», antología de Jesús Aguado

Empezaré citando el prólogo de Juan Bonilla. En la página 10 se lee: «No conozco a ningún poeta que lo sea tanto como Jesús Aguado, quiero decir que lo sea tan constantemente. Ha hecho de su propia vida un acto continuamente poético».
Como estos días estoy releyendo a Machado de Assis me he acordado de que fue un escritor que adelantó en la segunda mitad del siglo XIX, en tantos aspectos que abruman, los que serían conceptos esenciales de la literatura del siglo XX (nihilismo, fragmentarismo, intertextualidad, pastiche, metaliteratura, minimalismo…), y fue también un adelantado en su vida, compartida a partes iguales entre el funcionario de impecable carrera ministerial y el escritor corrosivo, lo que no era frecuente en el XIX y es uno de los signos insatisfactorios del XX: ¿qué poeta no es profesor, qué poeta no cuida su currículum, qué poeta no es un distinguido funcionario? ¿Qué poeta es sólo poeta? Yo conozco sólo a dos: Rilke y Jesús Aguado.Ese binomio fundido sin fisuras entre vida y poesía tiene una tercera cara: el amor. Y sobre ese ente vida-amor-poesía trata toda la obra poética de Jesús Aguado, seleccionada ahora en este precioso volumen de Renacimiento: Mendigo. El ente que he llamado vida-amor-poesía merece alguna atención, y merece, antes de nada, mayúsculas. Jesús Aguado, a nadie se le escapa, es un estudioso de las religiones, y no diría que es un “hombre religioso” porque eso suena anticuado, pero sí diría que la suya es una poesía religiosa. Y no me refiero a lo obvio, a los muchos poemas que ha dedicado a las divinidades hindúes, sino a algo más profundo de su obra poética que trataré de concretar aquí. Ese ente que he llamado vida-amor-poesía ha reunido tres palabras no sumándolas, no yuxtaponiéndolas, sino fundiéndolas en una palabra. Vida-amor-poesía no lleva tres mayúsculas, sino sólo una, la primera. Es una única palabra, porque, como ya hemos dicho, en el ser de Jesús Aguado las tres palabras son una sólo palabra, son hablar de lo mismo. Son un único concepto. Un único concepto, que en una poesía que hunde sus raíces en el espesor de las religiones, ha de ser necesariamente un único concepto sagrado. Ese ente que he llamado Vida-amor-poesía, o «Vap», es un ente sagrado. Y como tal lo voy a tratar ahora, como el dios que rige en esta obra poética. Y desde este punto de vista cabe advertir que Mendigo no es una religión (hay muchas, ¿para qué una más?), ni un tratado religioso (puede que sí místico, pero no religioso), sino que es una historia completa de las religiones encarnada en el ente Vida-amor-poesía. Es decir, el poeta Jesús Aguado ha hablado del ente que he llamado Vap como todas las religiones han hablado de sus dioses. El interés del paralelismo está en el magnífico hecho geométrico por el cual las paralelas nunca se encuentran. Es decir. La poesía de Jesús Aguado es siempre poesía, nunca religión, aunque la religión sea un ingrediente esencial de su poesía. A partir de ahora, y sin olvidar nunca que las paralelas sienten una por otra una aspiración eternamente ideal, al ente que he llamado Vida-amor-poesía va a caberle también el nombre de teo, es decir, de dios, es decir, de la luz inicial que de forma piramidal ilumina cuanto vemos, es decir, jerarquía y esencia de la realidad y el espíritu, del conocimiento y el impulso, es decir, teo, es decir, Vida-amor-poesía.
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.La primera sección del libro se titula «Mi enemigo» y reúne poemas de libros publicados en los 80. En esta sección aparece la forma más primitiva e intuitiva del ente Vap o teo. La antología se abre con un poema extenso, titulado «El viaje», en el que el asunto remite a una pequeña aventura europea, amorosa, onírica, se diría que en ella el poeta descubre el mundo: paisajes, ciudades, caricias, besos, sueños… De hecho es de lo que hablan muchos poetas cuando tienen veintipocos años. Los que tenía Jesús Aguado cuando escribía «Mi enemigo». Entonces no existía el ente que he llamado Vap, teo, aunque ya se observa una voluntad clara de borrar fronteras entre lo que se vive y la persona con quien se vive. Hasta ahí, todo normal. Ese poema, «El viaje», compuesto de varios fragmentos, acaba con uno sorprendente para los hábitos de la poesía amorosa que empieza así: «Mujer, no crezcas tanto que mates el paisaje».

Aquí ya está concebido el ente que he llamado Vap. El amor no es el disfrute del otro, sino compartir con el otro el disfrute del mundo. No se ama por amor a alguien, sino para amar más el mundo amándolo dos al mismo tiempo. Así se ven las cosas a los veintitantos años. Cabría decir lo mismo de la poesía: el dios de la poesía no es la poesía («Poesía, no crezcas tanto que mates el paisaje», podría haber escrito Jesús Aguado), sino las cosas y los instantes del mundo. ¿Qué idea de lo sagrado impregna ese verso? El estadio más intuitivo de la religión: el panteísmo. El panvap, podría decir forzando el lenguaje. Hay en la poesía inicial de Jesús Aguado una impresión clara de que la vida, el amor y la poesía comparten divinidad, comparten sacralidad, con el mundo. El panteísmo es, pues, el primer estadio del poeta ante el mundo. La segunda parte la titula Jesús Aguado «amores imposibles» y está formado por una entrañable colección de poemas repartidos en dos libros, el así titulado y en «Piezas para un puzzle». Es una poesía irónica, brillante, emborrachada —pero no como se emborrachan los humanos, sino los pasteles, los bizcochos—, decía, es una poesía emborrachada de emociones e imágenes, a veces con acentos tristes que no invalidan su carácter celebratorio, vital, entusiasta. La colección de amores imposibles de Jesús Aguado se parece al santoral de una religión politeísta. Cada amor es un dios, un dios que pasa y, como les ocurre a los dioses cuando son muchos, no se queda en el corazón de ningún humano. Amores imposibles es una avenida de santuarios paganos, donde cada diosa reina en la condición que le es propia. Este politeísmo celebratorio ha dejando en la poesía de Jesús Aguado un poso denso. No nos cuenta, aunque de paso nos lo cuente, cómo eran sus novias a los treinta años recién cumplidos, sino que ilustra la condición politeísta que tiene el amor verdadero, porque en el amor verdadero uno deja de ser quien es para ser el otro, uno deja de ser el dios de sí mismo para adorar al otro, su dios verdadero. Hay un verso que lo dice con un brillo que le deja a uno sin palabras:«ambos somos el otro y este mundo es el cielo».Este verso está desgajado de un poema homenaje a la India, «India» la tercera parte del libro. El politeísmo es afluente de un gran río que se llama monoteísmo. Todos los amores van a dar al amor. El monoteísmo está presente en muchos poemas de la sección cuarta, «Piezas para un puzzle», en mitad de la cual se produce una gran inflexión en la poesía de Jesús Aguado, que le da la vuelta al mundo para adentrarse en su vertiente más opaca, más metafísica.

«Lección de metafísica» se titula el poema donde encuentro este verso, emblema del monoteísmo:«porque tu amor me funda, es el origen».No he de aclarar, creo, que los versos que ilustran cuanto digo son muchos, pero que hoy prefiero citar un solo verso, un único verso que ilumina como libros enteros: porque tu amor me funda, es el origen. En la metafísica vivencial, amorosa y poética de Jesús Aguado el amor del amado y de la amada se erige en obelisco fundador, en monolito creador. Panteísmo, politeísmo, monoteísmo… Mendigo es una auténtica historia de las religiones abreviada, condensada para amantes. ¿Y después del monoteísmo? Hay un espléndido poema que empieza así: «Te amaré con locura cuando deje de amarte» y que continúa, más abajo, anafóricamente: «Te amaré en mil pedazos cuando deje de amarte». ¿Hay formulación más certera del ateísmo, ese amor desaforado al vacío que ha dejado el amor? La parte quinta, que se le da título al libro, es la parte más desolada. Allí donde el ateísmo pierde su condición teísta y descubre su tristeza, su soledad. Dos versos del poema «Mendigo», en esta ocasión final voy a citar dos versos, dos versos que enhebran cuanto somos, dos versos que servirán para ilustrar el punto final de la historia de las ideas sagradas: el existencialismo. El desgarro interior de quien se sabe dueño sólo de la intemperie. Los versos del mendigo que somos todos nosotros después de haber perdido tantos amores, tantos dioses:«Monedas de vacío / para comprar la muerte»..

[Texto inédito]

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