[Inédito]
Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo
domingo, 17 de marzo de 2019
La espiritualidad del Vacío
[Inédito]
sábado, 13 de octubre de 2018
Jesús Aguado en Benarés
[El Ciervo nº 771. Septiembre-Octubre, 2018]
II Adenda
[Inédito]
domingo, 26 de agosto de 2018
San Francisco-Delhi, vuelo directo
[El Ciervo nº 674. Mayo de 2007]
miércoles, 30 de mayo de 2018
Inverosímiles poetas
[El Ciervo nº 648. Marzo de 2005]
martes, 6 de febrero de 2018
Presentación de «Paseo» de Jesús Aguado
jueves, 1 de septiembre de 2016
CORRESPONDENCIA FAMILIAR. «Carta al padre», de Jesús Aguado
Clarín nº 124 Julio-Agosto de 2016
domingo, 13 de mayo de 2012
ITINERARIOS DEL YO. «El fugitivo. Poesía reunida», de Jesús Aguado
El Ciervo, nº 733. Abril de 2012
martes, 18 de octubre de 2011
Lectura de Toni Montesinos y de Jesús Aguado
Nueva temporada de lecturas en La CigaleEn su lectura Toni Montesinos desmontó uno de los tópicos más arraigados que existen en la literatura contemporánea, tan prendido a ella que casi nadie piensa que sea un tópico: el hecho de que los espacios geográficos implican un tono literario. Uno mismo, si se deja llevar, piensa en Puerto Rico como una isla que impregnará de colorido, olor, sonido y vivacidad a los poemas; y sin embargo, evocará Islandia con un verso ensimismado, reflexivo, trascendente... Toni Montesinos destrozó todas nuestras expectativas de seres previsibles. Leyó una serie de poemas ubicados en Puerto Rico, muy bien titulados, por cierto, meditativos, hondos, de escritura adusta y gesto serio. Como si Puerto Rico fuera el lugar donde uno llega para ver los paisajes últimos de la naturaleza que le descubran el límite de sí mismo y de su experiencia de la vida, que no siempre ha sido grata, y de cómo ese poso de lo vivido arde cuando el sentido de la vida cambia y le recompensa con la gratitud sensorial de la isla de los prodigios. De cómo lo que se vive, sólo se puede vivir desde la vida que se ha vivido. Y eso nos hace más sabios también ante la alegría de las islas del Caribe.
Luego parte a Islandia y cuando esperábamos que ese echar el cubo al pozo de sí mismo podría llegar aún más lejos ante los paisajes extremos de la isla gélida, Toni Montesinos nos cambia de nuevo las previsiones. Y los poemas islandeses son un prodigio de ironía, de distancia, de desprendimiento, de humor casi inglés. Un no tomarse en serio la trascendencia de lo que está contemplando, y fijarse en los detalles nimios, divertidos, paradójicos. Nada de lo que se esperaba. Definitivamente, los espacios no implican tono. El tono es patrimonio exclusivo del poeta. Los espacios sólo acumulan una memoria tonal que los hace previsibles. El genio del poeta se mide también por su capacidad para darle la vuelta a las expectativas.
Luego tomó la palabra Jesús Aguado. Empezó con el elogio de Toni Montesinos, que a estas alturas del acto, tras su lectura, el público se tomó en serio. Las presentaciones deberían ser siempre a posteriori de las lecturas, así atenderíamos más al presentador y sabríamos cuándo tiene razón, cuándo exagera y cuándo se queda corto.
Jesús Aguado y Toni MontesinosLa lectura de La Cigale se celebra en vísperas de la publicación de la obra completa de Jesús Aguado, un tomo de 500 páginas que nos revelará bien armonizada la dimensión poliédrica y en constante refundación de este poeta. Y aunque no haya un Jesús Aguado, sino una multitud de fugitivos que huyen de cada una de las impresiones que de su sombra ha quedado sobre un papel, Jesús Aguado ha elegido para esta noche su versión más nostálgica. Yo pensaba en Walter Benjamin: si alguien le hubiera pedido que le leyera algo mientras trabajaba en las bibliotecas de París por la mañana y leía las inquietantes noticias de los diarios alemanes por la tarde, sin duda Benjamin hubiera elegido alguno de los relatos que escribió en Ibiza, esa especie de interregno en su ajetreada lucha entre su formación intelectual y las estrechuras de la sociedad de su tiempo. Jesús Aguado eligió Benarés. A Benarés fue, nos dijo, a leer y a escribir, a pasear y sobre todo a no hacer nada (nada de lo que hacemos en occidente constantemente no se sabe muy bien para qué). En ese no hacer nada está, claro, convertirse en un experto en poesía devocional de la India y en poesía de las tribus, hecho cultural completamente desconocido aquí, y acaso también allá. Leyó en La Cigale su poema de la tribu apócrifa que deslizó entre sus traducciones. Un texto que se manejaba bien en los intersticios de los géneros tradicionales: un marco épico, una salmodia sagrada, una interpretación intensamente lírica. Nos regaló al final dos jugosos jaikus de Benarés, cuyo zumo exprimió y con ello nos dio una lección de poética que raras veces se imparten en ninguna universidad: cómo se transforma la experiencia de lo cotidiano en intensidad literaria.
El público, arrellanado en los sillones y sofás del altillo de La Cigale aplaudió a los dos poetas. Un lunes de octubre, al anochecer, no parecía que la realidad diera mucho más de sí. La expectativa cotidiana dicta para esas horas y para estos días un poco de televisión y darle cuerda al despertador. Toni Montesinos y Jesús Aguado hicieron como que nos paseaban por el planeta, pero eso no era nada más que un espejismo, en verdad nos abrieron las puertas de algo más hondo y fascinante: la intimidad de sus maneras de mirar el mundo.
[Inédito, 18 de octubre de 2011]
jueves, 2 de diciembre de 2010
ÁTOMOS. «Verbos», de Jesús Aguado
Jesús Aguado, que ha definido siempre su poética como el arte de la fuga: «la del Sentido, la de la Historia, la del Cuerpo, la de la Sociedad, la del Yo, la de la Ideología», culmina en Verbos la huida de su propia condición retórica, iniciada con El fugitivo (1998), título emblemático que señala una inflexión en su obra desde una época celebratoria, figurativa y acumulativa, hacia otra más austera de reflexión metafísica y existencial. Si la parte central de Heridas (2004), «Mendigo», creaba la metáfora del nuevo período: quien sólo tiene a favor la «intemperie» expresiva, ahora Verbos la conjuga con sus elipsis constantes, un despiadado trabajo de selección léxica y una sintaxis reducida a fulgor. Pero al paso de esta esencialidad expresiva no camina la dimensión temática; al contrario, esta se ensancha hasta fundir cotidianidad y cosmos en la misma acción. El verbo «Pelar» se define así: «entre la mano y el cuchillo / una galaxia sueña su espiral // antes de que despierte ya es basura». Esta elaboración artística de la condensación semántica se remonta a la literatura sapiencial de la Edad Media —don Juan Manuel, por ejemplo, escribió sus cuentos para los legos y una sentencia final en verso sólo comprensible por los sabios—, y ha tenido su edad de oro en la posguerra mundial con poetas como René Char o Paul Celan, en cuya estela cabe situar los mecanismos retóricos por los que se adentra Verbos. 
El libro, con su nueva estrategia verbal, indaga los dos ámbitos temáticos predilectos de Aguado: el amor y el conocimiento. Ambos sufren un movimiento de amplitud: el amor se bifurca —a la amada y a la hija, en la primera sección, la más cohesionada y brillante— y el saber sobre el mundo se dispersa, se va disgregando en pequeños átomos de significado que contienen al mismo tiempo certezas e incertidumbres; juntos los dos polos antagónicos de lo conocido: el verbo «Insistir» se define como «cultivar desaciertos / las semillas / hacen suya tu causa y fructifican».
El Ciervo nº 710, mayo de 2010
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viernes, 2 de octubre de 2009
VIDA, AMOR Y POESÍA COMO ARGUMENTO DE «MENDIGO», antología de Jesús Aguado
Como estos días estoy releyendo a Machado de Assis me he acordado de que fue un escritor que adelantó en la segunda mitad del siglo XIX, en tantos aspectos que abruman, los que serían conceptos esenciales de la literatura del siglo XX (nihilismo, fragmentarismo, intertextualidad, pastiche, metaliteratura, minimalismo…), y fue también un adelantado en su vida, compartida a partes iguales entre el funcionario de impecable carrera ministerial y el escritor corrosivo, lo que no era frecuente en el XIX y es uno de los signos insatisfactorios del XX: ¿qué poeta no es profesor, qué poeta no cuida su currículum, qué poeta no es un distinguido funcionario? ¿Qué poeta es sólo poeta? Yo conozco sólo a dos: Rilke y Jesús Aguado.Ese binomio fundido sin fisuras entre vida y poesía tiene una tercera cara: el amor. Y sobre ese ente vida-amor-poesía trata toda la obra poética de Jesús Aguado, seleccionada ahora en este precioso volumen de Renacimiento: Mendigo. El ente que he llamado vida-amor-poesía merece alguna atención, y merece, antes de nada, mayúsculas. Jesús Aguado, a nadie se le escapa, es un estudioso de las religiones, y no diría que es un “hombre religioso” porque eso suena anticuado, pero sí diría que la suya es una poesía religiosa. Y no me refiero a lo obvio, a los muchos poemas que ha dedicado a las divinidades hindúes, sino a algo más profundo de su obra poética que trataré de concretar aquí. Ese ente que he llamado vida-amor-poesía ha reunido tres palabras no sumándolas, no yuxtaponiéndolas, sino fundiéndolas en una palabra. Vida-amor-poesía no lleva tres mayúsculas, sino sólo una, la primera. Es una única palabra, porque, como ya hemos dicho, en el ser de Jesús Aguado las tres palabras son una sólo palabra, son hablar de lo mismo. Son un único concepto. Un único concepto, que en una poesía que hunde sus raíces en el espesor de las religiones, ha de ser necesariamente un único concepto sagrado. Ese ente que he llamado Vida-amor-poesía, o «Vap», es un ente sagrado. Y como tal lo voy a tratar ahora, como el dios que rige en esta obra poética. Y desde este punto de vista cabe advertir que Mendigo no es una religión (hay muchas, ¿para qué una más?), ni un tratado religioso (puede que sí místico, pero no religioso), sino que es una historia completa de las religiones encarnada en el ente Vida-amor-poesía. Es decir, el poeta Jesús Aguado ha hablado del ente que he llamado Vap como todas las religiones han hablado de sus dioses. El interés del paralelismo está en el magnífico hecho geométrico por el cual las paralelas nunca se encuentran. Es decir. La poesía de Jesús Aguado es siempre poesía, nunca religión, aunque la religión sea un ingrediente esencial de su poesía. A partir de ahora, y sin olvidar nunca que las paralelas sienten una por otra una aspiración eternamente ideal, al ente que he llamado Vida-amor-poesía va a caberle también el nombre de teo, es decir, de dios, es decir, de la luz inicial que de forma piramidal ilumina cuanto vemos, es decir, jerarquía y esencia de la realidad y el espíritu, del conocimiento y el impulso, es decir, teo, es decir, Vida-amor-poesía.
.La primera sección del libro se titula «Mi enemigo» y reúne poemas de libros publicados en los 80. En esta sección aparece la forma más primitiva e intuitiva del ente Vap o teo. La antología se abre con un poema extenso, titulado «El viaje», en el que el asunto remite a una pequeña aventura europea, amorosa, onírica, se diría que en ella el poeta descubre el mundo: paisajes, ciudades, caricias, besos, sueños… De hecho es de lo que hablan muchos poetas cuando tienen veintipocos años. Los que tenía Jesús Aguado cuando escribía «Mi enemigo». Entonces no existía el ente que he llamado Vap, teo, aunque ya se observa una voluntad clara de borrar fronteras entre lo que se vive y la persona con quien se vive. Hasta ahí, todo normal. Ese poema, «El viaje», compuesto de varios fragmentos, acaba con uno sorprendente para los hábitos de la poesía amorosa que empieza así: «Mujer, no crezcas tanto que mates el paisaje».
Aquí ya está concebido el ente que he llamado Vap. El amor no es el disfrute del otro, sino compartir con el otro el disfrute del mundo. No se ama por amor a alguien, sino para amar más el mundo amándolo dos al mismo tiempo. Así se ven las cosas a los veintitantos años. Cabría decir lo mismo de la poesía: el dios de la poesía no es la poesía («Poesía, no crezcas tanto que mates el paisaje», podría haber escrito Jesús Aguado), sino las cosas y los instantes del mundo. ¿Qué idea de lo sagrado impregna ese verso? El estadio más intuitivo de la religión: el panteísmo. El panvap, podría decir forzando el lenguaje. Hay en la poesía inicial de Jesús Aguado una impresión clara de que la vida, el amor y la poesía comparten divinidad, comparten sacralidad, con el mundo. El panteísmo es, pues, el primer estadio del poeta ante el mundo. La segunda parte la titula Jesús Aguado «amores imposibles» y está formado por una entrañable colección de poemas repartidos en dos libros, el así titulado y en «Piezas para un puzzle». Es una poesía irónica, brillante, emborrachada —pero no como se emborrachan los humanos, sino los pasteles, los bizcochos—, decía, es una poesía emborrachada de emociones e imágenes, a veces con acentos tristes que no invalidan su carácter celebratorio, vital, entusiasta. La colección de amores imposibles de Jesús Aguado se parece al santoral de una religión politeísta. Cada amor es un dios, un dios que pasa y, como les ocurre a los dioses cuando son muchos, no se queda en el corazón de ningún humano. Amores imposibles es una avenida de santuarios paganos, donde cada diosa reina en la condición que le es propia. Este politeísmo celebratorio ha dejando en la poesía de Jesús Aguado un poso denso. No nos cuenta, aunque de paso nos lo cuente, cómo eran sus novias a los treinta años recién cumplidos, sino que ilustra la condición politeísta que tiene el amor verdadero, porque en el amor verdadero uno deja de ser quien es para ser el otro, uno deja de ser el dios de sí mismo para adorar al otro, su dios verdadero. Hay un verso que lo dice con un brillo que le deja a uno sin palabras:«ambos somos el otro y este mundo es el cielo».Este verso está desgajado de un poema homenaje a la India, «India» la tercera parte del libro. El politeísmo es afluente de un gran río que se llama monoteísmo. Todos los amores van a dar al amor. El monoteísmo está presente en muchos poemas de la sección cuarta, «Piezas para un puzzle», en mitad de la cual se produce una gran inflexión en la poesía de Jesús Aguado, que le da la vuelta al mundo para adentrarse en su vertiente más opaca, más metafísica.
«Lección de metafísica» se titula el poema donde encuentro este verso, emblema del monoteísmo:«porque tu amor me funda, es el origen».No he de aclarar, creo, que los versos que ilustran cuanto digo son muchos, pero que hoy prefiero citar un solo verso, un único verso que ilumina como libros enteros: porque tu amor me funda, es el origen. En la metafísica vivencial, amorosa y poética de Jesús Aguado el amor del amado y de la amada se erige en obelisco fundador, en monolito creador. Panteísmo, politeísmo, monoteísmo… Mendigo es una auténtica historia de las religiones abreviada, condensada para amantes. ¿Y después del monoteísmo? Hay un espléndido poema que empieza así: «Te amaré con locura cuando deje de amarte» y que continúa, más abajo, anafóricamente: «Te amaré en mil pedazos cuando deje de amarte». ¿Hay formulación más certera del ateísmo, ese amor desaforado al vacío que ha dejado el amor? La parte quinta, que se le da título al libro, es la parte más desolada. Allí donde el ateísmo pierde su condición teísta y descubre su tristeza, su soledad. Dos versos del poema «Mendigo», en esta ocasión final voy a citar dos versos, dos versos que enhebran cuanto somos, dos versos que servirán para ilustrar el punto final de la historia de las ideas sagradas: el existencialismo. El desgarro interior de quien se sabe dueño sólo de la intemperie. Los versos del mendigo que somos todos nosotros después de haber perdido tantos amores, tantos dioses:«Monedas de vacío / para comprar la muerte»..
[Texto inédito]
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