El balcón de enfrente

Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

lunes, 30 de enero de 2023

Siete postales para Alberto Tesán | Presentación de «Gente que bebe»






1. POSTAL DE RUINAS ROMANAS O UN POCO DE ARQUEOLOGÍA

Alberto Tesán apareció en el instituto recién inaugurado en Santa Perpètua de Mogoda, su pueblo, en septiembre de 1989. Venía a cursar COU. No era un curso cualquiera el que iba a empezar. Aquel COU culminaba la primera promoción del instituto, que en ausencia de edificio propio se había instalado en la Granja Soldevila. Las aulas eran las salas y habitaciones de la antigua casa señorial, y como tal decoradas. Y aquel COU también era mi primer COU, después de haber acompañado al alumnado desde segundo de BUP. 

         El COU, es posible que muchos lo recuerden y tal vez alguno lo añore, era un instrumento ideal para proyectar al alumnado hacia su futuro. Pero ese no era el caso del alumno Alberto Tesán, que regresaba a su pueblo después de haber sido expulsado de su prometedor y brillantísimo futuro. Lo resumo porque la historia es ya conocida: Tesán había sido un jugador destacado de las categorías inferiores del Barcelona. Capitán de su equipo. Había competido en la selección nacional y en puertas de jugar en el primer equipo (su compañero de habitación en los juveniles debutaría en 1990), una grave lesión de rodilla lo devolvió a la anodina vida de simple estudiante de COU, de la que había salido para triunfar. No fue un alumno fácil. Mientras todos sus compañeros iban avanzando con ilusión, él regresaba de golpe. Recuerdo las infinitas conversaciones que le veíamos mantener con Manuel Santirso, su profe de historia y supongo que tutor aquel año. Había que inundar con palabras el vacío en el que había quedado la vida de aquel joven que (lo diré al modo griego) los dioses, después de premiarle con dos piernas prodigiosas, habían abandonado.

         Aquellas palabras salvaron al alumno Tesán, que acabó su COU, aprobó sin problemas la selectividad y se matriculó en la facultad de historia, ya orientado en la dirección correcta, encaminado hacia un nuevo futuro; diferente, pero suyo. Ah, las palabras. No solo le salvaron. Se quedaron ahí revoloteando y bastó que alguna tarde se sentara en la penumbra de su habitación para que las puertas se abrieran y salieran volando. Un día me entregó, al final de la clase, unos cuantos folios. No era un ejercicio. Eran poemas. Aún quedaba lo más arduo del curso. Así que le dije: «Mira, Tesán, los voy a leer con mucho gusto, pero solo te los comentaré cuando hayan acabado las clases. Te vienes una mañana y charlamos».

Aquel curso tuvo muchas mañanas, y los cursos que le siguieron unas cuantas más. Pero de muy pocas soy capaz de decir algo. Y entre esas, escasas, recuerdo con precisión la mañana de finales de junio en la que apareció por el insti. No había nadie por allí y nos instalamos en la sala de profesores. Aquellos poemas primeros que me había entregado Tesán, no creo que se lo dijera entonces, pero se lo digo ahora, eran conceptualmente los propios de su edad, aunque había algo que excedía en mucho las condiciones de un poeta primerizo. La melodía de aquellos versos incipientes. Eso me impactó, lo recuerdo perfectamente. Como jamás he tenido oído ni para la música ni para los versos, admiré en aquel alumno lo que posiblemente sea el fruto de un oído natural. Sus poemas sonaban con una armonía y una delicadeza extraordinarias. Impecables.

Aquella mañana hice lo que hacen los profesores. Le di una lista de lecturas y le dije que viniera a verme después del verano con los nuevos poemas que escribiera. Y el alumno Tesán leyó no solo aquellos libros de la lista, sino también otros muchos que había encontrado junto a ellos por su cuenta, en las librerías que ahora frecuentaba, ya como un joven que construye su futuro.  En su caso, otro proyecto de futuro que borraba a pasos agigantados el que había perdido.

De los nuevos poemas que me enseñó ya no puedo decir, en absoluto, que fueran primerizos. Eran impresionantes. Alguno de ellos pasaría directamente a su primer libro, El mismo hombre, que publicó Pre-Textos unos años más tarde, en 1996. Y aquellos poemas, que debí de leer hacia 1991 o 1992, tuvieron otra consecuencia inmediata, ya establecieron entre nosotros otra relación. Dejamos de ser profesor y alumno y desde ese mismo momento pasamos a ser lo que seguimos siendo a día de hoy, colegas en la poesía, amigos en lo personal. Desde ese día traté a Tesán como el poeta, el auténtico poeta en el que se había convertido.

 

2. POSTAL DE LA PLAZA MAYOR O VAMOS A TOMAR UN CAFÉ

De la vida del poeta Tesán dan cuenta dos libros, el ya citado El mismo hombre y después Piedras en el agua, de 2003, ambos publicados en Pre-Textos. Veinte años después, hoy, presentamos el tercero, Gente que bebe. Alguien dirá que no es mucho, pero quizá valga la pena no valorar la poesía al peso y quizá muchos poetas de mi generación, que acaso hayan publicado treinta libros, no hayan escrito tres libros de verdad como los que ha firmado Alberto Tesán. Pero ahí no acaba su vida de poeta, sino que empieza.

A partir de la edición de su primer libro Tesán empezó a entrar en contacto con los poetas de su edad. Estableció con ellos amistad y múltiples complicidades poéticas. Empezó a tejer, junto a sus coetáneos que escribían en los lugares más dispersos, una intensa trama generacional. Los años noventa y la primera década del presente siglo, sin embargo, pertenecía a otras generaciones, que son la anterior a la mía y la mía, entonces amas y señoras del panorama poético. A los jóvenes entonces no les importó. Ni siquiera se pelearon con nosotros. La generación de Tesán, lo he escrito en algún otro sitio, descubrió grietas y ranuras en las poéticas generacionales anteriores, el culturalismo trascendente y el biografismo ensimismado, para escabullirse de lo que les molestaba, lo trascendente y lo ensimismado, aprovechar lo que les satisfacía y superar barreras generacionales sin saltarlas por encima. Una poética subrepticia, que, sin que nadie se diera cuenta, o yo no lo he leído, ya estaba en otra parte: la biografía y la cultura para Tesán y sus coetáneos son pasto de la ironía más feroz, y de la desidentidad que esa misma ironía produce como única identidad del poema.

Quiero acordarme ahora, entre los múltiples amigos y cómplices que Tesan ha tenido durante todos estos años, en dos poetas que me parece que forman con él la columna vertebral ideológica de su generación: Pablo García Casado, con quien comparte el descubrimiento del carácter devastador de estructuras ficticias que tiene el yo sociológico, es decir, el asumir como el sujeto lírico del poema no el yo justiciero y romántico que denuncia el mal, sino el mal mismo encarnado por la persona poética que escribe el poema.

Y quiero citar también otra voz esencial para su generación, Raquel Casas Agustí, poeta en lengua catalana, con quien Tesán comparte principios y finales literarios y una práctica poética desinhibida y descarnada. Y a quien Tesán dedica uno de los mejores poemas del libro que hoy presentamos: «Nocturno de Ofelia».

Otros nombres de la época, es cierto, han quedado relegados a la despiadada descripción que realiza el poema «Mis amigos poetas», aquellos que «Son aburridos, predecibles / y mediocres». Pero para contar, algún día tendrá que hacerse, la historia de la generación de García Casado, de Raquel Casas, de Tesán y de Josep Maria Rodríguez, que es el editor de este libro, se tendrá que recurrir a los mejores, y los mejores son siempre los que siguen fieles al propósito indeleble de abrir un camino donde solo hay maleza y tiniebla. Este Gente que bebe marca una nueva cumbre generacional.

 

3. POSTAL DE PROPAGANDA INSTITUCIONAL O DE LOS QUE SE TRAICIONAN A SÍ MISMOS 

De Gente que bebe, creo que hay que decirlo todo, yo había visto, en 2021 una cubierta que no es esta cubierta. Y unas pruebas que no tenían esta tipografía. El libro estaba a punto de entrar en imprenta cuando al editor que lo había contratado se le ocurrió leerlo. Parece que me lo esté inventando, pero es literal. Se sentó a leerlo y, oh, le parecieron inoportunos tres poemas de este libro. Le pidió a Tesán que, para poderlo publicar en su sello, los quitara. Bueno es Tesán para a estas alturas aceptar componendas. Lo retiró al instante. Y como el destino teje a oscuras de los morales, por volverlo a decir a la griega, el libro no tardó en encontrar, por sí mismo, y al completo, el lugar ideal para él. La editorial Milenio que con tanto acierto dirige Josep Maria Rodríguez.

 

4. POSTAL DE ESTATUA ECUESTRE O QUE TAMBIÉN OPINEN OTROS 

Jesús Aguado, que es un poeta de mi generación y que escribe micro-reseñas críticas, acaba de publicar una brevísima que no puedo dejar de leerla ahora, porque es el pórtico perfecto para el libro que presentamos: «Cuánto tiempo esperando un nuevo libro de Alberto Tesán. Y llega este puñetazo, esta autopsia, esa voracidad, este miedo. Llegan estos poemas desolados y lúcidos que se beben al lector sin misericordia, poniéndole zancadillas a las verdades oficiales, a las vidas encorsetadas, a las ideas de rebajas. Un cirujano ebrio sajando la piel del mundo. Qué difícil no temblar».

 

5. POSTAL DE INTERIOR O LAS PÁGINAS DE UN DIARIO

Las vicisitudes editoriales provocaron que de este libro apareciera un primer comentario crítico en 2021, casi dos años antes de su publicación. Lo había escrito en mi diario de 2019, cuando recibí el manuscrito, y nunca pensé que se publicaría antes el diario que el libro. Recuerdo ahora un fragmento de aquella primera impresión:

«Lo fascinante para un lector de poesía contemporánea es que el conflicto central del libro no es el temático, el que se escenifica en una ruptura conyugal, sino el enfrentamiento que se produce entre el sujeto lírico y el sujeto sociológico. ¿Hasta qué punto la sociedad absorbe nuestro yo para convertirnos en estereotipos y hasta qué punto en el estereotipo está, sangrando, la herida del yo? Eso es lo que me ha maravillado del libro, que trenza la vena sociológica (más evidente en los poemas en verso) y la lírica (más arraigada en los poemas en prosa) de modo que la frontera entre ambos desaparece. Resulta deslumbrante esta abolición de límites entre el ser social (el personaje ideado para escribir los poemas y como tal emblema de una masculinidad herida, por decirlo de alguna manera, y de un orgullo vengativo) y el lírico (que trata de comprender desde dentro en qué le ha convertido su propia vida). Un gran libro inquietante, lúcido y desolado. Ojalá haya quien sepa leerlo».

 

6. POSTAL DE LA CRIPTA DE LA CATEDRAL O EL LIBRO QUE SE ESCRIBE HACIA DENTRO

Gente que bebe es la crónica fragmentaria e impertinente de una deflagración que se expone ante el lector fotograma a fotograma, o, literalmente, la explosión de una ruptura conyugal mostrada poema a poema. La condición fragmentaria es la manera que tiene el presente de recoger la historia de modo que evoque no la pérdida amorosa, sino la del propio ser contemporáneo. La impertinencia, lo intempestivo de estos poemas, es una forma de encarnar la propia esencia de lo poético. Tesán lo explica muy bien en el poema «Mis amigos poeta», ya citado: «Saben juntar palabras, ganan premios mediocres / y conocen la fórmula para gustarse entre ellos». Lo que Alberto hace es diametralmente lo opuesto.

         Si uno se detiene sobre la manera de encajar los fragmentos en la historia que el libro evoca enseguida percibe que en absoluto tiene forma de un mosaico, porque cada conjunto resulta incompatible con el resto. Un mínimo gesto formal lo explicita: hay poemas en prosa y hay poemas en verso, por separado y entreverados. Conceptualmente el abismo que los separa es aún mayor. No pueden formar un mosaico porque su distribución no ocupa un plano horizontal, el propio de las historias convencionales, sino que encajan en un imposible plano vertical. Unos fragmentos dentro de los otros. Un puzle que solo puede representar la columna de un estilita. Hay fragmentos que los protagoniza un yo lírico, con una personalidad devastada por su impotencia ante lo que le ocurre; otros encarnan, dentro de este (y no al revés, que sería lo fácil), una época distorsionada por la imposibilidad de los que la viven para saber en verdad quiénes son y qué les ocurre; y aún hay un estrato inferior aún más profundo, que es el lector, incomodado por la lectura, que asiste a lo no dicho por las inercias del presente. Y así unos fragmentos dentro de otros fragmentos evocan el gran estallido las postrimerías.

         Alberto Tesán en este construir la historia de una deflagración, hacia el interior del magma que dio lugar a las piedras que pisa, no olvida que la nuestra, hija de Sísifo, es una época en la que nada acaba con lo que acaba y su finitud es siempre un volver a empezar. Hay una sección del libro en la que quiero fijarme ahora. Se denomina «Alta velocidad». Alta Velocidad es como le llaman en Zaragoza, donde ha vivido mientras escribía este libro, al metro de la ciudad. El metro es, como todos sabemos, el territorio fundacional de los desconocidos. Pero desde que Frank Sinatra cantara «Strangers in the Night», los desconocidos son la fuente privilegiada de las historias de amor. Es lo que cuenta esta serie, una historia de amor, Sísifo que recoge la piedra del pie de la ladera para volver a ascender hacia la cumbre.  Solo tiene tres poemas, que ejemplifican con claridad la fragmentación vertical del libro. El primero traza el punto de vista de la realidad. Alguien que sube a un tren, toma asiento, oye una voz «y el milagro sucede». El segundo recrea no lo que esa voz dice, sino el universo que despierta al hablar en la imaginación de quien al oírlo construye la perfección o la imperfección del mundo. Y ese ya es un punto de vista que desborda al sujeto lírico, lo convierte, como hacían los poetas antiguos, en mito. En este caso, claro, solo construye la perfección del mundo: «Eres feliz dando forma a lo que no es». Y el tercer poema, escrito sobre un sujeto con marcas de género en femenino, representa también al lector que, en el papel de Penélope, como ella: «Desteje los pensamientos con los ojos cerrados». Esta fragmentación, no de mosaico, sino de prospección petrolífera es, aquí simplificada, la que construye todo el libro.

 

7. POSTAL DEL TEMPLO DE ARTEMISA O CATÁLOGO DE LAS NOSTALGIAS

Y acabo con una pequeña fábula, mi regalo al poeta Alberto Tesán. De Monsieur Teste, aquel ser simulado que ideó Paul Valéry —en la misma época en la que Pessoa dirigía su orquesta de heterónimos y poco antes de que Machado empezara la contratación de su banda municipal de filósofos apócrifos—, de Monsieur Teste afirmaba su esposa: «De hecho, el señor Teste piensa que el amor consiste en poder hacer el idiota juntos». Una definición en la que resulta útil detenerse.

El progreso del ser humano se construye a partir de la conquista de la racionalidad sobre el pensamiento irracional. Dentro de este, el amor no se diferenciaba del resto de los impulsos animales de los humanos. Tal vez por eso Platón, al inicio del camino de la racionalidad, no encontró razones para contemplar el amor dentro de su cauce. Lo acumuló al paquete de lo mitológico y lo expulsó fuera de las murallas, junto a sus exégetas, los poetas. Por eso entre la gente todavía recibe el apelativo de poeta quien anda ciegamente enamorado. Es curioso cómo sobreviven estas ideas en el curso de los siglos. Cualquier movimiento filosófico que haya desafiado la racionalidad desde entonces ha esgrimido el amor como arma. Así lo hicieron los medievales con el Amor Cortés frente a la moral religiosa de la época. O los románticos, frente al espíritu pragmático de la Ilustración.

El movimiento cultural más intenso para integrar el amor dentro de las vías racionales lo vivimos a diario en el cine y en los medios de comunicación. La doble exigencia de un final feliz, por un lado, y de la enseñanza positiva, por otro, convergen en una alianza de película entre convenciones sociales y ejemplaridad del amor. Un pacto en el que la sociedad acepta el amor como impulso propio y el amor se deja erosionar las crestas más silvestres.

 No sé si conseguirán liberar alguna vez al amor de su otra cara de la luna. De momento, su impetuosidad ha sido relegada a la marginalidad social, vilipendiada como sexo, mientras en el centro del fenómeno permanece una versión edulcorada por la pureza ideal de los sentimientos. Cómo echo de menos aquella vieja identidad platónica que conectaba a los amantes irredentos con los poetas, y a estos con los vientos de la irracionalidad. Quizá Bukowski, Estellés, Fonollosa o Alberto Tesán sean los últimos intérpretes de aquella música salvaje que impedía el florecimiento de cualquier idea sensata sobre el amor. Cómo añoro la definición de Monsieur Teste. 

 



martes, 24 de enero de 2023

Una niebla que aclare | «Laberinto», de José Manuel Benítez Ariza




Una nota de contracubierta informa de que Laberinto (Renacimiento, Sevilla, 2022), «culmina este ciclo indagatorio». Se refiere, sin duda, al ciclo de poesía reflexiva que inició Arabesco (2018), libro donde se desarrolla la metáfora del arte como comprensión de lo intrincado: «Cierro los ojos para ver mejor». Continuó el ciclo con Realidad (2022), cuyo título era ya una declaración de intenciones: «Si miras con ojos entornados, / si sostienes esa mirada anómala, / pierde la realidad su consistencia sólida, sus perfiles precisos / y todo tiende a disolverse». El tercer paso y conclusión lo acaba de dar Laberinto con una cadencia cronológica bianual. Un simbólico final de trilogía que parte de abrir los ojos al mundo (que se habían cerrado para sentir y que se entornaban para verlo transformado): «A la vez que avanzábamos, íbamos discutiendo: / ¿no sería forzoso / reconocer que estábamos perdidos?». Es decir, si se habían cerrado los ojos «para ver», y se habían entornado para comprender, ahora se abren al completo para no ver ni entender. Esta triple actitud de la mirada (cerrada, entornada, abierta) traza el marco simbólico en el que se desarrolla este importante ciclo poético sobre la percepción de la existencia que acaba de «culminar» José Manuel Benítez Ariza (1963). Un hito en la poesía contemporánea.

         El título, Laberinto y su intrínseca ceguera derivan del descubrimiento vital de una incógnita, lo que el volumen indaga: la puerta de salida del laberinto comunica con la puerta de entrada, ambas son la misma. Lo que se había interpretado ontológicamente como camino rectilíneo, a cierta edad se descubre que «el laberinto no era más que un círculo». La edad es, para Benítez Ariza, poeta que en los versos siempre ha sido fiel a su propia biografía, la suya: «Al filo ya de los sesenta, / me da por preguntarme qué vendrá / después, cómo será / el tiempo que me queda». Las dos primeras secciones del libro son la respuesta a esta cuestión biográfica. «Buenos días» es el título del primer poema. Una recreación anafórica y costumbrista de los días del poeta. Un inocente saludo a lo que, durante treinta y cinco años ha sido la materia de su poesía, «la razón de ser de que yo venga aquí a dar fe de ello», que, de repente, descubre en el propio ejercicio de contarlo una amenaza: «¿Os veo mañana?». Poco después se sucede un escalofriante «Abecedario» de muertes y una emocionante elegía en memoria de la madre: «y, al fin y al cabo, da igual, / en la nada que seremos, / quién fue antes, quién detrás».

         El descubrimiento del libro es la otra respuesta que le proporciona la sección que titula también el conjunto: «Laberinto», cuya puerta de salida coincide, «cuando resuena en la memoria / —la distancia más corta—», con la que fue de entrada («y en la tiniebla emerge / mi padre niño con un pájaro…»). Acercarse al final del laberinto implica descubrir el sentido que tuvo… su inicio. Porque los significados, y esta es la lección que cierra el ciclo sobre la percepción, solo se encuentran por detrás, hacia la puerta de entrada al laberinto, también los que ocultan el sentido de la puerta de salida.

         En este marco reflexivo general, el libro incluye dos secciones que completan el ciclo desde otro punto de vista y añaden, a su trazado metafísico como teoría de la percepción, el de gran mosaico de las percepciones. Así, publica ahora un «Tercer cuaderno irlandés», que sumados al «Tríptico irlandés» de Arabesco y a la «Segunda suite irlandesa» de Realidad, ofrecen un libro singular dentro de los libros sobre la experiencia y las visiones de Irlanda. Si en la primera entrega los poemas irlandeses son eminentemente descriptivos, en la segunda predomina el carácter valorativo y crítico, en el tercero, en coherencia con el conjunto, son sobre todo nostálgicos: «Nosotros, desde el barco, le decimos adiós / a este empeño de todo por disolverse en todo, / del que sólo resulta vencedora la niebla». Uno de los poemas finales del libro define la niebla como lo que sustituye la belleza de un paisaje frente al cual los ojos han sido deslumbrados, cuando «la propia luz acaba por destruirlos».

La parte tercera, «Interludio: pájaros», y algunos poemas del conjunto enriquecen las pequeñas meditaciones a partir de elementos de la naturaleza, un tipo de poema, casi una acuarela verbal, que abunda en la trilogía y en los que Benítez Ariza se muestra como un maestro capaz de sugerir lo más complejo a partir de la visión en apariencia más fugaz. Destaca, en este aspecto, el poema «La primera», la evocación de un instante cotidiano, la salida del redil de un rebaño de ovejas, contemplado durante un itinerario por carretera por un grupo de amigos, que de repente quedan ensimismados con la estampa: «Nosotros, desde el coche detenido / al paso del rebaño, / más que verlo pasar, lo entresoñamos». Versos que ofrecen una hermosa metáfora de la percepción poética como epifanía. Esta inesperada revelación detiene el paso del tiempo con una densa trama de sugerencias y evocaciones que permiten el tránsito entre las puertas del laberinto, desde la de salida, que no se ve con los ojos abiertos, hacia la de entrada, que con los ojos cerrados se contempla pletórica de los significados que le proporciona el arte.

[Letras 21 | nuevatribuna.es | 24 de enero de 2023 | Enlace]

miércoles, 4 de enero de 2023

Príncipe sin reino | «Ascensión», de Javier Lostalé





Lectores y amigos de Javier Lostalé (1942) conmemoraron en junio el octogésimo aniversario del poeta con la edición del libro En su hondo resplandor (Revista Áurea y Polibea, 2022), una recopilación de textos y poemas en su homenaje de casi un centenar de escritores de todas las generaciones, desde el nonagenario José Corredor-Matheos hasta los 19 años de Mario Obrero. Y ahora el propio autor es quien lo celebra con la edición de Ascensión (Pre-Textos, Valencia, 2022), su noveno título desde que en 1976 publicara el ya legendario Jimmy, Jimmy. Casi cinco décadas de poesía, y no solo a través de la escritura, sino también entregadas a la lectura y comprensión de otros poetas, clásicos y contemporáneos juntos, a través de su dedicación al periodismo cultural, y en especial, al radiofónico.

         Si Jimmy, Jimmy, como lema al frente de un libro, sonaba como grito —también generacional— de entrada en una realidad que se exigía más compleja y múltiple de lo que había sido, Ascensión recoge toda la tradición mística de la palabra para aplicársela al principio impulsor de una vida, el amor. Un suspiro de abandono de una realidad contingente y amorfa en favor de una experiencia de la vida, aún posible, de plena y absoluta elevación espiritual y amorosa.

         La aspiración idealista ha sido una constante en los últimos libros de Javier Lostalé, y relevante es el esfuerzo del poeta por ubicarla en el tiempo y en los espacios de una biografía real. La singularidad de este libro es el abandono de este propósito, pero no de su aliento germinal. Hasta en seis ocasiones a lo largo de los poemas se repite, como estribillo global del conjunto, una constatación que se afirma ya desde el tercer verso del primer poema: «sin tiempo ni espacio». Como lo es la «transparencia» vivida de una «entrega». «Sin espacio ni tiempo», como invade el «deslumbramiento…/ de otro ser». Un «corazón / que continuamente florece / sin tiempo ni lugar». Porque «el tiempo se desnuda» en la «plenitud… / para aquellos que un día se amaron». «Pues tiempo y espacio / desaparecen» si «un ser te concibe / hasta entornarte en su alma». En suma, una sublimación de la experiencia amorosa, «tan pura / que sin tiempo ni espacio / precede a tu propia experiencia». El proceso de ascensión mística cumple, con la liberación de las coordenadas del vivir mortal, un ciclo completo desde la entrega (vía purgativa), pasando por deslumbramiento (vía iluminativa) y culminando en la pureza donde se funde toda experiencia para desaparecer y al mismo tiempo emerger como única experiencia vital, la amorosa (vía unitiva).

         Este idealismo absoluto como interpretación del ciclo vital, emparentado con un proceso místico de la devoción amorosa, no olvida su amarga contrapartida, otra constante en la obra poética de Javier Lostalé, la conciencia de la soledad esencial del ser humano. En el poema «Clausura», la meditación sobre la naturaleza y sus metáforas amorosas le hace consciente, a la segunda persona con la que el poeta suele expresar su lirismo, de «que al respirar su enigma / tu corazón se purifique / en el incendio más solitario». El amor es un camino que se emprende y vivifica en soledad. Pero también la soledad posee una dimensión menos abstracta, más humana, como consecuencia necesaria de este idealismo amoroso absoluto, que el poeta no ha pretendido nunca ocultar. El final del poema «Oculto» resulta emblemático de una conciencia de derrota ante las aspiraciones ideales que han convivido con la propia exaltación, como dos caras de una misma moneda: «Pronunciaste muchas veces amor… / En latido siempre oculto / enfermó tu corazón / hasta navegar solitario / como una estrella sin destino».

         Los acentos de esta contrariedad, al tiempo que definen su desazón, muestran certeras notaciones de lo paradójico en la raíz de las idealizaciones. El poema «Fuga» reconoce que «Quien nadie espera / pronuncia en silencio un nombre / y lo abraza hasta escucharlo» y «se le vuelve compañía». Es difícil describir con mayor exactitud el amor ideal, aquel que «Siempre despierta de un sueño / en el que nunca estuvo». O la contradictoria afirmación que subyace en quien espera su renacimiento como ser amado con una sorprendente actitud ante la expectativa: «Ser un príncipe de nadie / es la aventura más hermosa».

         En su conjunto, Javier Lostalé ha querido celebrar la lucidez de su edad con un libro solo inspirado en las esencias. Ya no es tiempo para dedicarlo a conflictos con la realidad ni a contrastes con las contingencias del espacio. Es la hora de la introspección mística, la que traza el camino que se ha vivido como una verdad que se comprende, que se reitera y que se sublima a la vez que se revela la contrariedad y la inarmonía, también esenciales, con las que se ha experimentado esa verdad como «un explorador ciego / que en su travesía / no ve nunca su mentira».

[Cao Cultura, 30 de diciembre de 2022. Enlace]


miércoles, 28 de diciembre de 2022

Lectura con retraso de un libro de Jenaro Talens






Jenaro Talens (1946) publicó Orfeo filmado en el campo de batalla en 1994, una edición de Hiperión con cubierta en color verde aguamarina. De los otros libros del poeta habré leído unos cuantos, siempre con interés, pero este me faltaba en el estante. Así que lo rescato de un lote de libros que encuentro en el puesto de Sánchez, en el mercado de San Antonio, el domingo pasado. En el mismo montón veo otros títulos de los años ochenta y noventa, de poetas incluso de mi generación. Todo los que encuentro ya los tengo, así que me quedo solo con el volumen, por el que pago tres euros. Ni en este, ni en los otros que tenía alrededor veo ningún rastro del dueño anterior. Ni firma, ni fecha, ni anotaciones. Un lector silencioso. Pero atento, su biblioteca —ahora hecha jirones— no me parece convencional. Luego, cuando abra el libro de Talens encontraré una pista. El sello en papel del lugar donde se compró: Librería Escarabajal, situada, según veo, en la Calle Mayor de Cartagena. En Wikipedia descubro que esta librería abrió sus puertas en 1888 y las cerró en 2013.

         Aunque tengo otras lecturas pendientes, me ha apetecido colar este libro y leerlo durante una tranquila tarde de diciembre. Es posible que ahora haga diez o quince años desde que leí el último libro de Jenaro Talens, no sé muy bien por qué en cierto momento me dejó de interesar. Así que lo inicio con una idea difusa de su autor, pero favorable. Incluso esperanzada, pensando que tal vez este libro que me había saltado fuera el definitivo.

En las primeras páginas, donde se reproduce el título del libro, me hace sonreír una fecha entre paréntesis: «(1993)». Como el libro es del 94, parece que el autor defienda, como si fuera un dependiente de pastelería, que su obra es reciente. Escrito y publicado casi al mismo tiempo. Aunque yo lo lea con veintiocho años de retraso. ¿Habrá caducado esa inmediatez? Fechar de esta manera un libro es un gesto que está a medio camino entre la ingenuidad y la petulancia. Luego, cuando lo haya leído, tal vez le encuentre un sentido a la fecha: Talens es un poco grafómano y de ahí el empeño por ubicar la escritura en el tiempo. En muchos poemas aparece escribiendo en el momento de vivir lo que evoca el poema: en habitaciones de hotel, en cafés, en aviones. En cualquier parte. A sí mismo se presenta como un fotógrafo se haría un autorretrato, siempre cámara en alto. En coherencia con esta grafomanía, salvo algunos, sus textos carecen de la concreción de poema, forman parte un flujo de escritura cuyo inicio o final, en cada página, parece aleatorio porque en general continúa en la siguiente con idénticos tonos y significados.

El tono, o mejor, el despliegue lingüístico de su escritura, es un aspecto cuyo interés reconozco como lo que me había seducido en el pasado. No sé bien por qué. Aprecio la distancia que establece, a través de la lengua, con la materia que evoca en cada poema. Esta distancia, observo, es doble. Por una parte, las palabras no designan un contenido, sino que construyen por encima un recubrimiento enigmático que en sí mismo resulta atractivo revelar. Es una derivación de las técnicas barrocas, pero, por otra parte, y a diferencia de estas, las fricciones del entramado no producen la típica sensación de calentamiento verbal, sino, por el contrario, muestran un perfil gélido. Pétreo, casi. Como si flecos y pliegues lingüísticos no fueran trazados en el verso con un despliegue de colores, sino con blanco y tieso alabastro.  

Hasta este punto creo que reconozco las virtudes del poeta que había admirado. Pero descubro una diferencia, leo a muchos años de distancia de su publicación, no solo los del libro, sino también los míos, puesto que hasta este momento creo que siempre he sido, como lector, más joven que el poeta. En esta ocasión, sin embargo, supero en más de una década la edad que tenía el autor al escribirlo, y creo que eso pesa también en la lectura. Porque ahora me encandila menos la dicción y me preocupo más por ir al epicentro de los significados a partir de los cuales se despliega su admirable carpa verbal.

Orfeo filmado en el campo de batalla  es un título pretencioso. Con Introducción, siete títulos de «Capítulo» y Epílogo, la estructura para-cinematográfica también lo es. En el séptimo, «Eurídice», por ejemplo, un conjunto de diez poemas numerados, no se consigue percibir nada que no tenga relación con la línea temática que han desarrollado los anteriores capítulos. Con excepción del «Capítulo tres», que evoca una celebración amorosa durante unas vacaciones de Semana Santa en Nerja, en el resto fluye el vago ensimismamiento de un temperamento depresivo, una evocación de estados de ánimo de una difusa nostalgia o de un malestar cuya indefinición lo emparienta con las pasiones inmaduras. Tal vez, tardoadolescentes. Esa voluntad de acumulación de rasgos oscuros le lleva incluso a traicionar su habitual dominio del lenguaje con pleonasmos («y esconde mis recuerdos en un lugar oculto») y con obviedades («en esta piel que ahora me cubre como un escalofrío»).

Este único tema del libro, la insatisfacción consigo mismo, es la que va adaptándose a las diferentes realidades por las que transita el poema, de ahí que el libro se lea antes como un dietario poético escrito por un único sujeto, que como un desarrollo complejo de personajes y tramas mitológicas como el que poeta ha querido presentar. En esa descompensación entre estructura y significado radica la petulancia del libro, en un nivel externo. Pero en el nivel interno también se reproduce la sensación que tiene el lector de asistir a la proyección de una hermosa vacuidad, dada la riqueza verbal desplegada para tal ausencia conceptual.

[Inédito]

martes, 20 de diciembre de 2022

Presentación de «Santuario» / Rafael Pérez Estrada antes de Rafael Pérez Estrada / 1972-1985»





No sé si el volumen cuya edición nos ha reunido esta tarde es el que ha tardado más en imprimirse desde que fue ideado, pero sin duda es el más lento de la pequeña historia de la editorial Polibea. No puedo afirmar que haya tardado 100 números en aparecer, es decir, 14 años desde que Días impares, un precioso libro de Isabel Bono diera inicio a Los Conjurados (hoy El Levitador) el día 4 de octubre de 2008. No ha tardado 100 números, es cierto, pero sí 95. Tras la edición del número 4, en junio de 2009, ya empezamos a hablar de la edición de un libro titulado «Rafael Pérez Estrada antes de Rafael Pérez Estrada» que reuniera la obra más que dispersa, inencontrable, escrita por el poeta antes de su propia revolución copernicana en 1985. Podría haber sido el libro que hoy presentamos el número 5 de la colección, pero quien tenía que reunirlo ni siquiera lo empezó. Pudo ser el 20, el 40, el 70, todos ellos proyectos que se encargaron y nunca se entregaron, pero ha tenido la paciencia de esperar a ser el número 100. Y la verdad, no podía haber sido de otra manera Dos cosas deja claras este libro: no tenía ninguna prisa por aparecer, pero quería, cuando le tocara, hacer historia. Y la ha hecho situándose en el epicentro del catálogo de una pequeña y hermosa editorial de poesía, hoy ya centenaria en títulos. 

En vida, Rafael Pérez Estrada, publicó sus libros de tres formas diferentes. Su preferida fue las ediciones que cuidaba él mismo y se imprimían (cito) «en Sur, hoy Dardo, Alameda Principal, 37, de Málaga, por los hermanos Andrade», como rezaban los colofones de la época. Aquellos volúmenes en tipografía manual y papel verjurado que se distribuían solo entre conocidos fueron los que Rafael eligió para las primeras ediciones de sus libros más importantes: El libro de horas, Jardín del Unicornio o Bestiario de Livermoore.

Otros títulos aparecieron en ediciones similares. Cuidados cuadernos que formaban selectas colecciones de poesía con la misma exquisitez gráfica que Rafael elegía para sus títulos y que proliferaron en los años 80 y 90 a lo largo de toda la geografía peninsular con una distribución que hoy denominaríamos de proximidad. Y, en tercer lugar, claro, las ediciones convencionales, de tirada más amplias y presencia habitual en librerías. Esta complejidad editorial presentaba una cartografía imposible para los lectores interesados, con títulos agotados casi desde su publicación e infrecuentes también en las librerías anticuarias por los vínculos que estrechaba el lector de Rafael con sus libros por la dificultad de conseguirlos.

Esta caótica situación cambió en 2020 con la edición del volumen Poesía, primero en aparecer de la Obra Reunida de Rafael Pérez Estrada, compendio de todos los libros poéticos del autor al cuidado de Francisco Ruiz Noguera y en edición de Renacimiento. Un volumen extraordinario, de más de mil páginas y un kilo ochocientos gramos de peso. En su conjunto se trata de la reunión de 24 títulos de obra poética publicada durante los quince años más fértiles y geniales de su biografía, entre 1985 y 2000. Poesía contiene la obra que se considera canónica desde la propia opinión del poeta, que otorgó a la edición del Libro de Horas, en 1985, en edición de Sur, ayer Dardo, hoy Centro Cultural Generación del 27, el papel de refundación definitiva de su escritura.

¿Y dónde se encuentra la poesía anterior a 1985 escrita por el poeta malagueño? Pues desde hoy esta es la pregunta más fácil de responder. Está en este libro, en Santuario, Rafael Pérez Estrada antes de Rafael Pérez Estrada, 1972-1985. Y este volumen nace con la voluntad de convertirse en el punto de referencia del primer Rafael Pérez Estrada.

Los orígenes poéticos de Rafael se sitúan a la sombra de sus dos primeras vocaciones literarias, como narrador y como dramaturgo. En 1968, cuando publicó su primer libro, Rafael tenía 34 años. Dibujaba y pintaba desde la adolescencia y, presumiblemente, también escribiera. Pero su inicio literario no era fruto de juventud, sino un texto perfectamente pensado, conjuntado y escrito, Valle de los Galanes, una serie de narraciones poéticas que evocaban el ambiente de la vida malagueña en los años de su infancia, recién acabada la guerra civil. Una delicada selección léxica, un tono intensamente lírico y párrafos brevísimos acercan lo poético a estos textos narrativos con vocación de evocar un mundo perdido.

En las bibliografías de la época el autor señala como su primer libro de poesía Informe, publicado con 38 años, en 1972. El volumen antológico que hoy se presenta mantiene aquella voluntad de arranque poético perezestradiana, pero hay que empezar afirmando que Informe no es un libro de poemas. Sí contiene, en sus ocho secciones, cuatro textos en verso, es decir, cuatro poemas, y desarrolla asuntos relacionados con un poeta. No es un libro de poesía, pero sí es un libro singular. Si se puede hacer la analogía con las artes plásticas, se diría que este libro no es pintura ni escultura, sino una instalación verbal, incluso una perfomance textual, donde se realiza la simbiosis del lenguaje técnico —un informe policial— con una combinación de elementos literarios narrativos, dramáticos y poéticos. 

El primero de los poemas de Informe es también el que abre Santuario, que recoge no solo el poema, sino el capítulo completo donde aparece en forma de instalación artística con lenguajes diversos. Las características de este poema extenso los son también de la primerísima época perezestradiana, y que incluye otros cuatro poemas insertos en una pieza teatral, Nana para asesinar a Yocasta. Es una poesía que conserva algunos acentos lorquianos, pero no los más evidentes. Escrita para ser declamada, encuentra en los juegos repetitivos y en una imaginería levemente surrealista una manera de significar propia de la vanguardia de los años 70, con la que se muestra en perfecta sintonía, pese a no corresponderle por generación.

Entre 1972, fecha de arranque de la poesía perezestradiana, y 1985, en esos trece primeros años de evolución, publicó seis títulos; tres de una dimensión convencional, y otros tres de extensión reducida. El primero fue Testal Encíclica, con diez poemas, que se recoge íntegro en la presente antología —como los otros dos de extensión semejante. El libro se publica también en el fértil año de 1972, pero ya no comparte atributos con los poemas escritos a la sombra de la narración o del teatro. Para su primera poética autónoma, Rafael elige una manera de escribir completamente diferente. Da un giro hacia la oscuridad, en busca de un hermetismo significativo de raíz claramente barroca. Y entre la profusión de imágenes, metáforas, términos inesperados se advierte un tema dominante, intensamente lírico, que es el asombro y la incandescencia emocional ante el amor erótico.

Entre los seis títulos y los poemas publicados de manera aislada o inéditos, en el período que abarca la antología, el corpus conocido de la obra perezestradiana alcanza los 138 poemas, una pequeña parte de ellos con una extensión notable, de centenas de versos; la mayoría poseen una extensión media, entre los veinte y los sesenta versos; y hacia el final del período aparecen los poemas breves, con menos de veinte versos. De estos 138 poemas conocidos, Santuario selecciona 88 textos, que son los que propone para la lectura actual de esta época. Es decir, un 63 por ciento, casi dos tercios del total de poemas escritos por el autor. Una proporción que resulta suficientemente representativa.

Cabría preguntarse ahora en qué se diferencian estos poemas anteriores a 1985 de la obra que el poeta emprende a partir de esta misma fecha. Hay una diferencia en la esencia de su escritura, y, después, diversas diferencias concretas. Empecemos por la esencial. Antes de 1985, Rafael Pérez Estrada era un autor literario en diversos géneros. Publicó, como ya se dicho seis títulos de poesía. Pero en sincronía envió a la imprenta ocho libros de narrativa (unos de relatos, otros con un formato experimental pero que se podría considerar novelístico) y escribió —entre las que se publicaron y las que quedaron inéditas— dieciséis piezas teatrales de diversas extensiones, unas de un solo acto, pero otras con un desarrollo dramático completo para una representación convencional. Es decir, escribió, siempre con una vocación estética de vanguardia, poesía, narrativa y teatro. Pero a partir de 1985, la revolución consiste en escribir en un único género literario, donde incorpora elementos narrativos y dramáticos, pero siempre bajo un claro amparo de lo poético. Un género poético singular, ajustado con exactitud a su medida creativa, de una gran feracidad y que fue evolucionando desde 1985 hasta el año 2000 a la par que iban sucediéndose esos veinticuatro títulos que recoge el volumen Poesía de la Obra Reunida.

Al inicio de los años 80 los poemas perezestradianos muestran una nueva transformación. La oscuridad se abre, el protagonismo lingüístico se relaja y los textos pasan a reflejar un mundo que le rodea, que el poeta describe, aunque nunca se contenta con la mera descripción, sino que interviene en el texto a veces con una voluntad moral, otras veces con ironía, pero siempre con la intención de descubrir los sentidos ocultos y verdaderos de la feria de vanidades en la que transcurre la vida. El amor erótico sigue siendo un tema germinal de sus poemas, pero ha sido desplazado del centro exclusivo de interés del poema por esa voluntad de juicio del mundo y de especulación en su naturaleza, como sugiere el título de un libro de aquella época, del que elijo un texto emblemático de su escritura con el que cierro esta mínima lectura cuyo único propósito ha sido despertar el interés por este territorio poético inicial, extraño, intenso y quizá desconocido para muchos de los lectores incondicionales del gran Rafael Pérez Estrada.


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