El balcón de enfrente

martes, 13 de noviembre de 2018

Elizabeth Bishop o salir del tiempo para entrar en el presente



OBRA POÉTICA, de Elizabeth Bishop 
Ediciones Igitur, Montblanc, 2008

Sorprende el interés que han despertado las recientes traducciones de tres poetas norteamericanas del siglo XX —Elizabeth Bishop (1911-1979), Anne Sexton (1928–1974) y Sylvia Plath (1932–1963)— cuyas obras parecen emerger antes de la biografía —aquello que los teóricos coetáneos habían dicho que no existía— que de las concepciones estéticas e intelectuales de la época. Aunque tan importante sea subrayar esta dependencia entre vida y obra, a contracorriente de muchas ideas literarias, como lo opuesto: la independencia de la vida que la obra alcanza al convertirse en un estilo poético, atractivo e innovador. Bishop es un excelente ejemplo. De muchos poemas se diría que están ligados a su geografía vital, pero en ningún momento se puede afirmar que sea una autora emblemática de tal o cual paisaje. Lo fue de las grandes ciudades (Nueva York, Rio) y de los parajes más solitarios y agrestes de América o de Brasil. Y todos estos lugares fueron captados por su portentoso entramado retórico y por su prodigiosa capacidad para la descripción precisa y significativa, es decir, lo que admira es un estilo poético, no una biografía. La vida es sólo el elemento que nutre el estilo, como en otros escritores lo son las ideas estéticas.
    Bishop, que recibió la influencia de los surrealistas y el magisterio de Ezra Pound y vivió un siglo obsesionado por la temporalidad y la historia, construyó su estilo poético exactamente en el camino opuesto al que le señalaba su época: la realidad y el espacio serán los elementos determinantes. Bishop citaba con frecuencia una frase de Auden donde afirma que la geografía es más importante para el hombre moderno que la historia, pero ya antes ella lo había escrito en uno de sus primeros poemas: «Preferíamos el iceberg al barco». Algunos elementos retóricos de su manera de contemplar el paisaje se han incorporado a la poesía contemporánea igual que Edward Hopper ha proporcionado una concreta imaginería a la figuración del presente. Destaca el modo como la poeta mezcla las visiones de la naturaleza con la vida cotidiana, convirtiéndolo en una forma de profundizar en lo desconocido: «cada pétalo quemado, en apariencia, por la punta de un cigarrillo» o «malintencionado como el niño de los vecinos, / el trueno…». Resultado notable obtiene, también, con las comparaciones que invierten el prestigio de lo comparado —en la tradición se compara siempre con un elemento de grado superior—: «Junto al mar, / azul igual que una caballa» o «las montañas parecen cascos de volcados buques». Y en todos los casos, los paisajes que Bishop retrata nunca ocultan lo que impide su idealización: «y en algún lugar la niebla incorpora el latido, / rápido pero no urgente, de un bote a motor».
    Esta naturaleza feraz y enigmática, tanto de las selvas brasileñas como de los bosques americanos, encuentra su sentido —su manera de ser abordada poéticamente—en la comparación con los aspectos más triviales y nimios de la vida cotidiana. La relación que establece Bishop entre una naturaleza absorbida por la experiencia de lo cotidiano tiene en uno de sus grandes poemas últimos, «El alce», su reverso trascendente. El texto narra en detalle las vicisitudes de un viaje nocturno en autobús. En cierto momento, el conductor detiene la marcha: «Un alce ha salido / del bosque impenetrable / y se planta ahí amenazador, / en medio de la carretera». Ahora es la cotidianidad cuyo sentido se ve desbordado por la presencia de la naturaleza: «y después hay un débil / olor a alce, un acre / olor a gasolina». Esta íntima convivencia entre lo cotidiano y lo excepcional de la realidad es el modo de comprenderla que Elizabeth Bishop entrega con generosidad a sus lectores.

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