El balcón de enfrente

domingo, 2 de septiembre de 2018

Manuel Álvarez Ortega, palabra en exilio




OBRA POÉTICA (1941-2005), de Manuel Álvarez Ortega 
Visor, Madrid, 2006. 

Si Antonio Machado acuñó el lema «Palabra en el tiempo» para subrayar la necesidad de que la poesía dialogue con su época, se diría que Manuel Álvarez Ortega (1923-2014), con mayor radicalidad incluso que la «inmensa minoría» junarramoniana, ha buscado situarse en el polo opuesto, que bien podría denominarse «Palabra en exilio». Exilio (1955) fue, en efecto, uno de los títulos centrales de su obra y término que ha ido cargándose de matices. En 1948, un primer libro lo afirmaba rotundo: «Esa sería la oración tan sólo, el único canto, el canto para mí». Y en este lirismo radical —la perfección de las formas clásicas, en las que es un maestro del siglo XX, evita el riesgo de solipsismo— ha construido una obra ajena a cuanto no fuera su conflicto esencial, despegada de su tiempo, indemne al paso de estéticas y generaciones. Un único poema —entre las 1.450 páginas— dedica a sus contemporáneos: «Perro fue, guardián de otros poetas. / Ahora los conoce. Rostros de carnaval son. Lengua muerta. […] río de excrementos». Como si la época hubiera hecho todo lo posible por excluir a quien la excluye, un tercio de esta magna Obra poética ha permanecido inédita, y lo publicado ha salido en desorden, a veces en editoriales insignificantes y con enormes retrasos. Circunstancia a la que por fin ha logrado imponerse un poeta que, también en esto, ha despreciado el carnaval del presente. Ninguna historia literaria sabe dónde situarlo, pero esta «soledad» forma parte intrínseca de su escritura.
    El exilio poético de Álvarez Ortega no sólo fue sociológico, sino especialmente estético y temático. El poema en el que juzga la poesía de su tiempo sólo salva un nombre: «Rainer Maria, tú sólo… estrella única». Es una afirmación relevante. Este rechazo de su tiempo se hace en nombre de lo que significó Rilke para la estética: la grandiosidad de las postrimerías. Y en este sentido toda la obra de Álvarez Ortega es un monumento a lo que podría haber sido el arte del siglo XX si no hubieran existido los movimientos artísticos del siglo XX, las vanguardias de toda índole. Álvarez Ortega ha despreciado su época para construir otro presente en el exilio del tiempo: el que continúa la tradición del claroscuro y las sombras que nace con el barroco, la obsesión suicida y atormentada del romanticismo y la acidez melancólica del simbolismo.
    «El exilio se escribe cuando el amor muere y el polvo y la ruina con llanto lo custodian», escribe en 1958 —y lo publica en 1984—. Toda esta extensísima obra —35 libros escritos en sesenta años— tiene un único argumento. Se detectan en su recorrido títulos con los que el poeta parece convocar una mudanza temática («Última elegía», Génesis, Carpe Diem…), que no prospera, porque una y otra vez la escritura va girando alrededor de un único tema: la muerte temprana del amante, que va a suponer la muerte del amor, la soledad y la conciencia de una perpetua víspera de la muerte, o la esperanza de un renacer que no llega. Atormentado y desgarrado, unas veces; nostálgico y sensual, otras, escribe siempre bajo el recuerdo del ausente. Y en esta basta reflexión sobre el amor y sus infiernos emerge la aciaga visión del sexo: «el hielo que precede al escorpión giratorio del sexo». Al sexo dedica uno de los libros más impresionantes del conjunto, Mantia fidelis (1976), hasta ahora inédito. El conflicto entre la fidelidad y corrupción, tormento y paraíso adquiere una dimensión estremecedora, casi metafísica: «mercaderes en hoteles de alcohol y corrientes de humo, / larvas abrazadas en el osario / del exilio».

[El Ciervo nº 673. Abril de 2007]

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