
Los lingüistas definen «verbo» como la única clase de palabras capaz de implicar tiempo mediante un morfema. En literatura, la conciencia del paso del tiempo desde muy temprano fue patrimonio de la lírica; uno de los primeros textos conservados en China, del siglo XI aC, acaba con esta precisa metáfora temporal: «A por artemisas fuiste. / Un día sin verte / Es como tres años». El «verbo» literario posee, por el contrario, una connotación épica. Parafraseando la definición lingüística se puede afirmar que en literatura el «verbo» implica narración. Esta es la primera gran paradoja de Verbos: para desentrañar conceptos esencialmente líricos —«Amor» y «Conocimiento»— Jesús Aguado (1961) presenta una serie de verbos ordenados como si se tratara de un pequeño diccionario. La segunda paradoja es que estos verbos, que irradian sobre el poema desde el título, a veces se ausentan del texto. El primer poema, «Amar», sirve como ejemplo: «la tetera humeante / las manos ahuecadas / todavía / el sol sobre las plantas». La tercera paradoja es que la escritura no pierde referentes narrativos, pese a la elisión total de los verbos entre las tres imágenes y pese a la que función verbal (implicar tiempo) se la arrogue un adverbio —«todavía»—, sino que los gana: desde el título, el verbo «amar» ofrece temporalidad y acción a la estampa nominal. Es relevante fijar este juego de paradojas, como de muñeca rusa, porque si en la poesía clásica se juzgaba al poeta por la tradición a la que se adscribía, en la contemporánea se le valora por su capacidad de alterar y modificar las expectativas de los materiales que utiliza.
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El libro, con su nueva estrategia verbal, indaga los dos ámbitos temáticos predilectos de Aguado: el amor y el conocimiento. Ambos sufren un movimiento de amplitud: el amor se bifurca —a la amada y a la hija, en la primera sección, la más cohesionada y brillante— y el saber sobre el mundo se dispersa, se va disgregando en pequeños átomos de significado que contienen al mismo tiempo certezas e incertidumbres; juntos los dos polos antagónicos de lo conocido: el verbo «Insistir» se define como «cultivar desaciertos / las semillas / hacen suya tu causa y fructifican».
El Ciervo nº 710, mayo de 2010
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