El balcón de enfrente

lunes, 17 de septiembre de 2018

La canción de los desechos de Francisca Aguirre



NANAS PARA DORMIR DESPERDICIOS, de Francisca Aguirre
Hiperión, Madrid, 2007

Porque «Nadie sabe qué música ponerle a los desechos», o porque al presente, cada vez más absoluto —o mejor, absolutista—, de nada le sirve lo usado —lo manido, lo vivido—, ya nadie parece estar interesado en cantar lo que ha gastado su sentido en esta sociedad —su utilidad, su lozanía—. Posiblemente este haya sido un punto de partida para la espléndida reflexión poética sobre las pérdidas que, en forma de nana de verso largo —como para acunar a adultos— ha realizado Francisca Aguirre (1930). La autora pertenece a un círculo generacional que ha quedado ahogado entre los poetas del 50 y los Novísimos, y cuya contribución a la poesía contemporánea no siempre ha merecido el trato de favor académico que se otorga a las posiciones radicales. De hecho, Nanas para dormir desperdicios, cuarenta años después de que la poeta escribiera su primer libro, sigue leyéndose como un emblema de la apuesta de un grupo generacional que algunos críticos han llamado con escasa fortuna «del 31»: una visión crítica que se desplaza hacia el ámbito del sujeto y que transforma el discurso exclamativo, óseo, del realismo, sin abandonarlo, en una canción connotativa, sentimental —la ternura se impone a la ideología—, escrita con un lenguaje que redescubre las figuras retóricas, aplicadas siempre con el límite de la comprensión. 
    Este nuevo libro de Francisca Aguirre, el segundo tras la reunión de su obra poética en Ensayo general (Calambur, Madrid, 2000), gira en torno a un concepto de esquiva naturaleza («nadie conoce realmente / eso que, de forma extraña y precipitada, / denominamos desperdicio»), pero que posee la virtud de convocar un triple significado: primero, lo residual permite ofrecer una interpretación del presente, tiempo desde el que está escrito el libro con vocación de comprenderlo; segundo, los deshechos son también ese «tiempo de desdicha» que se ha sido, un sustrato que emerge tenaz porque «habría que preguntarse qué hubiera sido de nosotros / sin el apoyo de los desperdicios»; y en último término estos, «los despojos», entroncan con una tradición literaria existencial, leve —y tiernamente— expresionista y absurda («aquello, de tan difícil catalogación, / tan raro, tan absurdo / que apenas si nos atrevíamos a nombrarlo»), que está en la médula del arte del siglo XX; esta convicción estética al cabo resulta tan esencial como las anteriores.
    Mirada lúcida, memoria y densidad literaria se entrecruzan para escribir los mejores poemas del libro: «Nana de las hojas caídas», «Nana de las tachaduras», «Nana de las flores mustias» o «Nana de los residuos»… la simple enumeración de títulos proporciona una idea más concreta del símbolo elegido. La «canción de los restos» que Francisca Aguirre entona en sus nanas («lo importante es cantar») se detiene, sobre todo, en las cosas menudas, intranscendentes, prescindibles, en lo que, de hecho, no es objeto del canto, de la poesía ni del arte: los cajones, las baratijas, las espinas, los cordones, los libros viejos… las esquinas de la existencia que una vez dobladas desaparecen. Se olvidan. «En una esquina de esas yo encontré el amor», tal vez sea por esta razón por la cual la poeta se ha puesto a buscar lo esencial en lo espurio: cuanto carece de voz propia («lo malo es que era mudo») y quien se la presta se descubre, cantándolo, a sí mismo. Y también porque frente al miedo, «el primer compañero de la especie», ya no valen proclamas sino música, «la música lo aturde, / el ritmo lo destruye alegremente». Envés de lo trascendente y conjuro contra el miedo, la amplitud temática había quedado trazada desde el primer poema: «La vida puede ser también un desperdicio».

[El Ciervo nº 683. Febrero de 2008]

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