El balcón de enfrente

lunes, 30 de julio de 2018

La mística del fractal. Clara Janés


FRACTALES, de Clara Janés 
Pre-Textos, Valencia, 2005

Llama la atención en este nuevo libro de Clara Janés (1940) su título, Fractales, y no por ser un vocablo que toma prestado de la ciencia, sino por la importancia que este tiene en la naturaleza. «La morfogénesis de la vida —afirma Jorge Wagensberg— se las arregla con solo dos familias de curvas: círculos y fractales». A la primera pertenecen esferas, ondas, espirales o hélices, todos ellos términos absorbidos por la tradición poética. La segunda tiene una escueta actualidad: la escritura fractal de Ramon Dachs, que encuentra en su manera de reproducción un nuevo tipo de composición poética no lineal (no circular, cabría decir con mayor rigor científico), a la que se suma este volumen así titulado, aunque pronto se advierte que persigue un objetivo muy diferente.
     Si no es el formal, ¿qué aspecto puede interesar a la poesía? Para Clara Janés sin duda la fractalidad es un valor temático. Lo que caracteriza al fractal es su «alta probabilidad de emergencia», es decir, su capacidad incesante de superar su propio confín o, por decirlo con una paradoja, el carácter ilimitado de sus límites: «Venero el árbol y los astros / que se abren camino en nuestros ojos, / espejos de esa noche / que salta la linde de la noche». Estos versos dibujan el arco temático que traza una poesía que puede denominarse fractal: un amor sagrado hacia la naturaleza abre en nuestro interior el camino de la trascendencia. El nombre es novedoso, pero enseguida se observa que la tradición es densa y antigua: la mística, en su sentido más amplio, mirando a occidente y también a oriente. Dos versos del mismo poema subrayan la esencia del símbolo fractal: «yo parto hacia el bosque / del desasimiento». Si el círculo integra, la forma informe conduce «al punto / de la desaparición»: «Pero ya en todo el espacio / me encontraba, / confundida con el aire». Y aún así, ni siquiera esta disolución es un límite: «Perpetuo nuestro anhelo / de rebasar la fuga», porque el anhelo poético permanece inalterado: «No simetría, no, / sino salto / para avanzar, / y una apertura / al trayecto infinito».
     De ese «bosque del desasimiento», también siguiendo la tradición mística, solo se puede hablar mediante paradojas. Dos oxímoros vertebran la experiencia fractal de Clara Janés, uno es «la indetenible quietud», por decirlo con un título de la autora de 1998, y el otro se podría denominar la transparencia de lo oscuro: «¿Quién dijo / que es oscura la noche? / Se abre el sueño / e inunda de claridad / la danza. / Y nuestras cabezas encarnan / la ligereza de la felicidad / transparente / hasta la nada». Estos son los aspectos temáticos que se identifican con una experiencia que puede denominarse fractal, es decir, que no pertenece a la familia poética del círculo o, mejor, de la razón. Pero toda poética contemporánea es, implícita o explícitamente, también una metapoética, y muchos son los poemas que evocan la escritura de esta fractalidad: «Las palabras escapan como un río / por la llanura de la página», empieza un poema; otro exhorta: «Ven a la desaparición / del poema», y siempre late la única función que conoce lo fractal: «No saber; / no saber sino la gravedad que huye».
     La gran fuga remonta noche, quietud o sueño, pero nace siempre de un hecho concreto («Venero el árbol…») y regresa a él para dar cuenta de la más auténtica experiencia fractal y mística del ser humano: el amor. «El amor dormía en la frescura de la hierba. /¡No te despiertes, / no entres en la rueda!»

[El Ciervo nº 654-655. Septiembre-octubre de 2005]

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