Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

viernes, 14 de diciembre de 2018

«Afro», de Guillermo Pérez Gallego



Recuerdo la primera vez que oí hablar de este poema. Fue una mañana de noviembre, calurosa, en 2013, con las chaquetas de temporada en el brazo, en la rua da Ilha, en Coimbra, de camino hacia la biblioteca Joanina. Guillermo López Gallego (1978), a quien había conocido la víspera, contó que estaba escribiendo un extenso poema sobre África. Es lo único que supe entonces. Punto y seguido, fue desgranando la extraordinaria cantidad de situaciones extemporáneas e inverosímiles que vivió como diplomático, su oficio, destinado en Liberia. Daban ganas al oírle de —sin asomo de bochorno— pedirle que escribiera un libro.
    De hecho, Afro (Pre-Textos, Valencia, 2016) son dos libros. Un poema, extenso, y una poética, imprescindible, en el conjunto de notas que añade. Una poética: la meditación, ahora explícita, de cómo los versos dicen. Cada verso reúne una mezcla de elementos que van transformándose unos a otros hasta ser escritura. En primer término está la experiencia del espacio, que no es la crónica —aquellas situaciones inverosímiles—, sino la percepción de una lógica de los objetos diferente («La puerta azul: el gótico africano / Muestra la promesa de un futuro deshabitado») que encarna en mínimos gestos —de repente— simbólicos: «vi mujeres que barrían…».
    El asentamiento de la experiencia —esa vivencia otra del lugar— atraviesa el cedazo de lo leído y evocado. La cultura literaria es la que convierte lo contable en un significado. Para el cronista, el extemporáneo; para el novelista, el narrativo; para el poeta, el alegórico. Las citas a poemas concretos, a autores de referencia, a lecturas que López Gallego especifica entre sus notas trenzan la malla que ha transformado lo sentido en Liberia en una experiencia estética. Un ejemplo, casi trivial, muestra este valor: utiliza la palabra «mandril» en el poema a través de una traducción de Wallace Stevens (pág.38). 
    Ninguno de estos dos elementos, ni su perfecta simbiosis, da existencia al poema. El poema no es la observación de un espacio, sea propio o ajeno, aunque la contenga; ni es tampoco la refundición de un magma de lecturas, aunque las necesite para no naufragar. El poema es la asunción lírica de ambos componentes de la experiencia; su transformación en la esencia misma del sujeto: «Me disuelvo lentamente / En lo que antes me rodeaba / Y ahora soy yo». Y este es el significado de Afroel espacio-otro emerge dentro como una auténtica otredad: «No diferencia realidad de presente».

[El Visir de Abisinia, 14 de mayo de 2016]

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