El balcón de enfrente

jueves, 4 de octubre de 2018

Manuel Mantero. Sin palmadas en las espalda



POESÍA. COMO LLAMA EN EL DIAMANTE (1954-2004), de Manuel Mantero 
RD Editores, Sevilla, 2007

La publicación de la poesía completa de Manuel Mantero (1930) ha de servir, como primer objetivo, para situarle en la historia literaria del siglo XX, donde sin duda merece ocupar un lugar privilegiado, que muchos lectores reconocen, pero que pocos historiadores han sabido ubicar. Mantero pertenece generacional y estéticamente a ese ámbito fronterizo de los años 50, compartido con escritores como Ángel Crespo o César Simón, cuyo protagonismo está aún por definir. De ahí tal vez la saña con que el poeta, en diversos libros, ha tratado el concepto generacional: «Estos payasos su laurel mendigan. / Se jalean, palmean las espaldas / en las fotografías». Su ausencia de las fotografías de grupo, e incluso la distancia geográfica —desde hace décadas vive en Estados Unidos— han aislado su figura, aunque eso en absoluto signifique que su poesía no haya crecido profundamente arraigada en su tiempo, y en su tierra.
    El lector reconoce dos grandes épocas en los diez títulos que la componen, aunque en el caso de Mantero se ha de subrayar una singularidad: cada libro, desde el inicial Mínimas del ciprés y los labios (1958), incorpora nuevos tonos, influjos, temas y aun poéticas que, pese a su diversidad y a veces divergencia, ya no se abandonan en los libros posteriores. Cuanto entra en su poesía, se mantiene. De hecho, en su último libro, emblemáticamente titulado Equipaje (2005), es posible descubrir textos emparentados con toda su biografía poética. Su obra empieza en los año 50 dentro de un realismo connotativo, sentimental, de tonos delicados que incluso necesitó justificar: «Comprended por qué canto / sin el labio partido». Dos temas iniciales, la infancia y Dios, constituirán la columna vertebral también del conjunto de la obra posterior. Esta primera época culmina en un libro excepcional, Misa solemne (1966), donde la recreación de la niñez y la religiosidad se alzan como las columnas que sostienen la existencia. También en este libro se apunta un tercer tema esencial en Mantero: «Y conocí a la mujer / en la penumbra de un cuarto / maloliente, y al salir, / su beso me supo a establo». La mujer, el sexo y el amor, unas veces armónicamente unidos, otras los tres asuntos por separado, se convertirán a partir de aquí en constante asunto de meditación, bien cuando el poeta habla de su educación sentimental de posguerra («Sí, nos amenazaban con el mundo, / con la mujer…» se lee en el poema «Colegio»), bien cuando la escritura vierte su vida cotidiana, uno de los méritos mayores de esta poesía, bien cuando los versos alientan esa teoría del amor y del sexo que la obra desarrolla con extrema lucidez.
     La segunda gran época de Manuel Mantero se caracteriza, a partir de los años 70 y en sintonía con la estética del momento, por la escritura culturalista, por ciertos aspectos levemente experimentales y por un uso del lenguaje más ambicioso. El culturalismo se concreta sobre todo en ciclos inspirados por ciertos mitos clásicos. El más importante es el inscrito bajo el signo de Deucalión (en la mitología griega fue el único superviviente del diluvio enviado por Zeus, y como tal creador de los humanos): «En varón se convirtió / cada piedra que tiré». Si por una parte el culturalismo de Mantero sigue este cauce convencional de la referencia erudita poetizada, por otra se funde con tonos anteriores y adquiere matices propios; así un extenso poema, «Días de Deucalión», describe de forma memorable la vida del poeta durante una jornada cualquiera. A su poética, cabe añadirle en los años 90 un tono más: la atracción por la poesía popular de raíz andaluza, una suerte también de regreso a sus inicios.

[El Ciervo nº 687. Junio de 2008]

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