El balcón de enfrente

sábado, 22 de septiembre de 2018

Grafiti en la estatua: Pablo García Casado



DINERO, de Pablo García Casado 
DVD Ediciones, Barcelona, 2007

Esta colección de collages —con jirones de lenguaje, imágenes distorsionadas y fragmentos del deterioro desprendidos de la ideología del capitalismo— conforma un auténtico tratado de la desolación. Para comprender lo que ha escrito Pablo García Casado (1972) y la tradición a la que se enfrenta, hay que remontarse al proceso insistente de identificación entre verso y expresión del sujeto que ha padecido la historia de la poesía, reducida a mera lírica. Esta identidad no existe en la poesía clásica grecolatina, ni en la tradicional, ni en los espléndidos poetas medievales. La potenciaron aquellos movimientos en favor del sujeto: renacentistas y románticos. Hoy, al cabo de la historia, verso y lírica resultan sinónimos, pese a los esfuerzos con que la modernidad se ha empeñado en dinamitar el binomio. Una de las consecuencias más extendidas de este proceso es la habitual confusión entre tema y asunto en la concepción poética: para escribir un poema de amor parece obvio que el autor ha de tratar de su sentimiento amoroso. Un siglo de vanguardia no ha sido capaz de desterrar esta idea en el subconsciente de los lectores de poesía.
   En su primer libro, Las afueras (1997), mediante una perspectiva sociológica; en el segundo, Mapa de América (2001), a través del imaginario cinematográfico con el que se transcribe la realidad; y ahora en éste, Dinero, con la descomposición verbal y psicológica que provoca en las vidas comunes el paso del tifón de la economía capitalista; García Casado ha buscado denodadamente, adscrito al proyecto esencial de la vanguardia, agrietar la sólida conjunción de verso y lírica, de tema y asunto. Renacentistas y románticos supieron amurallar su proceso esencializador de la poesía con los gruesos sillares de los grandes temas líricos negativos: el desamor, la soledad, la desafección del mundo. Esto es lo que la vanguardia no ha sabido nunca combatir con su binomio de objetividad más humor. Balas de papel frente al pétreo canto de la gran herida que jamás cicatriza en el corazón de los mortales.
    En los tres títulos mencionados, capítulos de una misma intención, y en especial en Dinero, García Casado ha construido un libro con formas experimentales (el poema en prosa, la técnica del collage, la elipsis) y con un asunto concreto que se aborda desde una objetividad radical (el sujeto, identificado con el poeta, está del todo ausente, ni siquiera aparece por la puerta falsa de los trasuntos), es decir, con los presupuestos propios de la vanguardia, pero con una intención temática que emerge desde el centro mismo de las poéticas subjetivas: la desolación ante el mundo, el desengaño ante la realidad.
    Dinero se puede clasificar al mismo tiempo —por sus formas— en la tradición vanguardista y —por su tema—en la tradición romántica. O dicho de otro modo: no se puede leer con el bagaje convencional de la lectura contemporánea. A unos les parecerá que le falta poesía al poema (lenguaje artístico, sentimiento…) y a otros les sobrará el subjetivismo subterráneo. De ahí que no siempre haya sido un poeta comprendido —en especial el excepcional Mapa de América, su mejor libro—, y que haya sido tildado de realista cuando ni en las formas poéticas ni en el tema concurren las marcas del realismo. Resulta realista, claro, cuando sólo se atiende a la literalidad de los asuntos que trata; pero la literatura no se dirime en los asuntos, sino en las formas y en los temas. En «Puerta fría» un vendedor a domicilio piensa que «hay puertas con aroma a café», le gustaría sentarse «a compartir el desayuno» mientras retumba en el poema: «Lo siento, ya tenemos muchos libros».

[El Ciervo nº 684. Marzo, 2008]

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