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El balcón de enfrente

miércoles, 4 de mayo de 2011

El caso Echevarría

1.
Coincidí con Ignacio Echevarría en los bancos artríticos de la facultad de filología. No hubiera sido consciente de ello nunca de no haberme encontrado, años más tarde, aunque aún en los ochenta, al otro lado de la mesa donde él se sentaba como empleado recién contratado de una editorial que acababa de echar a todos sus trabajadores. A este lado de la mesa, mi papel era el de traductor, también recién contratado. Creo que nuestros encuentros siguieron el curso de la simpatía hasta el que sería el último, en el que todo se agrió de repente. Fue algo tan sencillo como ejemplar. Me dijo: «No creo que pueda existir ningún animal llamado tigre dientes de sable como tú traduces, qué tontería más grande». En ese momento sentí que se ponía en duda no mi traducción —ya ves—, sino mi infancia. No sé mucho de biología animal, pero sí tenía una colección maravillosa de cromos en el que mi favorito, precisamente, era el tigre dientes de sable: un tigre con unos colmillos retorcidos portentosos. Pensé que tal vez hubiéramos compartido asientos universitarios, pero no infancia. Y eso despega mucho: ¿cómo acoger con simpatía a alguien que desprecia la infancia de uno? Todavía, a mi edad, no he conseguido dominar esa técnica. Nunca más he coincidido con el editor Echevarría, y tampoco con el crítico Echevarría.

2.
Desde que pasó el caso Echevarría —su expulsión tácita del periódico donde trabajaba por haber denostado una obra del mismo grupo editorial y su posterior denuncia pública de este ostracismo que acabó en su expulsión, ahora bastante ruidosa— he visto de vez en cuando cosas suyas por ahí. Supe que publicaba un libro y a veces encuentro su nombre al pie de alguna crítica que, leyera o no, me es imposible recordar dónde la encontré. Este progresivo desvanecimiento de su figura pública dentro del mundo literario ha acabado en casi una desaparición. No quiere decir que no escriba crítica, sino que su eco se ha esfumado, ha pasado a formar parte de la dispersión general —acaso disgregación previa a su desintegración— en la que vive el género. Un sociólogo podría evaluar cuantitativamente esta impresión, pero un escritor la constata sólo mediante su experiencia: hace años que nadie menciona en una conversación literaria a Echevarría, que no sea —claro— la evocación de su caso, y menos que comente un trabajo suyo reciente. Tal vez no sea una comprobación científica, pero tiene aires de realidad.

3.
En un dietario reciente —Perros en la playa—, el poeta Jordi Doce escribe algo que me hubiera gustado escribir a mí, aunque nunca tuve la fortuna de hallar una forma tan exacta de decirlo: «Publicar tus trabajos en revistas literarias es la mejor forma de que pasen desapercibidos. Como Lady Godiva, se pasean desnudos en público sin que nadie se digne a mirarlos». Posiblemente, la invisibilidad actual de los trabajos de Ignacio Echevarría no se deba al valor intrínseco de sus ideas críticas, sino a la condición de Lady Godiva en la que el género ha caído. El ejemplo de Echevarría permite establecer los dos polos entre los que se mueve la repercusión de un trabajo crítico: uno «céntrico», cuando Echevarría escribía en El País sus artículos y al día siguiente sus opiniones eran motivo unánime de conversación; y otro «disperso», cuando escribe en otras publicaciones —aun en forma de libro— y pareciera que sus opiniones no hayan rebasado nunca el borde de las páginas que entintaron palabras y frases.

4.
Se intuye rápidamente la explicación obvia: Echevarría al abandonar El País —o ser empujado a abandonarlo— perdió el lugar de centralidad desde el que escribía y empezó su travesía del desierto por los lugares impresos dispersos. Es decir: se diría que quien otorga centralidad es el medio y no el crítico (o sus ideas), dado que este sigue escribiendo, pero ya sin ningún eco ni visibilidad. Es una forma de explicarlo tan simple que dan motivos a la sospecha. ¿Será así: es El País el que ofrece su centralidad a las ideas del crítico?

5.
Desde el caso Echevarría ha pasado cierto tiempo. La experiencia constata que el crítico ha desaparecido en el maremágnum de publicaciones. Ahora bien, ¿siguen siendo las páginas de El País un lugar de centralidad crítica que fueron con él? Es posible que el suplemento Babelia resulte rentable al grupo empresarial como medio de promoción de sus productos editoriales, pero ¿lo que publica circula por las conversaciones convirtiendo a sus autores en focos de centralidad dentro del mundo literario? Mi experiencia me dice que en absoluto. Babelia anda tan desintegrado como Echevarría. Se puede pensar que se trate sólo de una mala gestión editorial. Puede ser. Pero también ha podido ocurrir que la salida forzosa del crítico haya agotado no sólo su centralidad, sino también la propia centralidad del medio. A ello pueden haber contribuido aspectos abstractos como la credibilidad, pero también otros más concretos como el miedo de los críticos que han permanecido: ¿no será la inocuidad una premisa necesaria para mantener el privilegio de la centralidad? ¿Y esa inocuidad no es, en cierto modo, contradictoria con la centralidad que la privilegia? Cuando Echevarría salió de Babelia, Babelia salió con él de Babelia.

6.
Echevarría era un crítico de narrativa y estas páginas —electrónicas— hablan de poesía, ¿qué interés tiene recordar ahora su caso en ellas? Bien, esta entrada del dietario también podría haberse titulado «el caso Casado». Con Miguel Casado, desde las páginas del suplemento literario del ABC, la crítica poética consiguió uno de sus momentos más brillantes de las últimas décadas. Abrir un sábado ese diario y leer su crítica semanal le sugería a uno exclamaciones leibnicentes: «¡Vivimos en el mejor de los mundos para la poesía!» (como poeta siempre le encontraba un mínimo fallo: que no hablaba de mis libros, pero este era, al cabo, hasta una falta ínfima). Hace años que no leo las críticas de poesía de este diario (aunque a veces, ay, hasta han hablado de algún libro mío: creo que ni entonces lo leí). La centralidad que tuvo el suplemento del ABC durante décadas dentro de la crítica de la poesía la ha dilapidado enteramente desde entonces. Esto es lo que quería decir hoy, tras abrir el suplemento, pasar sus páginas, cerrarlo y preguntarme por qué sigo creyendo que los sábados debo comprarlo. Acaso Miguel Casado, apartado también del periódico tras una lúcida reseña de la poesía completa de Carlos Bousoño, cuando salió del ABC se llevó con él toda la capacidad de centralidad que habían acumulado sus páginas durante años y generaciones de críticos.
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