El balcón de enfrente

miércoles, 18 de enero de 2012

COMPRENSIÓN DEL LUGAR. «Dimensión de la frontera» de Álex Chico

1
La lectura de este libro de Álex Chico (1980) empieza en el título. Parece una obviedad, pero les reconoceré que yo no me di cuenta hasta cerrarlo. Le di la vuelta y leí Dimensión de la frontera (Isla de Siltolá, Sevilla, 2011), y de repente comprendí todo cuanto había leído. Si se fijan hay un emboscado oxímoron en este título: ¿cómo se pueden determinar los límites —utilizo esta palabra que es uno de los motivos recurrentes del libro, y también, creo del pensamiento poético del autor— de algo que es un límite? ¿Cómo se puede establecer la dimensión de aquello que limita dimensiones? Esta es pues la incógnita, la intriga, la paradoja inicial.
La frontera tiene, como cualquier objeto sobre el que la poesía quiera hablar, dos posibles asedios, dos dimensiones posibles. En primer término, la frontera es el lugar que por hallarse entre dos lugares no pertenece a un lugar ni a otro lugar. Se podría incluso pensar que es lo opuesto a los atributos que convierten en lugar cualquier lugar. Es, pues, la frontera, un espacio sin pertenencia, esencialmente desubicado, un lugar que carece de los privilegios de lugar.
Y en segundo término, la frontera es también la experiencia del lugar sin privilegios de lugar que siente quien la transita. Y por extensión —se podría decir después de leer el libro—, experiencia fronteriza es también la de quien por haber multiplicado tanto esos tránsitos, como viajero, los siente más propios que el lugar propio.
La lírica del siglo XX, con la que Álex Chico presenta un diálogo directo, encarado, en la búsqueda tal vez de un punto y seguido a partir del que continuar, ha contemplado estas dos dimensiones desde dos tendencias, a veces opuestas, a veces complementarias. Una tendencia, en general externa al sujeto, ha anhelado la construcción de un conocimiento poético capaz de reordenar y reinterpretar la realidad. Otra tendencia ha buscado en la introspección una vía de comunicación del sujeto consigo mismo para desvelar las claves personales de la realidad. Los poetas, con frecuencia, durante el siglo XX han distanciado ambos polos, que no necesariamente han de ser distantes, para situarse en el extremo de uno u otro.
La generación a la que pertenece Álex Chico se ha caracterizado desde el principio por la actitud contraria, por tratar de anular esta oposición, o mejor dicho, por absorber cuanto ofrece la tradición poética, sin que ningún concepto aprehendido suponga rechazar otro concepto por opuesto. El propio poeta parece indicarlo en unos versos autobiográficos del poema «Salamanca. Punto final» que rememoran su juventud y sus inicios literarios en aquella ciudad: «Observo este lugar y sé que fui él mismo, / fui su camino y su deriva, / fui sus autores: Hierro, Arlt, Valente». Para mí esta es la gran novedad y significado de la generación de Álex Chico. Y cada poeta de esta generación la encarna a su modo; igual que va a hacer Álex Chico en este libro.


2
El autor ha dividido el libro en tres partes, y cada una es abordada con una intención poética diferente. Así, en «Más allá del sur», primera parte del libro, Chico ensaya un tratado sobre las dimensiones de la patria del apátrida, del habitante del lugar sin atributos de lugar, del incesante viajero. Es decir, anhela construir un conocimiento poético sobre las condiciones del lugar sin privilegios, acaso recordando que en sus orígenes se sintió Valente. En la segunda parte, «Tiempo después», traza la meditación del sujeto apátrida sobre su propia condición y su memoria, pensando tal vez que al principio también fue Hierro. Una tercera parte, a modo de epílogo, integrada por un único texto, busca fundir las dos tendencias, conocimiento e introspección, en un único poema. Álex Chico con este libro no sólo interpreta la sensibilidad de su época, sino que le añade un nuevo matiz, un nuevo acorde, una nueva manera de mostrarla.
Junto a esas dos grandes partes del libro, y para preservar su unidad, el poeta ha tejido diversos motivos recurrentes que crean los significados transversales, que en estas páginas son riquísimos. Adelanto los tres principales: el olvido —en conflicto siempre con la memoria—, la escritura —en pelea diaria con la vida— y los límites —como el trazo que queda tras los debates entre olvido y memoria, o entre escritura y vida, y también como la pregunta incesante sobre la permanencia del límite como señal de su existencia. Estos tres motivos, y algunos más (la aparición y desaparición del nombre, las despedidas, los lugares abandonados, la soledad acompañada…) establecen puentes entre una parte —el tratado— y otra —la meditación—, asegurando la evidente aspiración del poeta a la unidad esencial y orgánica del libro.
No es, por lo tanto, Dimensión de la frontera una suma de poemas, ni es una suma de dos partes. Es, si acaso, el efecto poético de un desdoblamiento, semejante al que le ocurre, en los versos, al visitante del veneciano Campo di San Polo: «A lo lejos, / justo al margen, / me veo también sentado». Conocimiento e introversión son el desdoblamiento poético de un mismo autor que absorbe todas las maneras poéticas, aún las antagónicas, para comprender su incógnita, su intriga: ¿qué dimensión posee lo que carece de dimensión? ¿Qué valor tiene lo que no tiene valor?


3
Todos los poemas incluidos en la primera parte, en el —llamémosle así— tratado poético sobre el lugar sin atributos, contribuyen a construir el conocimiento del espacio.
La condición espacial no se presenta como una circunstancia, un decorado, un contexto, sino como una necesidad del sujeto. «No basta con decir: un náufrago. / Es necesario mostrar la tierra / que permitió su supervivencia». Tampoco se salva uno de la vida sin un lugar que le acoja, y desde allí «admitir, al fin, la necesidad de ubicarnos / y decir también el mundo». Dicho de otra manera, se escribe con una ubicación, desde la que «Aspiro a quedarme y observar. / Nada más». La necesidad del lugar es, según plantea Álex Chico, el aliado esencial para la comprensión de la realidad, es decir, para la creación poética. «Hay una casa de piedra, hay sur / y hay oeste, meridianos imprecisos / y ecuadores. Hay sauces que cercan / una sombra, y una sombra / capaz de transformarlo todo en escritura». O según la lectura de este exégeta: hay una casa, y a partir de ella el sujeto se orienta en el cosmos, y escribe.
A partir de esta necesidad, el espacio se vincula a todas las implicaciones de la escritura. La lengua es un lugar (según leemos en el poema «La sombra extranjera»), y un lugar es también un libro: «Entro por la puerta, y comienzo / a releer la vida» o «Entro en la habitación / y ante mí se reproducen / todos los nombres», aunque este texto, ya en la segunda parte, sea precisamente el umbral del cambio de tono que se va a producir en ella.
En otro poema se lee: «Volviendo al plano siempre hay dos superficies: / la nuestra y la que nos dejaron sumergida /debajo de antiguas rocas»; y en unos versos que evocan un libro emblemático de Aníbal Núñez, en el mismo poema, se había leído: «cada hogar conserva todavía / el alzado de su ruina». El espacio es también su desdoblamiento: «Sólo en ese momento podré recuperar / mi nombre —el suyo». La identidad del sujeto depende siempre de esta alteridad: nuestra superficie y la que nos legaron enterrada.
Ahora bien, de la experiencia de este lugar que se presenta como necesario, verbal y oracular no resulta, sin embargo, un espacio denso —una patria, pongamos por caso, o el lugar originario, o el «rincón feliz» del que hablaba Henry James («The jolly corner»)—, es decir, un espacio de prestigio. Leamos estos versos claves del poema «Continuación de un lugar»:
Por eso, decido permanecer
en este lugar, aceptando con ligero
estoicismo mi ubicación en el mundo.
Que sea este importa y mucho.
Imaginaba que el centro de mis pasos
no gozaría de un espacio concreto, preciso.
Me equivoqué. Mi lugar está aquí,
en mitad de un páramo sin ruinas,
más solitario que un callejón
plagado de gente y luz difusa.
En ellos se concreta la experiencia del poeta, su escisión locativa. El lugar donde está —«un páramo», que en este caso es una oximorónica metáfora de ciudad— carece de ruinas, es decir, de aquella superficie sumergida, legada, en la que se desdoblaba la identidad del sujeto.
La escisión locativa, por otra parte, está latente en el libro desde su primer poema, «Interiores», que evoca el regreso «casual» a la casa originaria, «deshabitada / dispuesta para nadie, porque se olvidó / con prontitud después de su abandono». Una identidad en dos lugares escindidos, «dos superficies» asimétricas, desgajadas, que producen en el sujeto dos efectos simultáneos: por una parte, la casa originaria abandonada, deshabitada, le desprotege del vacío, le ubica en una cartografía sin referentes y sin orientación; a consecuencia de la cual, y este es uno de los aciertos mayores de este libro, siente el cansancio y el acabamiento propios del paso del tiempo, de la proximidad del final, una sensación también recurrente a lo largo de libro, pero que no se justifica nunca ni en la edad, ni en el agotamiento temporal. Se trata de un cansancio y un acabamiento inicial, de partida («Lo peor es que todo ha concluido / y no ha pasado nada»); un envejecimiento que es fruto de esta asimetría de lugares, de su desgajamiento, de este lugar que ha perdido la protección de lugar verdadero.
Por una parte está la casa originaria, pero por otra parte el «solitario… callejón / plagado de gente», es decir, la ciudad. Hay dos versos que iluminan este oxímoron inaugural del sentimiento urbano: «y sentí la ausencia como una muestra / impalpable de la densidad del territorio». Los tres últimos versos de la primera parte apelan al atributo fundamental de este lugar sin privilegios: «Me pregunto si se puede vivir / mirando la calle y al mismo tiempo / no pensar en nada».
¿Qué sentido tiene, cabe preguntarse ahora, esta poética locativa? Nadie duda de que la temporalidad ha sido la columna vertebral del pensamiento y de la poesía del siglo XX. El tiempo ha sido la manera cómo el ser habitaba su vida y el mundo, y el espacio no era más que una mera cuestión secundaria, accidental, de contexto. La meditación fronteriza de Álex Chico le da la vuelta a esta jerarquía fenomenológica. Unos versos que evocan el tema temporal por excelencia, el «nunca más», lo hacen de esta manera: «Algo que te enseña, en definitiva, / a despedirte de todos los lagos / y del resto de tardes que aún no conoces». Es decir, primero, el lugar, después, el tiempo, que aparece en una función secundaria, sólo como un contexto —«tardes»— de ese lugar simbólico —«los lagos»—. Álex Chico plantea, en esta suerte de tratado poético que es la primera parte del libro, una construcción fenomenológica del sujeto desde el lugar, desde su necesitad, su alteridad, su protección o desprotección y su condición esencial para habitar la propia vida y el mundo.


4La segunda parte del libro, «Tiempo después», cambia radicalmente el objeto poético y aun el tono. Se ha dicho ya que comparte la mayoría de los motivos recurrentes del libro, que no son pocos, también se mantiene el valor locativo como vertebrador del pensamiento poético, pero su intencionalidad se modifica radicalmente. Se observa ya desde los mismos títulos, que suman nombres geográficos fácilmente identificables con la biografía del autor: Monsanto, Barcelona, Albayzín, Urquinaona, Salamanca, Verneda. Y la clave de bóveda de esta parte la proporcionan estos verso: «Ya va siendo hora, me digo, de interpretar / la vida con un poco más de calma». Cabría apostillar, no «la vida» en general, que había sido la materia de la primera parte, sino «la propia vida». Este es pues ahora el tema: «ya va siendo hora de» desvelar el argumento de «mi» vida. Y eso es lo que hace Álex Chico en esta segunda parte, siguiendo el magisterio juvenil de José Hierro, pero también de Jaime Gil de Biedma, poeta al que igualmente cita en el libro. La escritura se abre ahora a un proceso comunicativo con las claves de la biografía del poeta. Sobre este aspecto de la comunicación me gustaría concretar un matiz, a veces ambiguo: no se trata de pretender una comunicación con el lector, sino de establecerla consigo mismo, la comunicación de la poesía con el sujeto que la escribe. Por esta vía, la poética se vuelve introspectiva y le pregunta al sujeto: ¿quién eres?, ¿qué has hecho?, ¿qué recuerdas o qué has olvidado?, ¿dónde está la vida y qué permanece de ella? A todas estas preguntas responde Álex Chico con una pequeña colección de reflexiones personales que resultan estremecedoras sobre el sentido propio que se le ha dado al vivir («Adagio in sol minore»), sobre la conciencia de la derrota personal («Testament») y sobre la conciencia de la derrota existencial («Aljibe», «Urquinaona»), sobre la identidad («Meditación en Barcelona»), sobre la juventud perdida («Muerte en Campo di San Polo», «Salamanca. Punto final») o sobre la refundación amítica del sujeto («La Verneda, 1980»).
Estos poemas que he citado convierten a Álex Chico en el gran poeta elegíaco de su generación, aunque su elegía no es por las pérdidas que ocasiona el tiempo, sino por la desposesión que produce en todos nosotros el lugar que habitamos, el que anhelamos, el que habita en nosotros, el que no encontramos nunca, desgajado de nosotros mismos, o el que simplemente transitamos como una fronteras cuya dimensión verdadera desconocemos. O mejor, ignorábamos la dimensión de ese desconocimiento hasta la lectura de este espléndido libro de Álex Chico.
Presentación de Dimensión de la Frontera en Barcelona. La Central, martes 17 de enero de 2012.
Fotos de Ana Gros

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