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El balcón de enfrente

jueves, 2 de febrero de 2012

Siéntate y escríbele a Roger Wolfe

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Me siento, y escribo.

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Sólo he pasado una tarde con Roger Wolfe. En Tarragona, no puedo recordar hace cuántos años. En esta ciudad organizaban un atractivo festival de poesía: un gran teatro, mucho público, buen ambiente, poetas interesantes. Nunca me invitaron a participar en él. Un año fui a Tarragona a ver a un amigo que leía. Por la tarde todos los participantes del festival desaparecieron y después de comer nos quedamos en las calles de la ciudad Roger Wolfe, mi amigo y yo.
Entonces sabía muy pocas cosas sobre la personalidad de Roger Wolfe. No sobre su obra, que prácticamente había conocido antes que casi nadie, pues participé en el jurado del premio que le permitió la edición de su primer (o segundo, según se mire) libro, Días perdidos en los transportes públicos (1992).
Después de haber leído este y los posteriores, claro, lo que más me chocó de quien tenía delante era su vestuario. En perfecto traje y corbata una tarde de paseo por Tarragona. He de admitir que la sorpresa se debía sólo a mi ignorancia de la persona. Hoy ya sé quién es Roger Wolfe y conozco más o menos su indomable afición a frustrar expectativas.
De aquella tarde en Tarragona no recuerdo la letra de lo que habláramos, pero sí, y con gran precisión, la música. Wolfe le daba una intensidad a todas sus acciones, incluso las más triviales, fuera de lo convencional. Es lo que me ha quedado, el ritmo contundente de su conversación, el modo cómo intensificó ese dejar pasar una tarde con desconocidos a la espera de que salga tu tren y lo convirtió en un tiempo se diría que decisivo. No he vuelto a encontrarme con Roger Wolfe nunca más, pero tras aquella única tarde su persona ha tenido más presencia en mi memoria que otros escritores a los que he tratado durante años.
Ahora sé, porque los dice en las páginas de Siéntate y escribe (Huacanamo, Barcelona, 2011), que la razón de esa intensidad es el malestar que siente al hablar con desconocidos. Lo mejor de esta vida, sin duda, nace de las paradojas.

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He acabado leyendo la mayoría de los libros de Roger Wolfe, sobre todo tras la publicación de Noches de blanco papel, su obra reunida en 2008 por Huacanamo. He de reconocer que leo su poesía con cierta distancia, no he conseguido nunca que su tono se instale en mi ritmo de lectura. Me da la impresión de que su voz suena demasiado elevada, como cuando a uno le molesta una radio o un televisor con el volumen alto en exceso. Hay aspectos de su poesía que debería sentir próximos, en ello me ha insistido algún incondicional de Wolfe, es cierto, pero el tono me aleja de ellos.
De su prosa narrativa —relatos, novelas—, que leí en su momento, no recuerdo absolutamente nada. Creo que no conecté. Pero a partir de sus libros de «ensayo-ficción», como él los llama, o sus diarios, volvió a interesarme leer a Roger Wolfe. Ese tono elevado ahora en prosa resulta atractivo, no por lo que cuenta, sino en sí mismo, por su situación siempre al borde del desquiciamiento. Nunca he escrito sobre él, pero siempre le he leído con interés.
Uno de los asuntos que más me gusta en sus diarios y libros de fragmentos es lo que se podría denominar su relato de la vida de escritor, es decir, la manera cómo vive y reflexiona sobre las vicisitudes que les afectan sólo a los escritores, desde las cuestiones esenciales de la escritura hasta las contingentes relativas a la edición, la lectura pública o las relaciones que el escritor establece por su, digámoslo así, oficio. Lo esencial y lo circunstancial mezclado, porque es cierto que la experiencia del escritor asciende a los cielos de la aspiración literaria y baja a las simas de la realidad mercantil a veces simultáneamente. Estos aspectos me interesan cada vez más a mí como lector, pero creo que también a Roger Wolfe como autor, porque han ido creciendo tanto en su escritura que han desembocado en el presente Siéntate y escribe, en el que dedica las sesenta primeras páginas, un tercio del libro, a las vidas del escritor Roger Wolfe.
No voy a negar que también esas sesenta páginas están dedicadas al lector de Roger Wolfe que he sido. Así que no me quedaba más remedio que empezar por el § 1.

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Con carácter previo, y privado, para escribir sobre Roger Wolfe he de superar una asimetría que siento ante ciertas afirmaciones. Reconoce despreciar cuanto escriben sus coetáneos, especialmente en España. Entre ellos, claro, me cuento yo, que sólo nací dos años antes que él y que he escrito más o menos el mismo número de libros que él (aunque con menos páginas, posiblemente). Por mi parte, siempre he sentido pasión por conocer todo lo que han escrito mis coetáneos, incluso aquellos autores no especialmente buenos ni próximos a mi manera de entender la literatura. Esta asimetría inicial he de superarla; es necesario que la haga explícita para poder seguir escribiendo. He de convencerme de que este desprecio, en el que estoy incluido, tiene una consistencia literaria y no personal, porque desde lo personal uno siempre tiene ganas de responder «allá se las den todas».

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Me temo que si me siento no es para escribirle, sino para escribirme. Eso también lo he aprendido en los libros de Roger Wolfe: «Está en mi naturaleza» —dijo el escorpión. Del monólogo no suelen nacer diálogo, pero sí otros monólogos. Como ahora el mío.

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En la lectura de esas sesenta páginas de Siéntate y escribe se percibe un rechazo bastante áspero contra la situación de la literatura en el presente. Posiblemente lo que piensa Roger Wolfe vaya un poco más allá de mi descripción. Estas impresiones subjetivas apenas tienen interés en su sentido literal, pero sí resultan valiosísimas para mí como síntomas de un malestar que creo compartir. Me entretienen sus valoraciones hiperbólicas y me asustan un poco ciertas razones que explican, a su modo de ver, esta depreciación hasta la agonía de la literatura. Pero me siento tan próximo a esta sensación que no puedo dejar de pensar una vez cerrado el libro. Y eso es lo que voy a tratar de hacer ahora.
Aunque no haga excesivo tiempo desde que descubriéramos la literatura, sí ha pasado el suficiente como para que nada de lo que hoy ocurra se parezca al modo cómo conocimos nosotros el mundo literario por primera vez. Sobre todo en el aspecto que más nos puede interesar, a Roger Wolfe y a quien escribe a partir de sus reflexiones, que es su propio papel en ella.
Uno de mis profesores de la facultad se jactaba de que en su casa (de hecho no era en su domicilio, sino en un piso que le había puesto a su biblioteca) guardaba todos los libros que se publicaban. A finales de los 70 eso era ya una barbaridad, pero no su significado: sin duda podía coleccionar (no leer, jamás le vi leyendo un libro, se pasaba las horas en el departamento haciendo traducciones) todos los libros de consideración que se publicaban, por el mero hecho de que esa consideración existía.
En el ámbito de la poesía, que es de un mineral más resistente a la erosión que cualquier otro género, hasta yo mismo, pocos años después, podría haber afirmado lo mismo: conocía todos los libros que se publicaban. Es más, en cualquier encuentro literario, podía mantener una conversación sobre todos los libros que se publicaban, entre otras cosas porque tal vez se pudieran discutir títulos, y se discutían, pero siempre de una única lista de todos los libros. A esa lista, jerárquica generacionalmente, uno sin proponérselo esperaba incorporarse con el tiempo. No por su condición intrínseca, sino porque a ello le llevarían las circunstancias, es decir, la edición de sus libros paulatinamente incorporada a los catálogos de las editoriales de referencia. Si eso no ocurría, uno ya intuía que se quedaba fuera de la convocatoria, y deportivamente seguiría apoyando a los titulares (no sé por qué me sale tanto lenguaje futbolístico).
Las circunstancias que existían entonces (editoriales de referencia, revistas, espacios críticos…) siguen más o menos vigentes (las editoriales casi todas, las revistas se suceden unas a otras, igual que los críticos, pero sin que haya cambiado demasiado su espacio; por ejemplo, antes escribía en el cultural de ABC Florencio Martínez Ruiz, ahora Luis García Jambrina). Con los años, tanto Roger Wolfe como yo hemos visitado esas circunstancias, o hemos sido visitados por ellas. Hemos publicado libros aquí y allá (a veces en la misma editorial), y los críticos han hablado de esos libros (de los suyos muchísimo más que de los míos, pero no me quejo; él sí, porque no siempre lo han hecho a su gusto). Y ahí se ha quedado todo. Porque esas circunstancias, pese a su vigencia, apenas significan nada. Son tan espurias como si no hubieran acaecido. Yo no sé si este es el malestar que azuza a Roger Wolfe, pero sí es el malestar que me afecta a mí.

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A mi modo de ver han ocurrido dos fenómenos en paralelo que han acabado con las expectativas que tuvieron aquellos jóvenes que leían todos los libros, es decir, que creían en una historia de la poesía española en construcción constante.
El primero afecta a los prestigios, que ya no están donde estuvieron. Es cierto que hoy existen poetas que se han convertido en los adalides de su generación. En general han conseguido este privilegio actuando en campos ajenos a la poesía: a veces en los medios de comunicación, otras gracias a su hiperactividad social o la bandería política, que son vías habituales para obtener notoriedad y repercusión sociológica. Curiosamente, sus obras rara vez sostienen este prestigio sociológico y suele ocurrir que, en una conversación inicial con alguien, el elogio de estos autores renombrados de su generación, a diferencia de lo que ocurría hace treinta años, sólo indique la pobreza de lecturas y conocimientos poéticos de quien lo realiza. Los iconos poéticos de las últimas generaciones lo son por razones ajenas a la poesía, satisfacen posiblemente las necesidades medias de un público receptivo al género pero no acostumbrado a él, aunque difícilmente puedan encandilar a lectores con una mayor exigencia. Sin embargo, este prestigio externo al género ha suplantado los prestigios propios, aquellos que emanaba de la admiración de los poetas. Esta simplificación de prestigios (son menos nombres, aparecen más renombrados y cuesta menos absorber su contenido poético) resulta ideal para cuantos se interesan por el género en ámbitos profesionales no esencialmente poéticos (profesores de literatura, críticos, periodistas, sociólogos, observadores…), que contribuyen a reforzar los significantes sin contenido en los que convierte la dinámica social del presente cualquier prestigio. Si un poeta aspiraba a formar parte de la historia de la poesía era por admiración a quienes la encabezaban antes que él. El espejismo de historia de la poesía actual, que ha suplantado a aquélla, sólo puede atraer a quienes se preocupan más por el brillo de su persona que por la hondura de su obra.
Ante esta situación, un poeta del presente ha de tomar una postura. Roger Wolfe la toma en sus fragmentos: la literatura ha muerto. Me interesa su observación de la realidad, su diagnóstico y su tratamiento (que desaparezca todo), pero desgraciadamente no puedo suscribirlo. No es mi postura. Toda esta contaminación sociológica del campo poético exige, sin embargo, una postura. La de Roger Wolfe no es la mía por la sencilla razón de que no estoy dispuesto a que la literatura me ocasione la amargura y la rabia que se necesita para soportar el conocimiento de lo que está ocurriendo. ¿He de servir yo a la literatura, o ha de servirme la literatura a mí?, esta es una pregunta esencial. ¿He de arrogarme un papel mesiánico que devuelva la pureza al albañal del presente, o sencillamente he de conseguir que mi vida tenga un poco más de perspectiva con ayuda de la literatura? Mi respuesta, se ve claro en el modo en el que formulo la pregunta, prefiere esto a aquello. Mi respuesta ante la Historia de la Poesía no es clamar que ha muerto, sino la misma que le da un acuarelista a la Historia del Arte. Llega a la plaza, despliega el caballete, coloca el taburete, abre la caja de colores y el bote de pinceles, observa y pinta. Ser acuarelista de la poesía es, para mí, ya la única opción válida en el templo en ruinas del género.

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En paralelo a esta decrepitud del valor del prestigio, la revolución tecnológica desordenada que se ha desencadenado en todos los ámbitos sociales ha acabado también enturbiando el mínimo estanque de montaña de la poesía. La trama referencial compartida entre lectores y poetas se ha hecho girones. Unos hablan de democratización de los medios de divulgación literaria, Roger Wolfe habla de «macdonalización» de la literatura. A veces las palabras enmascaran las realidades. Lo cierto es que es fácil hablar con un poeta-lector que desconoce y desprecia la realidad poética de la red, y al mismo tiempo con un poeta-internauta que no ha leído ninguno de los libros que ese año han publicado sus coetáneos. Como si ambos vivieran no ya en continentes distantes, sino en épocas futuras distantes. La crítica sigue enrocada en sus hábitos tradicionales de juzgar el papel que sale de las imprentas, y los blogs crean prestigios fulgurantes que jamás abandonan los círculos de la escritura digital. Los editores editan cada vez más libros que a casi nadie interesan, e Internet sirve de trampolín a experiencias creativas que no consiguen nunca salir de su piscina de píxeles. Los munditos en los que se ha dividido el mundo poético son cada vez más sordos y ciegos hacia otros munditos. La dispersión es ahora el único referente.
Roger Wolfe, en varios fragmentos de Siéntate y escribe, arremete agriamente contra la red, la digitalización de la vida y la proliferación de literatos de pantalla. Hay un aspecto de ese enfado que comprendo: la red impide la mínima manutención de los escritores. Las negociaciones económicas con los editores no son la panacea, es obvio, pero el sistema de impresión de libros mantiene, al menos en su marco teórico, una compensación dineraria para el autor, e incluso, ahora también hay que decirlo, un respeto legal a sus derechos intelectuales. La red, por el contrario, excluye cualquier tipo de compensación económica del trabajo vertido en ella, y además obvia —y aún lo restringe en ciertos casos— el derecho intelectual de los autores. No se puede ser solo escritor, en el siglo XXI, en soportes digitales. El avance tecnológico nos ha devuelto al siglo XIX en la consideración económica del trabajo creativo.
Ambos fenómenos se alían en el desordenado y desbordado crecimiento de la red: los focos de prestigios parciales se multiplican, pero ninguno de ellos permite un crecimiento que no sea su repetición, un carpe diem obligatorio y constante. Un poeta joven puede mal publicar su libro, no recibir por ella ninguna compensación económica, pero el medio que le acoge le ofrece la posibilidad de crecer en él. La red le ofrece una posibilidad de difusión inmediata, pero reiterativa. Sólo podrá volver a hacer lo mismo que ha hecho. Como espejismo le ofrece el contador de visitas, mecanismo que psicológicamente tal vez compense, pero que no es más que un efecto retórico de la divulgación real, cuya dimensión rara vez refleja.
Como escritor —ya como acuarelista de la poesía— también he de mostrar una postura ante esta situación. Y la tengo. Para empezar: creo en la red. Creo en la posibilidad de llevar a cabo proyectos de creación literaria exclusivamente ubicados y pensados para la red. Más: desarrollo diversos proyectos de este tipo. ¿Por qué lo hago? También yo me lo pregunto, sobre todo después de haber descrito con tanto detalle las trampas de la red. Mi respuesta (que desgraciadamente no creo que pueda exportar, sólo es mía) es que me tomo la creación literaria como una actividad póstuma. No es la literatura la que ha muerto, son los literatos. Cuando muera ya no podrá importarme ninguno de los problemas de la red: su callejón sin salida y su desprecio por los derechos intelectuales. Estaré muerto. Como ahora me siento cuando publico en la red mis obras póstumas. Así que escribo como un acuarelista y lo cuelgo en el lugar sin futuro, sin historia de la poesía.

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Escribo en la red como autor póstumo porque me despreocupo de mi futuro, pero también, y más importante, porque soy consciente de la imposibilidad de la red para crecer. Recuerdo aquel pintor de una novela de Patricia Higsmith que había fingido su muerte y los críticos no reconocían los nuevos cuadros: su estilo había evolucionado. La red, tal como hoy está establecida, carece de comprensión de perspectivas. Sólo es una inmediatez fungible celebrada en el presente. Quizá sea una nueva condición del arte. El autor que se alía con la red renuncia, de algún modo, a construir un argumento evolutivo. O vive el presente. O no vive, que es mi caso.

10
Me he sentado a leer a Roger Wolfe y he acabado escribiendo ideas opuestas a las que él defiende. Es lo que pasa con la lectura: yo pensaba que era un monólogo y ha resultado un diálogo. De un solo actor, que va de lado a lado de la escena haciendo las dos voces, pero diálogo. Creo.


PS. Tal vez porque siempre que he querido saber algo sobre Roger Wolfe he recurrido a los libros, no me había enterado de que tiene un magnífico sitio en la red: www.rogerwolfe.es, actualizado todos los sábados.


[Inédito]


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