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El balcón de enfrente

domingo, 20 de febrero de 2011

MESTIZAJES. «La semana fantástica» (1999), de Fernando Beltrán

Los poetas que huyen, como huye Fernando Beltrán (1956), de considerarse artistas neutrales, entes de otro mundo, sugieren inmediatamente una dicotomía, dos polos opuesto de los que uno se enarbola. El primer debate que a uno se le ocurre es el que opone la calle y el gabinete, es decir, Baudelaire y Mallarmé. Tras la primera lectura, Beltrán parece un claro continuador del espíritu de las grandes ciudades.

Si se observa, no obstante, más de cerca el fenómeno poético se constata que esta dicotomía decimonónica ya no es real. No existen poetas de gabinete como tales ni poetas sólo de la calle. El arte no se rige por estos apriorismos heredados: tradición-vanguardia. Sin que eso quiera decir que ya no existan polaridades enfrentadas o que estas no se sientan vivas al leer a un autor como Fernando Beltrán, cuya actitud poética comporta siempre un compromiso con lo que ocurre. Una de las dicotomías más lecerantes, por activa, de hoy es la que opone lo que se desea puro y segregado (racial, artística o económicamente), a lo que se imagina mezcla, amalgama, promiscuidad y simbiosis. Y esta sí es la opción que enarbola Fernando Beltrán, en quien late tanto Baudelaire y sus callejeos como Mallarmé y su gabinete de experiencias lingüísticas: «si al menos el camión de la lluvia / recogiera los muebles más antiguos / de nuestra fantasía...». El polo poético opuesto a Beltrán es quien reivindica sólo la calle o sólo el gabinete y sus consecuencias estéticas.

Esta búsqueda de lo impuro —como imagen de lo que realmente ocurre— está tan arraigada en el estilo, la poética e incluso la ideología que subyace en los poemas de Fernando Beltrán que es posible rastrearla en todos los niveles de análisis textual. Y es precisamente esta voluntad de una simbiosis completa, tanto de elementos formales como temáticos, lo que otorga singularidad a La semana fantástica, octavo título que publica el autor de aquel memorable Aquelarre en Madrid que en 1983 supuso un claro impulso hacia una nueva forma de entender la poesía desde la conciencia de la vida.

En el nivel de lectura más abstracto del libro, el ideológico, la aversión a la «pureza» se muestra implacable. Un poema como «Los otros, los demás, ellos» empieza con cinco versos que estremecen las entrañas del nuevo puritanismo humanitario: «El serbio que destruye un colegio soy yo, / el ruandés que mata a machetazos soy yo...», aunque también «el loco que muere de amor soy yo». Esta manera de asumir el ser humano con todas sus contradicciones plantea una militancia social —desde la poesía— más profunda, enfrentada al simplismo mediático y partidario.

Todo libro contemporáneo lleva implícitas, aunque no trate estos asuntos, una concepción de la identidad del sujeto y otra del género. La idea que tiene Fernando Beltrán de la poesía es fruto de una curiosa combinación. El poema «Premio Nóbel» narra una anécdota llena de ternura que tiene como protagonista a una prostituta polaca, y allí, «donde anónima y muda la poesía / que no viene en los libros», encuentra Beltrán un ejemplo de su afirmación vitalista. En otros versos se lee: «junta letras / como se juntan las manos», con una clara referencia romántica, becqueriana casi, que se acentúa en afirmaciones como: «el verso que no alcanzo jamás». Ahora bien, ¿este idealismo lírico no estaba en el polo opuesto de quien asumía en los versos, como asume Beltrán en muchos poemas, una conciencia social? La espontaneidad con la que se conjugan «ideas» tan opuestas en La semana fantástica es uno de sus atractivos.

Aún en el ámbito de lo abstracto, resulta interesante observar los elementos contradictorios y asimétricos que forman el concepto de «amor», uno de los temas esenciales del poeta. Un texto lleva por título el neologismo «moriramar» y en él se mezclan y entreveran las referencia a la agonía del padre con una historia de amor: «y mi padre / muriéndose de pronto.../ y tú diciéndome de pronto / que te mueres de amor». Sutil visión del amor tan opuesta al idealismo becqueriano que juntaba palabras como se juntan las manos. Otro, «Ella», uno de los poemas de amor más lúcidos de nuestra tradición reciente, trata de vislumbrar lo que hay bajo la superficialidad del verbo «amar» y descubre en el verbo «querer» el símbolo de lo más enraizado en el sentimiento del poeta que ama: una nueva apuesta por no ocultar el latido de cuantas contradicciones constituyen el ser mismo de quien vive.

Este mestizaje de temas resultaría poéticamente débil si no tuviera además un sostén sólido en el entramado formal de los textos. De hecho la voluntad por realizar una escritura de aleación impregna hasta el mínimo rasgo de estilo. Frases de mero contexto como «y la cerveza / de las olas rompiendo / sorbo a sorbo» o «palabra sobre palabra apoya / los charcos de un poema en sus rodillas» plantean un complejo cruce semántico en una sintaxis sencilla y diáfana. Sirvan pues estos ejemplos como brizna de hierba para ver en ellos un deseo de contemplar la realidad como una fuente de impurezas que siempre es posible incrementar. También en la poesía.

Clarín nº 22, julio-agosto de 1999

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