El balcón de enfrente

sábado, 18 de agosto de 2018

Incertidumbre. «La certeza», de Eloy Sánchez Rosillo


LA CERTEZA, de Eloy Sánchez Rosillo 
Tusquets Editores, Barcelona, 2005 

A la escritura tras la muerte de las convicciones que le habían llevado a la escritura le llamó Antonio Machado «poesía apócrifa» y Jaime Gil de Biedma «poesía póstuma». Hay algo de apócrifo en estos poemas nuevos de Eloy Sánchez Rosillo (1948): «No sé cuándo ocurrió /…/ Tan sólo / puedo decir que un día / supe que yo era otro, que un alguien diferente / del que hasta entonces fuera / había usurpado casi por completo / mi identidad». Son versos que se leen en el poema «La llegada del otro». Y en el poema «Después» se pregunta: «¿Qué le pasó a mi vida? Puede ser / que terminara un día, no sé cuándo, / sin que advirtiera yo que se acababa». Y concluye: «No, no es el que ahora veis aquel que entonces / estuvo con vosotros y os quería. / Es un desconocido, alguien que pasa. / Dejadle que prosiga su camino». Y este camino es, así planteado, no sólo apócrifo, sino también póstumo.
    Al otro lado de la suplantación o la desaparición de la identidad poética surgen experiencias inquietantes. Tres poemas hablan del desvanecimiento y la pérdida de los recuerdos. No es necesario subrayar el papel vertebrador que en la poesía de Sánchez Rosillo cumple la memoria: «Pero nada me llega, excepto la certeza / de que también los recuerdos se desgastan y mueren». Otros textos, como «Amigo del verano», asumen una perspectiva póstuma en la que el poeta trata de verse «cuando yo para siempre me haya ido». En el centro de este conflicto entre el que fue y el que es ahora se alza «el dolor». Al dolor y a la sombra que subrepticiamente se yergue en mitad de la luz están dedicados algunos poemas estremecedores: «No recuerdas, ni esperas, no existe el sueño, todo / es un presente ciego que no avanza / y en el que sólo escuchas tus gemidos». Recuerdo, esperanza y sueño habían sido, son aún, los tres ejes esenciales del universo poético de «Eloy», como se llama a sí mismo el autor cuando habla consigo.
    Estas cosas quedan al otro lado del desconocido, pero a éste aún persiste la memoria de la infancia, traída como en hipertexto por el canto de un jilguero. El verano aún, las tardes en tren mientras llueve, la súbita llegada de la luz en primavera, el bullicio de la ciudad, las muchachas… cuanto le hace reconocer que «Durante muchos años fui dichoso». Todo ello aún no ha muerto: revive en ciertas tardes con ecos machadianos, en instantes eternos, por decirlo con un oxímoron esencial en la visión del poeta («que en la naturaleza del milagro / se funde lo fugaz y lo perenne»). No es la de este libro, sin embargo, una poesía apócrifa ni póstuma. Cabría caracterizarla sólo de agónica, en el sentido unamuniano. La certeza libra la batalla sin cuartel entre la vida que se siente como muerte, la felicidad en mitad de la angustia, la conciencia del poder devastador del dolor y la necesidad de encontrar la salvación, la alegría y la melancolía que caminan al par igual que la presencias será sucedida por la ausencia. Con este sentimiento agónico Eloy Sánchez Rosillo busca reconstruir lo desmoronado, restituir la memoria, el sueño y la dicha. Al final, esta lucha en el límite de la existencia, en coherencia con lo esencial de su poética, no la gana la muerte. Sus convicciones de escritura encuentran un último sentido invirtiendo la paradoja inicial. La voz consigue elevar su cántico de esperanza y salvación con una certeza: «no, la muerte no mata; es también vida».

[El Ciervo nº 658. Enero, 2006]

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