.

El balcón de enfrente

viernes, 1 de octubre de 2010

HALLAZGOS. «El faro», de Guillermo López Gallego

Entre los arquetipos de la imaginación artística contemporánea, la figuración ha pervivido en un realismo ensimismado, despojado, que apela a su proyección sentimental, lírica, a veces trascendente, tras abandonar ciertos elementos que habitualmente lo constituyen, como la función narrativa o el énfasis de la circunstancia. Situado en el polo opuesto de la otra vertiente figurativa de la imaginación actual, el realismo expresionista, prefiere el trazo anterior al énfasis, la coloración desposeída, la inminencia de lo opaco, con vocación —literalmente— metafísica. El pintor Edward Hopper (1882-1967) se ha convertido en el emblema de esta corriente figurativa, y aunque en la pintura parece haber despertado sólo reescrituras, citas, ecos y copias, en la poesía posiblemente ofrezca alternativas que se aparten de lo mimético.

Foto Daniel Pedriza

El título de este primer libro de Guillermo López Gallego (1978) evoca —o cita— un elemento recurrente en una época de Hopper, el faro. No es difícil evocar alguna de sus pinturas: Faro en Two Lights (1927), La colina del faro (1927), Faro y edificios, Portland Head, Cabo Elizabeth, Maine (1929)… «El faro» es también el título de la sección final del libro, un conjunto de ocho poemas que se cierra con una pequeña reflexión a modo de poética hopperiana: «porque la mente / percibe la fuerza / detrás del momento». De hecho, esta es la condición para que el realismo ensimismado cobre significado: trivialidad o trascendencia no dependen, como era habitual en el realismo, de una fuerza temática inherente, sino de la mente de quien observa «el momento» (es decir, su fugacidad, ante la cual el acto más relevante posee las mismas defensas que el más trivial). Hay un desplazamiento del objeto hacia el sujeto sin que por ello se altere su razón figurativa ni se inicie una deriva hacia la irracionalidad subjetiva. Al quedar despojado de su vigor temático, el objeto pierde su esencia de significado para convertirse en caligrafía de un contenido que evocan sus formas, pero que no son sus formas: es la mera escritura de quien escribe, la mente. La poética que más se aproxima al emblema hopperiano acaso sea la de su coetáneo y compatriota Wallace Stevens (1879-1955), en cuyos versos López Gallego se ha apoyado para la escritura de su lúcida reflexión. Hay un célebre poema de Stevens, «Of modern poetry», que —cito en la traducción de Hernán Galilea— está escrito como un manifiesto de la poesía moderna: «Debe aprender para vivir el lenguaje del lugar»… «El actor es / un metafísico en la oscuridad»… «Debe ser el hallazgo de una satisfacción, y puede / ser de un hombre patinando, una mujer bailando, una mujer / peinándose. El poema del acto de la mente». (Por cierto, el cuadro de la mujer peinándose ya había sido pintado por John Sloan: Sunday, Women Drying Their Hair, 1912). El lugar, la oscura metafísica, el hallazgo y el poema como acto de la mente, en su doble raíz hopperiana y stevansiana, son elementos de la poética con la que Guillermo López Gallego ha ideado la escritura de El faro. Como siempre que se observa una latencia tan densa en un poeta cabe preguntarse si ésta, absorbida, le ha permitido llegar al punto desde donde había partido, a sí mismo; o si sólo ha resultado un trampolín desde el cual la vistosidad de la pirueta se habrá agotado tras el chapoteo en la piscina. El crítico debería pronunciarse en este párrafo, pero de hacerlo, ¿no resultaría redundante con el esfuerzo lector que ha emprendido?

En otras pinturas de Hopper —como Colina y casas, Cabo Elizabeth, Maine— el mismo faro que dominaba las composiciones anteriores, aparece en un plano secundario, a lo lejos. Este juego de planos —primero las casas de la colina y en la distancia el faro— es el que ha aplicado López Gallego en la sección «El faro»: cada texto evoca escenas distintas que tienen en común la presencia, como un motivo recurrente, de un faro (salvo uno, el 4). En estos ocho textos se percibe explícita la poética que sostiene el conjunto, y no sólo por la reflexión ya citada del último. La reiteración parece sugerir la existencia de un significado simbólico, de hecho el motivo lo ha acumulado en el curso de la tradición y el poeta no duda en establecer una relación irónica con ese valor: «y a lo lejos el faro; / el gran cliché marítimo» o «mientras verano tras verano / en la tienda de recuerdos / las postales del faro». El faro del que habla López Gallego ya no es un símbolo, sino lo que queda tras la muerte significativa de la palabra, fosilizada como un tópico. En cierto modo se podría hablar de un uso póstumo del símbolo: «El faro, un barco, / un palillero, / un sagrado corazón / hechos de conchas blancas». Se descubre entonces la conciencia contemporánea de que la escritura se ha convertido en tierra calcinada, y sólo quedan, aquí o allá, desparejadas, imágenes despojadas de cualquier esencia significativa, triviales, póstumas, es decir, faros «hechos de conchas blancas»; formas de una precaria y ensimismada caligrafía de la realidad.

Los poemas del libro forman una colección de estampas descentradas o desjerarquizadas, en las que el foco de atención de la escritura (la mirada que la dirige) se desplaza por el lugar o el momento, que suele aparecer estructurado en diferentes planos, por lo general tres, unos conjugados y otros yuxtapuestos. La descripción, pieza esencial del poema, tiende a despojar de circunstancia y contexto el lugar. Por estas escenas, que poseen un enigmático aire de inacabadas, cruzan seres despersonalizados («una mujer», «un hombre», «un joven», «una chica»… también «el escritor») que comparten protagonismo en el texto con objetos y animales. Todos carecen de la relevancia que muestra el antiguo símbolo del «faro», apenas son letras de un alfabeto que traduce un significado que ellos no encarnan, sólo encriptan. No evita López Gallego, en mitad de esta descripción despersonalizada, incluir algunos adagios realmente espléndidos que remiten al epicentro de su poética: «Desde el puente de piedra, / la puesta de sol parece un pavo real / sobre el tajo del carnicero, / la belleza / no es más que la forma / que tiene el tiempo / al pasar obviamente».

En esta fragmentación o disgregación sistemática de la visión real, orgánica, que realiza Guillermo López Gallego en El faro se intuye un sentido: salvar la emoción que quede en la realidad. Labor de destejer nocturno la comprensión diurna. ¿Para qué? Posiblemente para preservar «el hallazgo de una satisfacción», ese momento trivial e irrelevante que de repente adquiere en el poema la capacidad de despertar una mente que estaba aletargada por los trazados racionales. El hallazgo: la pieza capaz de explicar la vida sin acudir a ninguna explicación. El hallazgo: el último lugar donde la realidad se sobrepone del caudal irrespirable de malentendidos.



Telhados de Vidro nº 14. Lisboa, setembro, 2010

[Texto inédito en castellano]

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada