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El balcón de enfrente

martes, 11 de octubre de 2011

Lectura de Juan Ramón Mansilla

Sala de Escritores del Ateneo de Barcelona. Los asistentes charlan, la luna los observa en la distancia.


Juan Ramón Mansilla lee La habitación en rojo en la Sala de Escritores del Ateneo. Barcelona no es una ciudad fácil para los actos de poesía, pero las dos primeras filas sin huecos y algunos solitarios dispersos por la sala proporcionan el calor suficiente para que un acto de poesía arda. Le presenta Carlos Morales, editor del Toro de Barro y, claro, de este volumen. Con su tono casi agónico, que hace temer al oyente que la siguiente palabra no llegará nunca a ser pronunciada y que sin embargo construye a la perfección oraciones de virtuosa complejidad sintáctica y reflexiva, Morales dijo de Mansilla que era un poeta que no había corrido a cobijarse bajo ningún paraguas (en verdad dijo cielo) protector de ninguna corriente, aunque había extraído enseñanzas de todas ellas. Mansilla nació en el 64 y no fue un escritor precoz (y aunque él luzca como emblema esta palabra, tampoco lo es «fugaz»). Su obra está en la frontera de generaciones, y ha buscado siempre respirar en ese engarce tan incómodo. Es posible que empezara a hacerse una idea de la escritura literaria en el cauce de la poesía de la experiencia, pero muy pronto se dio cuenta de que eso le condenaba a un estado epigonal antes incluso de empezar a escribir. No era tan joven, no obstante, como para incorporar tradiciones lejanas e irracionalismos con la naturalidad con que lo hizo la generación siguiente. Así, es cierto que en la tiniebla fue buscando su propio sendero, y este La habitación en rojo cuyos poemas ha leído en Barcelona es ya un fruto maduro de esta búsqueda.


Carlos Morales y Juan Ramón Mansilla

Mansilla, aunque es profesor, habla de la poesía con tono confesional. Como nos hablaría un amigo para consolarnos de una desgracia. En las inflexiones de la voz, cuyo amplio repertorio domina y explota, busca la complicidad, la proximidad, casi la intimidad. Así presentó sus poemas, y así también los leyó. No era un poeta quien declamaba, era un amigo el que nos abría las puertas de su corazón. El límite de esta actitud en un acto es peligroso, pero creo que cuajó bien porque el público, que venía con ganas de que el poeta le gustara, le arropó lo suficiente para que su tono confesional quedara justificado: allí todos parecíamos amigos contándonos la vida. Explicó sus poemas, aunque se lamentó de hacerlo, y tampoco está mal que lo hiciera. El germen autobiográfico de su escritura es evidente, y aunque no resulte necesario para la lectura, sí le añade un contexto a los versos que contribuye a intensificar la emoción poética. Con esa intención lo hizo Mansilla, y cumplió su objetivo.
Se dijo que sus poemas eran narrativos. Lo mencionó el presentador y algunos asistentes lo repitieron cuando se abrió el coloquio que enseguida derivó en tertulia. No creo que Mansilla sea, en este libro, un autor de poemas narrativos. Es cierto que toma muchos elementos de la poesía narrativa (como el que empieza “Esta es la historia de un poema...”), pero en otros el inicio es el de una conversación íntima (“Cariño...”) o cualquier otro motivo reconocible. Sí le gusta que el lector reconozca iconos de la poesía narrativa, al inicio, para que tenga la impresión de que se le va a contar una historia. Pero a medias porque huye de este modelo convencional en la poesía de la experiencia, y a medias porque la razón autobiográfica impone un tratamiento elíptico incompatible con la narración, el caso es que sus poemas tienden más al collage de discursos que al dominio de un único tono. Tras un inicio narrativo, el poema se desentiende de aportar los elementos necesarios para el desarrollo de una acción; tras una frase claramente coloquial, el poema emprende un lenguaje simbólico elaborado y complejo; tras un verso confesional, el poema cambia de registro y realiza una descripción behaviorista. Esta multitonalidad es sin duda lo que caracteriza mejor la escritura poética de Mansilla. Y en esta pluralidad o collage de tonos le es más fácil engastar pequeñas sentencias, que el presentador calificó como puñetazos al lector (de hecho no sé si llegó a pronunciar la palabra, pero dijo que son como... como... cerró el puño y lo lanzó hacia delante, sin pronunciar la palabra a los asistentes les quedó claro lo que Morales quería decir). Estas frases con rotundidad gnómica suelen contener el clímax del poema, y también un giro en su deriva semántica, lo que aumenta la sensación de violencia lectora, tanto por su carácter inmediato y directo —propio de las sentencias— como por su aparición imprevista.


Juan Ramón Mansilla

El activista cultural, antiguo poeta y renovado novelista Albert Tugues, entre el público, le preguntó por qué hablaba de la muerte en estos términos: “has perdido y a otra cosa”. Morales, poco antes, le había censurado que en un poema hiciera crujir un insecto al pisarlo. Mansilla explicó entonces que trataba de apartarse de lo sublime. La idea cuajó entre los asistentes y todos asentimos. Es cierto que Mansilla desliza gestos expresionistas con frecuencia. Nos dijo que su poesía quería ser sencilla, ser lo que era y nada más, y que huía de todo retoricismo. Como su obra está en la antípoda de la poesía naïf, no hemos de tomar demasiado en serio sus afirmaciones. Coloquialismos chocantes, a veces un poco violentos, aparecen en su poesía, también alguna que otra cucaracha que conviene pisar. No es una poesía de lo sublime, nadie lo afirmaría de modo tajante, pero sí destila una clara aspiración a lo sublime. El poema “Migraciones” es un claro ejemplo. Digámoslo así: el poeta escribe sobre cuanto le rodea, palabra y acciones, sin que lo sublime le acote lo que va a decir, pero una vez dicho, su aspiración, su utopía es superar el estadio del poema por una realidad de calidad suprema (sea la propia utopía del poema, presente en muchos textos, sea en la superación de las vicisitudes de la vida que están en el germen de algunos textos o sea en la culminación de la aventura del vivir, que es el amor, o mejor, una relación amorosa concreta y vivida). No es un poeta que retrate lo sublime, es cierto, pero tampoco es un autor que renuncie a lo sublime como aspiración biográfica y estética.
Como Mansilla fue discreto en la elección del número de poemas leídos, los asistentes acordaron pedirle que leyera otros textos que recordaban y el poeta no había leído. Y el público le pidió media docena de poemas que evocaban su propia lectura personal. Estas propuestas de los oyentes resultaron al cabo una lectura diferente del libro. Mansilla había preferido leer un tipo concreto de poemas, aquellos que tenían una ambición y una complejidad temática mayor, como el que abre el libro por ejemplo, pensando tal vez que interesarían más al público de Barcelona, acaso más exigente que en otras plazas; pero su público de Barcelona se había interesado sobre todo por los poemas más personales, más íntimos, con una presencia más abultado del sentimiento que por más que se reitere jamás conseguirán que en sí mismo se convierta en un tópico, el amor. Ocurre en ocasiones este leve desplazamiento entre poeta y público. Felizmente, en la lectura de Mansilla, el público hizo rectificar al poeta.

[11 de octubre de 2011. Inédito]
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