El balcón de enfrente

miércoles, 30 de mayo de 2018

Inverosímiles poetas



EL VECINO INQUIETANTE, de Jesús Aguado (ed.) 
4 Estaciones, Ayuntamiento de Lucena, 2004

Ramprasad, poeta en lengua bengalí que vivió en el siglo XVIII, era funcionario del Estado de Calcuta, según cuenta Jesús Aguado, pero en lugar de copiar los documentos en los libros oficiales, aprovechaba estos para componer sus poemas devotos. Al descubrirle, su superior se irritó considerablemente, pero cuando leyó en los libros estatales versos tan sabios como estos: «La casa del placer es la de la Belleza, / que te fascina y llama, que te exprime hasta el fin. / ¿Cuándo te vas a despertar, oh mente, / y darte cuenta del altísimo / coste de esa Belleza?»; no sólo le disculpó, sino que le alentó a seguir dando tan digno destino al papel oficial. En esa misma época escribió, cuenta también Jesús Aguado, un poeta en lengua gujarati llamado Dhiro del que sólo se sabe que, una vez compuestos, enrollaba sus poemas y los introducía en el interior de una caña de bambú que luego lanzaba a la corriente del río. Dhiro escribió poemas capaces de seguir inquietando a cualquier lector que en cualquier lugar del planeta los encuentre y desenrolle: «¿Pero a quién hablo, quién me escucha? / El lenguaje no puede cercar lo incomprensible».
    El mismo «Dhiro dice: / Señor, / donde quiera que mire allí te veo», y esta afirmación bien podría desvelar la razón profunda de la existencia en la India de cientos, acaso miles, de poetas devocionales, la mayoría hindúes, pero también sufíes o jainistas, de una altura poética y mística impresionante, apabullante incluso. El poeta Jesús Aguado (1961), que ha residido algunos años en Benarés, preparó en 1998 una primera Antología de poesía devocional de la India, publicada por la editorial Índica-Etnos de Benarés. En aquella ocasión reunía 50 poetas con notas, comentarios eruditos y glosario de términos; para esta Segunda antología de poetas devocionales de la India Aguado ha cambiado de estrategia. En esta ocasión presenta a los 26 poetas místicos sin otro acompañamiento que una breve nota biográfica, como si fueran obras contemporáneas y no un objeto de estudio antropológico. Y el resultado es sorprendente, de su diestra mano de traductor y conocedor de las tradiciones religiosas de la India, los poemas resultan tan inmediatos, tan sugerentes e iluminadores como los textos de nuestra propia mística. [En el momento de reproducir la reseña el autor ha publicado una compilación completa, donde reúne los títulos citados y añade nuevos poetas, titulada ¿En qué estabas pensando? Antología de poesía devocional de la India, siglos V-XIX (Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2017)].
    No despistan en absoluto, aunque el lector reconozca su ignorancia, los mil nombres con que se designa la divinidad (quizá porque sabe que Fray Luis escribió De los nombres de Cristo), tampoco el tono directo y coloquial de poemas y oraciones —casi erasmista (seguro que se le escapa el anacronismo a alguien). Impresiona su vecindad con la muerte, así Nathakuptanar, poeta en tamil del siglo XIII, hubiera entusiasmado a nuestros barrocos: «Cómo pueden gozar entre unos brazos / musculosos quizás pero que pronto / serán comida para bestias». Y cautiva la vivacidad y espontaneidad de la poesía erótica y amorosa; Ksetrayya, poeta en télugu del XVII, interpretó el espíritu de las prostitutas sagradas en el templo de Krishna con versos que deslumbrarán a los seguidores del realismo sucio: «Eres guapo, ¿no es cierto?, / Adivaratha, / y un listillo también. / Deja ya de tratarme como si fuera tonta. / ¿O es que piensas que no / hay más hombres aquí?». Este es uno de los mil registros de la poesía devocional y mística de la India, porque, como escribió Dhurjati en el siglo XVI, «¿Bajo qué forma tiene mi mente que adorarte? / ¿No te han visto los hombres / en todo: / en la rodilla, / en los pechos de una mujer, / en una / jarra o en los excrementos de una cabra?».

[El Ciervo nº 648. Marzo de 2005]

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