Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

domingo, 2 de abril de 2023

Diario de intemperies | «La lógica de los refugios», de Elia Quiñones


 



La lógica de los refugios (Mixtura, Barcelona, 2022) es el primer libro de Elia Quiñones (1982), pero no se advierte en sus páginas ninguna de las características propias de un inicio. Es un libro extenso —150 páginas—, perfectamente estructurado, en el que se ponen en práctica diversas técnicas poéticas —versículos, versos, poemas en prosa—, con textos breves e intensos y otros largos con un ritmo y un desarrollo conceptual sostenidos. La lengua poética se despliega con una imaginería sólida, rica y consolidada, con la perfecta combinación entre una enorme variedad léxica y el uso de elementos recurrentes de alto valor significativo. Todo ello habla de un estreno poético largamente preparado en el tiempo, en el que nada se ha dejado a la improvisación juvenil. Y como no es este el signo que parece dominar en la época, vale la pena empezar subrayando la sorprendente madurez de este primer libro. Y entre los elementos que se han cuidado con primor en la presente edición vale la pena destacar también el prólogo de la periodista Eva Muñoz, que encuadra con lucidez las claves del libro y evoca con acierto a la autora, y el dibujo de cubierta, de un impactante expresionismo, obra de la artista Carol Gómez Pelegrín.

         Acierta Eva Muñoz al sugerir una estructura autobiográfica en las cinco partes de La lógica de los refugios, que arranca con una sección donde la infancia y la casa familiar adquieren protagonismo: «toda niña callada a fuego lento tiene boca de revólver / ella usaba mi cabeza para apuntar a sus / enemigos y / ¡bang!». Están escritos los versos, en combinaciones escandidas de largos y muy breves, con una seductora cadencia y un ritmo marcado. Especial relieve tiene en este conjunto el texto «A la habitación marchita de mis padres», que muestra una preocupación ante el propósito paterno de deshacerse de los muebles viejos: «yo he nacido en / estiraba mis piernas de bebé en esa cama», que concluye en el ámbito de la elegía: «a la mecedora / te recuerdo / hubo que matarla ante mis ojos». 

Este poema tiene cierta importancia en la concepción temática del conjunto. Ninguno de los muchos espacios que se recrean en el libro posee ningún prestigio poético. Ni el armario familiar, ni el municipio de Gavá —que un poema vincula al «Dublín de Joyce / un llanto insuficiente / la cicatriz que quedó / de sostener las cadenas»—, ni los múltiples espacios que se evocan en el libro —una piscina, un garaje, una hormigonera—, ni los objetos que cobran importancia —una caja de cerillas— la poseen previamente. Son el punto de partida de una elaboración metafórica desaforada, que no duda en ocasiones en transitar por los límites de lo irracional, y que consigue transformar la vivencia cotidiana, cuya referencia nunca se pierde, en un significado poético al mismo tiempo difuso, por la proliferación metafórica, y concreto porque ha partido de elementos de difícil vuelo imaginativo. De modo que la escritura logra connotar más allá de lo previsible cualquier espacio que se describa. Por ejemplo: «están las fábricas mojadas hoteles que fueron / promesa y una serie finita pero inabarcable / de ramas sin aliento». Así se muestran, en el retrato lingüístico de Elia Quiñones, las fábricas, que alojaron un número concreto e infinito de aspiraciones truncadas. Y sigue: «dentro está el miedo». Una escritura para la que la propia autora ofrece, en otro poema, una definición exacta: «un espesor de nitidez». Y también un sentido de lo lírico que emerge con claridad: quien se expresa en los poemas no es un yo que refleja la hermosura del mundo, pues el suyo carece de esa belleza apriorística, sino un yo que reinventa el mundo con el lenguaje.

La sección siguiente, una suerte de diario poético de una emancipación, presenta un singular recurso formal. Escrito en prosa, muestra tramos de texto tachados, pero cuya lectura resulta posible, y juega con la tipografía que permanece, que a su vez recurre a tres tamaños de letra diferentes para marcar, posiblemente, las diversas vacilaciones de un borrador. Por ejemplo, en tipo diminuto se lee: «(evitar la jerga psicológica para no amortiguar la sugerencia)», como consejo que la autora se da a sí misma. Esta voluntad de presentar el texto con todas sus tachaduras, dudas y modificaciones previas no tiene nada que ver con ninguna arqueología poética sino directamente con el significado de lo que recoge el diario poético: un empezar a vivir por cuenta propia: «Demasiadas veces pintamos a mano alzada con tinta permanente. No es indigno arrepentirse».

En el título de las secciones aparece en dos ocasiones la palabra «desvanes» y una el término «refugios», que también está presente en el título. La prologuista nos advierte de que dos veces aparece el sintagma «el espacio intermedio», esos lugares sin personalidad que el libro devuelve pletóricos de sentido. Esta mínima repetición, dos veces, es frecuente en el libro, y es el modo en el que la poeta establece, de manera tan evanescente, las recurrencias. Los términos de los títulos apuntan hacia el valor que se desea para el libro: un conjunto dispar y con frecuencia insuficiente de refugios —el plural es importante en este libro, incluso para lo que es singular: «y las renuncias de mis madres a los hombres»— para las intemperies. Estas, ordenadas en la impecable estructura del libro, apuntan hacia la familia, la independencia personal, las relaciones amorosas, la práctica profesional, la vida urbana y la vida espiritual entreveradas. Diversas intemperies que la poesía interpreta con toda su potencia imaginativa, pero arraigada en la concreción de una autobiografía, porque «Es en el cuerpo donde inventamos el infinito, y no lo digo yo, no lo digo yo». 

[Letras 21 | nuevatribuna.es | 2 de abril de 2023 | Enlace]

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