Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

martes, 2 de abril de 2024

El interior del afuera | «Los 108 nombres de Dios», de Jesús Aguado




La apertura de la poesía española a influencias de otros continentes más allá del europeo no es extraña en el contexto de la literatura peninsular desde la Edad Media, y está presente en sus orígenes, como en las jarchas, y también en períodos de ensanchamiento visionario, como en San Juan de la Cruz. En época contemporánea la influencia de culturas alejadas de las lenguas europeas resulta un fenómeno recurrente de la poesía española a partir de la generación a la que pertenece Jesús Aguado (1961). Él mismo se ha convertido en un ejemplo de este vínculo, primero como joven escritor que viaja reiteradamente a India y que se afinca y reside durante varios años en Benarés. Y a raíz de estas estancias, como erudito, ensayista y traductor de las múltiples proyecciones de la cultura en India. Pero también, y como propósito principal, ha ido incorporando a su obra poética tanto la experiencia de los años junto al Ganges, como, sobre todo, su conocimiento de la poesía india, antigua y contemporánea. Un volumen selecciona y reúne sus escritos poéticos, esparcidos por libros publicados durante tres décadas, de influencia india, Los 108 nombres de Dios (Olé Libros, Valencia, 2023). Esta antología temática no solo resulta interesante para comprobar la actualidad de la obra de Aguado, sino también, y en especial, para establecer a partir de esta el paradigma del influjo literario y los modos de penetración de una tradición ajena a las lenguas europeas, propósito de la presente lectura. 

El primer modo de acercamiento entre universos tan diversos es la crónica. Este término denomina las expresiones poéticas que evocan el encuentro tanto con la realidad como con el pensamiento de la cultura ajena, y se elige por implicar dos polos de relación —escritor y fuente—. Su grado cero sería la forma autobiográfica, próxima al diario. Es la que el poeta ha utilizado en prosa, en el volumen Benarés, India (2018), aunque resulta significativo que esta forma esté presente en una Carta al padre (2016) donde evoca el viaje a la India como una huida de la sombra paterna: «ajena a tu control, limpia de padres».

La crónica es la primera aproximación del poeta a la realidad diversa. La ejemplifica la sección «Animales», escrita desde un yo que observa los comportamientos de búfalos, monos, ardillas, termitas y otros bichos integrados en la vida cotidiana del país. No se limita Aguado a la mera descripción, y ya en este inicial contacto no solo descubre el valor simbólico de algunos motivos («Se podría decir que [los perros] matan a la muerte»), sino que expresa, ante otros, el proceso de interiorización de la experiencia en sus diversas fases, desde la visión («...los búfalos / dirigirse a mis ojos para bañarse en ellos» y el reconocimiento («[los cuervos] le daban voz a mi esperanza»), hasta la identidad («ya no es ella [la ardilla]: eres tú»).

El segundo grado de la crónica es el relato, presente en la serie «Homenajes indios». El título del poema alude a una figura de la poesía india, como Vidyapati (1352-1448) o Kalidasa (s. IV-V), y el poema ilustra un breve historia (a veces en tercera persona, a veces en primera) de carácter amoroso o filosófico. Estos relatos son un grado de crónica más elaborada: Aguado asume el punto de vista de los poetas que ha leído y expresa desde esa perspectiva, en los diversos lances amorosos que se relatan, sus propias ideas. Así, el dedicado a «Amaru» es una escenificación india de la alteridad y de la inmanencia, ejes esenciales de su poética: «ambos somos el otro y este mundo es el cielo». Lo mismo puede señalarse de otras series dedicadas a poetas indios con otros asuntos temáticos. Se puede vincular también a este capítulo la ideación de figuras ficticias, como el poeta Ramprasad, cuya falsa biografía, sin embargo, desvela auténticas contradicciones de la vida india.

La crónica culmina un tercer grado de abstracción, que es el poema. Textos que recrean estilos específicos de expresión poética india, como el «De la tribu Nila», o reviven, desde la lengua propia, las formas aprendidas de oración, como «El nombre de Dios. Krishna».

En su conjunto la crónica (diario, descripción, relato o poema) configura un acercamiento siempre con dos polos implícitos, el autor y el referente indio. En una segunda vía de absorción de la influencia la doble polaridad se funde en una única personalidad poética, un emblema que enlaza al poeta con el objeto de su pasión a través de la ideación de un heterónimo: Vikram Babu, quien asume la peculiar estructura de la poesía de Kabir (1440-1518) y a partir de esta exhibe una sólida personalidad como fustigador de formas de ser y de comportamientos morales impropios o incongruentes, y como defensor de sutiles principios filosóficos y religiosos.

El heterónimo funde la dualidad, pero expande una nueva sombra dual: la del nombre del autor por detrás del nombre ficticio. Por seguir la nomenclatura pessoana, tal vez se podría denominar ortónimo al poeta que asume como propio, en su lengua, el pensamiento poético de origen indio. En todo caso, este es exactamente el fenómeno de llegada del proceso de influencia exógena y es lo que muestran el conjunto poético «Mendigo», casi un manifiesto de la pobreza como aspiración («Si no te pido nada. / O sí: / que dejes intocada mi intemperie»),  y los dos extraordinarios poemas que cierran el volumen: «Dice Kabir» y el texto que incorpora al acerbo esta edición, «Los 108 nombres de Dios», una meditación sobre la «insuficiencia» esencial de la labor intrínseca del poeta: «no sé nombrar el mundo que me nombra».


[Paraíso nº 22. Jaén, 2024]

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