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El balcón de enfrente

viernes, 5 de noviembre de 2010

ARREALIDAD. «Temperatura voz», de Mariano Peyrou

Temperatura voz, Pre-Textos, Valencia, 2010,
Parte de las poéticas del siglo XX crecieron agrupadas en polos opuestos: unas subrayaban los aspectos racionales del poema, y otras reivindicaban la condición irracional de la escritura a partir de las diferentes ramas de la apertura verbal que supuso el surrealismo. Ahíta tal vez de la esterilidad del enfrentamiento, la generación que ha empezado a publicar con el siglo XXI se caracteriza, en primer término, por la búsqueda de alternativas a este antagonismo. Unos poetas procuran la simbiosis de lo racional y lo irracional, otros recurren al influjo de oriente como bálsamo y también hay quien recorre en solitario el camino de alejamiento o, como Mariano Peyrou (1971), descubre en esa misma soledad el modo de superar estereotipos. Su obra, con títulos rotundos como La sal (2005) o Estudio de los visible (2007) que consolidan una poética atractiva e inusual, ha crecido sobre tres pilares, presentes también en Temperatura voz: el dibujo solipsista del sujeto poético («el uno su voz múltiple / su delicado asco por el dos»), la construcción quimérica del poema («lápiz escribe en el aire / la palabra papel») y, tal como deja entrever la última cita, la concepción paradójica de la realidad («laberinto de una sola calle» o «he pinchado un alfiler»), acaso la fuente de mayor brillo estilístico del poeta.
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Tanto racionalidad —obviamente— como lo irracional comparten dos características que se suponen intrínsecas a la escritura: la existencia de un referente temático y el desarrollo completo de la sintaxis —con independencia de su adecuación al sentido—. Temperatura voz, ya desde el título, aspira a apartarse también de este trazado previo («forcejeo cada / desvío en el camino del surco hacia el verbo») mediante la insubordinación a las exigencias de tema y sintaxis («qué dictados sin voz»). Los tres poemas que forman el libro sugieren aspectos temáticos —podrían versar sobre el hijo recién nacido, la identidad, la escritura—, pero en ningún momento el lector puede afirmar con seguridad que hablen de lo que parece que tratan. La sistemática yuxtaposición agramatical y la interrupción constante del discurso sintáctico corroboran esa indefinición del tema («por fin amar lo indefinido»). Esta escritura de apariencia hermética no está formada, sin embargo, por un discurso hermético, sino por la adición de vestigios de discursos diáfanos. La impresión que produce la lectura es la misma que ofrecería un antiquísimo papiro muy deteriorado donde sólo se pudieran leer fragmentos inconexos de frases —sabias, claras y brillantes— de un texto cuya unidad y significado se han perdido para siempre.
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Al margen de las autopistas expresivas de la realidad y de la irrealidad, Mariano Peyrou parece abrir entre la maleza una senda propia —su modo ensimismado, quimérico y paradójico de abordar la escritura— que bien se podría denominar «arrealidad» puesto que pretende situar su perspectiva de comprensión en un lugar inconcreto para cuya definición participan tanto y con igual constancia el objeto y el sujeto como la ausencia de ambos («está ahí mirando todo desde afuera de las ideas / y nadie lo ve»). Se diría que la materia que funda los versos del poeta le debe más a Planck que a Newton. Esta «avertebración» entre el objeto y el sujeto proporciona en sí misma una metáfora del ser contemporáneo que subraya su sincronía con el relato científico actual del universo, pero sorprende aún más que se realice, en Temperatura voz, mediante la absorción en el presente del deterioro y de la erosión que impone el paso del tiempo sobre los significados. Como si para comprender lo más esquivo de la realidad no hubiera más remedio que perder o extraviar los discursos trenzados pacientemente para comprenderla.

El Ciervo nº 714-715. Septiembre-octubre 2010
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