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El balcón de enfrente

lunes, 28 de noviembre de 2016

La poesía de Rafael Montesinos


1

Rafael Montesinos nació, «naturalmente», en Sevilla. Todos los críticos son unánimes al afirmar, reafirmar, confirmar que Sevilla le hizo poeta. Acaso sea al revés, que Montesinos hizo un poco más poética, y eso parecía imposible, a la ultra poetizada Sevilla. A esta ciudad y a sus cosas el poeta ha escrito tantos versos que sería difícil incluso reunirlos, pero entre todos ellos se puede recordar un terceto del soneto «Vencido vuelvo a la ilusión primera» que resulta modélico:

Qué lejos la ciudad se me ha quedado,
qué cerca tu recuerdo y qué temprana-
mente la vida, entre mis manos, vieja.


   Y nació, por decirlo todo, el 30 de septiembre de 1920 en el número 41 de la calle Santa Clara. Al frente de uno de sus primeros libros puso una cita hoy celebérrima, aunque entonces lo era menos: «Mi infancia son recuerdo de un patio de Sevilla», frase que de buena gana hubiera escrito Montesinos si no se le hubiera adelantado en el tiempo otro paisano suyo; pese a que no la escribiera, sólo la citara, sin duda la vivió. Tenía aquella casa de la calle Santa Clara un patio apacible y sevillano, con su cancela, sus macetas y su palmera en el centro, su sosegada penumbra y la grata sensación de humedad en mitad del verano andaluz. Y tenía aquella casa dos vecinos que llegarían a ser ilustres, nuestro poeta fue precedido por don Enrique Canito, inolvidable fundador de otro patio sevillano en Madrid, la revista Ínsula. Después vendrían otras calles al paso que mudaba el domicilio familiar: la calle Peñuelas, con su animada azotea y un pequeño patio donde daban las ventanas de Rosita, la niña de 9 años que dejó en el corazón del poeta el primer cristal roto de la ausencia; la calle Martín Villa, la calle Reyes Católicos, cuyos balcones daban al río, frente a Triana...

Balcón de mi adolescencia,
balcón,
de todo lo que yo he sido,
sólo tu altura quedó.
¿Quién te pone ahora visillos
donde puse el corazón?


   Y finalmente la calle Almirante Ulloa, piso al que la familia se trasladó un año fatídico, 1936. Sobre la guerra no ha escrito muchos poemas, ni era razonable que lo hiciera, ahora bien, los seis o siete que ha dejado escritos son sencillamente estremecedores:

Éramos niños en aquella guerra
que nuestros padres inventaron


   Sólo a esa extraña cualidad del recuerdo que relega lo ingrato por subrayar únicamente lo favorable atribuye Rafael Montesinos la ocurrencia que tuvo su padre, antiguo alumno de los jesuitas en Barcelona, de mandarle a un colegio de jesuitas en Sevilla. Los recuerdos de aquellos años de infancia y de niñez, que suelen ocupar media línea en cualquier biografía, ocuparían este artículo completo, pues Rafael Montesinos los ha salvado de un modo extraordinario, artístico, en muchos, muchos poemas y también en un librito, Los años irreparables (Madrid, 1952; 3ª edición aumentada, Sevilla 1999), subtitulado «prosas en memoria de la niñez», que sin duda es una de las mejores evocaciones de la infancia en una época de posguerra en la que recuperar el paraíso infantil era algo más que una opción personal, fue una verdadera obligación artística frente a los disparates que la accidentada historia española de los años 30 obligó a vivir a los jóvenes de entonces.
   El día 31 de diciembre de 1940 la vida sevillana desaparece de la vista del joven Rafael. Toda la familia se traslada a Madrid. El propio poeta, con una lucidez que sobrecoge, ha contado que aquel día de maletas y baúles, de pitidos y sacudidas, de carbonilla y adioses vio como él mismo se despedía, agitando un pañuelo desde los andenes de la estación, de él mismo que se asomaba por la ventanilla para decir adiós a familiares y amigos. Y es que desde el primer día de enero de 1941 Rafael Montesinos vivió en Madrid, a él le gusta decir Castilla acaso porque, siguiendo su oficio único de observador de estrella («Pero cuando –ha dejado escrito el poeta- mis seis años supieron leer y escribir correctamente, presintiendo quizá ya entonces que todo lo demás no me iba a servir para nada en este mundo donde he caído, mandé a paseo mi aplicación, mi conducta y mi porvenir, tumbándome definitivamente boca arriba a mirar las estrellas»), en la palabra Castilla es verdad que existe un matiz oculto que habla de cielos altos y diáfanos. También siguió paseando por sus calles de Sevilla una vida acaso más real que la madrileña. Hay un soneto estupendo de la primera época titulado «El regreso perdido» donde este desdoblamiento adquiere una dimensión artística; su último terceto se expresa así:


Si Rafael entonces me llamaba,
¿cómo me llamo ahora en este frío
peregrinar de un sueño que se acaba?


   El primero de enero de 1941, en Madrid, empezó otra vida para Rafael Montesinos, que si acaso no ha tenido tanta fortuna lírica como los arcádicos años sevillanos, si merece que ahora la recordemos por sus logros. Sus primeros poemas en seguida empezaron a aparecer en las revistas que hoy son la referencia de la época; no en una sola revista, sino en todas las memorables: Garcilaso, Halcón, Proel, Espadaña, Ínsula, La estafeta literaria... Una mención especial merece su labor como director de la Tertulia Literaria Hispanoamericana, que desde 1954 ha celebrado más de 1000 sesiones en casi 50 años de vida. No creo desacertado afirmar que de la mano de Rafael Montesinos han entrado en Madrid casi todos, por no decir todos, los poetas en lengua castellana de las últimas tres o cuatro generaciones. En este capítulo de los méritos hay que anotar muchos premios, algunos de indiscutible prestigio, como, en dos ocasiones, el Nacional de Literatura, en 1958 el de Poesía y en 1977 el de Ensayo por su libro Bécquer. Biografía e imagen. Hay otros premios importantes, es verdad, pero tal vez mayor reconocimiento sea mencionar aquí los lugares que ya se llaman para siempre Rafael Montesinos, como una calle en Alájar (Huelva) y otra en Dos Hermanas (Sevilla), y como los jardines que llevan su nombre en su ciudad, entre el paseo de Colón y el puente de Triana, frente al balcón donde se asomaba el adolescente con sus ensoñaciones.Un jardín que ya habían inmortalizado antes sus propios versos:


Miro allá abajo el río
y a su orilla el edén: ese jardín
adonde en soledad bajan mis ojos
sin comprender por qué es consigo misma

tan dulce y tan cruel la adolescencia.

   Años más tarde, sobre ese mismo jardín sevillano, ya dedicado a él, escribirá tres versos estremecedores:

Ya todo lo tengo aquí:
la adolescencia perdida

y mi olvido en un jardín.

   Un capítulo especialmente grato es recordar ahora su condición de ilustre becqueriano. El mismo poeta nos ha contado el abismo que siente recorriéndole la médula al pensar qué habría sido de él si el niño que fue hubiera creído que la poesía era ese caldo grueso que en todas las épocas intentan pasar por poesía gente zafia y sin sensibilidad alguna: «Aún recuerdo el día en que le conocí —escribe Montesinos sobre Bécquer—. Mi primer encuentro con la poesía pudo haber sido desastroso, si él no hubiese aparecido inesperadamente, sevillano, huésped de las nieblas, ahuyentando con el vuelo de su capa a todos los poetas ramplones». A su empeño bequeriano le debemos un Bécquer más puro, pues ha tachado rimas y leyendas falsas, y mayor, pues ha descubierto otras verdaderas. Su archivo conserva, y creo que no me equivoco, la mayor colección de ilustraciones bequerianas que existe, y a su pluma debemos libros sabios y deliciosos, como el que mereció el Premio Nacional en el 77 o esa pequeña joya que es La semana pasada murió Bécquer (1992). Con ser grande la contribución de Rafael Montesinos al conocimiento de Gustavo Adolfo, creo que su aportación bequeriana a nuestra poesía es mayor aún en otro sentido. Estoy convencido de que no sólo el erudito Montesinos ha ensanchado la imagen de Bécquer en el siglo XX, sino también el poeta. Y no estoy hablando de ser más o menos becqueriano, sino de encarnar en otra época el ideal poético de Bécquer y convertirlo en auténticamente contemporáneo. No hablo de influencias, sino de una verdadera encarnación. Toda su poesía es un acto de fe en el ideal becqueriano del amor, de la poesía y de la vida, y sobre todo en ese nuevo ente maravilloso que crea la conjunción de los tres, amor, poesía y vida. Toda su obra serviría para apoyar estas palabras mías, pero voy a copiar sólo una estrofa que sólo la pudo escribir un poeta de verdad becqueriano y de verdad contemporáneo:

Pero medí tu cuerpo con mis besos,
tus besos con mis labios,
para las altas lunas de tus pechos
fui poeta romántico,
porque en tu sangre había diecisiete
caballos galopando.


   Y quiero reunir junto a estos versos dos más de una «Canción para antes de escribir» que aciertan a dibujar la esencia de las enseñanzas becquerianas en Montesinos:

Beso escrito y no besado,
jamás lo escribiré
.



2

La evocación de Bécquer desemboca en las puertas de su poesía, pero antes tal vez haya que mencionar uno de los agujeros negros mayores de la historia literaria reciente. La crítica agrupa con un sentido histórico a Rafael Montesinos en la primera generación de posguerra. En 1936, el poeta tenía 16 años. Su primer libro reconocido (pues hubo otros anteriores en ediciones privadas) se publica en 1946. Estamos, pues, plenamente en las coordenadas que la historia literaria traza para esta generación. A Dámaso Alonso debemos el primer esbozo, creo que lucidísimo en la época, de esta generación, que para él se manifestó desgarrada en dos actitudes, una que llamó arraigada y otra desarraigada. La celebridad de su artículo lo ha hecho, creo que para todos, no sólo conocido, sino incluso familiar. Ahora bien, ¿dónde situamos a Rafael Montesinos? Francisco Alejo Fernández, estudioso del poeta, nos da la visión común entre la crítica: «Rafael Montesinos, colaborador asiduo de [la revista Garcilaso], ha sido encuadrado tradicionalmente por la crítica dentro de este grupo [la poesía «arraigada»]. En cualquier caso... sí se puede afirmar que la trayectoria literaria posterior de Rafael Montesinos sigue derroteros muy personales». Esta es, más o menos la opinión generalizada en la crítica. Aunque comparta algunas características, la obra poética de Rafael Montesinos no acaba de encajar del todo en aquella corriente que Dámaso Alonso llamó «arraigada». Que es mejor, como hacen los críticos, dejarla fuera, afirmar, lo que es indudablemente cierto, que siguió «derroteros muy personales». Pero, ¿esta afirmación de individualidad significa acaso que Rafael Montesinos fue un poeta que escribió al margen de su época y de su generación, como hicieron otros muchos entonces, como por ejemplo escribió su obra poética Cirlot? Nada más lejos. Creo que Rafael Montesinos estuvo siempre en el epicentro mismo de la primera generación de posguerra. Pondré un primer ejemplo. En un año tan temprano para su generación como 1946, Montesinos publicó su primer libro, Canciones perversas para una niña tonta, en las publicaciones de la revista Garcilaso —ámbito arraigado— y ese mismo año la revista santanderina Proel, emblema como pocos de la poesía desarraigada, publica un artículo de nuestro poeta nada menos que sobre Ocnos, el libro de poemas en prosa de Luis Cernuda que había aparecido cuatro años antes en Londres. Es decir, desde el principio Rafael Montesinos se sitúa en el centro de su tiempo, pero no de una parte o de otra cuando éste se divide, sino en las dos: Garcilaso y Proel al mismo tiempo. Es verdad que la obra poética de Montesinos exalta, desde su primer libro al último, la soledad esencial del poeta, y que su obra tal vez sea el cántico lírico más puro de su generación , pero creo que también es cierto que sus gestos personales e individuales tienen también un valor paradigmático que no se ha tenido, creo yo, todavía en cuenta. Seguimos buscando rasgos que separen a los poetas en arraigados y desarraigados, cuando tal vez pudiéramos esbozar otro dibujo generacional que uniera a los poetas en lugar de separarlos. Expondré sólo un único caso, pero hay dos o tres rasgos más de análogo relieve. Más importante acaso que enfrentar el sentimiento religioso al social, como es frecuente hacer al hablar de la posguerra, sea buscar otros puntos de referencia. El mismo año de 1955 se publican dos libros que responden a dos profundas crisis personales y poéticas. Uno es Pido la paz y la palabra, de Blas de Otero, donde se manifiesta el cambio radical de mirada, del interior hacia el exterior; y el otro es País de la esperanza, publicado ese mismo año, donde Rafael Montesinos da cuenta de una crisis personal que también busca cerrar la mirada interior y nostálgica, que afortunadamente nunca desaparecerá del todo en nuestro poeta, para abrirla hacia el futuro, la Esperanza. Con ese acendrado lirismo suyo, escribe en el pórtico de este libro fundamental:

Os dejo mi esperanza todavía;
no os dejo lo que fui, que lo que he sido
—yo que lloraba todo por perdido—
por perdido lo doy con alegría.
Os dejo lo que espero: la agonía
del porvenir, el tiempo no venido.


   Estas actitudes, al mismo tiempo personales y representativas de las zozobras íntimas que el momento provocó a unos y a otros, estoy convencido de que ofrecen una imagen más compleja y profunda de los años de posguerra que la mera confrontación de actitudes poéticas e ideológicas. Para algunos las características son como trajes que el poeta se viste para ir a la moda, y sin embargo, nada más lejos de eso. Lo que caracteriza verdaderamente a una época son las aventuras radicalmente individuales, singulares, solitarias que tienen la virtud de permitir que los demás reconozcamos en ellas la imagen de una edad. Estoy convencido de que la historia literaria del siglo XX está aún en sus inicios y ojalá cuando de verdad se aborde se tengan en cuenta los gestos y actitudes que descubren a los poetas verdaderos.



3

La crítica suele ser unánime al reunir en un primer momento poético los cinco primeros títulos que Rafael Montesinos fue publicando desde 1944 hasta 1954, diez años que van desde los 24 a los 34 del poeta, quien al llegar a esta edad sufre una crisis poética de la que él mismo da cuenta en una nota previa al Cuaderno de las últimas nostalgias. El título es ya una afirmación sobre sus intenciones. En esta nota afirma que sus tres temas principales son la infancia, la tierra nativa y el amor. A partir de 1955, incorporará en cada libro nuevos temas, pero mantendrá como columna fundamental de su obra la tríada temática esencial.

Yo me acuerdo de un niño diferente
a los otros. Vivía
siempre dentro de él, siempre soñando
las cosas que podía.



   La infancia es sin duda el tema más constante en Rafael Montesinos, y traza en el curso del tiempo un arco que coincide exactamente con el perfil del corazón del poeta. En el primer período la infancia se convierte en un mundo paralelo, pero tal vez mucho más real, pues rememorándolo, reviviéndolo, reconstruyéndolo se construía por dentro el poeta y el hombre. La cualidad arcádica de esta infancia revivida se debe a las dos circunstancias que marcaron su final: la Sevilla perdida tras el traslado a Madrid, y la zanja de la guerra que la situaba no ya en otra época, sino casi en otro mundo.


Mi juventud se fue
a la guerra conmigo.
Yo volví, pero a ella
la mataron a tiros.

   Es esta recuperación de la infancia, evidentemente, una apuesta personal, y por su intensidad diría que hasta insólita, pero me gustaría subrayar que tiene también un claro valor paradigmático y generacional como salida de emergencia del presente hacia un tiempo sin heridas. En la infancia prenden otros temas que van a vertebrar esta obra en todos sus períodos: la ensoñación y la soledad. Resulta especialmente atractiva la idea de soledad que asoma en los poemas de Montesinos. Una soleá dice:

Soledad del ir viviendo
mi soledad con los otros
es la soledad que tengo.


   La soledad es, pues, una condición, la forma de ser poeta en el mundo. Es la manera de comprender las cosas y comprenderse a sí mismo:

A solas el poeta
vence al olvido.


   Dos libros posteriores, País de la esperanza en 1955 y La verdad y otras dudas en 1967, enarbolan la mirada exterior de Rafael Montesinos. Son los libros que nacen más próximos a su época, son —como diría Machado— su «palabra en el tiempo». Aparecen ahora nuevos conceptos que los poemas van matizando. Primero el de la esperanza, que en nuestro poeta es una forma valiente de darle la vuelta a las cosas para evitar que la nostalgia le ancle en un tiempo pretérito ya fuera del tiempo; es su forma de enfrentar «otra nostalgia del porvenir, alegre y esperanzadora, que cuando llega a nosotros no es precisamente para derrumbarnos». Después aparecen con insistencia el concepto de verdad y, sobre todo, el de injusticia. Unidos al concepto de injusticia surgen las palabras que lo encarnan: obrero, suburbio, pobre, pero sobre todo jornalero.
   En las vivencias del niño en el campo de la Tarazonilla, la finca agrícola que durante algunos años pudo disfrutar la familia Montesinos —mejorando bastante las condiciones de vida de los jornaleros, todo hay que decirlo— y que tan decisiva fue para conformar el ámbito estético esencial del poeta, prende también esta conciencia de injusticia social que años más tarde aflora en los poemas. Hay una copla de madurez que nos recuerda que esta poesía repudia la impostura, en los asuntos líricos y también en los sociales

Haz caso de lo que digo,
que nunca le he puesto letra
a copla que no he vivido.


   La dimensión más fértil de la esperanza, entendida como expectativa ante la vida por llegar, cobra cuerpo a partir de estos libros para ensanchar y profundizar el tema del amor. «Poemas a Marisa» se llamaba una de las secciones de País de la esperanza. Aunque de honda raíz biográfica, el tema del amor en la primera época mantiene un preciso equilibrio retórico entre las enseñanzas de los cancioneros tradicionales y la pasión becqueriana. A partir de la irrupción de Marisa en la vida y en la poesía de Rafael Montesinos, el poema de amor labra sus propios cauces expresivos y gana en hondura y belleza. Y todo ello lo encontramos en esas secciones amorosas dentro de los libros más sociales, y también en un hermoso libro con acentos casi exclusivamente líricos que publica entre los dos citados: El tiempo en nuestros brazos, de 1958, que venía de ganar el Premio Ciudad de Sevilla y se fue a merecer el Nacional de Literatura. Sin duda es éste uno de los libros más densos y personales de nuestro poeta. Y entre los poemas de amor maduro de Montesinos destaca una serie que empieza en este libro y continúa en los títulos siguientes al paso menudo de la edad: son los poemas dedicados al hijo, que a muchos lectores les gustaría ver reunidos en una pequeña antología.
   Entre 1967 y 1980 Montesinos publica algún que otro cuadernillo de poemas, reedita algún título y reúne una amplísima antología en Plaza & Janés, sin embargo los años 70 suponen un hiato en la evolución creativa de Rafael Montesinos. Ahora bien, el poeta que renace en la década de los 80 es, importa decirlo desde el principio, una de las cimas más altas de nuestra poesía contemporánea. En esta década dará a la imprenta dos libros extraordinarios: Último cuerpo de campanas, publicado en Sevilla en 1980, y De la niebla y sus nombres, aparecido en Hiperión en 1985. Su obra posterior a estos años se recoge en un título que cierra su bibliografía dignamente, Con la pena cabal de la alegría, libro de 1996. En estos dos libros impresionantes, Último cuerpo de campanas y De la niebla y sus nombres, hay un poeta que escribe desde el olvido de sí mismo, desde la auténtica soledad del ser humano, desde la extrañeza de la edad y desde la paradoja constante de la vida, y que lo hace sin grandilocuencia, sin imposturas, sin falsificación alguna, es decir, de verdad, como siempre escribió, por cierto, el gran poeta Rafael Montesinos.

Cuadernos de Estudio y Cultura nº 17. Barcelona. Septiembre, 2003

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