El balcón de enfrente

viernes, 30 de marzo de 2018

Dos libros y una década en María Victoria Atencia



EL HUECO, de María Victoria Atencia
Tusquets editores, Barcelona, 2003

«Toda historia se cierra —cuando no se interrumpe— en un final feliz». Con este verso rubricaba María Victoria Atencia (1931) su libro anterior, acaso uno de los más armónicos, sosegados y pletóricos de significado de la autora, Las contemplaciones (1997). Ya desde el título, El hueco, el nuevo libro muestra un signo diverso. No faltan en él apelaciones a la plenitud del vivir. Un hermoso poema dedicado a Antonio Gamoneda concluye: «y apresta entonces tu deslustrado corazón: / la vida empieza ahora». «Ahora» es una palabra que reaparece en esta privilegiada posición de clímax. «La verdad / es siempre adolescente» sentencia una evocación de la primavera que recuerda otros tiempos («huele el aire a hace veinte años»). Tal vez se trate «de esa vida [...] que de pronto vuelve» o de la « invariable hermosura / que aún me pertenece», en suma y como confirma otro poema, «Puedo sentirme aún viva». En todas estas expresiones de júbilo vital planea sin embargo una sombra: «de pronto», «aún», «deslustrado»... La celebración del mundo y el incesante carpe diem han perdido su carácter espontáneo, aparecen ahora de la mano de la reflexión; logran imponerse a pesar de las circunstancias («yo, deshojada ya») en un forcejeo unamunianamente agónico, tal como se presenta en el poema «Palacio de Viana».
    El libro está construido con el cruce de dicotomías que resultarán familiares: lo mítico y lo cotidiano, el presente y la memoria, el amanecer y la noche, el mar y la casa, la cercanía y la lejanía, lo coloquial y lo sagrado.... Sus motivos más frecuentes, como la luz, siguen iluminando los poemas, y conviven con el eco de viajes y lecturas (e incluso con un mínimo manifiesto generacional al estilo de los 50 —el poema «Tesalónica»— pese a que los poetas evocados no compartan generación sino una amistad ajena a las cronologías). También quienes acuden a María Victoria Atencia buscando la singularidad de lo femenino encontrarán al menos tres poemas impresionantes. Se reconocen igualmente, esparcidas por los textos, interesantes observaciones sobre su poética; el poema “Febrero”, por ejemplo, contiene afirmaciones esenciales para comprender la íntima trama de su obra: «Siempre / digo las mismas cosas, y yo lo sé. La vida, / mi vida al menos, / se construye sobre repeticiones [...] / Dios me libre / de cualquier modo de falsificarme».
    Plenitud, aunque forzada, y mundo reiterado relacionan este libro con los anteriores, pero ¿qué le distingue? Pues algo muy tenue, apenas perceptible, algo tan sutil como un prefijo, como la irrupción en el universo cristalino de Maria Victoria Atencia de la insistencia en un prefijo. En el prefijo «des-». En las pocas citas de esta página ya ha aparecido en dos ocasiones significativas, pero hay más, entre otros: «mi desconsuelo», «un desencanto así», «la pulcra huella de una desolación», «un barro despiadado me la llenó [la garganta] de pronto»... y acaso el más rotundo: «y déjame, perdida, desrostrada». El poema que se cierra sin final feliz, «desrostrada», había contado cómo «la constancia del pájaro que sé [...] / prepara / su tierno alojamiento en la oquedad del muro». Otro poema habla de cómo el corazón se aproxima al brocal del pozo o se pregunta «¿Qué me queda de mí sino la niebla [...] / mi fe perseverada / de vida y un silencio / que puede degollarse en esos vidrios?» Este sutil asomo existencialista, nombrado ya en el título El hueco, le da el tono a este libro, acaso entre los más elípticos y despojados de la autora, que parece escrito no al compás de un final feliz, sino de una interrupción.

[El Ciervo nº 625. Abril, 2003]
***

DE PÉRDIDAS Y ADIOSES, de María Victoria Atencia
Pre-Textos, Valencia, 2005

Pese a lo que una lectura literal del título pudiera sugerir, y también pese a que algunos primeros versos parecen confirmar una impresión pesimista («…desolación de hoy, / crueldad del tiempo…») este nuevo volumen de María Victoria Atencia (1931) no trata de lo que se va para siempre, sino de lo que siempre continúa en nosotros, inmutable al paso cruel del tiempo: «como si cada día no fuésemos haciéndonos / de pérdidas y adioses». El poema «Los pájaros» ofrece un ejemplo de esta pérdida. Describe un crepúsculo casi de miniatura románica, con oros y azules, en el que de repente «sin yo saberlo, / se iba mudando a un frío que comenzaba a darme / en los ojos, las manos, en la frente, en el nombre / recién perdido de alguien que así me mutilaba». La tradición de esta pérdida se reconoce en seguida, sólo puede emanar de una pasión: «Alcancé a verme luego, y no era ya la misma». Sólo una pasión es capaz de transformar a quien una ausencia mutila.
    Pese a la frialdad aparente del título, y también pese a que algunos primeros poema parecen confirmarla («el pétalo final de una rosa de piedra») este libro presente de María Victoria Atencia es, sobre todo, el fruto de una pasión sostenida y, como tal, acaso novedosa. Por la luz, por el amor, por la escritura poética, pues tres son los objetos de su apasionamiento, que se muestra al mismo tiempo hondo y emocionado, sereno y trémulo, tal vez porque está escrito «ahora / que voy perdiendo pie y que gano vida», o quizá porque los versos no ignoran lo que les amenaza: «por si lo que me queda de aliento ya no fuese mío / o me abatiese el ángel de la melancolía».
    Los poemas a la luz, tanto la que vivifica con su intensidad como la que irradia la belleza de los objetos, se han convertido en un motivo vertebrador de la obra, que si bien eleva la meditación poética, en el sentido juanrramoniano de la altura, prende en la experiencia cotidiana: «a ras del cotidiano gobierno de la casa, / donde yacen aquí tu luz y tu memoria». Esta simbiosis de lo concreto y lo metafísico ha sido una de las virtudes de la poesía de María Victoria Atencia. Los textos metapoéticos son también habituales en sus libros. De pérdidas y adioses se cierra con unos cuantos espléndidos. Uno de estos, «Como un roce en sus labios», recuerda los trazos esenciales de la escritura: si por una parte el poeta «habla de cosas que no entiende», del misterio; por otra, escribe «cada día / una línea distinta para inventar la vida que me falta», la imaginada. Misterio e imaginación otorgan trascendencia a lo escrito y también a lo descrito: «No deteriora el tiempo la belleza: / la perfecciona en otra manera de hermosura».
    Esta hermosura más perfecta es la que engastan la luz y la escritura, una gavilla de espléndidos poemas de amor, verdadero epicentro temático del libro: «Tú me llevas y acreces / y rompes de colmada. Sólo soy lo que soy: / tu ensueño cuando cierras los ojos. Sólo en ti / duradera y continua. Alta gracia por ti y dichosa de mí misma. ». Toda la tradición amorosa suena en la trama que tejen estos versos, en su latencia, desde los balbuceos de San Juan hasta el ritmo heptasilábico de Salinas (en los hemistiquios de Atencia); versos tan diáfanos como densos; carnales y místicos al mismo tiempo, encarnan la paradoja esencial del amor: sólo la entrega absoluta libera al alma de modo absoluto.

[El Ciervo nº 661. Abril de 2006]

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