Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

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lunes, 22 de noviembre de 2021

Musa antipetrarquista | «Mecánica», de Vicente Luis Mora


 

  



Antes de que Vicente Luis Mora (1970) decidiera empezar a escribir Mecánica (Hiperión, 2021), otro poeta, natural también de Córdoba, había tenido una idea parecida. Fue Juan de Mena (1411-1456), quien en el siglo XV creyó en la poesía como vehículo idóneo para reflejar la mecánica del mundo representada en «muy grandes tres ruedas: / las dos eran firmes, inmotas y quedas, / mas la de en medio voltar no cesava». Es decir, soñó una poesía capaz de reflejar las «ruedas» quietas, el pasado y el futuro, pero sobre todo la rueda central, la que no se detenía, el presente. Una apertura del campo de visión poético sin sombras ni restricciones («el mundo me vido que andava mirando»), que en el siglo siguiente el petrarquismo se encargó de volver a cerrar drásticamente en las angosturas del sentimiento amoroso. Hay en Mecánica un espíritu de percepción y de comprensión del mundo que no solo parece afianzarse en la voluntad de presente de Juan de Mena, sino que parece dispuesto también a desacreditar los acordes garcilasistas que lo desacreditaron.

         Mecánica combina formas métricas disímiles (poemas breves y extensos; en verso y en prosa; formando caligramas, tiradas o estrofas; con versos de arte menor y versículos, unos medidos, otros amétricos; creaciones propias y collages poéticos de textos ajenos…). Una clara voluntad de heterogenia que posiblemente evoque la habitual percepción del presente en las ciudades, fábricas, autopistas… Tampoco parece que se haya buscado una calidad poética uniforme. Destacan varios poemas espléndidos, de antología de época («Creación de ruinas», «Virginia sale al jardín», «La plaza»…), otros poemas notables y también algunos de tono menor, que parecen prescindibles, pero cuyo propósito compositivo aparece diáfano: la vivencia del tiempo en el presente alterna la excelencia con el aburrimiento, igual que su pensamiento es simbiosis de la más alta cultura con la más trivial cultura de masas.

En contraste con lo desigual de las apariencias —las formas, los referentes—, el libro de Vicente Luis Mora está construido a partir una serie de ideas sobre la poética, perfectamente argumentadas y estructuradas, que proporciona a lo irregular de la percepción sensorial una extraordinaria solidez conceptual. Algunas de estas ideas ponen en cuestión lo efímero de nociones que la poesía ha considerado, desde hace siglos, inmarcesibles. Vale la pena detenerse en estas nuevas concepciones. En su epicentro, y en el del libro, estalla una ideal medular: el darle la vuelta del revés a la comprensión antropocentrista de lo percibido: «Es el mundo la flecha. / Nosotros, la diana». No son los seres humanos quienes desvelan cuanto ocurre, sino solo lo que le interesa que se perciba a lo que ocurre. La poesía no es la voz de los protagonistas, sino la de las comparsas. Cuando Virginia Woolf sale a su jardín comprende que «…basta posar una sandalia / sobre la grama fresca para entender / que es el jardín el que me percibe a mí». A partir de esta certidumbre, la poesía solo se puede escribir al revés de como se ha escrito. Y no otro es el propósito de Mecánica.

En encadenamiento con esta idea basal, surgen otras. La más feraz en el libro es la soledad —«ridiculez» podría ser término más exacto— del yo ante la naturaleza sentida como un cosmos autónomo de una dimensión tal que aplasta cualquier concepción de lo humano. Un cosmos micro inasumible —«Conforman mi cuerpo / 37 billones / de células»—, y un cosmos macro, el universo, cuyo conocimiento parte de presupuestos que impiden cualquier conocimiento —«La Tierra / nunca ha pasado dos veces / por el mismo lugar».

A partir de estos dos pilares en la teoría de la percepción de Mecánica, múltiples ideas van apareciendo en una estructura que parece más de fractal que geométrica (de ahí la diversidad y cualidad irregular de las formas, breves y extensas o rotundas y débiles). Algunas implican una revisión de lo percibido. Así el poema «Rosa electrónica» contempla, en lugar de los múltiples atributos simbólicos de la flor, su contingencia biológica («pero por un instante puedo ver / su electricidad de clorofila») y su realidad matemática («Su proporción numérica de pétalos»). O la espléndida descripción de «La plaza» a través de su dimensión numérica: «cada cinco segundos pasa alguien…».

Ciertas ideas desarrolladas de manera fractal desde la teoría de la percepción tienen que ver con la propia escritura de la poesía, en cuya concepción ocurre la misma inversión de la mirada. El poeta, cuyo yo queda diluido entre los diversos cosmos que lo constituyen —incluidos los cosmos interiores, como sugiere, oportuno, «El cielo interior»— desvía los ojos de lo inaprensible para tratar de comprender lo mecánico de la escritura («Este fragmento está redactado / con la mano recta y blanda, / y se nota»), lo que en realidad se ve cuando se está mirando («… la mirada, / para llegar al paisaje del fondo, / atraviesa: aire | cristal | aire») y, sobre todo, para intentar capturar el pensamiento en el instante de ser pensado. No para convertir el pensamiento que se mira a sí mismo en endogámico, sino para todo lo contrario: «Persigo un pensamiento / diferente».

La diferencia del pensamiento poético que propone Mecánica resulta diáfana si se contrasta con el paradigma, concebido como inmutable, de la poesía renacentista-romántica: la omnipotencia del lirismo como exaltación máxima del yo, una naturaleza subyugada a ser reflejo de ese ensimismamiento y la armonía como principio germinador de las formas. El propósito de Mecánica se dibuja con claridad: destruirlo. Demoler las paredes del palacio de la versificación para recuperar un instrumento poético, el viejo sueño de Juan de Mena, capaz de comprender lo que de voltar no cesava, y capaz de integrar un presente que no excluya ninguno de sus saberes adquiridos en el camino de la progresiva incomprensión del yo, la auténtica obsesión de fondo del libro de Vicente Luis Mora. 

[Inédito]

domingo, 8 de abril de 2018

La innovación y las convenciones a propósito de «Nova», de Vicente Luis Mora


NOVA, de Vicente Luis Mora 
Pre-Textos, Valencia, 2003 

En una de las múltiples notas teóricas con las que Vicente Luis Mora (1970) presenta lo que denomina «El proyecto Nova», afirma que no desea «seguir engrosando el numeral de autores convencionales». Tal vez el poeta menos convencional de la poesía española haya sido Garcilaso de la Vega, sin duda la mayor fuente de convenciones aún hoy vigentes. También Mora se inscribe en su tradición: utiliza el endecasílabo y compone algunos sonetos, su poética no es ajena a la idealización amorosa («El poema eres tú / porque eres lo más bello que conozco / y no podré llegar / a definirte») y sus metáforas no evitan la convención petrarquista («desde su llama sé / lo que me hará sufrir / cuando se enfríe»). Esta insistencia en el modelo más prestigioso y repetido de la poesía española desde el siglo XVI parece contradecir los deseos innovadores del autor, que acaso se oculten precisamente en este diálogo con la convención.
    Suele reconocerse el petrarquismo en la triple influencia que Mora subraya a propósito (una forma métrica, un tema y un repertorio léxico determinados) y con frecuencia se olvida lo que el petrarquismo supuso de rasura del conocimiento poético. Un libro como Laberinto de Fortuna, en el siglo XV, desconocía límites en su contenido; en arte mayor castellano se versificaban todos los conocimientos de un poeta, ya fueran históricos, mitológicos o filosóficos. Junto a la revolución métrica (ese cambio de acento de 5ª a 6ª que descubre la música del castellano), Garcilaso impuso un único y exclusivo tema para la poesía lírica: el amor ideal. Fuera quedaron cuantos conocimientos habían acumulado poetas como Juan de Mena para sus versos. Este es el diálogo que «El proyecto Nova» sostiene desde dentro con la tradición petrarquista: el retorno a la poesía lírica de los conocimientos de toda índole que pueda adquirir el poeta, sean de la cultura literaria y artística, o sean de la cultura científica y tecnológica: «te quiero porque el átomo de cesio / es firme y el genoma variable».
    No es el único diálogo con la tradición poética que entabla Vicente Luis Mora. Un célebre soneto de Charles Baudelaire, «Correspondencias», ha sido leído como visión emblemática del simbolismo: por debajo de la naturaleza hay un bosque oculto donde «se responden perfumes, sonidos y colores» en una profunda unidad y al que remiten los símbolos que se ven. Toda la construcción del «proyecto Nova» está fundado en análogas identidades, las que unen música, poesía, pintura, entre sí y con el universo, las que unen arte y naturaleza o amor y ciencia, y unas con otras. Estas correspondencias, sin embargo, no ocurren por debajo de la realidad, sino en la percepción poética de ésta; no están en la tiniebla de las sinestesias, sino en el orden alcanzado por el poema: «Sobre la mesa / un mundo hecho pedazos... / si se ordena desordenadamente / obtenemos la vida... / si conseguimos ordenarla en orden / tendremos la poesía». Esta búsqueda del orden no es sólo lucha contra la entropía, sino, sobre todo, la aspiración a una percepción superior donde, si se permite la paráfrasis, «se respondan escritura, vida y conocimiento artístico y científico».
    Hay en este extenso libro poemas de amor y narrativos, monólogos dramáticos y caligramas, textos líricos y referencias cultas, como en muchos libros convencionales; el autor los presenta bajo los auspicios de un «proyecto» que plantea un diálogo con la tradición poética ambicioso e interesante, pero no se debe olvidar que si merece la pena la exégesis de estas ideas es porque en Nova hay, entre otras muchas cosas, excelentes poemas de amor convencionales.

[El Ciervo nº 630-631. Septiembre, octubre, 2003]

lunes, 19 de diciembre de 2016

La forma del desconocido. «Tiempo» de Vicente Luis Mora


TIEMPO, de Vicente Luis Mora 
Pre-Textos, Valencia, 2009

Este volumen titulado Tiempo por Vicente Luis Mora (1970) evoca un lugar: el desierto de arena de yeso de White Sands: «En el centro del tiempo / mi lugar es el espacio». Pese a su aspecto de paradoja, acaso esta cita no lo sea: de muy cerca o de muy lejos, perdida la perspectiva convencional, las fronteras entre tiempo y espacio se desdibujan. Es la imagen que transmite en el presente la ciencia; de la física cuántica a la astronomía, la realidad no se parece en nada a lo que se ve. Con este bagaje de conocimientos el personaje poético de Tiempo se adentra en uno de los lugares extremos del planeta: un desierto. Entrar en un desierto —sugiere el poeta— es también dar un paso al frente en otros dos espacios igualmente extremos: el universo y el yo. Universo, desierto y yo comparten una misma condición, se diría, real. Tal vez también filosófica: el universo se expande y disgrega, «este desierto / fue una única roca / blanca, de yeso / compacto» y el sujeto reconoce que «hay / en mí / la misma / desintegración». Esta es la primera virtud del libro, de índole conceptual: la recomposición del continuo con que se concibe la vida desde los cielos hasta la conciencia. Vigente en todas las civilizaciones antiguas, incluidos los romanos que siempre orientaban sus pasos y su quehacer, tal vez sea la mayor ausencia de los tiempos modernos. La restitución del continuo por parte del poeta no tiene una finalidad arqueológica, busca verificar el tamaño exacto de la fragmentación de la experiencia. El desierto es metáfora acertada: uno y disgregado a la vez («el tiempo / no se puede explicar / con un discurso / —siempre irreversible— / sino con metáforas»). 
    Desde el punto de vista poético esta restitución del continuo fragmentado con la metáfora del desierto crea un reflejo también formal. ¿Se trata de un único poema o de una colección de adagios? —se pregunta el lector que percibe ambas escrituras. En su construcción se adivinan materiales de orígenes diversos (científico, histórico, filosófico, psicológico, diarístico, periodístico, narrativo, coloquial...). Por todos ellos sin embargo ha pasado la decisiva erosión del estilo que dispersa y acumula: «Y la erosión / los convirtió / en arena». Igual que cada cadáver abandonado en el desierto forma «pequeños obstáculos que la arena va cubriendo, anunciando sus pequeñas lomas una duna naciente», Mora sugiere que cada lectura, cada conocimiento, cada experiencia forma una nueva duna en la textura del poema. Esta idea poética se expresa siempre contemplando la comunión reestablecida —para compartir resquebrajamiento— entre sujeto, realidad y universo: «Las dunas blancas / y yo encima, / tinta sobre / página» de un libro, se sobreentiende, que sólo el cosmos puede leer. Esta es la segunda virtud de libro, la metapoética: ofrece un renovador marco formal coherente con la pretensión conceptual de Tiempo. 
    Las estrategias conceptual y formal han de desembocar ciertamente en una intención poética, acaso también filosófica y artística, pues Mora funde siempre las fronteras entre estas tres disciplinas: si la primera «sitúa», la segunda «coloca» y la tercera «hace» (pág. 26). La cohesión temática del poema emana de una búsqueda que se podría formular con una pregunta: ¿qué sabemos en verdad sobre el universo, la realidad y el yo? La respuesta va impregnando el poema con la blancura insoportable para los ojos que refleja el sol en las arenas de yeso —«lo real nos deja ciegos»—; porque para contemplar el desierto es necesario hacer un vídeo y verlo: «El simulacro grabado, / la representación, / es más real / que lo real». Los conocimientos deslizan bajo las dunas no su saber sino su hueco: «No sabemos / qué rige / nuestro mundo».

El Ciervo nº 706. Enero de 2010

martes, 25 de agosto de 2009

EL «YO SOCIOLÓGICO» EN LA POESÍA DE LOS AÑOS 90

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Harto conocida resulta la confusión entre los términos «generación» (el conjunto de personas nacidas en un mismo período, sujeto por esta condición de un devenir histórico común) y «grupo generacional» (pequeño número de artistas con determinadas relaciones de carácter biográfico y estético). Esta confusión estuvo en los albores de los estudios generacionales aplicados a la literatura (Petersen y Salinas, fundamentalmente) y se ha ido perpetuando en los escritos críticos pese a la claridad con la que en este momento se definen ambos términos. La ausencia de un marco teórico de historia literaria auténticamente generacional, donde se conjuguen tanto la centralidad —el canon reconocido— como sus diferentes márgenes —geográfico, sociológico o estético— e incluso la posible existencia de una historia oculta, inédita, sólo conocida más tarde, contribuye a que se perpetúe la confusión entre la centralidad de una generación y la generación misma. Tal vez exista, sin embargo, alguna razón de fondo que alimente esta confusión. ¿Qué sentido tiene en arte —es posible preguntarse— el conocimiento histórico, universal, de una generación si lo determinante es siempre lo excepcional, el genio? Es una cuestión de perspectiva: la mirada historicista se interesa por el genio porque representa a su época; mientras que la mirada crítica se interesa por una época porque forma parte del contexto de un genio. Desde este segundo punto de vista, paradójicamente, la vieja confusión cobra sentido: sólo tiene interés el estudio generacional de una época, en crítica literaria, cuando un determinado grupo generacional le ha proporcionado carácter e identidad. Así, la marca artística de una generación histórica sí vendría dada por la presencia de un grupo concreto y vertebrado de artistas con capacidad para imponer su gusto más allá de la esencial singularidad del arte; de modo que confundir una y otros no resulta, en el fondo, el despropósito que parece.La justificación al viejo galimatías terminológico puede servir de pórtico a este pequeño acercamiento al presente poético. Si el crítico cede a la tentación de estudiar, en sincronía, cuanto está sucediendo a su alrededor —algo que las opiniones académicas sensatas suelen desaconsejar— y se pregunta por los rasgos de una nueva generación poética –en el sentido histórico, universal, genérico— en el mismo momento en el que ésta aparece, es posible que la selección de datos, necesariamente parcial, le conduzca a vaguedades, generalizaciones o trivialidades. Las razones de fondo de aquella vieja confusión pueden proporcionarle, sin embargo, una primera pista: si el camino que lleva a la generación pasa por el grupo generacional, bueno será observar cómo se hilan las relaciones —biográficos y estéticas— en el presente para después valorar su posible aportación generacional; su, digámoslo así, capacidad de futuro. Cada vez más el tiempo es un inmenso vertedero de hechos artísticos del que sólo se libran los auténticamente significativos.
     Cuando se observa la formación de grupos generacionales en el presente llama la atención un fenómeno: la inversión de papeles entre centro y periferia geográficos que había dominado buena parte de los movimientos generacionales durante el siglo XX. Ahora no sólo resulta innecesario viajar a los centros tradicionales (Madrid o Barcelona) para formar parte del eje vertebrador de un grupo generacional, pues los núcleos desde los que emergen ideas y actitudes literarias novedosas se han multiplicado, sino que en buena medida aquellos centros tradicionales se han convertido en periferia de otros epicentros mucho más dinámicos y activos (en actos, reuniones generacionales, publicaciones o emisores de una red de afinidades poéticas). Uno de estos nuevos centros que vertebran la generación reciente es, sin ninguna duda, Córdoba. Un haz de lazos biográficos y estéticos unido a una actividad literaria infrecuente ha otorgado protagonismo a esta ciudad. Siempre ha sido alta la actividad literaria en Córdoba, pero sobrevivía limitada a un margen geográfico que rara vez lograba trascender (o sólo al cabo de décadas, como ocurre en el caso de Cántico, considerando un hecho central de la poesía de posguerra sólo cuarenta años después de que la revista se dejara de publicar). Con el ascenso de la generación de 1976 (en la teoría de Ortega-Marías, los autores nacidos entre 1969 y 1983), Córdoba ha adquirido una centralidad ampliamente reconocida.Un segundo fenómeno que se observa vinculado a la inversión de relaciones entre centro y periferia tradicionales es la dispersión de la sede geográfica en el mismo momento que adquiere centralidad. Básicamente este hecho se debe a la combinación de dos fenómenos, uno endocéntrico por el cual escritores con residencia en otros lugares del país estrechan vínculos de amistad, colaboración y actividades compartidas con los que residen en él, y otro exocéntrico, pues el cambio de residencia de una ciudad a otra por motivos laborales cada vez es más frecuente en todos los ámbitos, incluido el poético. Ambos fenómenos combinados apuntan a la creación de grupos generacionales en los que el factor geográfico, tan determinante en otras épocas, es cada día más virtual.Dentro del grupo generacional cordobés voy a seleccionar algunas obras de tres autores que comparten un rasgo literario, que si bien no es determinante en ninguno de ellos, sí constituye una singularidad a la que vale la pena prestar atención.

Pablo García Casado

En 1997 la publicación de Las afueras (DVD poesía, Barcelona) de Pablo García Casado (Córdoba, 1972) tuvo una acogida impropia de un título primerizo. El libro lo merecía porque como ningún otro en aquel momento aportaba un punto de vista que no era subsidiario de las líneas estéticas vigentes. Pronto se descubrió en Las afuera un hito en su generación; aunque su generación en aquel momento interesara sólo a algún raro crítico inquieto y a sus coetáneos, como de hecho ha ocurrido siempre. 
     Las afueras está concebido como un conjunto unitario cuyas partes están sutilmente trabadas gracias a ciertas recurrencias formales, que establecen vínculos entre sus secciones, y a una tenue trama argumental de índole narrativa: los períodos de un amor. Por encima de esta estructura, inmediatamente destaca el hecho de que la voz poética que suena en los poemas no se corresponde con un «yo» lírico, ni real ni dramático, sino con un «yo» vinculado al tema. Y el tema de Las afueras es la expresión del amor contemporáneo, más sociológico que sublime, que se concreta en la feliz metáfora de los actuales lechos de amor: los coches aparcados en las afueras. Esta voluntad temática da vida al «yo» disperso que habla en los poemas; y a su vez, este «yo» disperso encuentra su cohesión al encarnar —con ironía, crítica o sentimiento— una sensibilidad contemporánea. Ahora bien, esta identidad que el sujeto poético establece con lo contemporáneo no es «social», puesto que no afecta a las aspiraciones o conflictos del conjunto de la sociedad, sino «sociológica», pues afecta al magma lírico de un sector determinado por cierta coyuntura, los jóvenes. Así pues, el «yo» que inauguraba Las afueras bien podría denominarse un «yo sociológico», un sujeto poético que representa y encarna a un estrato concreto, con su particular punto de vista, dentro de la dinámica social. Mapa de América (DVD poesía, Barcelona, 2001), segundo libro de García Casado dará un paso más allá en la experimentación con este sujeto sociológico: lo llevará hasta la memoria cinematográfica de una generación, en la que insertará, con una brillante habilidad técnica, su ácida visión de una sociedad abotargada por su propio egoísmo y deshumanización.

Vicente Luis Mora. Foto Belén Cerviño
     Dos años más tarde un discreto premio recae en el volumen Mester de Cibervía, (Pre-Textos, Valencia, 2000), segundo título de Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970), autor que más tarde publicará dos libros imprescindibles de la nueva generación, Nova (2003) y Construcción (2005), es decir, dos auténticos retos para la crítica futura. 
     En una «nota final» a Mester de Cibervía se lee: «éste es el primer poemario que conozco sobre Internet». El autor presenta el libro como el fruto de una investigación sobre el mundo de Internet y sus efectos sobre las relaciones. El sujeto de estos poemas, por lo tanto, no se encuentra donde los lectores de poesía suelen hallarlo: ya sea en los sentimientos o en la biografía, como afirma la tradición romántica, ya sea en la propia escritura o en sus procesos de conocimiento, como quiere la vanguardia. Tampoco el interés por Internet cabría emparentarlo con el gusto culturalista; ni, se ve enseguida, con la poesía social, aunque se hable de la sociedad, se denuncien actitudes y se enfrente una concepción moral a una situación concreta. El sujeto lírico de estos poemas se transforma en ese sujeto sociológico capaz de encarnar los comportamientos que son el objeto del texto. Por ejemplo, en un poema de amor con todos sus elementos: encuentro («La vi en un web»), relación afectiva («me enamoré en ese mismo instante»)... La virtualidad de Internet impone sus reglas: «no he sentido su cara ni su aliento / podría ser un hombre...», y el sujeto lírico las asume como un devoto: «...qué más da / la comunicación es lo que importa». La clave de identidad entre el sujeto sociológico y el sujeto real del poema, que se percibe en el nivel profundo de lectura, es, evidentemente irónica. 
     La ironía se convierte así en el más directo aliado de los poemas de Mora, como lo era, aunque con mayor acidez, también de García Casado. No se trata, sin embargo, de ilustrar irónicamente un sentimiento, sino de indagar sistemáticamente en la razón irónica despersonalizada como vía lírica de comprensión del mundo, interpretarlo desde un acto rutinario, sociológico, (el amor en un automóvil aparcado o ante una pantalla que parpadea). En este camino no hay demasiados precedentes, aunque sí es posible identificar uno con claridad: José María Fonollosa. Esa Ciudad del hombre, que imaginó como un sistema de comportamientos anónimos que reclamaban su expresión lírica, es el fenómeno poético más próximo a la condición sociológica que asumen libros como los escritos por estos poetas del grupo generacional cordobés con voluntad de dar pautas a la época.
Alberto Tesán
     El tercer poeta en cuya obra se puede rastrear un claro «yo sociológico» es Alberto Tesán (Santa Perpètua de Mogoda, Barcelona, 1971), autor de El mismo hombre (Pre-Textos, Valencia, 1996) y Piedras en el agua (Pre-Textos, Valencia, 2003). Un poema de este segundo libro está dedicado a Pablo García Casado. Su título parece una declaración de intenciones: «Afinidad». García Casado ha correspondido a este poema con otro dedicado a Tesán, «Cena» (La hamaca de lona nº 17, Madrid, 2005), que cierra el círculo abierto por aquel. Hechos poéticos como éste tal vez en el futuro incluyan dentro del grupo generacional con epicentro en Córdoba al barcelonés Tesán. Es uno de los fenómenos propios de nuestra época: la afinidad ha relegado la geografía.«Estaban en la cama cuando el techo cedió», así empieza el poema «Es sencillo» de Piedras en el agua. Una pareja que acaba de amarse y de jurarse «amor eterno», en su pequeña casa del centro, en su estrecho mundo limitado, con amigos «juiciosos y aburridos», sin excesos ni sobresaltos. Es la perfecta extensión de la paz burguesa. Un día, sin embargo, «aparece / una grieta que parte el techo en dos mitades» mientras los amantes sueñan con sendas infancias antes de que el techo ceda sobre sus cuerpos desnudos. Otro poema del conjunto se titula «Fuera de juego»; en él se cuenta con sobrecogedores detalles cómo es la fulgurante carrera de un deportista de élite hasta que una «imposible» lesión le devuelve como única moneda del paraíso prometido «la humillación y el miedo». Un techo que cede inesperadamente sobre su cabeza. Tal como se observa en los dos poemas aquí evocados, conviven dos sujetos poéticos distintos en la poesía de Alberto Tesán. Uno, el que protagoniza «Fuera de juego», indaga en la propia biografía, con las más punzantes armas líricas, las raíces del dolor: «unos versos de sombra que se pudren / en las aguas de la experiencia clara». Son poemas que, en el polo opuesto de la autocomplacencia, sacuden el sentido de lo vivido de modo implacable. Su intensidad y su visión global de la vida, sin embargo, impiden que se prodiguen. Junto a este inmisericorde yo lírico convive otro tipo de poema, como el de la pareja cuyo techo cedió mientras soñaban en sendas infancias, que posee un indiscutible aire generacional, próximo a los textos de Pablo García Casado o de Vicente Luis Mora. A veces estos poemas están narrados en una tercera persona que los acerca al relato. En otras ocasiones, aun estando el poema en primera persona, resulta evidente que su contenido se aleja —literariamente— de la biografía del poeta. Cabría denominar al protagonista de estos poemas «sujeto sociológico», pues remite antes al juicio del ámbito social en el que el poeta vive («Mis amigos se casan, tienen hijos… Mis amigos no salen por las noches…) que a su propio mundo lírico. Estos poemas de Alberto Tesán con sujeto sociológico, que suelen seguir un desarrollo narrativo, buscan desvelar y denunciar la crisis, el desgarro y la degeneración que se ocultan bajo la apariencia de felicidad que muestran las imágenes estereotipadas de la sociedad del bienestar. Una idílica sociedad que se jura amor eterno ajena a la grieta que divide el techo del amor en dos mitades; adolescentes a los que se les promete el paraíso y se les entrega el vacío. Para hablar de estos asuntos desde la poesía resulta, pues, obligado asumir la primera persona, como vivencia lírica que es.El «yo sociológico» ha sido nexo común en la obra de estos tres autores de la generación que empezó a escribir y publicar a finales de los 90, aunque este rasgo no agote en absoluto la exégesis de sus respectivas obras literarias, cuya ambición poética va mucho más lejos. Ahora bien, los libros citados ilustran la aparición de un rasgo singular entre los poetas más jóvenes, que han sabido reescribir la tradición de la otredad lírica (desde el monólogo dramático romántico hasta heterónimos y correlatos objetivos de las diversas vanguardias) para adaptarla a una necesidad nueva de expresión: la que busca encarnar sentimientos (actitudes, conflictos, contradicciones…) específicos de un determinado grupo social que se encuentra más allá del yo, pero más acá de la sociedad; que no habla de un presente eterno, sino de un presente irónico; que no renuncia, en suma, a una literatura que encarne una revisión profunda, lejos de lo anecdótico, de la vida cotidiana, epicentro también de la emoción poética.

Clarín nº 45, enero-febrero de 2007
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