El balcón de enfrente

Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

martes, 13 de enero de 2026

Recomponer añicos | Los relatos de Ketty Blanco Zaldívar






Este conjunto de relatos, Los niños perdidos de mamá (Polibea, Madrid, 2025), es la segunda publicación en España la escritora cubana Ketty Blanco Zaldivar (1984), tras un primer libro de poemas en la misma editorial, Quién anda ahí; títulos entre los que, como reconoce Juan José Martín Ramos en el prólogo, existe una «fuerte conexión de estas dos obras que reconocen en la otra su semejante».

Cinco de los once relatos tienen protagonistas en edad infantil, el resto son adultos. La mayoría —unos, obviamente, y otros, pese a la edad— continúa conviviendo con sus madres, y del conjunto surge un curioso catálogo de posibles relaciones maternales, desde la despótica hasta la ausente. Estos vínculos representan uno de los tres planos que se entreveran en los relatos, cada uno con una función literaria particular. En la relación materna, tanto en la acción de las madres como en el pensamiento sobre ellas de los protagonistas, se gesta el germen narrativo del relato. A veces, condicionan el encadenamiento de los sucesos; otras, los provocan. El mamá del título está ahí para exigir su relevancia como motor oculto de cada narración. Por ejemplo, en el relato «Inmersión», protagonizado por una joven que, en el momento de iniciar una muy deseada relación con una mujer, la interrumpe de repente: «Me tengo que ir, digo», y a continuación se explica: «Una vez fuera, camino bajo el sol intenso. Esta vez, mi madre no podrá reprocharme nada».

Los otros dos planos en los que están escritos los relatos se reparten funciones opuestas. Por una parte, la poética: cada cuento traza con precisión el resquebrajamiento del mundo interior de los protagonistas, sean sus deseos, expectativas, necesidades o empeños de niños o adultos. La sutileza con la que Ketty Blanco pauta la fractura y el quebrantamiento de los personajes, e incluso su manera de ponerle final sin ningún remate, casi sin que lo perciban los propios antihéroes de la trama, es una de las mejores cualidades del libro.

Y aún queda un tercer plano, como decorado de fondo, solo aludido como «ciudad», sin nombres propios, un impactante retablo del deterioro y la degradación de la vida cotidiana en las calles de las poblaciones cubanas: «desciende por San Atanasio, calle angosta de la parte vieja de la ciudad, aceras estrechas, donde, sin esperarlo, puede desde lo alto amenazar un trozo de balcón o caer orina sobre las cabezas». Trozos y residuos que veremos caer también en otros inquietantes relatos. Uno de ellos, que transcurre en las oficinas de gestión de la vivienda, le hubiera entusiasmado, sin duda, a Franz Kafka.

Calle del aire, 10. Sevilla, 2025

viernes, 9 de enero de 2026

Poética de los círculos concéntricos | Juan Domingo Aguilar, «Un mal de familia».




Como una piedra que impacta en un estanque de aguas quietas, los poemas de Juan Domingo Aguilar (1993) despliegan sobre su superficie un collar de círculos concéntricos. En los versos, cada redondel se corresponde con los diferentes asuntos temáticos afectos a su obra: la crónica familiar, la evocación amorosa, el juicio del presente, el análisis de su generación, una poética y la radiografía de la vida solitaria. Con frecuencia, estos asuntos se conjugan en el desarrollo de un asunto concreto, creando una retícula temática de gran intensidad. En Un mal de familia se articulan tres motivos genéricos: la piscina como emblema de la memoria familiar, una estancia en Ecuador y las desposesiones. En los tres, aunque parezcan focalizar alguno de sus temas recurrentes (la familia, la soledad), el lector descubre, entrecruzándose, los otros círculos concéntricos. Incluso, en alguna ocasión, imbricándose, como en uno de los mejores poemas del libro, «Los subterráneos», donde familia y soledad se funden de manera sobrecogedora: «porque la única familia / que recuerdan son los rostros / de los desconocidos / reflejados en el cristal / de un vagón nocturno».

Estos elementos temáticos constitutivos de su poética resultan a su vez feraces creadoras de metáforas que impactan en la lectura por su implacable rotundidad: «...con la soledad del que espera / cartas y ni cuerpos...». Un mal de familia, pese a lo concreto del título, añade un nuevo círculo de interés temático que al expandirse convierte un elemento que podría ser episódico en recurrente, y, como tal, en generador de imaginación poética. Se trata de un tema frecuente en otras épocas de la historia de la poesía: el amor imposible. Al que Juan Domingo Aguilar le proporciona matices que, de repente, lo reavivan con impacto: «la única vez que pudo estar / con la mujer que quiso, dice, / fue cuando sus pijamas / se enroscaron en el viento». O, en el poema «Daikin», una declaración de estirpe romántica que el poeta convierte en escritura sagazmente contemporánea: «mira desde que te fuiste / el mundo se secó tanto / que los únicos charcos / que esquivo / son de los aparatos / de aire acondicionado». 

Calle del aire, 10. Sevilla, 2025

martes, 6 de enero de 2026

El Rey Arturo y Fernando Pessoa



Unos amigos me peguntan, en la tertulia semanal, por un efímero episodio periodístico que ocurrió hace ahora, exactamente, cuarenta años. Para ilustrarlo, exhumo algunos recortes que conservo en carpetas donde las gomas están casi pegadas al cartón por su nulo uso. Y encuentro el papel de los diarios debidamente oscurecido por una edad inadecuada para su función, que era ser leídos durante una única jornada de hace cuatro décadas.

         Tenía entonces, en 1985, veinticinco años y acababa de pasar dos cursos escolares en Lisboa. Había escrito una tesina sobre las revistas literarias de la época que habían acogido la obra de los poetas de Orpheu, evidenciando relaciones de diversos tipos, desde la complicidad hasta el recelo, entre las que no se excluía una sospechosa censura de los nombres más radicales del movimiento. Un día, como broma lateral a esta investigación, se me ocurrió escribir una tergiversación crítica de filiación también pessoana. En mi lectura de los poetas portugueses había observado un hecho que me parecía relevante. El influjo de Pessoa sobre la generación que le sigue, con la que coincidió algunos años, no se evidenciaba desde la figura compleja y articulada de los heterónimos en su conjunto, que es el fenómeno literario más relevante de la obra pessoana, sino que la influencia sobre estos poetas, jóvenes durante los últimos años de Pessoa, se hacía patente solo a través de un único heterónimo. El caso más evidente era el de Adolfo Casais Monteiro (1908-1972), que muestra un ascendiente notable de Álvaro de Campos, pero en su obra no se puede rastrear ningún matiz que indique que leyera con igual atención al resto de heterónimos. La misma afirmación se podía realizar de otros poetas de su generación, que en su caso presentan sintonías con el mundo rural de Alberto Caeiro o con el clásico de Ricardo Reis, pero no parece que hubieran leído nunca al ingeniero De Campos. Con esta impresión crítica se me ocurrió urdir una pequeña broma, que es por la que mis amigos tertulianos han sentido curiosidad.

         Escribí el artículo en 1985, no recuerdo muy bien la fecha y no veo que aparezca en el recorte que conservo, y lo envié al suplemento literario Borrador, del Diario de Avisos de Tenerife, que dirigía mi añoradísimo amigo Fernando Senante (1959-2025), en cuya memoria recupero estos recortes. La pieza ficticia la envié también a otros diarios con los que colaboraba, todos de carácter regional, que era lo que solía hacer en aquella época, actuando como autor y agencia de noticias al mismo tiempo. Y tengo la certeza de que se publicó en un periódico andaluz y también en El Norte de Castilla. Y es posible que en alguno más.

         El artículo iba firmado con el nombre de mi madre, en función de periodista del Diario de Avisos, quien entrevistaba a un joven investigador llamado Clemente Casín, que es el nombre y segundo apellido de mi abuelo, pseudónimo que usaba de modo corriente en la época para firmar los escritos de crítica literaria. Y en él informa que el joven estudioso de Fernando Pessoa había descubierto que el célebre poeta portugués no había existido; era, en realidad, una ficción. Ocurrencia de un grupo de poetas de la generación siguiente que, preocupados por el escaso eco de la literatura portuguesa en Europa, decidieron crear un poeta que deslumbrara por su capacidad de ser al mismo tiempo múltiples poetas diferentes. Para ello cada uno aportó parte de su obra. Es decir, que Fernando Pessoa no había existido nunca como tal y era el fruto de una invención literaria como lo fue el Rey Arturo, cuyo creador lo presentó como una investigación histórica.  La broma de Pessoa. 


Para mi sorpresa, al poco tiempo de la publicación del artículo, el crítico, biógrafo de Pessoa y novelista João Gaspar Simões, uno de los personajes que citaba en la historia ficticia, y al que atribuía un mayor protagonismo en el «embuste Pessoa», publicó una página entera del Diário de Notícias de Lisboa, el 12 de mayo de 1985, con una respuesta increíblemente seria a mi inocente bufonada. En la que además de desmentir todas las afirmaciones del mi pseudónimo Clemente Casín, obviamente, elogia a su autor como ya nunca más, en los cuarenta años que han seguido a este artículo, nadie me ha elogiado: «Pero, sin duda —afirma João Gaspar Simões—, quien ha forjado o inventado este texto o esta “broma” no solo muestra tener un conocimiento muy firme del carácter de los varios heterónimos de Fernando Pessoa, sino que también muestra un conocimiento no menos seguro del carácter de los escritores que utiliza como sustitutos o inventores de los mismos heterónimos». Lo dice en la columna cuarta de su artículo, y tras corroborar la pertinencia de las afirmaciones que realizo en la ficción, en la columna quinta vuelve a insistir en el elogio: «No tengo ninguna duda de que quien inventó esta “broma” o esta “greguería” como diría Ramón Gómez de la Serna, si no era portugués —y es posible que lo sea—, conocía muy de cerca la generación de Presença  —los poetas de la generación presencista— e incluso, razonablemente, por lo menos un poeta de la generación de los Cadernos de Poesia, Jorge de Sena. (Diríamos, incluso, que conocía mejor a Jorge de Sena de lo que Jorge de Sena se conocía a sí mismo)». Otorgarme la sospecha de la nacionalidad portuguesa es el elogio más importante que he merecido durante cincuenta años de escritura. Es una pena que ocurriera hace tantos años y luego no se haya vuelto a repetir.

         El artículo de João Gaspar Simões, para quienes tengan a mano una lupa y paciencia, es este:

Pero la broma continuó. Arnaldo Saraiva (1939), crítico brillante y poeta, se hizo eco de la polémica en un precioso artículo: 

Dos años más tarde, en 1987, Gonzalo Torrente Ballester publicó una novela, Yo no soy yo, evidentemente (Plaza Janés Ed. Barcelona, 1987), con un extraño argumento, al inicio del cual se declara: «No existe constancia documental de que los libros de que se trata aquí se hayan jamás escrito ni publicado. Tampoco existen noticias de sus autores. Todo hace pensar que se trata de un fraude. Pero ¿quién sabe?». Lo curioso de esta novela de un enigmático Torrente Ballester es que en una entrevista de la época contó que se le había pasado por la cabeza escribirla cuando un día en El Norte de Castilla leyó la noticia de que Fernando Pessoa no había existido. 

CaoCultura. 5 de diciembre de 2025. Enlace.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Taller del escritor | «La insistencia», de Jordi Doce




«Cuaderno negro» es el subtítulo de este cuarto libro, La insistencia (2025), que Jordi Doce (1967) dedica a la escritura al margen de la escritura, que es la función primordial de los blocs de notas que suelen acompañar la tarea del poeta, con breves apuntes, gérmenes de ideas, alguna perspicacia, citas y de vez en cuando, un dibujo. A este conjunto de caligrafía esporádica Walter Benjamin lo denominó taller del escritor y confesó gran interés por su práctica. La mención en el subtítulo al color, por otra parte, tiene menos relación con los cuadernos que realmente se hayan utilizado que con las citas que el autor recoge de otros escritores sobre el protagonismo de sus cuadernos negros. Y su sentido profundo lo dejó Doce ya claro en el primero de sus libros de anotaciones, Hormigas blancas (2005), en la cita que lo abre, de un poeta de obra breve, pero clarividente, Serafín Senosiáin, que vale la pena recordar ahora: «Incapaz de construir un pensamiento construyo ráfagas, líneas, huidas». Es decir, no un pensamiento, sino sus improvisaciones. Concepto que tampoco se le escapó a Benjamin al observar la contemporaneidad que le rodeaba: «Hoy en día, nadie debe empecinarse en aquello que “sabe hacer”. En la improvisación reside la fuerza». Y estos cuatro libros —junto al citado, Perros en la playa (2011) y Todo esto será tuyo (2021)— conforman un corpus, que La insistencia consolida, de pensamiento en fuga con un valor literario y filosófico incuestionable: supone la suplantación de la centralidad creativa por la escritura marginal, a ráfagas, en mosaico, desafiando lo que se sabe hacer. Poeta y ensayista, la obra de Jordi Doce crece también desde sus cuadernos negros.

         A esta escritura de la brevedad se le aplica, en sentido genérico, el término aforismos. Y de hecho Doce es autor de algunas piezas en este género memorables. Incluso meta-aforísticas: «También hay palabras misántropas. Forman aforismos». Pero sus fragmentos, que es una denominación más precisa, destacan por la tremenda variedad de géneros a los que pertenecen y el libro —el cuaderno— cohesiona manteniendo sus peculiaridades de origen. En efecto, hay muchos aforismos, pero también se distinguen versos (o mejor, poemas monósticos), e incluso hay un poema al lado de páginas de diario personal, sentencias, abundantes citas poéticas, hay fragmentos líricos y otros narrativos, también microensayos y microrrelatos, comentarios, confesiones, formula poéticas y conjeturas metaliterarias, autorretratos y autocríticas, evocaciones memorialistas, sueños, que combina con lúcidas observaciones de historia literaria, de crítica social, de sensibilidad animalista, de sociología. El género literario de este «Cuaderno negro», se puede afirmar en estilo pessoano, incluye todos los géneros.

         Si bien en la composición de La insistencia el autor recurre a cuantas melodías y estilos encuentra disponibles, en la construcción de su significado opera el impulso contrario; de la lectura de lo fragmentario y de lo diverso emerge, sin embargo, un sentido denso, en singular, incluso elaborado como un argumento. El significado central del libro conforma el retrato conmovedor de una biografía herida por diferentes flancos. En la memoria, la huella aún latente del conflicto con el padre; en lo personal, un intenso duelo (es impresionante la página que dedica a la ropa de su esposa fallecida); en lo social, la precariedad de situaciones y de relaciones; en lo esencial, el desamparo y la vulnerabilidad intrínsecos a lo humano. En lo literario, también, una lúcida conciencia de desplazamiento: «Siempre fue el tiempo —la época— de otros, incluso cuando era mi tiempo». Sobre este significado singular, actúa soterrado en el conjunto del libro un argumento, cuyo valor primordial luce desde las dos citas iniciales, en especial la de Hannah Arendt: «el ser humano… ha nacido… para comenzar una y otra vez». En él prende también el significado profundo del título, La insistencia, a la vez literaria —la de la escritura— y existencial —la de la vida que recobra la conciencia de sí misma: «Algo va mal. Todo lo que perdimos por el camino no puede ser más peso en la maleta». Es decir, descubre y muestra el modo de preservar sus espacios: «Procurar que los caminos menos transitados no se borren del todo puede ser tarea suficiente». Así se urde el argumento de La insistencia, protegiendo de las catástrofes las veredas por donde seguir pensando.   

         A esta escritura de la brevedad se le aplica, en sentido genérico, el término aforismos. Y de hecho Doce es autor de algunas piezas en este género memorables. Incluso meta-aforísticas: «También hay palabras misántropas. Forman aforismos». Pero sus fragmentos, que es una denominación más precisa, destacan por la tremenda variedad de géneros a los que pertenecen y el libro —el cuaderno— cohesiona manteniendo sus peculiaridades de origen. En efecto, hay muchos aforismos, pero también se distinguen versos (o mejor, poemas monósticos), e incluso hay un poema al lado de páginas de diario personal, sentencias, abundantes citas poéticas, hay fragmentos líricos y otros narrativos, también microensayos y microrrelatos, comentarios, confesiones, formula poéticas y conjeturas metaliterarias, autorretratos y autocríticas, evocaciones memorialistas, sueños, que combina con lúcidas observaciones de historia literaria, de crítica social, de sensibilidad animalista, de sociología. El género literario de este «Cuaderno negro», se puede afirmar en estilo pessoano, incluye todos los géneros.

         Si bien en la composición de La insistencia el autor recurre a cuantas melodías y estilos encuentra disponibles, en la construcción de su significado opera el impulso contrario; de la lectura de lo fragmentario y de lo diverso emerge, sin embargo, un sentido denso, en singular, incluso elaborado como un argumento. El significado central del libro conforma el retrato conmovedor de una biografía herida por diferentes flancos. En la memoria, la huella aún latente del conflicto con el padre; en lo personal, un intenso duelo (es impresionante la página que dedica a la ropa de su esposa fallecida); en lo social, la precariedad de situaciones y de relaciones; en lo esencial, el desamparo y la vulnerabilidad intrínsecos a lo humano. En lo literario, también, una lúcida conciencia de desplazamiento: «Siempre fue el tiempo —la época— de otros, incluso cuando era mi tiempo». Sobre este significado singular, actúa soterrado en el conjunto del libro un argumento, cuyo valor primordial luce desde las dos citas iniciales, en especial la de Hannah Arendt: «el ser humano… ha nacido… para comenzar una y otra vez». En él prende también el significado profundo del título, La insistencia, a la vez literaria —la de la escritura— y existencial —la de la vida que recobra la conciencia de sí misma: «Algo va mal. Todo lo que perdimos por el camino no puede ser más peso en la maleta». Es decir, descubre y muestra el modo de preservar sus espacios: «Procurar que los caminos menos transitados no se borren del todo puede ser tarea suficiente». Así se urde el argumento de La insistencia, protegiendo de las catástrofes las veredas por donde seguir pensando.  

Cao Cultura, 31 de octubre de 2025. Enlace.



viernes, 5 de diciembre de 2025

Un encuentro y la memoria | Un aspecto de la dramatización externa de los heterónimos [1987]



I

El asombroso volumen de inéditos que Fernando Pessoa dejó como herencia de una vida aparentemente gris –aunque secretamente intensa– a las mujeres y hombres del futuro, ya que sus coetáneos poco tiempo invirtieron en comprenderlo, no se explica sin una continuada «crisis de abundancia» –como nombró el propio poeta a su grafomanía visceral– a lo largo de toda la vida. Las hechuras de esta producción interior, que se venían midiendo a ojo desde la fecha de su muerte, sorprendieron una vez cuando en 1982 vio la luz ese manuscrito de manuscritos que es el Livro do Desassossego. Nadie ajeno al secreto podía imaginar que un material tan valioso y decisivo permaneciera durante cincuenta largos años en el baúl. Esta aventura interior tuvo también su reflejo, aunque de una manera precaria y parcial, en el exterior, es decir en los medios de comunicación literaria habituales en la Lisboa de la primera parte del siglo XX.

         Durante su juventud, Pessoa pretendió –desde revistas como Orpheu o Portugal Futurista– intervenir directamente en la sociedad para modificar sus ya obsoletos gustos y adaptarlos a las nuevas exigencias artísticas. Tarea ésta de la que no recolectó sino incomprensión y rechazo en su momento; y admiración en la posteridad por el noble empeño que la orientaba.

        Durante la madurez Pessoa optó por una exposición elaborada y concienzuda de su quehacer poético; la agresividad vanguardista deja paso a un sereno y ejemplar desarrollo de sus intuiciones literarias –visible en Contemporânea o en la diestra dirección de Athena. Coincidió, sin embargo, esta segunda actitud en un aspecto con la primera: la indiferencia y el fracaso de entonces, y la admiración actual. Tan sólo en el último tramo de su vida Pessoa decidió modificar sus planes publicitarios, simplificándolos notablemente, para así obtener una consideración social como escritor, a la vista de que el público que le era natural estaba incapacitado para comprenderlo en toda su complejidad. Todavía en 1948 –antes de los primeros ensayos sobre su obra– un crítico escribía, literalmente: «se trata de un escritor [Pessoa] singularmente original y oscuro (algunas de sus poesía son incluso incomprensibles)»[1].

         La adaptación a los angostos horizontes de sus anhelados lectores presenta dos caras: antes de nada primó, a la hora de publicar, la parte de su obra que pudiera ser asimilada más rápida y fácilmente, la edición de Mensagem; escribió, después, textos inspirados en una concepción mucho más simple de la literatura, por lo tanto de inmediata comprensión, como es el caso de las Quadras ao gosto popular [2]. Algún resultado obtuvo Pessoa de estos esfuerzos: un lugar en la prensa diaria –pretendido durante muchos años, no siempre consiguió que los directores aceptasen o solicitaran sus originales– y un premio institucional del que hoy guardamos memoria no precisamente por la bondad del libro que lo mereciera –Mensagem–, sino por lo que, en esas fechas, no hubiera despertado ni siquiera la curiosidad del jurado, es decir, la obra heterónima.

A estas tres actitudes sobre el modo de revelar sus escritos, someramente esbozadas, la consideración pública respondió de tres manera diferentes; a la provocación juvenil contestó con una polémica tanto o más agresiva y la descalificación ad hominem; la estela de Athena fue el silencio y la indiferencia; y a la reducción final siguió un discreto reconocimiento institucional digno del menor de los poetas. Ahora bien, alguien debió de darse cuenta, en algún momento, de que su labor literaria poseía rasgos extraordinarios, pues sin ese alguien Fernando Pessoa continuaría siendo para el mundo el nombre de nadie. No parece plausible que ese descubrimiento ocurriera en la etapa vanguardista, donde Pessoa se perdía entre una turba de jóvenes díscolos y, en general, miméticos, entre los que tal vez destacara sólo por sus especiales dotes expresivas e imaginativas. Tampoco parece convincente pensar que Mensagem, considerado aisladamente, hubiera atraído la atención de la posteridad. No es abusivo concluir, por lo tanto, que el germen del interés por el poeta del desasosiego habrá de encontrarse en el territorio de su máximo hallazgo poético: los heterónimos. Pero la revelación primera de los heterónimos, en todas sus dimensiones, está vinculada a la publicación de los cinco números de Athena [3].

Evidentemente, la pública indiferencia con que fue acogida Athena de ningún modo descarta la posibilidad de un asombro y un entusiasmos particulares: alguien en Portugal, es obligado pensar, debió de comprender el alcance de la articulación heterónima, o por lo menos, debió de disfrutar con los aciertos estéticos de los poetas del poeta. Y claro está, así ocurrió: “«Creo que fue en 1925. Había entrado un día, en Coimbra, con José Régio, en la antigua Livreria Moura Marques, y encima de la mesa estaba un número de la revista Athena, aparecida poco antes. Régio hojeó el infolio de portada verde, donde se leía, debajo del título impreso en negro, en caracteres rojos muy nítidos, el subtítulo Revista de Arte [...] [4]. En cierto momento Régio me llamó. Tenía la revista abierta en la página 18. En tipo negro, en lo alto de la página, leí: Odes, y debajo, en caracteres más menudos: Livro Primeiro. Apuntándome una de las odas –eran veinte en total– Régio me dijo: –Lee. Leí [...] Régio me explicó: –Este Ricardo Reis, es, creo yo, un pseudónimo de Fernando Pessoa, el director de la revista. Y, puedes creerme, Fernando Pessoa es un personaje muy importante. Veo en él al mayor poeta del modernismo» [5]. Nos lo cuenta João Gaspar Simões [6], que tenía entonces veintidós años, dos menos que su compañero José Régio.

Como desmesurada o tal vez provocativa, si no decididamente absurda hubiera sido calificada en 1925 la última afirmación de Régio. Hoy una frase análoga sería considerada como una trivialidad, lugar común que nada aporta más allá de un asentimiento generalizado y obvio.

Ese mismo año José Régio leyó en Coimbra su tesis de licenciatura; el último capítulo de su trabajo estaba dedicado al modernismo portugués. Este es el primer intento de interpretación crítica que mereció la generación de Pessoa, las palabras escritas de una tradición exegética que alcanza hoy dimensiones inquietantes.

 

II

Un buen día ambos jóvenes universitarios –editores a partir de 1927 de una revista en Coimbra donde reconocen a los modernistas como mentores, situándolos a idéntico nivel que sus preferencias clásicas [7]– deciden visitar en Lisboa al poeta que inspiró Athena y tanta admiración despertaba en ellos. Los citó Pessoa en el Café Montanha un domingo de junio de 1930. El encuentro tiene hoy un valor emotivo, un encanto que la distancia temporal dora, aunque si alguna trascendencia tuvo esa tarde no fue precisamente la esperada por los más jóvenes. A raíz de lo ocurrido entonces, por ejemplo, Régio se desinteresó casi completamente por la figura humana de Pessoa. Pero, ¿qué ocurrió en el encuentro? En pocas palabras: Pessoa se mostró superficial y lejano, o como dice uno de los testigos, «cortés en exceso, artificial sin precisión y difícilmente escritor»[8].

         La memoria del hecho se reduce a las sucesivas evocaciones posteriores de uno de sus protagonistas: João Gaspar Simões, quien ha dejado constancia de su recuerdo al menos en tres ocasiones. La primera de ellas escrita inmediatamente después de la muerte del lisboeta y dos veces más, ya avanzados los años, los estudios y el relieve universal que la obra de Pessoa paulatinamente alcanzaba. Los textos son a) «Imagem rectificada do poeta Fernando Pessoa», en Diário de Lisboa, 17 de abril de 1936; b) «Posfácio: Fernando Pessoa e a revista Presença», en Cartas de Fernando Pessoa a João Gaspar Simões, Lisboa, 1957 (segunda edición, Lisboa, 1982); c) «Fernando Pessoa», en João Gaspar Simões, Retratos de poetas que conheci, Porto, 1974.

         Al margen de otros recuerdos circunstanciales o de las divagaciones con que Gaspar Simões justifica el olvido de las palabras que se cruzaron –o dejaron de cruzarse– aquel domingo en el Café Montanha –empeño sospechoso en sí mismo dada su excelente memoria en otros casos–, lo interesante de comparar las distintas versiones del episodio es verificar en ellas un evidente proceso de mixtificación, de mixtificación parapessoana, además. El caso ilustra de un modo paradigmático el desmedido edificio de viento que cierta crítica con predisposición mística ha ido construyendo con la personalidad humana de Fernando Pessoa. Veámoslo.

         No parece arriesgado calificar como «fracaso comunicativo» lo ocurrido aquella tarde de 1930 entre la ilusión juvenil de unos y la desesperación escéptica del otro. Pessoa no concedió mayor importancia al incidentes y, en carta posterior, se refiere al acontecimiento de un modo convencional, de cínica trivialidad incluso: «Me hubiera gustado hablar más con usted y con José Régio cuando tuve la alegría de conocerlo; pero la prisa no dejó a la ocasión más que el privilegio de la oportunidad»[9]. No más bella que vacía, la frase no acaba de dar la razón del desencuentro, ¿fue la prisa la causa de una conversación –todo parece indicarlo– plagada de incómodos silencios?

         Por su parte, los jóvenes, o mejor, Gaspar Simões, no podían contentarse con una explicación tan simple. El hecho de que no resultara el primer encuentro lo colmado y natural que se deseaba despertó la necesidad de una interpretación más compleja, más acorde con la materia literaria, que sustituyera las deficiencias de la precaria realidad de aquel domingo de junio en Lisboa. Echó mano para ello Gaspar Simões de la paradójica personalidad lírica del poeta de Orpheu, pero la falta de perspectiva y la carencia de los criterios interpretativos que surgirían en sus estudios posteriores, dejaron la explicación en un confuso circunloquio heteronímico, escaso de significado y orientación: «Fernando Pessoa intentó inútilmente, falseando todas las personalidades, ser una de ellas. Álvaro de Campos no quería comparecer a la llamada: Fernando Pessoa hizo desesperadas llamadas a su ingeniero Álvaro Campos [sic], positivo y dinámico; Alberto Caeiro no compareció porque ya había muerto; Ricardo Reis aparecía y desaparecía, delicado, exacto, metafórico, o sea, muy poco humano» (a). Pero concluye la tentativa de interpretar literariamente un hecho de tan adversa realidad cuando la evidencia del recuerdo, todavía fresco, se impone: «Fernando Pessoa se veía obligado a ser Fernando Pessoa malgré lui, por lo que no llegaba a tener propiamente ninguna personalidad» (a). Pessoa fue Pessoa, se dice Simões, aún a costa suya, con muchos mundos interiores, pero muy poco mundano.

         Cuando veinte años después, en 1957, Gaspar Simões decidió hacer pública su correspondencia privada con Pessoa, éste había dejado de ser el poeta casi desconocido que era en el momento de la muerte. En esas dos décadas se habían sucedido reconocimientos y homenajes; se habían publicado infinidad de artículos exegéticos; en las librerías se hallaban dos libros capitales que descubrían sin ambages su importancia literaria, el de Jacinto do Prado Coelho (1949) y la esmerada biografía del propio Simões (1950); no sólo se le traducía a otras lenguas, sino que también empezaba a levantar interés crítico fuera de Portugal, como demuestra el libro de Joaquín de Entrambasaguas (1955). En 1957, por otra parte, Gaspar Simões había aplicado una serie larga –y polémica– de criterios interpretativos a la vida y obra pessoana. Sobre ambas sus comentarios se extendieron con profusión y afán de exhaustividad. Por ello, cuando en el epílogo al epistolario publicado en 1957 (b) el biógrafo trató de rememorar el instante primigenio de su conocimiento del biografiado, la impronta del hecho estaba ya, tal vez, sin él quererlo, cubierta por la niebla de la distancia, prácticamente perdida; en su lugar bullían las ideas y concepciones suscitadas por la lectura y relectura de la vida y obra del hombre cuya mano había estrechado por primera vez un domingo de junio de 1930. Algo similar ocurre cuando más tarde esboza el retrato del poeta de Athena (c).

         Ahora las razones del «fracaso comunicativo” son ya otras, otro es ya el sujeto evocador y, al final, parece como si fuera otra la realidad evocada. «Ese primer contacto con la singular personalidad del hombre de Orpheu [...] provocó en José Régio, creo, cierta decepción, ¿Por qué?» (b). La cuestión se plantea en 1957 en términos parecidos a como se había enfocado en 1936, pero la respuesta es sorprendentemente otra: «Porque Fernando Pessoa [...] en lugar de comparecer personalmente a la entrevista, envió por él, digámoslo así, a una tercera persona: ¡ni más ni menos que el Ingeniero Álvaro de Campos! De forma que, mucho menos natural que su progenitor, el hombre de la Ode Marítima se nos mostró tal como era: además de ingeniero, algo así como una sofisticada personalidad» (b). La misma respuesta que consolidará el retrato de 1974: «Tímido como era, sin ninguna duda, Pessoa, el Pessoa corresponsal extranjero, prefirió encargar al Ingeniero Álvaro de Campos, hombre de mundo, espíritu sensacionalista, hacer las honras de la casa a los jóvenes críticos de Coimbra” (c). Idea ésta que reitera en términos análogos nada menos que cinco ocasiones en las cuatro páginas que dedica a relatar el episodio.

         ¿Estamos ante una traición de la memoria? No parece el caso. Repite Simões, al referir la suplantación de la personalidad real por la ficticia, la frase «así nos pareció». Pero evidentemente no debió de ser esta la impresión original del momento, en el café Montanha, puesto que en ese caso el texto de 1936 (a) la expondría con nitidez. Más bien parece una impresión a posteriori en la que la crítica literaria ha prestado sus esquemas interpretativos a la narración de la realidad. La diferencia no es únicamente de matiz: quien se interese por el episodio no puede obviar que no está frente a un hecho de la realidad aportado por la memoria de un testigo, sino ante una postura crítica que toma partido a favor de una concreta interpretación de la obra pessoana.

         La mayor y más formal difusión de las versiones (b) y (c) ha generalizado la idea de Pessoa como dramatizado también externo –en la realidad– de su «drama en personas». La comparación que precede no quiere decir que no lo fuera; apenas demuestra que en este caso no pasó de la imaginación de un crítico.

 

III

Una interpretación anómala, una construcción crítica predispuesta más hacia el misticismo que hacia la realidad, acaba por desalentar incluso a sus difusores. No ha de resultar extraño, por lo tanto, que un crítico como João Gaspar Simões, que ha escrito miles de páginas exegéticas sobre el quehacer pessoano  –no todas tan desafortunadas como las aquí citada, claro– sea capaz de dudar, en un momento en concreto, de la validez literaria del objeto de su paciente estudio, y escribir algo tan increíble como esto: «Pues bien: estoy absolutamente convencido de que todos nosotros somos víctimas de una misma equivocación, y no me excluyo del número de engañados. Fernando Pessoa no quiso ser otra cosa sino eso mismo: un mixtificador. [...] Hemos caído en la trampa. Hemos sido realmente burlados, como fueron burlados sus amigos para quien él preparó, conscientemente, la gran payasada de sus heterónimos» [10].

         Por fortuna no es difícil advertir que Fernando Pessoa no es más una triste excusa para el ascenso y súbito derrumbe de cierta manera de entender la literatura. Ni Pessoa representó su ficción heterónima en el Café Montanha, ni por supuesto sus ficciones heterónimas son una payasada. Simplemente el crítico mixtificador ha caído víctima de su propia mixtificación. Quede como aviso a los futuros navegadores de la vida y la obra del genial portugués.

 

NOTAS

[1]. Raimundo de Castro Meireles. «O modernismo: Fernando Pessoa». Novidades, Lisboa, 27-IV-1948.

[2]. Tal como ha enfocado el problema recientemente [1987] Alfredo Margarido en diversas publicaciones.

[3]. Athena. Revista de Arte, dirigida por Fernando Pessoa y Ruy Vaz, publicada entre octubre de 1924 (nº 1) y febrero de 1925 (nº 2).

[4]. Continúa aquí la descripción de la portada que suprimimos por estar disponible una edición facsímil de la revista en Contexto Ed. (Lisboa, 1983).

[5]. El subrayado es nuestro: indica que la palabra modernismo se toma en el sentido portugués, es decir, equivalente a «vanguardia», muy distinto a su homófono castellano.

[6]. Fragmento extraído del texto (c).

[7]. Desde sus primeros números la «Folla de Arte e Crítica» Presença –nombre que recibe además la generación literaria que nace con la revista– reivindica a los modernistas como maestros, aunque en el proceso de madurez abandonen las características vanguardistas y representen, ante estas, casi una contrarrevolución, como ha mostrado Eduardo Lourenço.

[8]. Fragmento extraído del texto (a).

[9]. Carta del 28 de junio de 1930, en Cartas de Fernando Pessoa a João Gaspar Simões, pág. 44.

[10]. Citado por Eduardo Lourenço, Fernando Pessoa Revisitado, Lisboa, 1981.

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[Publicado en Anthropos 74/75, Julio-Agosto de 1987. Págs. 119-123]