La
escritura de Eduardo Moga (1962) se ha consolidado en torno a tres géneros
literarios. En el eje central se alza, evidentemente, la poesía, que es el
motor de toda su actividad creativa. Una veintena de títulos certifican la
intensidad e inquietud de su propuesta estética. En paralelo, de una manera más
intermitente al principio y más constante después, la prosa memorialista ha
acabado por completar la identidad literaria del autor. Se ha publicado esta
prosa, en general, como diarios de viaje, hecho que mantiene un reparto de
géneros inicial donde la poesía —en verso o en prosa— indaga en el universo de
la vida cotidiana, y la prosa narrativa sigue los pasos del descubrimiento de
lo desconocido. La peripecia
biográfica de Moga, que le ha llevado a vivir largas temporadas muy lejos de su
domicilio habitual, ha desdibujado no el reparto de géneros, sino el sentido
mismo del viaje, puesto que en los años vividos en Londres o en los años
transcurridos en Extremadura, el territorio antes cotidiano se convertía en lo
desconocido. Y aunque en las publicaciones suele mantener las constantes de un
diario de viajes —con una cronología y un lugar concreto mencionado en el
título—, la actividad regular en su cuaderno de bitácora «Corónicas de Españia»
lo ha convertido en el hábitat natural de su escritura diarística.
Junto a estos dos pilares de su obra
literaria, y a lo largo de las tres décadas por la que se extienden, desde
1991, Eduardo Moga se ha dedicado con constancia a la crítica literaria, tanto
la inmediata que se escribe para interpretar las novedades, como la paciente
que investiga en una monografía los signos de una obra entera; con alguna
excursión también a la crítica de arte. Lector
que rumia pertenece al primer grupo, a la recopilación de artículos literarios
que regularmente realiza en libro. Los que corresponden al presente volumen ha
sido publicados entre 2020 y 2023 tanto en revistas especializadas, suplementos
literarios o periódicos digitales, como en su propio blog. Incluso algunos eran
inéditos hasta el presente. El interés prioritario del crítico Eduardo Moga es,
sin duda, la literatura actual, de la que se ocupa en el 44% de los artículos reunidos
y la mitad de las páginas del libro. A los clásicos, tanto del siglo XX como
anteriores, dedica un 22% del conjunto, y el resto lo forman artículos literarios
no vinculados a una obra, sino a un motivo o hecho cultural.
Desde 2004, cuando el Eduardo Moga
comenzó a recopilar sus trabajos críticos en volúmenes, hasta este Lector que rumia se aprecia una clara
evolución. En sus inicios primaba el análisis estilístico de los textos, con
una atención minuciosa a los aspectos formales. En el presente se advierte una
comprensión más humanística de los libros, incluso aproximaciones a su
contenido desde recursos que proceden de la escritura creativa, como las
comparaciones expresivas («mezcla fragmentos… de obras de la literatura
universal…, como un incesante sirimiri intertextual») o la evocación
impresionista («La escritura de La
pobreza es exacta, crujiente, entera, expresiva, sin languideces ni
blanduras, sin cartilaginosidades»). A este proceder se suma el gusto por
incluir en la reflexión la propia biografía o las sensaciones subjetivas de
lectura: «cuando la estaba leyendo, no podía evitar sentirme abrumado por el
desbordamiento del lenguaje». Efecto que, por cierto, transmite a su vez al
lector de sus reseñas.
Un aspecto importante de la labor analítica
es la selección de libros sobre la que se decide hablar. Es tal vez este el
aspecto más singular y característico del Moga crítico. Cabría definirlo, con
sus propias palabras, por aquello que es convencional y él no sigue en absoluto:
«la acostumbrada desidia de la crítica, que solo se preocupa por lo vistoso,
por lo publicitado, por lo conocido: por lo que es fácil y no inquieta». La
elección de títulos se realiza, en su caso, por el método opuesto al acostumbrado: autores marginales y con
frecuencia de generaciones posteriores a la que él pertenece, editoriales
periféricas o minúsculas, estéticas inhabituales, difíciles e inquietantes (y también sin vínculos con la suya como
poeta). Entre la treintena de escritores analizados en los veintiséis artículos
sobre «la literatura actual» —algunas piezas incluyen la lectura de varios
libros— se podría establecer un canon alternativo al que rige en la costumbre
editorial de las últimas décadas, con nombres poco citados como los de Christian
T. Arjona, José Antonio Llera, Mario Martín Gijón, José Antonio Martínez Muñoz,
Miren Agur Meabe —antes de que recibiera el Premio Nacional—, María Ángeles
Pérez López, Miguel Ángel Muñoz Sanjuán o Jonás Sánchez Pedrero, entre otros. Y
todos ellos acompañados por una valoración literaria del crítico clara,
valiente y rotunda.
El acercamiento a los clásicos, en los
trece artículos que les dedica, sigue los pasos críticos de la exégesis de los
contemporáneos: «Pero mi aproximación… [a Quevedo ha sido]… la ordenada del
filólogo, aunque cada vez ejerza menos la filología». Afirmación en la que
tarda poco en imponerse la adversativa: «Quevedo era un cabronazo, sentía yo,
pero un cabronazo genial». La distancia que le separa de sus clásicos la ocupa
por completo el escritor, a veces el diarista, otras el cronista, otras el
lector cuya memoria comparece constantemente al leer y en no pocas ocasiones el
poeta: «El triunfo de la vida siempre
se ha tenido por un poema oscuro, pero su oscuridad es, en realidad, una
explosión de luz, que se derrama por los pentámetros, gracias al
encabalgamiento, como una cascada ardiente». El último capítulo del libro lo
conforma una miscelánea espléndida de veinte artículos sobre asuntos culturales
dispares, desde los tan secretos como interesantes dilemas de la traducción
literaria, como la brillante evocación de un jovencísimo poeta ahogado a los
veintiún años, Jorge Folch, pasando por la recreación de las múltiples
preocupaciones intelectuales o intereses del escritor, que ofrece, bajo el
amparo del viaje a la lectura y a la memoria, el espléndido diarista de lo
insólito y de lo excepcional, y también, con ácida mirada, de lo anómalo.









