El balcón de enfrente

Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

sábado, 19 de enero de 2019

El mito de Eróstrato en el arte actual



I

[Sur Cultural 185. Sur. Málaga, 14 de enero de 1989]

II
Hace exactamente treinta años y una semana apareció el artículo titulado «El mito de Eróstrato en el arte actual» en un periódico de Málaga. Se publicó también en Jerez y en Tenerife. Los periódicos locales, entonces, eran la prensa universal. 
    Treinta años después no podría escribir de otra manera este artículo. Como cuenta la fábula de Sung-Iü, por regla general la calidad de artista y obra es inversamente proporcional a la cantidad de público interesado. Ahora bien, si en el Renacimiento lo esencial era la construcción de la obra, sin que receptores —ni tampoco el emisor— importaran demasiado, y si en el Romanticismo lo esencial era el poeta —aunque no escribiera o nadie lo hubiese leído—, la nuestra es la edad del público. La de Eróstrato. Treinta años después no existe otra opción: el público es el que otorga la condición de artista. Lo saben bien los novelistas que al conocerse no se preguntan por el nombre, sino por el estadillo de ventas. Y lo saben aún mejor los políticos cuyos votantes borran del mapa en cuanto sienten que no han sido emocionados lo suficiente. La emoción, el público, Eróstrato —quien prendió fuego al templo de Artemisa para hacerse famoso— parece ser ya el gran juez universal.
      Ahora bien, en aquel artículo realizaba un vaticinio. La emoción sería bienvenida si, por ejemplo, acrecentaba los géneros privados —donde un emisor buscaba emocionar a un único receptor—, como el epistolar. No sé si me equivoqué o acerté. Ahora es el momento de juzgarme. Creo que acerté en algo: aunque no pudiera entonces —hace exactamente treinta años— ni siquiera soñar la invasión en los hábitos personales de lo que en su momento se denominó la red 2.0, los géneros privados se han multiplicado hasta el infinito: blogs —primero—, luego Facebook, Twitter, Instagram… No podía ni siquiera imaginar, sin embargo, la gran transformación que supuso en la mentalidad de quien desea escribir algo este fenómeno: los géneros privados se han convertido en públicos. La escritura personal se ha igualado en sus posibilidades de difusión con la escritura profesional (críticos, historiadores, comentaristas…) y con la escritura artística (escritores). Aunque su principio sigue siendo el mismo: quien consigue las llamas más altas en el incendio que sus palabras crean —la emoción en bruto, el invento de Eróstrato— atrae más gente, más tráfico, más prestigio. 
     Y ahí volví a fallar. Mi pronóstico pecaba de optimismo juvenil. Aunque tal vez me equivoque ahora con mi pesimismo senil y esta explosión de géneros privados (el gran poema del presente escrito cooperativamente por todos cuantos vuelcan en la red su conocimiento o su ignorancia, sus buenos sentimientos o sus rencores, su esfuerzo o su vagancia) sea la auténtica revolución literaria de la época (frente a los libros que se publican como literatura y que no quizá no sean más que «el eco del eco del eco de un resplandor»). Un palimpsesto infinito que estamos empezando a leer, aunque aún no entendamos nada. Este vaticinio, me temo, ya no tendré tiempo de comprobarlo… en 2049.

[2019]

viernes, 18 de enero de 2019

Descubrir a Isaac Bábel



A Antonio Rabinad, in memoriam

La historia empieza de nuevo hace dos años, en febrero [de 1997]. Delante tengo el cuaderno donde anoto los informes de lectura y las fechas de entrega y pago. De la editorial me llegó entonces una novela de título imposible, que traduzco: Vastas emociones y pensamientos imperfectos. Iba de un cineasta que salta el muro de Berlín para recuperar un manuscrito perdido de Isaac Bábel, un escritor ruso, vanguardista y judío. El nombre para mí solo era el de un desconocido; de hecho al leer la novela me fijé únicamente la perspicacia de Rubem Fonseca, el autor, que escribió la novela tres años antes de que la historia arruinara por completo su argumento. Ninguna otra cosa hubiera sucedido, pues el editor se olvidó pronto del asunto, si un domingo no se me ocurre revolver, en el mercado de libros viejos de San Antonio, dentro de un cajón con restos de una colección de bolsillo que circulaba en los años setenta. Es abril. Lo sé por esta otra libreta donde anoto los libros comprados, el lugar y la fecha. Y también el precio. Doscientas pesetas pagué por cada uno. No hay casilla sin embargo, en mi cuaderno, para describir la sorpresa. Eso queda para la memoria y las tardes de tertulia en las que satisface contar estas aventuras de perseguidor de libros. Primero fue Debes saberlo todo y sumergido en la euforia apareció más tarde del magma de papel Cuentos de Odesa. Resultó que Isaac Bábel era algo más que una sombra en la imaginación de un cineasta. «¿Sabes quién es Isaac Bábel?» Contento como un idiota fui a preguntárselo a Antonio Rabinad, que vende libros en un puesto del mercado. «Claro», me dijo, «tiene unos cuentos al estilo de Maupassant muy interesantes», ahí vi que de nuevo no conseguía soprenderle; pero cuando continuó, «y además hizo cine», me lancé por esa grieta con entusiasmo: «creo que no hablamos del mismo personaje». «¿Cómo que no?, ¡Espera!». Se fue a un rincón, recorrió el lomo de dos o tres montones de libros, sacó otros de debajo de aquellos y al final me mostró un volumen con las tapas rozadas y descoloridas; con la mano extendida sacudió el polvo golpeándolo varias veces, y finalmente lo dejó frente a mis ojos: Caballería roja. Desde aquel domingo de abril ya tengo otro libro entre mis favoritos.

[1999]

domingo, 13 de enero de 2019

Descubrir a Moreno Villa



José Moreno Villa. Poesías Completas
Edición de Juan Pérez de Ayala
 El Colegio de México / Residencia de Estudiantes
Madrid, 1998

Este hermoso volumen me ha recordado los días de un congreso sobre Fernando Pessoa que pasé, junto a otro conocido pessoano, buscando libros antiguos de António Botto. Resulta que este [1998] iba a ser el año del centenario triple de los poetas del 27, y que se iba a celebrar con pomposos festines editoriales que no han pasado de publicar más cara la archipublicada obra de Lorca, de sumar el desconcierto de ese volumen de Poesía a la confusión bibliográfica de Dámaso Alonso y la inapetencia editorial que suscita nuestro penúltimo Nobel; y sin embargo este año es ya el de la publicación —con décadas de retraso— de las Poesías Completas de José Moreno Villa. A veces se olvida que en los fastos oficiales suelen agazaparse como polizones otros hechos secundarios que sí resultan auténticas novedades. Éste es uno de ellos.
      La historia literaria recoge abundantes casos de poetas que por perderse en su época vagan por los manuales en busca de epígrafe propicio. Más raro es lo que ocurre con Moreno Villa, que andaba por allí, fuera de fechas, cuando se cuajó el núcleo de la generación del 27. Esta coincidencia –este salir en «la foto»— le ha dado un protagonismo que sin embargo contrasta con la ínfima atención editorial que ha merecido en las últimas décadas: una única edición de Jacinta la pelirroja de 1977, algunos cuadernillos, una antología de escasa difusión.... Posiblemente Moreno Villa sea el nombre de poeta más inflacionario del siglo, y eso, lejos de favorecerle, es lo peor que le podía haber ocurrido, tal como muestran estas Poesías Completas. De no haber estado allí hoy no hablaríamos de un poeta del banquillo del 27 sino de un poeta leído en busca de epígrafe, como ocurre con Miguel Hernández o Juan Gil-Albert en el otro extremo de las fechas del 27.
     Estas Poesías Completas, editadas por Juan Pérez de Ayala, forman un volumen modélico. Ojalá fueran así todos los libros de su género. Empieza con un prólogo elegante, modesto y breve, y sigue con una recopilación de poéticas del autor que clama por la recuperación de los artículos en prensa de Moreno Villa, que fue un espléndido prosista, como muestran sus libros de memorias, ya desaparecidos de la librerías hace años. La edición de las poesías está perfectamente organizada en tres cuerpos: libros impresos, poemas publicados en revistas e inéditos. Los complementos (la suma de las variantes críticas —reunidas en unas cuantas páginas, donde no molesten la lectura—, una exhaustiva bibliografías y los índices adecuados) hablan del rigor, esfuerzo y pasión con el que se ha cuidado este libro, que sólo puede despertar entusiasmo.
     ¿Despierta el mismo entusiasmo la poesía de Moreno Villa? Depende. En estas 800 páginas que abarcan casi 40 años de intensa escritura hay muchos poetas. Al inicio aparece el post-modernista de sus primeros libros, merecedor de los elogios que le brindaron Enrique de Mesa o Juan Ramón por sus bondades de epígono aplicado. El eco de los dos Machados suena en estrofas como ésta: «En un crepúsculo está mi amada / en el otro está mi querida; /por el uno salgo a la feria, / por el otro vuelvo a mis galerías». Se observa también un gusto neopopular semejante al que luego iba a atraer a Lorca, pero aunque en los poemas haya amantes bajo el filo amenazador de la luna, les falta –claro-- la gracia y el malabarismo verbal del autor del Romancero gitano. De este primer Moreno Villa destaca ya con nombre propio una serie extensa de «Epitafios» de 1918.
     La liberación de ataduras estróficas y del lenguaje poético apriorístico, fruto del contacto con las vanguardias, propicia sus libros más conocidos: Jacinta la pelirroja del 29 y Carambas del 31. Esta experiencia de lenguaje directo y desinhibido, así como la vecindad con el humor y la bagatela, va a resultar ya decisiva cuando, a partir de las «Carambas talludas» Moreno Villa recupere el trabajo formal y la densidad temática que van a caracterizarle. De hecho, cuando se reúnen estos tres factores (el neopopulismo, el lenguaje directo y el tono metafísico de herencia romántica) en los libros de los años 30 y luego, tras el hiato de la guerra, en la época americana, se descubre un nuevo poeta, con matices poco conocidos y con una importancia lírica que a partir de estas Poesías Completas la crítica va a tener que esforzarse por establecer con exactitud olvidándose de usar el nombre de Moreno Villa como un mero relleno.

[Clarín nº 17. Septiembre, octubre de 1998]

sábado, 12 de enero de 2019

«Eso», de Inger Christensen



1
Det er verden. Eso es el mundo. Sin verden. Su mundo. Jeg. Yo. Det er mig. Eso soy yo. Jeg skriver. Yo escribo. Biller. Escarabajos. Et ord. Una palabra. En have. Un jardín. En have for enden af en have. Un jardín al final de un jardín. Fuglene. Los pájaros. Kulissen. El decorado. Det er hvidt. Es blanco. Mens hvidt forsvinder. Mientras lo blanco desaparece. Alt det der ikke foregår. Todo lo que no tiene lugar. Det er tavs. Está en silencio.Hundene gør. Los perros ladran. . Entonces. Liv er død. La vida es muerte. Sin død. Su muerte.
2
Está la vida que ocurre y la que no tiene lugar. A veces elijo esta. Ocurre, tal vez, igual que la que ocurre, pero no tiene lugar. Carecer de lugar libera a la vida de sujeciones. Ocurre sí, pero en ningún lugar. En un lugar que carece de las condiciones que cumple el lugar para que en él ocurra la vida. Que está libre de estas condiciones. No sujeto a ninguna condición, dado que es un ningún lugar. Es esta libertad la que me hace preferir la vida que no tiene lugar a la que ocurre. Ambas igualmente frágiles. Efímeras.
3 
Es la propia finitud la que incita a contarlo. La vida, en el barroco, desde una conciencia mortal. El ideal, en el romanticismo, desde el acabamiento de lo sagrado. La nada, a principios del siglo pasado, desde un agónico fulgor. Y ya sin finitud, ya sin que nada haya acabado ni vaya a acabar, ya sin que la vida sea algo distinto a lo que no ocurre, sin que el pensamiento sea algo diferente al silencio, ya sin que la injusticia sea un paso hacia la justicia. Ya sin que haya pasos. Entonces es cuando empieza a contarlo Inger Christensen.

[El Visir de Abisinia, 24 de mayo de 2015]

jueves, 10 de enero de 2019

La mala poesía




[Borrador. Diario de Avisos, Tenerife, 8 de septiembre de 1988]