El balcón de enfrente

Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

jueves, 23 de julio de 2026

La poeta de las antologías | Alfonsina Storni



Alfonsina Storni, De sombra y llanto [Antología poética]

Selección de Abelardo Linares. Prólogo de Mª Ángeles Robles. 

Renacimiento, Sevilla, 2025.


Recuerda la escritora Mª Ángeles Robles en el prólogo de este volumen algunas de las antologías a través de las cuales se ha leído en España a Alfonsina Storni (1892-1938), quizá con mayor frecuencia que en la obra completa y tal vez porque nunca llegaron sus libros originales. Es más, creo que cada época la ha leído en una antología diferente. Esta idea me ha impulsado a buscar en los estantes la que leí. Manoseada y trufada con papeles diversos encuentro la Antología poética publicada por la Biblioteca clásica y contemporánea de Losada, impresa en Buenos Aires en 1977, con el epígrafe «la edición consta de diez mil ejemplares». Lo compré en Documenta, pues conserva el sello de papel de la librería, en mayo de 1979. No solo la leí yo en este libro, sino creo que también mi generación, o al menos los lectores que conocía entonces. Insiste Robles en la importancia del criterio de selección que no en todas las antologías fue el mejor. En De sombra y llanto la elección de los poemas es responsabilidad de Abelardo Linares, quien es también el editor de la colección que lo publica. Y la selección es espléndida. Cada texto recogido se lee como una pequeña obra maestra del arte poético.

         No creo que existan muchos poetas que escribieran en las primeras décadas del siglo XX que, alejados por completo de los aires vanguardistas de la época, hayan trascendido las décadas con carácter ya de clásicos. Alfonsina Storni es un fenómeno al margen de revoluciones y movimientos. Sus formas permanecen ligadas, en una buena parte de su obra, a la métrica y rimas decimonónicas, de las que solo se libera, aunque nunca del todo, a partir de Mundo de siete pozos, en 1934, tan cerca del final. Resulta tan intenso el contenido de sus poemas que las formas, de repente, no lo condicionan en absoluto. Es más, posiblemente algunas de sus exploraciones temáticas sean más contemporáneas que los experimentos de sus contemporáneos.

Caracteriza su escritura una amplitud de campo que va desde el desarrollo narrativo hasta la caracterización identitaria de la mujer; y dentro del dominante tema amoroso, desde la mudanza de perspectivas al abordar las relaciones, pasando por una teorización compleja del amor, que sigue impactando en los lectores, hasta la introspección a la que le conduce el desencanto, el dolor y la intuición permanente de un final. La noche del 25 de octubre de 1938 abandonó su habitación en el hotel de Mar del Plata donde se hospedaba y sin que nadie la viera se arrojó desde la escollera en la playa de La Perla. Su cuerpo se descubrió al día siguiente flotando en las aguas. Hoy la playa se llama Alfonsina, igual que el Balneario y el monumento dedicado a la poeta, en piedra, donde, al pie de una evocación idealizada, está tallado en bajorrelieve su retrato de perfil. Ojalá esta acertada selección sea la antología que descubra Alfonsina, la poeta que se fue tan pronto y que no se irá nunca, a los nuevos lectores de esta época.

 


Calle del Aire, 11. Sevilla, 2026

miércoles, 15 de julio de 2026

Claridad de lo oscuro | «La vejez del poeta» de Javier Salvago





Si bien es cierto que la crónica de la edad ha sido uno de los temas esenciales en la obra de Javier Salvago (1950), y lo demuestran algunos títulos que lucieron en su momento como metáforas del esplendor de la juventud (En la perfecta edad en 1982 o Los mejores años en 1991), junto a poemas que exaltan la edad temprana, como recuerdos de infancia y como retratos de presente, también es verdad que una sombra transitaba por aquellos libros memorables de los años 80 y 90, cuando el poeta contribuyó a consolidar una de las voces que caracterizaron aquellas dos décadas feraces. En 1980 escribía «Esta ciudad, donde te vas volviendo / cada día más viejo…» y en 1985 «Estoy cansado de zurcir / cada mañana este disfraz…», eran ideas, quizá más teóricas que vivenciales, que dotaban de contenido a su pacto con la vida de entonces: «Solo el humor me salva».

El humor y el encomio de la juventud, sin embargo, han desaparecido ya en el presente libro que titula, con la descripción más desnuda, La vejez del poeta. Ciclo que arranca en 2019, cuando se incluye como inédito de la poesía reunida, y concluye en 2026 con la aparición de este volumen y la rotundidad de su título al cabo del listado bibliográfico. La vejez ha dejado en el camino algunos atributos temáticos del poeta y ha consolidado el protagonismo de aquella sombra que vislumbraba alguno de sus primeros versos, pero sin abandonar ninguna de las devociones formales de sus mejores libros.

En primer lugar, el reconocimiento de la ascendencia machadiana, o mejor manuelmachadiana, que vuelve en estas páginas a ser explícita, siguiendo en muchos casos idénticas pautas de libros anteriores, así el célebre poema «Variaciones sobre un tema de Manuel Machado», publicado con 32 años, se reescribe ahora en «Cuarenta años más tarde». Si entonces se proponía como remedio «que no deje testimonio del tiempo / que me tocó vivir», hoy las recomendaciones médicas son menos irónicas: «Que no me obstine en ser el penoso aguafiestas / que desafina frente al coro de poetas». Porque este es, en esencia, el tronco temático esencial de La vejez del poeta: el retrato de la senectud, el testimonio del cansancio, la filosofía contra la existencia de la vida, el encomio de la muerte y, en un giro de radical existencialismo, la comprensión y el cara a cara con «la nada».

En las formas métricas de este libro, Salvago mantiene la misma fidelidad que muestra hacia sus maestros de juventud (Bécquer y Manuel Machado), y vuelve a fascinar su maestría tanto en los versos clásicos de arte mayor, como su delicadeza en los de arte menor, con el virtuosismo de los sonetos en versos trisílabos («Empresa / fallida / la vida. / Qué espesa») y la levedad que siempre les dio identidad a sus coplas («El ogro, la bruja, / El hombre del saco. / La muerte, el infierno, / la culpa, el pecado»); sin olvidar la incorporación de otras formas métricas, como los haikus, en los que logra grabar, con el aplomo de la epigrafía, su poética desde 1977: «Hacer sencillo / y fácil lo complejo, / claro lo oscuro». Aunque, como en este libro, lo oscuro provenga de la oscuridad misma.

Calle del Aire, 11. Sevilla, 2026

viernes, 19 de junio de 2026

La construcción del poema | «Todo va a salir bien», antología de José Luis Piquero






En una faja que colocó el editor en el último título publicado por José Luis Piquero (1967), la frase de un crítico le definía como «autor de algunos de los poemas más terribles y hermosos de los últimos tiempos». Si se prescinde de la adjetivación, aunque no esté alejada de la experiencia real, lo que queda traza una definición exacta de su propósito desde el principio: no la creación de una continuidad poética, sino la construcción de grandes poemas. Y no otra impresión resulta de la lectura de Todo va a salir bien, una colección de poemas para ser leídos de uno en uno. Una antología que, de momento, entretiene la ausencia de una recopilación completa de la obra. El conjunto está presentado por un atento y devoto prólogo de Rodrigo Olay.

         La persecución del poema único se advierte desde el primer libro. Piquero parte de experiencias coetáneas, en las que el carácter biográfico resulta un aspecto secundario disfrazado de principal. Desde el principio entiende que las experiencias limitadas al presente de la vivencia peligran el objetivo inicial, de ahí que el poema busque siempre una amplitud temporal, a veces indefinida, («El silencio cayó sobre nosotros / y nos quedamos solos»), pero en otras ocasiones es prospectiva («Y escribiré mil cartas intentando / un futuro imposible») o es retrospectiva («ese vértigo-arriba de la infancia»). En estos versos también se puede determinar un segundo recurso, el sujeto compartido («nosotros»), que con frecuencia se convierte en la inclusiva crónica del «grupo». E, incluso, cuando realiza algún retrato de personaje muy alejado del autor, acaba por establecer con él una identidad que trasciende también al lector, «Un perdedor sin más. Todos perdemos»; otra de las claves del impacto de un poema singular.

         En la persecución del poema como entidad autónoma y memorable resulta decisiva la transformación del detalle en categoría, así, por ejemplo, el concreto relato de un trabajo esporádico se convierte en una lección de vida: «la imposibilidad de una suerte mejor, / esa oscura certeza / que acaso nos disculpe a mí y a ellos». El aprendizaje en las clases del maestro Jaime Gil de Biedma resulta evidente, pero con el paso de los libros Piquero va a identificar pronto los recursos propios para trazar este propósito poético. Entre estos destacan la insistencia en paradigmas marginales de la historia religiosa, en una época Caín, después Lázaro; la conversión del poema en un espacio de contrición y casi de penitencia personal; las dramatizaciones hiperbólicas, la crónica de tortuosas historias de amor y, sobrevolando todas estas maneras de esencializar el comportamiento, una no oculta actitud moralista que, a diferencia de lo usual, no preconiza una moral, sino todo lo contrario, la destrucción de todos los principios por los que una conciencia impide el disfrute completo del cuerpo. Incluidos en el resultado final, y en eso prende también la condición terrible del poema impar, la ausencia de idealismo y la asunción completa de la tragedia que subyace a cualquier realidad auténtica.


Calle del Aire, 11. Sevilla, 2026

lunes, 8 de junio de 2026

Duración potencial de lo que existe | «Estancias», de Manuel Hochandí




El autor de Estancias recurre a dos rupturas con la tradición literaria a la hora de escribir y presentar su libro. Ambas formas de interrumpir el flujo constante de las convenciones tienen, cada una por su cuenta, su propia historia. Juntas ya son más raras. Empecemos por la segunda, la autoría. El libro lo firma Manuel Hochandí, del que se dice que nació en Badajoz, en 1978. Para la mayor parte de los lectores con que el autor de un libro tenga un nombre al frente les basta. Ahora bien, si alguno, por ejemplo, quisiera guardar su ejemplar firmado, de repente eso sería empeño imposible. La tradición de los seudónimos ha sido densa a lo largo de los siglos, y en muchas ocasiones vinculado a lacras sociales que irrita solo pensarlas. Tampoco Hochandí se integra del todo en el modo de uso habitual del sobrenombre, que suele considerarse un sustituto del propio. Por ejemplo, el añorado poeta portugués Eugénio de Andrade firmó con este seudónimo todos sus libros y no con su nombre, José Fontinhas. Pero Hochandí es ya un segundo libro de poemas de una serie en la que el primero lo firmaba Demetrio Meléndez Díez (Poesía elemental, RIL editores, 2021), que, en rigor, tampoco nació en 1971 ni falleció en 2018 como se afirma en el prólogo. Y es posible que, si se publica otro, lo firme un tercer seudónimo.  

En la prensa he leído que ambos son heterónimos. Solo en parte cuadra con el marco pessoano, es decir, con la parte más acumulativa y menos interesante de los heterónimos de Pessoa, que en los fundamentales manifiestan una identidad estética extremadamente marcada. Entre Meléndez y Hochandí no existe la distancia heteronímica. Ambos son seudónimos cuyo origen parece más ligado a la primera ruptura que practica Estancias: la tergiversación de las estructuras fijas de los géneros literarios y de los hábitos librescos para, con esta alteración, crear un libro inaudito. Aquí la tradición es más breve y se concentra en ciertos movimientos de ruptura que han aparecido en diversas épocas. En especial recuerda los propósitos vanguardistas de OuLiPo, acrónimo francés de «Taller de Literatura Potencial», que tuvo seguidores de genio como Raymond Queneau o Georges Perec y cuyas líneas llegan hasta el corte artístico practicado por Marcel Duchamp. Tanto la autoría de este volumen como su adscripción al género de la poesía presentan anomalías que se explica bien en términos de «creación Potencial», es decir, lo que podría existir porque no existe. O mejor, la estructura literaria que no ha existido hasta que el escritor de Poesía elemental y, sobre todo, de Estancias ha decidido inventársela. Un invento que no sería completo si no arraigara en todos los aspectos del fenómeno literario, empezando por el primero e imprescindible: la atribución de autoría. Hochandí, una firma tan potencial como su obra.

En un aspecto, sin embargo, Demetrio Meléndez y Hochandí no se ajustan tampoco del todo al antimodelo oulipiano, cuando el lector cierra las páginas de estructura tan inesperada descubre que lo leído trata un tema esencial de la poesía clásica. En el caso de Estancias, el que apunta el título en la acepción que concreta muy bien la dedicatoria («A Manuel Flete, amigo. Merecería una estancia mejor y más larga»), es decir, el tiempo de la vida contemplado desde su final. Un desarrollo innovador para un asunto clásico.

Sobre el tiempo concreto de una vida tratan los solo treinta breves poemas reunidos en un volumen que alcanza las doscientas páginas (en esta ocasión solo veinticinco páginas menos que 227 páginas). El género poético, no es su fin, sino solo el punto de partida del libro. El significado de muchos de los versos se revela y se amplía mediante notas al pie de página —que en el presente caso resultan notas a página completa—, con informaciones diversas. Y en este aspecto radica la ruptura potencial de Estancias: convierte lo adyacente y complementario en su estructura principal. Una auténtica resurrección de las ya casi extintas notas a pie de página, que muchos editores ya se niegan a reproducir y los lectores se saltan sin piedad.

Unas notas son literarias, como las que afectan a todos los primeros versos, que coinciden con el título de una novela. Este empezar el poema con un epígrafe narrativo ajeno es un ejemplo del tipo de condicionante potencial que su autor utiliza. Se lo podía haber propuesto antes cualquiera, pero Hochandí es el primero que lo realiza. Las notas que amplían el sentido de los versos son a veces lingüísticas, otras eruditas, o históricas, o geográficas… en una apelación constante a la simbiosis de conocimientos, sea cual sea su origen. Pero las notas principales que acompañan cada poema son las que retratan el paso por el planeta de un ser vivo animal. Son notas de carácter científico, también didáctico, pero con una indudable ascendencia narrativa. No se cuentan solo para enseñar, sino también para asombrar.

Añadiré un único ejemplo entre centenas de notas. El duodécimo verso del poema 15, que trata sobre el vuelo de los vencejos, es un heptasílabo que dice: «como el volar de un sueño». Y en la nota que lo explica se lee: «El verso habla de una experiencia compartida entre el poeta y quienes en alguna ocasión han creído estar volando mientras dormían… suele tratarse de un vuelo rasante, similar al que describen los vencejos en las ciudades del sur de Europa… el sueño también guarda una estrecha relación con una de sus sorprendentes facultades… son capaces de dormir en pleno vuelo». Humanos que vuelan como vencejos y vencejos que sueñan como humanos.

En esta nota a pie de páginas que se ha tomado como ejemplo se advierten algunas de sus características: están escritas por un comentarista de Hochandí, con lo que la trama autoral se complica; el carácter narrativo se acentúa con rasgos tradicionales, como el de implicar al lector en lo descrito; o el hecho de que la transparencia de la prosa no esté peleada con la precisión científica de las afirmaciones. Este, digamos, sería el nivel significativo de la lectura; por una parte, las alusiones a las diversas fuentes de lo que los versos afirman, y por otra la ilustración de los hábitos animales y sus implicaciones. Pero cuando se llega al final, como ocurre en el tránsito de los libros clásicos, se impone un significado temático, implícito siempre, pero de repente explícito. Para el primero de los animales retratado, un insecto denominado efímera, su estancia en la vida es de apenas unos minutos; y el último, un tipo de medusa cuya desaparición se desconoce, o como dice el poeta Hochandí: «no habrá partida; / nadie te verá morir». Y entre el insecto y la medusa, se recrean todas las dimensiones de estancias conocidas. Menos una, la que emerge como tema oculto del libro, la longevidad de cada lector, que potencialmente aspira a ser «mejor y más larga».

Cao Cultura, 1 de mayo de 2026. Enlace.



viernes, 5 de junio de 2026

¿Cómo hablar de soledades? | «Poesía completa» de María Beneyto




La edición de la Poesía completa (1947-2007) de María Beneyto (2020-2011), que recoge la que realizó la propia poeta en 2007, junto a la publicación de un conjunto de inéditos, o tal vez ocultados, en Itinerario, poemas de amor y desamor (Renacimiento, 2025), tiene la virtud de proponer, en su conjunto, una revisión crítica de la autora, cuya lectura padecía un abandono que quizá ni siquiera haya arrancado en la distancia con su obra, sino en el despego hacia toda su época. Y si bien es cierto que María Beneyto acoge temas cuyo interés ha empezado a caducar, no ocurre lo mismo con la esencia de su voz poética y el alcance de su escritura, que en algunos aspectos podrían ilustrar y sorprender al presente. Cabe agradecer a los desvelos filológicos de Rosa María Rodríguez Magda la preparación modélica de ambos volúmenes.

         Cada uno de los libros de María Beneyto desarrolla un núcleo temático propio, que a veces resulta incluso contradictorio, por ejemplo, en el mismo año, 1956, entregó a la imprenta un título arraigado en lo más concreto de la vida urbana, Poemas de la ciudad, y otro que sublima el paisaje natural, Tierra viva. Sin embargo, se puede observar cómo a través de todos sus libros desarrolla motivos comunes que con frecuencia concreta en un único término metafórico. El primero, y quizá el más constante, es el de «Eva», acertada metáfora a partir de la cual emerge la necesidad, en mitad de un ambiente cultural tan masculino, de crear desde cero una identidad de mujer como paso necesario para construir su identidad poética y personal. No es este un propósito sencillo («Ni siquiera yo sé por qué me vive / la vida…») ni tampoco uniforme («¡Soy yo tantas mujeres en mí misma! / Están viviendo en mí tantas promesas, / tantas desolaciones y amarguras, / tanta verdad que no me pertenece!»). No recoge esta estrofa, por cierto, una mera declaración subjetiva, sino, antes, el índice de asuntos a desgranar por su poesía futura. Cada sustantivo de los versos citados provoca un minucioso desarrollo poético, en el que siempre van de la mano su propio crecimiento personal y su identidad como mujer, cuya proyección en la obra merecería un estudio de género más profundo que estas líneas.

Otra de las metáforas recurrentes en todo el libro es la de «isla», que es ella misma en el mar de asfalto («Isla de carne, en la ciudad»), pero también su padre abandonado en un hospital en plena guerra civil («Él iba ya en su isla navegante»). Metáfora a la que dedicó un libro central de su obra, El agua que rodea la isla, que desde el principio enuncia otro motivo transversal: «¿cómo puedo yo hablar de soledades, / de vida sin amor y sin amigos?». La Poesía Completa de María Beneyto parece dedicada a desentrañar esta pregunta. Tal vez la respuesta, al cabo de las más de mil páginas de poemas, la mayoría impresionantes, se puede desenredar de este verso: «Dentro de mis zapatos va mi alma», es decir, caminando el mundo, describió su época y su sociedad con precisión y hondura, es como se descubre la poeta a sí misma, su esencial soledad, su condición de mujer y el valor de la poesía como reconocimiento de todo ello.


Calle del Aire, 11. Sevilla, 2026