El balcón de enfrente

domingo, 20 de diciembre de 2015

COMPRENSIÓN DEL LUGAR. Prólogo a «Un hombre espera», de Álex Chico


El XX fue —se ha dicho alguna vez— el siglo de la crítica. La época de la crítica sociológica, de la simbólica, del formalismo, del estructuralismo, las derivas de la posmodernidad... Gruesos volúmenes que amarillean hoy en los depósitos de las bibliotecas, retirados ya de los estantes donde la curiosidad, el azar o la apariencia aún les permitían alguna esperanza de ser leídos. De las librerías han desaparecido las secciones de crítica literaria, o se han llenado con volúmenes ilustrados. O de tamaño cada vez más reducido. El siglo XXI no parece interesado en las grandes construcciones sistemáticas, incoherentes tal vez con la percepción de una realidad cada vez más fragmentada. Astillada, se diría.
            No es este, sin embargo, él único emblema del siglo XX que se ha diluido. El tiempo —se ha dicho también— es el gran tema del XX. La época de los diversos existencialismos, de la angustia, de la deflagración del paso del tiempo sobre la conciencia humana… tantos autores cuyo nombre languidece en los libros de texto, tantas obras que solo parecen servir para nutrir la vida académica, un submundo cada vez más alejado del interés de los lectores. Y aun opuesto, se diría.
            Ambas pérdidas, junto a otras que no resultará difícil evocar, han dejado al lector interesado por una comprensión más honda de los fenómenos literarios en una evidente orfandad. La crítica, lejos de los principios sistemáticos, naufraga en el más burdo apriorismo, cuando no se contenta, pasmosamente, con meras descripciones que ni siquiera hubieran satisfecho las expectativas de los críticos tradicionales de hace dos siglos. Sin un gran tema que ordene lo pensado, por otra parte, cualquier trivialidad se arroga un protagonismo que abochorna.
            A grandes rasgos este es el contexto —implícito— en el que Álex Chico ha escrito Un hombre espera. Y no tanto por lo que dice, sino por lo que no hace. Se advierte de inmediato que sus páginas buscan meditar sobre un fenómeno literario —la obra de José Antonio Gabriel y Galán—, y no es difícil tampoco presentir la necesidad de ubicar la reflexión bajo el amparo de un tema que le permita indagar y conocer. Pero ante estos propósitos, el del conocimiento y el de la reflexión, no recurre a ningún sistema al uso de crítica literaria, ni al cobijo de ninguna corriente de pensamiento. Se diría que este libro de Álex Chico es a la crítica literaria lo que el nuevo periodismo a la información objetiva. Es decir, una manera alternativa de abordar un conocimiento crítico que se salta todos los protocolos de la crítica.
            La escritura de Un hombre espera delata diversas insatisfacciones del autor. La primera, con los géneros convencionales. De ahí que recurra a una simbiosis de géneros. Entrelaza dos de ámbitos diferentes: en una prosa memorialista inserta los propósitos de un ensayo literario. Aunque también se podría formular al revés: escribe un ensayo sobre la obra José Antonio Gabriel y Galán como si fuera el diario de un viaje.
Más interés presenta la segunda incomodidad que se aprecia y que tiene que ver con la idea formalista de que todo lo que concierne a una obra literaria está en su interior. Álex Chico reformula el célebre adagio crítico dándole la vuelta: frente al universo de signos plantea que es necesario recurrir a todo lo que hay en el universo (del autor, pero también del lector) para desentrañar los signos de una obra literaria.
De hecho, las páginas de este libro muestran un ejemplo práctico de esta intuición crítica. El germen de cuanto se habla aquí —lugares, sensaciones, reflexiones, libros, películas…— se encuentra en la lectura de los poemas y novelas de José Antonio Gabriel y Galán y en la necesidad de comprenderlos con mayor hondura. La clave está en la dirección que ha de tomar el modo de profundizar en esta comprensión. En lugar de indagar dentro de los textos, Álex Chico ha decidido ahondar hacia el exterior. Es decir, busca el modo de acercarse más a una obra a través de la realidad implicada en lo leído. Convierte la lectura en una experiencia.
Para leer mejor a Gabriel y Galán, Chico viaja a París, recorre las calles de Montparnasse, encuentra y no encuentra ubicaciones. Trata de sincronizar el lugar del presente y el lugar literario y biográfico. Y esa imposibilidad, las asimetrías que aparecen en la colisión entre lugares del pasado y del presente, traza la dimensión de la experiencia, que es un nuevo conocimiento que el lector añade a lo leído. Experiencia que se nutre con otras lecturas que el lugar convoca, incluso con el descubrimiento azaroso de autores que de repente se insertan en el mismo ámbito de la reflexión. Con películas, también, que evocan los espacios recorridos y leídos. Con el recuerdo, entreverado, de los lugares donde se encontraron los libros y donde se leyeron, que condicionan, claro, la comprensión subjetiva de sus signos.  Con sensaciones, como la de encarnar personajes («Muchos años después, también yo parezco un personaje de Gabriel y Galán», escribe Chico), que es una manera de óptima de entender y valorar un texto literario. Con la extensión hacia los contemporáneos del autor leído, a los escritores y artistas de la época, a quienes pudieron cruzarse con el autor admirado en el atrio de un cine o a la salida de una conferencia. Con los contemporáneos, incluso, de Chico, testigos de su búsqueda de significados. En suma, la intuición crítica que desarrollan estas páginas comprende la lectura como una caleidoscópica experiencia que la multiplica en el interior del sujeto. Es decir, del lector. Y también, claro, del lector del lector.
Hay en Un hombre espera una propuesta crítica y también otra propuesta temática. La búsqueda de sentidos no se realiza en el tiempo de Gabriel y Galán, sino en sus espacios. El tema medular de este libro es la construcción significativa del lugar. Su conversión en tema. Y al paso de la indagación literaria se desgranan las ideas locativas de Álex Chico: sobre los lugares leídos, perseguidos, los vivos y los muertos, los que se acaban y los que se repiten, los fragmentados, los que se extinguen y los que ofrecen confianza, los que despiertan la capacidad fabuladora… E incluso los lugares que descubren que aquello que se había leído como ficción es real. Un indicio más de que tal vez, cuando acabe el XXI, alguien recuerde que el lugar ha sido —será— el gran tema de este siglo.



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