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El balcón de enfrente

lunes, 5 de septiembre de 2016

María Elvira Lacaci subrayada por Lorenzo Gomis


En el mercado dominical de libros viejos de San Antonio descubro un lote que perteneció a Lorenzo Gomis (1924-2005). No es descubrimiento de gran perspicacia, pues la mayoría están dedicados. Dedicatorias tan cordiales como distantes. «Con admiración y afecto» dice el libro que tengo delante. En el montoncito descubro algunas primeras ediciones de libros valiosos para mí, que conocía por recopilaciones completas. Y un título desconocido, Sonido de Dios (Adonáis CCIV, Madrid, 1962). Su autora, María Elvira Lacaci (1928-1997), no suele frecuentar antologías ni panorámicas generacionales, sin embargo, con el tiempo me ha gustado encontrar sus libros, intimar con ellos y apreciarlos. A veces se valoran nombres que el academicismo acartona al cabo del tiempo y, por el contrario, se olvidan otros que el descuido crítico mantiene vivos. La reducción, por otra parte, de una época a unos cuantos escritores tópicos cierra la puerta a su auténtica riqueza: el contexto.
    En eso pensaba dando vueltas en las manos a este Sonido de Dios. Título que, por tan ajeno a las preocupaciones de la poesía actual, aumenta su atractivo. Está inscrito sobre un motivo recurrente de la época: «Silencio de Dios», aunque resulte su opuesto. O mejor, casi opuesto. Porque el oxímoron completo sería «Palabra de Dios». Sonido no es aún palabra, es sensación. Y este es el encanto del libro: despojemos a Dios de su significado religioso y el libro de María Elvira Lacaci se alza como una espléndida meditación sobre aquello que al mismo tiempo está en la vida, pero no está en la razón. Ese es su sonido.
    El libro está dedicado a Lorenzo Gomis, tal como se ha citado arriba. Ambos tenían una edad similar y también afinidades. María Elvira Lacaci tenía 34 años cuando firmó la primera página de este volumen con unas letras grandes, seguras, orgullosas tal vez. Y Lorenzo Gomis debió de abrir los pliegos y lo hizo con práctica y cuidado. Sólo dejó intonso el penúltimo, donde Adonáis imprimía completo su catálogo en todos los títulos. Pero sí separó las dos últimas páginas del último, quizá para ver el colofón. Abrir los libros es una tarea que no echo de menos, en general. Pero en la que reconozco un contacto previo con el libro, casi artesanal, azaroso, que añadía a la lectura una preparación manual que ha desaparecido. Una voluntad también. O al menos, un tiempo. Que me eduqué al final de esta práctica impresora de pliegos intonsos es la impaciencia con la que, según recuerdo, realizaba la tarea. Gomis, o quien abriera las páginas de este libro en 1962, no la muestra haberla sentido. Su gesto con el abrecartas es perfecto y mantenido hasta el final.
    El tercer poema del libro es un soneto, «Mis huesos», y me sobresalta una intervención. Está hecha a bolígrafo, azul. Una raya junto al octavo verso, que continúa luego, con un único trazo, a lo largo de los tercetos: «Cuando la vida daña, cuando es dura // esta forma de huesos me descansa. / Abro mis brazos perezosamente / y así todo el dolor flota. Se amansa. // Es algo que Dios da. La anatomía / en forma de madero. Levemente / uno se tiende sobre su agonía». Leo el soneto de María Elvira Lacaci, pero la intervención de otro lector —que identifico con Lorenzo Gomis— modula mi lectura. El poema identifica el cuerpo humano con la cruz de Cristo, pero ya solo puedo leerlo desde el subrayado de quien lo ha leído antes. Y descubro la paradoja que ha visto en esa parte final: la agonía de Cristo como descanso del cuerpo mortal.
    A partir de este momento leo los poemas, pero aguardo las señales del lector previo. Tres poemas más tarde encuentro otra raya a bolígrafo. Esta solo ocupa dos versos: «en medio de las sombras. / En medio del silencio de otros hombres». Antes, en la primera estrofa, en el margen izquierdo hay un círculo escrito al margen. ¿Un cero? Lo evoca. La estrofa, algo tópica, no es un inicio afortunado del poema. ¿Significa ese círculo, tímidamente apartado del texto, un signo de disgusto? Es posible. Los dos versos subrayados enmiendan, entonces, la valoración del poema. Aportan una idea con interés: el silencio, ahora, de los hombres. El poema siguiente traza dos mínimas líneas verticales frente a dos versos, separados por otros dos: «Los ciegos / […] / es todo tacto para tu presencia». La belleza de la metáfora llega hasta mí desde Lacaci, pero atraviesa el breve destello lector de Gomis. La ceguera resuelve la paradoja esencial del libro: lo que está sin estar, pero se siente. Si la razón se identifica con la vista, el conocimiento a través del tacto, es decir de los sentidos, es el Sonido de Dios. Ni silencio, ni palabra.
    Dos poemas más adelante, en el texto «No puede ser tu voz», descubro un único verso señalado con el bolígrafo: «—y arrastrando saber en sus sandalias—». Celebro junto al lector primero el acierto de la imagen. De repente uno percibe que aquellos sabios antiguos admirables caminaban de un lado a otro en sandalias. Es como una breve epifanía compartida: la repentina carga de significado trascendente de un elemento cotidiano y trivial.
    El poema que sigue, ya en la segunda sección de Sonido de Dios, muestra dos signos difíciles de interpretar. La primera palabra, «Y», aparece subrayada. Debajo. Con una línea en la que la tinta del bolígrafo, diáfana de la actitud de quien escribe, aparece con trazo grueso, seguro, intenso. Y en el último verso de la primera estrofa, ahora en el margen derecho, más cerca del final de la hoja que de las palabras, de nuevo aparece el círculo. Ahora más ovalado y tumbado. El verso, que no anoto, no me parece afortunado.
    En el poema siguiente, «Tú en mis ojos», el lector primigenio subraya una comparación en el interior de un versículo: «como piedra que estuviera latiendo». También el acierto del oxímoron me alcanza por la doble vía. Un poeta que lee a una poeta y yo que al cabo de las décadas leo a la autora y al lector, juntos. Hermosa imagen. Está en la página 27, el libro se extiende por 61 páginas más, pero ya no encuentro ninguna otra señal. Esta es la última. Ignoro por qué.
    La lectura, sin embargo, aún me depara otra sorpresa. Uno de sus poemas finales se titula «El caballo». Evoca una anécdota concreta: «Fue en un circo de pueblo. Hecho con lonas. / En la pista, un precioso caballo». El caballo, publicado en 1951, es el título del primer libro de Lorenzo Gomis, y uno de los libros esenciales de su generación. El poema introductorio concluye con estos versos: «Yo contemplaba el mundo, / el caballo de circo que giraba armonioso / en el patio redondo con un árbol en medio». Ninguna señal del lector primero, sin embargo, permite especular qué pensaría sobre el poema de María Elvira Lacaci, que recrea una anécdota nada distante del tono general del libro de Gomis. El encuentro de ambos textos, poema y libro, ahora solo lo realiza el segundo lector, a cincuenta y tantos años de distancia. Leyéndolos los dos al mismo tiempo.
   No quiero acabar esta lectura de Sonido de Dios sin desvelar una de las rayitas laterales, que he realizado yo, ahora a lápiz, en el poema «Stabat Mater». Un endecasílabo en cuyo laconismo y sequedad reconozco la poética que comparto, como segundo lector, con María Elvira Lacaci: «Sábado Santo. Tarde gris. La calle». En este verso quien vivió su infancia en los años en los que este libro estaba en las librerías ha de ver despertar la memoria de las Semanas Santas de entonces, tan certeramente enunciada. Con un laconismo tan exacto.

[Inédito]

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