El balcón de enfrente

domingo, 23 de abril de 2017

Lo que Leonardo no quiso pintar. «El peligro de los círculos» de Fernando Sanmartín


Fernando Sanmartín 
El peligro de los círculos 
La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017

Tal como ocurre en El peligro de los círculos, los libros de poemas de Fernando Sanmartín (1959) están compuestos por varias partes, tres o cuatro, señaladas con números romanos. Son secciones que encabeza una cita, y a continuación los poemas, también intitulados, tienden a estar construidos por versos de arte menor que, cuando ocupan varias estrofas, utilizan la anáfora para estructurarse. Estos rasgos formales, previos al desarrollo léxico y semántico del libro, no carecen de interés. Hay un único título que sirve para el conjunto, el del libro, y las señales significativas aparecen en la voz de otros autores, que sitúan los textos en una perspectiva connotativa. Así, por ejemplo, la parte «I» se inicia con una cita de Vladimir Holan («Al apagar la vela sientes alguna vez que has comprendido»), connotación que se concreta inmediatamente en el primer poema («Añoro las noches en Roma, / tu desorden…») y en los siguientes («la contraseña / para acceder / a la ausencia»). Estas mínimas concatenaciones que tejen lo formal, tan austero, con los significados, tan evanescentes, resultan esenciales para la comprensión de la poesía de Fernando Sanmartín, escrita con materiales tan leves y con una dicción tan delicada y sutil que corren el peligro de diluirse en la lectura. 
    Del título, el propio autor da cuenta en una estrofa de tres versos tras un retrato impresionista de un personaje femenino: «Leonardo da Vinci / que conoció el peligro de los círculos / nunca la hubiera retratado». La paradoja en la que prende el libro, tras el subrayado de estos tres versos, es que el poeta sí la ha retratado en los versos que preceden, es decir, «el peligro de los círculos» —la realidad en incesante movimiento que solo avanza cuando retrocede, y viceversa— es precisamente el trabajo del lenguaje, que lejos de fijar lo más sutil, como la sonrisa renacentista en el lienzo, vive en el vaivén constante entre presente y pasado («Añoro las noches en Roma…»), y entre pasado y presente («y utilizo / recuerdos / como un pasaporte diplomático»). 
    Citas y título crean el escenario donde los poemas van a interpretar su «comprensión» de los «círculos», pero el libro no contiene esta interpretación. Apenas hay algunas pistas. Los poemas de Fernando Sanmartín están construidos exclusivamente con vestigios. Para entender cómo opera el poema, elijamos el más breve del libro —cuatro versos, dieciséis sílabas—, «Un deseo: / no ser / el insomnio / de la lejía». Imagen que bien puede comprenderse por sí misma: la devoradora obsesión por la limpieza. Ahora bien, en un libro anterior, Infiel a los disfraces (2008), un poema más extenso sobre su «ciudad» proporciona otra clave, en el libro presente emboscada: «Mi ciudad es lejía / que usa un cirujano / para limpiar la noche. / Porque la basura envejece». El «deseo» ahora cobra otro sentido: «no ser» devorado por el empeño inexorable del tiempo, que es el olvido. De hecho, el significado se podría dar en positivo: «ser memoria» —o como empieza otro poema: «Jugar con la memoria»—, y así se comprende que en su brevedad el texto le ofrezca un lema al libro. 
   Aunque algunos inicios de poema remiten a una reconstrucción de esta memoria («Hace mucho tiempo, / como en otra vida, / iba por las noches / a escuchar jazz…»), los textos no tratan de revivirla, sino solo de evocar sus vestigios. Lugares despojados de lo que los distingue, rostros perdidos en el tiempo, fragmentos de vida fugaz, ecos de palabras que se pronunciaron, situaciones cuya «…única herencia / es la despedida». Todo ello emerge reunido sin ninguna gramática recreadora; al contrario, con la incertidumbre que generó cada encuentro («qué soy? / acaso miedo?»). Y que continúa generando en el presente. El peligro de los círculos.

[Clarín nº 128, marzo-abril de 2017]

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