El balcón de enfrente

sábado, 29 de abril de 2017

RAFAEL PÉREZ ESTRADA INÉDITO


La sociedad literaria muestra en ocasiones una actitud reverencial frente a la obra no publicada de un autor ya fallecido; es decir, frente a sus «inéditos». En esta disposición a subrayar la excelencia de lo desconocido se adivina la obvia tendencia del duelo que manifiesta sus nostalgias, es cierto; pero con frecuencia la insistencia en lo inédito actúa como cortina que menosprecia lo editado. Que los inéditos se hayan convertido en un mito de la época tal vez se deba a que la dimensión auténtica de algunos de los más influyentes escritores del siglo XX solo se haya descubierto con carácter póstumo, tras la edición de cuanto —a veces casi todo— quedó sin publicar. Los casos de Franz Kafka o Fernando Pessoa sirven, por sí mismos, para convertir en mito lo inédito. También es posible que pesen las decisiones sobre la excelencia literaria que toma la posteridad, que tienden, en general, a privilegiar obras que en su época transitaron sin excesivo reconocimiento ni elogios, y a dejar a las que sí los disfrutaron en el limbo de las notas a pie de página. 
    Que la sociedad literaria del presente continúe, guiada por las inercias o por los mitos, reverenciando la publicación de «inéditos» no es una anomalía excesiva, aunque se ha convertido en una concepción anacrónica dentro de una época que empieza a no distinguir los límites entre lo que se considera editado —y no ha salido de un almacén— y lo que está presente en la red —e inédito—. Por otra parte, cada vez es más raro el autor que no haya podido imprimir alguna de sus obras relevantes, y salvo en los textos inacabados, los inéditos de un escritor actual con frecuencia se limitan a lo que en vida decidió no publicar. Cabe preguntarse entonces, ¿es lícito rehacer la imagen de una obra literaria con los materiales de los se prescindió para construirla? 
    En el caso de Rafael Pérez Estrada, tras su fallecimiento en el año 2000, entre los papeles que forman su legado y se conservan en la sala que lleva su nombre, en el Archivo Municipal de Málaga, se descubrieron, es cierto, algunos textos poéticos que no habían visto la vida que otorga el papel y la tinta. Este conjunto de inéditos tenía una doble procedencia. Por una parte, se hallaron dos series —«Los sueños de Tremecén» (1987) y «Días de Marrakech» (1991)—, ambas completas y corregidas, que posiblemente pensó publicar en alguno de sus títulos, pero que, por alguna razón que desconocemos, luego descartó. También aparecieron diversas carpetas, datadas todas en los 90 y etiquetadas con el año de composición, que contenían textos poéticos que quedaron fuera de las ediciones de aquellos años. Este grupo forma el primer conjunto de textos inéditos. Por otra parte, quedó sin publicar también el último libro de poesía escrito por Rafael Pérez Estrada, titulado La memoria me está dando una tarde imposible y fechado en 1997. En julio de ese año el autor envió el manuscrito a un editor interesado en su obra, que estuvo a punto de publicarla, aunque por mutuo acuerdo se prefirió imprimir un título de carácter antológico. Una parte sustancial de este último libro la adelantó el poeta en el volumen de homenaje que le tributó la editorial Calambur en 1999, El levitador y su vértigo, que contenía junto a estos poemas una selección de artículos sobre su figura literaria. Todo este conjunto de obra inédita vio la luz con carácter póstumo en dos volúmenes: Bajo el cielo indeciso (Calambur, col. Poesía nº 50, Madrid, 2004) y Testamento (El Castillo del Inglés, C. C. Generación del 27, Málaga, 2006), este en edición no venal. 
    Más interés que los inéditos de un autor que ha fallecido quizá tenga en este momento histórico el cuestionarse qué continúa desconocido de una obra publicada. En el caso de Rafael Pérez Estrada esta es, sin duda, la pregunta fundamental: más decisivo tal vez que los poemas olvidados en carpetas resulten las ediciones que realizó al margen del comercio convencional de los libros, en mínimas editoriales vinculadas a proyectos artísticos o emergentes, pequeños cuadernos artesanales de tirada reducida y distribución marginal. Lugares que el poeta siempre privilegió a la hora de decidir dónde publicaba sus libros: «Y si esa edición fuera bella, incluso de bibliófilo, disfrutaría mucho más», confesó en la entrevista que le hizo Jesús Aguado. Y este laberinto que conforman sus títulos publicados acaso posea un significado, un dibujo en el tiempo, un recorrido que esté por descubrir. Como sigue siendo aún ignorada la relación que hay entre sus libros editados y la colección de libros manuscritos —con título propio, poemas y dibujos— que se conservan en el legado, de los que solo se conoce la edición facsímil de uno: Imágenes [1986] (Ayuntamiento de Málaga, 2002). Son aspectos inexplorados que un día proporcionarán una dimensión inédita de la obra poética de Rafael Pérez Estrada. 
    De la obra en otros géneros —narrativa, teatro o ensayo— también han quedado originales sin publicar. Existen tres novelas inéditas: Los domingos perdidos [1977], Sebastián [1984-85], Hipólito [inédito, 1986], en diferentes estadios de escritura. Una acabada y corregida; otra que, pese a estar concluida, el autor no acabó de corregir ni mecanografiar, y una tercera inacabada, posiblemente porque fuera descartada en favor de nuevos proyectos literarios que en aquel momento de transición —esta hubiera sido su último título del primer período creativo— le sedujeron con mayor intensidad. Pero igual que ocurría con la poesía, lo verdaderamente inédito es la lectura conjunta y significativa de los libros en verso, prosa y teatro publicados entre 1968 y 1985, escritos con una voluntad de innovación cuya extensión y valor están por desvelar. 
    Cuando reunió en el volumen Pequeño teatro (Alfar, Sevilla, 1998) una colección de brevísimos textos dramáticos que había escrito durante los años 90 con un gusto renovado por la escritura teatral, dejó fuera de la selección una pieza, «El cuerpo deseado», escrita en 1995, que se publica ahora por primera vez en las páginas de Litoral. No creo que exista ninguna razón objetiva para su exclusión. Es un texto que escribió con gusto y cuyo manuscrito envió a sus amigos para celebrar con ellos el hallazgo imaginario de este «único acto». Y es, de hecho, una espléndida pieza literaria donde se entrecruzan símbolos como en una delicadísima celosía. 
   El otro texto inédito que aparece en estas páginas, «Un intento urgente de autobiografía literaria», escrito durante el verano de 1990, tiene su origen en un encargo editorial. Cuando se encontraba en prensa el Libro de los Reyes (y obra poética 1985-1989) (Anthropos, Barcelona, 1990), la editorial decidió dedicarle un número monográfico de la revista Anthropos cuyo sumario se abría con una autobiografía intelectual del autor homenajeado. Para cumplir con este requisito Rafael Pérez Estrada realizó una entrañable evocación de sus inicios como escritor, una revisión crítica de su obra y consignó con lucidez algunos de sus principios literarios esenciales, así como el recuerdo de las amistades literarias más significativas. Posteriormente se reunieron los textos críticos que debía acompañar el número monográfico, pero por diferentes avatares de la editorial esta no los llevó a imprenta. Y el texto se quedó en el limbo de los papeles que no han conocido edición hasta que la revista Litoral lo recupera ahora como un regalo que llegara con veintiséis años de retraso a los lectores de Rafael Pérez Estrada. 
    A la hora de cerrar este capítulo sobre la obra inédita del poeta queda pendiente, sin embargo, apuntar la existencia de una escritura desconocida que posiblemente algún día ofrezca una sorpresa literaria de dimensiones ahora ni siquiera imaginables. Su prosa memorialista. Diarios y cartas en los que el ingenio verbal y creativo de su escritura moldea no solo el fruto de una imaginación sin límites, sino también, y especialmente, el paso de sus días y la importancia que en ellos fueron cobrando los recuerdos. 
    Y para acabar, nada mejor que una muestra. Entre las páginas del manuscrito de La memoria me está dando una tarde imposible, que he consultado para la redacción de estas notas, encuentro una carta dirigida al editor que se interesó por él, fechada el 9 de julio de 1997, que acaba, tras un curiosa despedida: «Electroabrazos» —en aquellos años estrenaba su primer ordenador, tal como había anunciado en la primera línea de la epístola: «Adicto al ordenador, aquí me tienes convertido en un pendolista de sus tipos de letras»—, con una postdata que no me resisto a copiar aquí como un inédito más del genio creador en todos los aspectos y facetas de la vida que fue Rafael Pérez Estrada: P.S. De muchacho conocí en el Colegio de Procuradores al último pendolista. Un anciano amable y muy barroco que me regaló mi nombre y apellidos caligrafiados a la inglesa. Aquella escritura era como un milagro de repostería. Supongo que se la habrán comido las moscas.

[Litoral nº 261 «Rafael Pérez Estrada / El demiurgo», 2016]

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