Unos amigos me peguntan, en la
tertulia semanal, por un efímero episodio periodístico que ocurrió hace ahora,
exactamente, cuarenta años. Para ilustrarlo, exhumo algunos recortes que
conservo en carpetas donde las gomas están casi pegadas al cartón por su nulo
uso. Y encuentro el papel de los diarios debidamente oscurecido por una edad
inadecuada para su función, que era ser leídos durante una única jornada de
hace cuatro décadas.
Tenía
entonces, en 1985, veinticinco años y acababa de pasar dos cursos escolares en
Lisboa. Había escrito una tesina sobre las revistas literarias de la época que
habían acogido la obra de los poetas de Orpheu,
evidenciando relaciones de diversos tipos, desde la complicidad hasta el
recelo, entre las que no se excluía una sospechosa censura de los nombres más
radicales del movimiento. Un día, como broma lateral a esta investigación, se
me ocurrió escribir una tergiversación crítica de filiación también pessoana.
En mi lectura de los poetas portugueses había observado un hecho que me parecía
relevante. El influjo de Pessoa sobre la generación que le sigue, con la que
coincidió algunos años, no se evidenciaba desde la figura compleja y articulada
de los heterónimos en su conjunto, que es el fenómeno literario más relevante
de la obra pessoana, sino que la influencia sobre estos poetas, jóvenes durante
los últimos años de Pessoa, se hacía patente solo a través de un único
heterónimo. El caso más evidente era el de Adolfo Casais Monteiro (1908-1972),
que muestra un ascendiente notable de Álvaro de Campos, pero en su obra no se
puede rastrear ningún matiz que indique que leyera con igual atención al resto
de heterónimos. La misma afirmación se podía realizar de otros poetas de su
generación, que en su caso presentan sintonías con el mundo rural de Alberto
Caeiro o con el clásico de Ricardo Reis, pero no parece que hubieran leído
nunca al ingeniero De Campos. Con esta impresión crítica se me ocurrió urdir
una pequeña broma, que es por la que mis amigos tertulianos han sentido
curiosidad.
Escribí
el artículo en 1985, no recuerdo muy bien la fecha y no veo que aparezca en el
recorte que conservo, y lo envié al suplemento literario Borrador, del Diario de Avisos de Tenerife, que
dirigía mi añoradísimo amigo Fernando Senante (1959-2025), en cuya memoria
recupero estos recortes. La pieza ficticia la envié también a otros diarios con
los que colaboraba, todos de carácter regional, que era lo que solía hacer en
aquella época, actuando como autor y agencia de noticias al mismo tiempo. Y
tengo la certeza de que se publicó en un periódico andaluz y también en El
Norte de Castilla. Y es posible que en alguno más.
El
artículo iba firmado con el nombre de mi madre, en función de periodista del Diario de Avisos, quien entrevistaba a
un joven investigador llamado Clemente Casín, que es el nombre y segundo
apellido de mi abuelo, pseudónimo que usaba de modo corriente en la época para
firmar los escritos de crítica literaria. Y en él informa que el joven
estudioso de Fernando Pessoa había descubierto que el célebre poeta portugués
no había existido; era, en realidad, una ficción. Ocurrencia de un grupo de
poetas de la generación siguiente que, preocupados por el escaso eco de la
literatura portuguesa en Europa, decidieron crear un poeta que deslumbrara por
su capacidad de ser al mismo tiempo múltiples poetas diferentes. Para ello cada
uno aportó parte de su obra. Es decir, que Fernando Pessoa no había existido
nunca como tal y era el fruto de una invención literaria como lo fue el Rey
Arturo, cuyo creador lo presentó como una investigación histórica. La broma de Pessoa.
Para mi sorpresa, al poco tiempo
de la publicación del artículo, el crítico, biógrafo de Pessoa y novelista João
Gaspar Simões, uno de los personajes que citaba en la historia ficticia, y al
que atribuía un mayor protagonismo en el «embuste Pessoa», publicó una página
entera del Diário de Notícias de
Lisboa, el 12 de mayo de 1985, con una respuesta increíblemente seria a mi
inocente bufonada. En la que además de desmentir todas las afirmaciones del mi
pseudónimo Clemente Casín, obviamente, elogia a su autor como ya nunca más, en
los cuarenta años que han seguido a este artículo, nadie me ha elogiado: «Pero,
sin duda —afirma João Gaspar Simões—, quien ha forjado o inventado este texto o
esta “broma” no solo muestra tener un conocimiento muy firme del carácter de
los varios heterónimos de Fernando Pessoa, sino que también muestra un
conocimiento no menos seguro del carácter de los escritores que utiliza como
sustitutos o inventores de los mismos heterónimos». Lo dice en la columna
cuarta de su artículo, y tras corroborar la pertinencia de las afirmaciones que
realizo en la ficción, en la columna quinta vuelve a insistir en el elogio: «No
tengo ninguna duda de que quien inventó esta “broma” o esta “greguería” como
diría Ramón Gómez de la Serna, si no era portugués —y es posible que lo sea—,
conocía muy de cerca la generación de Presença
—los poetas de la generación
presencista— e incluso, razonablemente, por lo menos un poeta de la generación
de los Cadernos de Poesia, Jorge de
Sena. (Diríamos, incluso, que conocía mejor a Jorge de Sena de lo que Jorge de
Sena se conocía a sí mismo)». Otorgarme la sospecha de la nacionalidad
portuguesa es el elogio más importante que he merecido durante cincuenta años
de escritura. Es una pena que ocurriera hace tantos años y luego no se haya
vuelto a repetir.
El
artículo de João Gaspar Simões, para quienes tengan a mano una lupa y paciencia,
es este:
Pero la broma continuó. Arnaldo
Saraiva (1939), crítico brillante y poeta, se hizo eco de la polémica en un
precioso artículo:
Dos años más tarde, en 1987, Gonzalo
Torrente Ballester publicó una novela, Yo
no soy yo, evidentemente (Plaza Janés Ed. Barcelona, 1987), con un extraño
argumento, al inicio del cual se declara: «No existe constancia documental de
que los libros de que se trata aquí se hayan jamás escrito ni publicado.
Tampoco existen noticias de sus autores. Todo hace pensar que se trata de un
fraude. Pero ¿quién sabe?». Lo curioso de esta novela de un enigmático Torrente
Ballester es que en una entrevista de la época contó que se le había pasado por
la cabeza escribirla cuando un día en El Norte de Castilla leyó la noticia de
que Fernando Pessoa no había existido.





No hay comentarios:
Publicar un comentario