Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

martes, 6 de enero de 2026

El Rey Arturo y Fernando Pessoa



Unos amigos me peguntan, en la tertulia semanal, por un efímero episodio periodístico que ocurrió hace ahora, exactamente, cuarenta años. Para ilustrarlo, exhumo algunos recortes que conservo en carpetas donde las gomas están casi pegadas al cartón por su nulo uso. Y encuentro el papel de los diarios debidamente oscurecido por una edad inadecuada para su función, que era ser leídos durante una única jornada de hace cuatro décadas.

         Tenía entonces, en 1985, veinticinco años y acababa de pasar dos cursos escolares en Lisboa. Había escrito una tesina sobre las revistas literarias de la época que habían acogido la obra de los poetas de Orpheu, evidenciando relaciones de diversos tipos, desde la complicidad hasta el recelo, entre las que no se excluía una sospechosa censura de los nombres más radicales del movimiento. Un día, como broma lateral a esta investigación, se me ocurrió escribir una tergiversación crítica de filiación también pessoana. En mi lectura de los poetas portugueses había observado un hecho que me parecía relevante. El influjo de Pessoa sobre la generación que le sigue, con la que coincidió algunos años, no se evidenciaba desde la figura compleja y articulada de los heterónimos en su conjunto, que es el fenómeno literario más relevante de la obra pessoana, sino que la influencia sobre estos poetas, jóvenes durante los últimos años de Pessoa, se hacía patente solo a través de un único heterónimo. El caso más evidente era el de Adolfo Casais Monteiro (1908-1972), que muestra un ascendiente notable de Álvaro de Campos, pero en su obra no se puede rastrear ningún matiz que indique que leyera con igual atención al resto de heterónimos. La misma afirmación se podía realizar de otros poetas de su generación, que en su caso presentan sintonías con el mundo rural de Alberto Caeiro o con el clásico de Ricardo Reis, pero no parece que hubieran leído nunca al ingeniero De Campos. Con esta impresión crítica se me ocurrió urdir una pequeña broma, que es por la que mis amigos tertulianos han sentido curiosidad.

         Escribí el artículo en 1985, no recuerdo muy bien la fecha y no veo que aparezca en el recorte que conservo, y lo envié al suplemento literario Borrador, del Diario de Avisos de Tenerife, que dirigía mi añoradísimo amigo Fernando Senante (1959-2025), en cuya memoria recupero estos recortes. La pieza ficticia la envié también a otros diarios con los que colaboraba, todos de carácter regional, que era lo que solía hacer en aquella época, actuando como autor y agencia de noticias al mismo tiempo. Y tengo la certeza de que se publicó en un periódico andaluz y también en El Norte de Castilla. Y es posible que en alguno más.

         El artículo iba firmado con el nombre de mi madre, en función de periodista del Diario de Avisos, quien entrevistaba a un joven investigador llamado Clemente Casín, que es el nombre y segundo apellido de mi abuelo, pseudónimo que usaba de modo corriente en la época para firmar los escritos de crítica literaria. Y en él informa que el joven estudioso de Fernando Pessoa había descubierto que el célebre poeta portugués no había existido; era, en realidad, una ficción. Ocurrencia de un grupo de poetas de la generación siguiente que, preocupados por el escaso eco de la literatura portuguesa en Europa, decidieron crear un poeta que deslumbrara por su capacidad de ser al mismo tiempo múltiples poetas diferentes. Para ello cada uno aportó parte de su obra. Es decir, que Fernando Pessoa no había existido nunca como tal y era el fruto de una invención literaria como lo fue el Rey Arturo, cuyo creador lo presentó como una investigación histórica.  La broma de Pessoa. 


Para mi sorpresa, al poco tiempo de la publicación del artículo, el crítico, biógrafo de Pessoa y novelista João Gaspar Simões, uno de los personajes que citaba en la historia ficticia, y al que atribuía un mayor protagonismo en el «embuste Pessoa», publicó una página entera del Diário de Notícias de Lisboa, el 12 de mayo de 1985, con una respuesta increíblemente seria a mi inocente bufonada. En la que además de desmentir todas las afirmaciones del mi pseudónimo Clemente Casín, obviamente, elogia a su autor como ya nunca más, en los cuarenta años que han seguido a este artículo, nadie me ha elogiado: «Pero, sin duda —afirma João Gaspar Simões—, quien ha forjado o inventado este texto o esta “broma” no solo muestra tener un conocimiento muy firme del carácter de los varios heterónimos de Fernando Pessoa, sino que también muestra un conocimiento no menos seguro del carácter de los escritores que utiliza como sustitutos o inventores de los mismos heterónimos». Lo dice en la columna cuarta de su artículo, y tras corroborar la pertinencia de las afirmaciones que realizo en la ficción, en la columna quinta vuelve a insistir en el elogio: «No tengo ninguna duda de que quien inventó esta “broma” o esta “greguería” como diría Ramón Gómez de la Serna, si no era portugués —y es posible que lo sea—, conocía muy de cerca la generación de Presença  —los poetas de la generación presencista— e incluso, razonablemente, por lo menos un poeta de la generación de los Cadernos de Poesia, Jorge de Sena. (Diríamos, incluso, que conocía mejor a Jorge de Sena de lo que Jorge de Sena se conocía a sí mismo)». Otorgarme la sospecha de la nacionalidad portuguesa es el elogio más importante que he merecido durante cincuenta años de escritura. Es una pena que ocurriera hace tantos años y luego no se haya vuelto a repetir.

         El artículo de João Gaspar Simões, para quienes tengan a mano una lupa y paciencia, es este:

Pero la broma continuó. Arnaldo Saraiva (1939), crítico brillante y poeta, se hizo eco de la polémica en un precioso artículo: 

Dos años más tarde, en 1987, Gonzalo Torrente Ballester publicó una novela, Yo no soy yo, evidentemente (Plaza Janés Ed. Barcelona, 1987), con un extraño argumento, al inicio del cual se declara: «No existe constancia documental de que los libros de que se trata aquí se hayan jamás escrito ni publicado. Tampoco existen noticias de sus autores. Todo hace pensar que se trata de un fraude. Pero ¿quién sabe?». Lo curioso de esta novela de un enigmático Torrente Ballester es que en una entrevista de la época contó que se le había pasado por la cabeza escribirla cuando un día en El Norte de Castilla leyó la noticia de que Fernando Pessoa no había existido. 

CaoCultura. 5 de diciembre de 2025. Enlace.

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