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El balcón de enfrente

viernes, 28 de junio de 2013

Un solitario en la redes sociales.


La asociación de escritores, ACEC, organiza una sesión técnica sobre blogs. Un encuentro con técnicos. Un especialista en el mundo digital y un informático. Una buena idea. Acuden escritores que, la mayoría, como yo, contamos ya con un blog. No se trata, advierten, de hablar de contenidos. Cada autor decide su propio contenido, sino de la difusión de esos contenidos a través de la red. Una parte de la conversación se la lleva el debate cocacola-pepsi de los blogs. ¿Blogger o Word Press? Imagino fácilmente a Hamlet ante la calavera de su obra literaria sin saber qué plataforma elegir. 
 Los técnicos nos explican las técnicas que existen para posicionar —la palabra es fea, pero adecuada a la fealdad del concepto— nuestros blogs. Para lograr que se divulguen entre un mayor número de personas, es decir, que aumente la cifra del contador de visitas. La cifra del contador de visitas es un plagio inocentón de las cifras de ventas de las novelas. Los novelistas se retan a miles de ejemplares, sabiendo que cada unidad significa un euro y pico en sus bolsillos. Es un reto con sentido. El dinero siempre le da sentido a creencias y virtudes. También, claro, a los valores literarios. El problema de los blogs es que su cifra de contador de visitas no significa absolutamente nada. No tiene sentido. Basta que se contraste con las búsquedas de Google que han conducido hasta un blog para darse cuenta de que hay visitas que restan en lugar de sumar. 
 Me llamó la atención —aunque tal vez solo fuera una impresión subjetiva— que todos los escritores presentes estuvieran de acuerdo con el principio de que un blog debe tener el número más alto de visitas posible como indicativo de la divulgación de sus contenidos. De hecho, tal vez yo mismo, que no me quejé ante esta idea en público, también parece que asienta. 
  Pero el caso es que pensé que todos creían interesante tomar nota de los sistemas que aumentan las visitas al blog. Este es uno de los aspectos que más me llaman la atención de la rápida expansión de los mecanismos en red relacionados con la literatura, fomentan las actitudes técnicas acríticas. El lema es: si tal procedimiento técnico aumenta la divulgación de mis contenidos, hay que ponerlo en práctica. El escritor así, y de partida, se convierte en un ser con dos personalidades, la que escribe y la que divulga. Divulgar requiere procedimientos técnicos propios de la venta de productos. Que sea gratuito el producto que vende no impide que el procedimiento empleado sea propio del marketing. Pensar en términos de marketing no es pensar como un escritor, creo. Es pensar con otra personalidad, acaso opuesta. Así que el escritor debe escribir y luego debe realizar otras tareas para enviárselo al lector: ha de etiquetarlo concienzudamente, enviar boletines anunciándolo, colocar enlaces en las redes sociales… Con posibilidades de sofisticación: conocer a través de una aplicación informática si el receptor del boletín lo llegó a abrir o lo mandó a la basura intacto. Ha de posicionar —segunda vez que uso esta palabra… en toda mi vida— lo escrito en los motores de búsqueda, llegar hasta el público potencial, fidelizar a quien aparece por el blog despistado… Todas estas acciones me dio la impresión de que se consideraban moralmente buenas a priori. Sin siquiera debatirlas. Es más, me pareció que esta es una característica de la red. Quien la asume, lo asume. 
 Es posible que los tiempos exijan esa doble personalidad del escritor: que escriba y que divulgue. También se lo piden ciertos editores de libros, sobre todo si le otorgan un premio cuantioso. Lo de cuantioso podía explicar, sin embargo, la dedicación posterior a la promoción, incluida incluso en las cláusulas del contrato. De hecho, me doy cuenta también de que dispongo de datos que parecen corroborar esta exigencia de los tiempos. Los autores más activos en la autopromoción de su obra se convierten pronto en escritores conocidos. Y los sistemas de aumentar visitas funcionan. He probado uno, el más discreto; he colocado un enlace en una entrada de Twitter, e inmediatamente he comprobado que las visitas al blog se multiplicaban por cuatro. Es decir, no solo es una creencia técnica con la que asienten los escritores de blogs, da la impresión de que es la sociedad la que cree que las cosas han de ser así. Que los escritores han de divulgarse y autopromocionarse. Que la sociedad solo está atenta a las promociones, como esos consumidores que acuden al supermercado solo con vales de descuento. Es posible que todo esto sea así. Pero, ¿existe posibilidad de disidencia? 
 No la mía, desde luego. Sería aún más pretencioso que querer tener más visitas en el contador desear ser un disidente. Simplemente no me he sentido nunca cómodo realizando tareas de marketing. Y desde luego, aborrezco unir las tareas de escritor y de publicista. Desde el principio desconecté en mi blog los comentarios; etiqueté con menciones de género literario, no de contenido (en este caso con convicción: estoy seguro de que dividir la literatura en temas acabará con ella); no he anunciado, enviado, colocado enlaces ni notificado la aparición de entradas en el blog nunca a nadie. Conforme los técnicos iban explicándonos las técnicas para divulgar un blog veía con mayor nitidez mi acierto. Las detecté todas. Todas las utilicé, aunque en sentido opuesto. 
 No sería cierto, sin embargo, si dijera que no me interesaban las visitas al blog. Las he anotado regularmente desde el principio y he estudiado su evolución. Es más, con los datos de entradas de unos diez blogs de diferentes dimensiones durante varios años he detectado incluso la ley a la que responde la sorprendente regularidad en la frecuencia de consultas. En un cómputo anual de visitas, las diferencias mensuales reales no superan el 10% de la media aritmética mensual. Es decir, si un blog tuviera 1.200 visitas anules, mensualmente habría recibido una cantidad que oscilaría siempre entre 90 y 110 visitas, es decir, sin altibajos. Me pregunto, entonces, qué es lo que me aconsejó apartarme de las técnicas que aumentaban algo por lo que mostraba interés. Y voy a tratar de respondérmelo. 
 El escritor y el lector forman un binomio natural en la persona que ama la literatura. De hecho, el lector es siempre anterior al escritor, y lo natural es que sea el lector quien forme la imagen ideal de escritor que el escritor desee desarrollar. Como lector he valorado siempre el descubrimiento. La búsqueda en la tiniebla. El encuentro fortuito. Cuanto más personales búsqueda y encuentro, mayor sensación de descubrimiento. Leer es trazar mediante lecturas un camino que no ha recorrido nunca nadie antes. Es combinar en el laboratorio alquímico de la mente humana estilos y universos diversos que al entrar en relación entre sí crean un itinerario lector personal y único que se convierte en un criterio. El criterio con el que lee un escritor acaso sea su más fiable seña de identidad. La convencionalidad en el criterio lector es una enfermedad de la misma familia que la de pensar mediante tópicos. Es posible que hoy no se considere ni al tópico ni a lo convencional enfermedades, sino virtudes sociales, pero uno es como ha sido siempre, no como le tocaría ser ahora. En esta visión del lector como explorador y de la lectura como descubrimiento se ha forjado la idea de escritor con la que escribo el blog. Y para que un lector ideal pueda descubrirlo un día, el escritor que soy resulta incompatible con la tarea de divulgador de sus contenidos. Ha de ser exactamente todo lo contrario. Ha de ocultar lo que escribe. Ha de esconderlo para que si aún existen lectores que amen descubrir sus lecturas, puedan (o no) algún día encontrarle. Pero encontrarle ellos, los lectores; no los motores de búsqueda, ni los boletines con enlaces, ni los anuncios en vallas publicitarias de las páginas colectivas. Ha de estar en línea, pero ha de ser un solitario en las redes sociales.

[Inédito]

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