El balcón de enfrente

miércoles, 14 de marzo de 2018

Ricardo Molina revisitado


CORIMBO. ELEGÍA DE MEDINA AZAHARA, de Ricardo Molina 
Linteo Poesía, Orense, 2001 

La colección Linteo, dirigida por Antonio Colinas, parece empeñada en recordar a la poesía española contemporánea sus asignaturas pendientes. Empezó publicando Barco sin luces, el libro que escribió en castellano el poeta gallego Luis Pimentel, y sigue con la recuperación de dos libros del poeta Ricardo Molina (Puente Genil, 1917-1968). Es cierto que «Cántico», la revista que fundó en Córdoba, en 1947, se ha convertido no solo en una referencia obligada de la poesía de posguerra, sino acaso en la prueba de que en aquellos años aciagos no pereció la conciencia poética, pero también lo es que su obra ha permanecido durante décadas en ese limbo de los poetas a quienes nadie se acuerda de reeditar con dignidad.
    Desde sus inicios la obra de Ricardo Molina se dio a conocer de un modo fragmentario, con libros que quedaron inéditos y poemas que por temor a la censura no llegaron a la imprenta; su temprana y repentina muerte dejó varios proyectos importantes inacabados. Dos antologías han pasado por las librerías, una en 1976 y otra en 1999, y dicen las bibliografías que existe una Obra poética completa, de 1982, publicada y tal vez almacenada también por la Excelentísima Diputación.
    En este paupérrimo contexto editorial, la elección de Corimbo (1949) como propuesta de lectura actual de Ricardo Molina puede resultar igualmente fragmentaria. Publicación importante en la vida del poeta, siquiera porque al fin mereció el premio Adonais que perseguía desde años atrás, Corimbo es, sin embargo, un libro de transición, o por decirlo con el título de un poema, se sitúa «En [una] encrucijada». Y como encrucijada, hay en él poemas que evocan todas sus épocas, desde la exaltación sensual del amor adolescente y la celebración ubérrima del mundo, hasta la seca y áspera meditación existencial; pero el camino aparece desordenado y desorientado, en pleno conflicto, agónico se diría. En una vacilación constante que incluso afecta al estilo. A Corimbo llegaba Ricardo Molina tras sufrir un conflicto espiritual entre las contradicciones «del cuerpo siempre lleno de luz, de amor, de gracia, / y del alma sombría, siempre oscura, siempre vana», aunque el epicentro del libro no sea este, sino la voluntad de resurgir de las cenizas en la primavera del amor y volver a la pura sensualidad de la naturaleza: «La sabiduría está en saber poco como el ruiseñor». Y aquí precisamente prende su carácter agónico y su crisis profunda. En todo el libro late la imposibilidad de dar a ese renacimiento vital la expresión verbal que tuvo su obra antes del conflicto, por ejemplo, en las Elegías de Sandua (1948), uno de los libros sobre el amor más extraordinarios que se han escrito en el siglo XX. «Ya no necesitamos palabras»... «voz en silencio, alma en calma»... «ser aire, tierra, planta, / sin alma, sin conciencia»... Son versos dispersos que dan la medida de la crisis poética que Corimbo no consigue remontar. La estrofa final de «Ciudad por la tarde», quizá el mejor poema del libro, revela con lucidez la pérdida: «Este minuto inmenso como el mundo / donde todo palpita y cabe, es ahora mío, / ¿Qué puedo hacer? Dios me mira esperando. / Yo decidir no sé. Ha pasado mi hora». Impresionante.
    Casi una década después, la Elegía de Medina Azahara (1957) es el fruto de aquella «encrucijada». Más rotundo estilísticamente en su despojamiento y sequedad, Molina encarna las ruinas de la ciudad mítica, metáfora de la pérdida de la poesía como exaltación, cántico y gozo: «Y alguien, para quien es luz y dolor la vida, / queda en la noche oyéndolo [el ruiseñor] inmóvil, solo, mudo». 

[El Ciervo nº 615-616. Junio de 2002]

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