El balcón de enfrente

martes, 20 de marzo de 2018

Antonio Colinas y el bosque septentrional



TIEMPO Y ABISMO, de Antonio Colinas 
Tusquets editores, Barcelona, 2002 

Cuando los lectores del futuro hablen de Antonio Colinas, como hoy lo hacen quienes al tratar de Antonio Machado citan Soria o Baeza, también relacionarán Tiempo y abismo con un episodio biográfico: el cambio de domicilio del poeta, de Ibiza a Salamanca. Durante décadas la crítica se empeñó en desterrar de la consideración científica de la literatura estas observaciones concretas, estas —al parecer— interferencias de la vida en el arte. Ajenos a lo que los críticos quieren construir, los poetas continúan, como hizo Machado, escribiendo versos como estos: «¿Será de adobe y piedra, y no de rama y luz, / la casa que tendrá que cobijarme / en este tiempo (filo de cuchillo)?». Versos cuya construcción metafórica prende en la biografía concreta de Colinas, y solo desde ella irradia significado. Versos que no han sido escritos, en ningún caso, para ilustrar episodios de vida, sino para hacer la vida comprensible: «Con ellas [las palabras] pude dar sentido a mi vida». Conviene subrayar este aspecto porque no siempre la generación de Colinas —obsesionada por los trasuntos eruditos y el lenguaje en sí mismo— ha sido de este parecer con tanta rotundidad, con tal devoción lírica.
    La vida que cobra sentido en el poema es el tiempo («los años plenos que me esperan contados»), pero, tal como el poeta simboliza con la leyenda bíblica de Marta y María, éste se muestra junto a otra experiencia intangible: «su música», «el misterio», es decir, «la otra es abismo». Y si el título enmarca con exactitud la ambición temática del libro —su voluntad de captar juntos lo temporal y lo inefable de la vida—, una cita de Rilke (tras su estela se inscribe claramente este Colinas) le proporciona los conceptos esenciales: «El que cae renunciando, cae al origen y sana». Si la renuncia lo es de la luz («aquella que me ha dado cuanto sé y cuando soy»), el origen es el regreso al «noroeste», tierra de la infancia y del universo que nutrió sus primeros poemas... Y el presente que usa Rilke es en Colinas una esperanza: «Esta vez sanaré para siempre / aunque ya no retorne / aunque el tiempo se acabe».
    Además de matizar las certezas e incertidumbres de un regreso al origen, vital y simbólico, Tiempo y abismo destaca por el diálogo que el poeta establece con el bosque septentrional —espeso, oscuro, nevado... La descripción se realiza sin énfasis verbales, ajustándose a un canon machadiano del paisaje (Machado se escucha latente tras algún verso que acaso busque subrayar este magisterio: «regresa ya el otoño desde los montes negros, / desciende derramado por las riberas de oro»). Estas estampas naturales se sitúan en el fiel exacto entre la experiencia vital (el bosque es descrito por un sujeto que vemos transitar por él) y la intuición de la belleza: «ya lejos del abismo, / es fácil comprender que la belleza / es el camino de la realidad / más sublime». De esa realidad sublime, que no oculta el paso del tiempo, la muerte de seres queridos e incluso la preocupación por el deterioro del medio ambiente, hablan los mejores poemas de este libro. La segunda parte se inicia con textos que crean un preciso trasunto culturalista del tema central: la «nueva vida», aunque a estos se le suman otros escritos por circunstancias particulares que ya nada añaden al curso de la reflexión principal de Tiempo y abismo. Una tercera parte, finalmente, sitúa la meditación en un marco abstracto, fronterizo con la filosofía. En este punto el lector del presente regresa a «Penumbras del noroeste», a las estampas umbrías y nevadas del retorno.

[El Ciervo nº 619. Octubre de 2002]

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