Suecia posee dos costas diferentes,
al este la de un mar protegido por el continente, sin mareas, tranquilo, el
Báltico; y al oeste la que se abre al mar del Norte, cruzado por fuerte
corrientes, mareas y sometido por constantes y violentas tormentas. Göteborg,
en la costa oeste de Suecia, mira hacia este mar oscuro, profundo, difícil para
la navegación. También la vida en la ciudad bañada por el mar del Norte se
impregna de este carácter extremo: «Llueve / soy un esquimal / que da de comer
a los perros», son los tres primeros versos de Costa Oeste (Papeles Mínimos, Madrid, 2025), el libro que
Fernando Sanmartín (1959) ha escrito durante su estancia en la ciudad sueca. Su
obra, tanto en verso como en prosa, emerge atravesada por el espíritu del
lugar, y este es la primera característica del libro, la de captar en palabras la
singularidad del espacio que le acoge.
Propósito
que nunca es descriptivo, ni siquiera narrativo, sino lírico y vivencial. Tras
regresar de la visita a un faro en la isla de Hållö, de la que solo se
proporcionan estos dos datos, el poema interpreta el lugar desde la indagación
del sujeto en sí mismo: «he convalidado mis recuerdos / … / en un faro siempre
hay un límite / como en nosotros». El lugar necesita para expresarse solo un
nombre propio y su connotación: «Buelavar Linnégatan / la lluvia es una
epidemia y un himno». En el espacio arraiga lo que se imagina («En la isla de
Brännö / una taberna / … / rincones / la estatura de la tristeza / Dickens el
fontanero bebe un whisky») y lo que ocurre en la biografía interior:
«Biblioteca de la ciudad / en Götapltsen / leo un poema de Louise Glück / habla
del miedo de llorar...». Y cuando la connotación precisa de lo descriptivo, se huye
de cualquier estampa para detallar el absoluto azar que caracteriza el presente
vivido: «Eriksberg Färjeläje / parada del ferri para ir a Stenpiren / pareja de
turistas / tres estudiantes / un hombre en silla de ruedas / padre con una niña
tímida / yo / … / el destino se arrodilla y mira».
En los
poemas de Costa oeste, Fernando Sanmartín parte siempre de un nombre
propio, en sueco, cuya ortografía casi caligramática crea un enigma, a
diferencia del «yo», que es «un enigma sin rótulo». Ahí se sitúa el sujeto
lírico con el único protagonismo de pertenecer a un lugar en ese
instante concreto. Le acompaña a veces una sombra, en forma de evocación
literaria o directamente de una lectura. Cruzan personajes anónimos,
evocados a partir de pequeñas concreciones. Tras esta sutil evocación de Göteborg,
el poema da un salto conceptual para extraer de la situación descrita un
pensamiento al mismo tiempo certero y sorprendente.
Calle del aire, 10. Sevilla, 2025

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