Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

viernes, 13 de febrero de 2026

Contra la crítica depredadora | «Lector que rumia» de Eduardo Moga




La escritura de Eduardo Moga (1962) se ha consolidado en torno a tres géneros literarios. En el eje central se alza, evidentemente, la poesía, que es el motor de toda su actividad creativa. Una veintena de títulos certifican la intensidad e inquietud de su propuesta estética. En paralelo, de una manera más intermitente al principio y más constante después, la prosa memorialista ha acabado por completar la identidad literaria del autor. Se ha publicado esta prosa, en general, como diarios de viaje, hecho que mantiene un reparto de géneros inicial donde la poesía —en verso o en prosa— indaga en el universo de la vida cotidiana, y la prosa narrativa sigue los pasos del descubrimiento de lo desconocido. La peripecia biográfica de Moga, que le ha llevado a vivir largas temporadas muy lejos de su domicilio habitual, ha desdibujado no el reparto de géneros, sino el sentido mismo del viaje, puesto que en los años vividos en Londres o en los años transcurridos en Extremadura, el territorio antes cotidiano se convertía en lo desconocido. Y aunque en las publicaciones suele mantener las constantes de un diario de viajes —con una cronología y un lugar concreto mencionado en el título—, la actividad regular en su cuaderno de bitácora «Corónicas de Españia» lo ha convertido en el hábitat natural de su escritura diarística. 

         Junto a estos dos pilares de su obra literaria, y a lo largo de las tres décadas por la que se extienden, desde 1991, Eduardo Moga se ha dedicado con constancia a la crítica literaria, tanto la inmediata que se escribe para interpretar las novedades, como la paciente que investiga en una monografía los signos de una obra entera; con alguna excursión también a la crítica de arte. Lector que rumia pertenece al primer grupo, a la recopilación de artículos literarios que regularmente realiza en libro. Los que corresponden al presente volumen ha sido publicados entre 2020 y 2023 tanto en revistas especializadas, suplementos literarios o periódicos digitales, como en su propio blog. Incluso algunos eran inéditos hasta el presente. El interés prioritario del crítico Eduardo Moga es, sin duda, la literatura actual, de la que se ocupa en el 44% de los artículos reunidos y la mitad de las páginas del libro. A los clásicos, tanto del siglo XX como anteriores, dedica un 22% del conjunto, y el resto lo forman artículos literarios no vinculados a una obra, sino a un motivo o hecho cultural. 

         Desde 2004, cuando el Eduardo Moga comenzó a recopilar sus trabajos críticos en volúmenes, hasta este Lector que rumia se aprecia una clara evolución. En sus inicios primaba el análisis estilístico de los textos, con una atención minuciosa a los aspectos formales. En el presente se advierte una comprensión más humanística de los libros, incluso aproximaciones a su contenido desde recursos que proceden de la escritura creativa, como las comparaciones expresivas («mezcla fragmentos… de obras de la literatura universal…, como un incesante sirimiri intertextual») o la evocación impresionista («La escritura de La pobreza es exacta, crujiente, entera, expresiva, sin languideces ni blanduras, sin cartilaginosidades»). A este proceder se suma el gusto por incluir en la reflexión la propia biografía o las sensaciones subjetivas de lectura: «cuando la estaba leyendo, no podía evitar sentirme abrumado por el desbordamiento del lenguaje». Efecto que, por cierto, transmite a su vez al lector de sus reseñas.

         Un aspecto importante de la labor analítica es la selección de libros sobre la que se decide hablar. Es tal vez este el aspecto más singular y característico del Moga crítico. Cabría definirlo, con sus propias palabras, por aquello que es convencional y él no sigue en absoluto: «la acostumbrada desidia de la crítica, que solo se preocupa por lo vistoso, por lo publicitado, por lo conocido: por lo que es fácil y no inquieta». La elección de títulos se realiza, en su caso, por el método opuesto al acostumbrado: autores marginales y con frecuencia de generaciones posteriores a la que él pertenece, editoriales periféricas o minúsculas, estéticas inhabituales, difíciles e inquietantes (y también sin vínculos con la suya como poeta). Entre la treintena de escritores analizados en los veintiséis artículos sobre «la literatura actual» —algunas piezas incluyen la lectura de varios libros— se podría establecer un canon alternativo al que rige en la costumbre editorial de las últimas décadas, con nombres poco citados como los de Christian T. Arjona, José Antonio Llera, Mario Martín Gijón, José Antonio Martínez Muñoz, Miren Agur Meabe —antes de que recibiera el Premio Nacional—, María Ángeles Pérez López, Miguel Ángel Muñoz Sanjuán o Jonás Sánchez Pedrero, entre otros. Y todos ellos acompañados por una valoración literaria del crítico clara, valiente y rotunda.

         El acercamiento a los clásicos, en los trece artículos que les dedica, sigue los pasos críticos de la exégesis de los contemporáneos: «Pero mi aproximación… [a Quevedo ha sido]… la ordenada del filólogo, aunque cada vez ejerza menos la filología». Afirmación en la que tarda poco en imponerse la adversativa: «Quevedo era un cabronazo, sentía yo, pero un cabronazo genial». La distancia que le separa de sus clásicos la ocupa por completo el escritor, a veces el diarista, otras el cronista, otras el lector cuya memoria comparece constantemente al leer y en no pocas ocasiones el poeta: «El triunfo de la vida siempre se ha tenido por un poema oscuro, pero su oscuridad es, en realidad, una explosión de luz, que se derrama por los pentámetros, gracias al encabalgamiento, como una cascada ardiente». El último capítulo del libro lo conforma una miscelánea espléndida de veinte artículos sobre asuntos culturales dispares, desde los tan secretos como interesantes dilemas de la traducción literaria, como la brillante evocación de un jovencísimo poeta ahogado a los veintiún años, Jorge Folch, pasando por la recreación de las múltiples preocupaciones intelectuales o intereses del escritor, que ofrece, bajo el amparo del viaje a la lectura y a la memoria, el espléndido diarista de lo insólito y de lo excepcional, y también, con ácida mirada, de lo anómalo.   

         Si el lenguaje literario y humanístico caracteriza la escritura crítica del Moga de Lector que rumia en relación a sus inicios dentro de la estilística, cabe añadir también en el capítulo de la actualidad la absoluta libertad de apreciación. De uno de los libros que comenta afirma: «es un libro friqui», y se explica: «Pero eso no tiene nada de malo. Al contrario: la literatura avanza gracias a los libros friquis. El Quijote es un libro friqui; y las Iluminaciones, de Rimbaud; y la Guía espiritual, del quietista Miguel de Molinos…». No me atrevería a decir que la crítica de Moga es friqui, pero sí que la crítica como género literario avanza gracias a su salirse de todos los cauces que la costumbre ha abierto en la lectura contemporánea. Y la clave de su pequeña revolución quizá esté cifrada en el propio título del libro. Se ha impuesto en los medios críticos una lectura depredadora (inmediata, irreflexiva, clónica, seguidista) frente a la cual Eduardo Moga propone «masticar por segunda vez» lo leído antes de describirlo, analizarlo y valorarlo, aunque no solo eso, sino también redactarlo por segunda vez, es decir, después de reflexionado, no antes, y con la ayuda de la segunda escritura, la meditada, la literaria.

Turia nº 149-150. 2024

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