Hay algo que llama la atención al
leer el título del último libro de Inmaculada Moreno (1960): Un pájaro se eleva de un semáforo. Inquietud
que, antes de abrir sus páginas, obliga a desentrañarlo. Cabe empezar
descartando que sea una simple etiqueta temática, tampoco un lema provocativo
como a veces se usa para evitarla. Tampoco se trata de un sintagma, sino de una
frase en la que se contrastan dos elementos cuya filiación parece comprometida por
una discrepancia. Igual que el verbo elegido, «se eleva», que no arrastra una
carga semántica menor que los sustantivos. Es posible que esté excediéndome en
la alerta sobre el título, porque una lectura literal no tardará en incluir los
dos elementos en un único acontecimiento (también vuelan pájaros en la ciudad)
y con esta explicación desaparece cualquier intriga. Parto, por lo tanto, de un
enunciado que, por el hecho de ser poético, puede enfrentar dos acontecimientos
—el vuelo del ave y la ciudad— concebidos como incompatibles. De hecho, la
razón que se aduzca para su antagonismo será la raíz de su interpretación. Se
me ocurren varias, vida natural frente a vida urbana, sería la más obvia; pero
existen otras oposiciones más interesantes, sin ánimo de agotarlas: movimiento
y quietud, aspiración y realidad, efímero y persistente o trascendencia e
inmanencia. Como el lector aún no ha
leído el libro, es difícil que acierte con la voluntad expresiva de la autora,
pero el título ha contribuido a su apertura, en el sentido de haber creado
expectativas y una posibilidad de contrastarlas. Conviene destacarlo frente a
la mayor parte de los títulos que buscan cancelarlas apelando a una única repercusión.
La
lectura de Un pájaro se eleva de un
semáforo suscita idéntica inquietud que el título. En una lectura literal
se puede afirmar que el conjunto recoge, a modo de diario, una experiencia de
expatriación. Una temporada en la ciudad holandesa de Leiden, tal como sugiere
un incisivo haiku: «Entre molinos, / la dolorosa Leiden / de luz enferma». Los
poemas retratan el paisaje urbano y la otredad que le ofrece a una mirada meridional.
Ahora bien, lo revelador de este marco temático no es su unidad de
acontecimiento, sino lo opuesto, su capacidad para declarar la disyuntiva que
plantea el poema entre lo que ocurre y lo que no ocurre, de modo que la
descripción de lo percibido migre de lo que existe hacia lo inexistente, es
decir, hacia la construcción de un significado que trascienda la estampa, como
trataba de hacer el pájaro al alzarse desde un semáforo.
En
el libro se alternan poemas breves con un pensamiento de tipo aforístico, como
el haiku citado, y textos algo más extensos y desarrollados. En estos concurren
tres elementos con los que Inmaculada Moreno reconstruye una vivencia
escindida, de la que emanará la disyunción. El primero (solo en dos poemas se
invierte el orden) es una descripción metonímica de la urbe, casi siempre
vinculada al «agua» (esclusa, canal, cauce…), que es el elemento iconográfico
central del libro. El segundo es algo que se ve en lo visto, aunque no esté. Y el
tercero explicita la identidad de quién percibe lo descrito. Resulta
aconsejable empezar el análisis desde este último elemento, el sujeto poético
al que se atribuye la experiencia. Es el punto inicial de la disyuntiva.
Algunos textos se atribuyen a un diáfano «yo». De hecho, en una lectura
literal, sería el grado cero. La visión registrada en el primer poema, sin
embargo, se atribuye a «la mujer que posa en la ventana», que solo se podría
identificar con el yo a través de un grado de despersonalización. Próximos al
yo están también «tus ojos», «tú», «nosotros», incluso apuesto por un sujeto
con conciencia generacional en el poema «Cómo consolar esta derrota»; pero ya
desvinculando la lectura lírica aparecen otros registros de la experiencia,
como «nadie», «todo», «sol de marzo», «niebla», «asfalto»… Es un proceso de
desvirtuación leve del yo lírico que se inscribe en la órbita de lo que el
libro en su conjunto pretende, que es definir la mirada y su desgarro, no la
visión.
Lo
que al mirar se ve en el paisaje sin que forme parte asentada de él, el segundo
elemento, crea un constante paradigma con percepciones fortuitas (luces,
gritos, nubes), imaginarias o mitológicas (caballeros, leyendas, ciervos,
Fortuna, Adán), o subjetivas (criaturas —en varias ocasiones—, destellos,
fogonazos). Estas sensaciones no se suman al paisaje, sino que lo interrumpen,
lo degradan como haría una mancha de carboncillo sobre una acuarela. Modifican
el signo que dominaba la visión primera del poema como descripción urbana, con
frecuencia vinculada metonímicamente al campo semántico del «agua». Crean una
disyuntiva entre el hecho ciudad y la percepción que lo describe. Es una
disgregación sutil, pero significativa como declaración de una incompatibilidad
en el seno de la experiencia.
La
radicalidad de este efecto se puede rastrear en el inicio de la poesía moderna.
En el inaugural en tantas cosas «Le bateau ivre» hay unos versos que
apuntan hacia la disyuntiva que atraviesa las páginas de Un pájaro se eleva de un semáforo. En la estrofa Arthur Rimbaud
escribe: «Si deseo un agua de Europa, es la charca / negra y fría donde, en el
crepúsculo embalsamado, / un niño en cuclillas, lleno de tristeza, suelta / un
barco frágil como una mariposa de mayo». Entre lo que está, «la charca negra y
fría», y lo que no está, «una mariposa de mayo», la exposición traza una
disyuntiva que vuelca el significado desde la denotación a la connotación, es
decir, desde lo que hay —por cierto, la misma imagen poética del agua europea— hacia lo que sin existir
reclama en exclusiva el protagonismo. Y no lo exige, sino que consigue
establecer desde lo que no existe —la mariposa— el sentido final de lo que existe —la charca—.
Este es
también el propósito del libro de Inmaculada Moreno, la construcción poética de
un instante, de una aspiración, de una captación de lo efímero, acaso de una suspirada
trascendencia ante el hastío adánico
de lo inmanente. Es decir, descubrir en lo fortuito e inexistente la clave de
bóveda de lo real, cuando la realidad en sí misma, como las aguas europeas, de repente pierde su
encanto. Este empeño, que arranca desde el título —un verso del libro— y
arraiga en el desarrollo de los poemas, en trazar una disyunción en la
experiencia del lugar, se replica también en el interior de los poemas, en
descripciones que escinden lo real desde su reflejo con excelente resultado
poético, por ejemplo: «Un ciclista se ondula entre las aguas; / veo ruedas
cubistas / bordeando los límites del aire».


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