El balcón de enfrente

sábado, 15 de julio de 2017

El influjo de las influencias. «El resto del mundo», de Ramón F. Reboiras


EL RESTO DEL MUNDO, de Ramón F. Reboiras 
Lumen, Barcelona, 1999 

Una nota informa que el autor nació en 1961, tuvo «una infancia rural», se trasladó a Madrid, estudió periodismo, y ésta es «su primera incursión en la poesía» que «resume una labor de 20 años». Su «humor —concluye— escarba en una realidad salvaje». La crítica cada vez da mayor importancia a estas informaciones —metaliteratura las llama al estudiarlas— que casi siempre redacta el autor. Este podría ser el caso, pues esas «incursiones» y esas «labores» remiten al repertorio de términos de uso corriente en el periodismo, y que no sólo invalida su bombo perifrástico sino también su lógica interna: ¿20 años pueden considerarse una primera incursión? ¿Y la realidad salvaje nombra la infancia rural en la Galicia de los 60 de la que hablan algunos poemas? 
    Un texto inicial, de aire metaliterario, cita tres autores cuya influencia reconoce: Onetti, Pavese y Pessoa. A Pessoa le agradece «unas cuantas ideas sobre cómo creerme distinto de lo que, por fuerza, soy». Tanto el conflicto de identidad –central en la poesía desde el romanticismo—como el lenguaje poético enfrentado a su propia esencia ya petrificada, se alzan en Pessoa contra el idealismo que impregnaba su época: Álvaro de Campos se inventa una lengua frente a ese idealismo y contra él Caeiro construye una ideología. ¿Es este conflicto el que reconoce como influencia Reboiras? Un poema lleva un título pessoano, «Memorias de un pequeño gánster». En él, el sujeto vuelve a un lugar sórdido y se pregunta «por qué razón / volvemos después de tanto tiempo al lugar del crimen». Éste es el clímax. ¿Hay en él conflicto de identidad o un lugar común de (mala) novela negra? 
    Otro poema evoca una imagen de la infancia de Flaubert, cuando «veía los cadáveres / salir por la puerta trasera del jardín», que marcaría su vida: «siempre escuchó la carretilla / alejarse por el maldito sendero» ¿El énfasis de «maldito» apunta hacia una nueva lengua poética o suena a otra cosa? Unos versos dan la clave: «¿No os ocurre a veces / que secáis en una pantalla / el sudor de vuestras vidas?» Identidad y lenguaje no nacen aquí en contra de lo que existe, como en Pessoa, sino a favor de una pantalla de cine: «en mi vida la lluvia ha sido / la película sin nombre». 
    Pavese introdujo en el poema lírico narración y diálogo para medir con precisión el tamaño de la asimetría que en su interior enfrentaba realidad y deseo. Reboiras usa ambos recursos. Veamos el inicio de un diálogo: «El olor del café te hizo decirle que conocías todos los amaneceres del mundo...» que junto a su final de lluvia, pista y aeroplano remite a una celebérrima escena de cine. ¿De qué hablamos exactamente –como preguntaría Carver—cuando hablamos de influencias? Lejos de conflictos y acritudes, Reboiras se queda con una espuma retórica que suena a Pessoa o a Pavese, como ecos de un eco. La luz que ilumina su escritura es la del haz que cruza las grandes salas oscuras. 
    La cuestión que plantea El resto del mundo es si este influjo enriquece la lengua poética contemporánea o, por el contrario, es sólo un remedo de la imagen. El primer poema parece dar relieve mítico a un suceso, el naufragio del petrolero Urquiola. Un verso da la clave de tal catástrofe: «murieron cientos de animales». Y sobre esta frase, que no sirve ni como titular de prensa (tan corta —debieron morir millones— como ancha —no hay genérico mayor—), ¿ha de fundarse la responsabilidad histórica o, peor, la rotundidad mítica? Antes parece un rótulo de imagen en un telediario.

[Escrito para El Ciervo en 1999, se quedó inédito.]

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