El autor de Estancias recurre a dos rupturas con la tradición literaria a la
hora de escribir y presentar su libro. Ambas formas de interrumpir el flujo
constante de las convenciones tienen, cada una por su cuenta, su propia
historia. Juntas ya son más raras. Empecemos por la segunda, la autoría. El
libro lo firma Manuel Hochandí, del que se dice que nació en Badajoz, en 1978.
Para la mayor parte de los lectores con que el autor de un libro tenga un
nombre al frente les basta. Ahora bien, si alguno, por ejemplo, quisiera
guardar su ejemplar firmado, de repente eso sería empeño imposible. La
tradición de los seudónimos ha sido densa a lo largo de los siglos, y en muchas
ocasiones vinculado a lacras sociales que irrita solo pensarlas. Tampoco
Hochandí se integra del todo en el modo de uso habitual del sobrenombre, que
suele considerarse un sustituto del propio. Por ejemplo, el añorado poeta
portugués Eugénio de Andrade firmó con este seudónimo todos sus libros y no con
su nombre, José Fontinhas. Pero Hochandí es ya un segundo libro de poemas de
una serie en la que el primero lo firmaba Demetrio Meléndez Díez (Poesía elemental, RIL editores, 2021),
que, en rigor, tampoco nació en 1971 ni falleció en 2018 como se afirma en el
prólogo. Y es posible que, si se publica otro, lo firme un tercer
seudónimo.
En la
prensa he leído que ambos son heterónimos. Solo en parte cuadra con el marco
pessoano, es decir, con la parte más acumulativa y menos interesante de los
heterónimos de Pessoa, que en los fundamentales manifiestan una identidad
estética extremadamente marcada. Entre Meléndez y Hochandí no existe la
distancia heteronímica. Ambos son seudónimos cuyo origen parece más ligado a la
primera ruptura que practica Estancias:
la tergiversación de las estructuras fijas de los géneros literarios y de los
hábitos librescos para, con esta alteración, crear un libro inaudito. Aquí la tradición es más breve
y se concentra en ciertos movimientos de ruptura que han aparecido en diversas
épocas. En especial recuerda los propósitos vanguardistas de OuLiPo, acrónimo
francés de «Taller de Literatura Potencial», que tuvo seguidores de genio como
Raymond Queneau o Georges Perec y cuyas líneas llegan hasta el corte artístico practicado
por Marcel Duchamp. Tanto la autoría de este volumen como su adscripción al
género de la poesía presentan anomalías que se explica bien en términos de «creación
Potencial», es decir, lo que podría
existir porque no existe. O mejor, la
estructura literaria que no ha existido hasta que el escritor de Poesía elemental y, sobre todo, de Estancias ha decidido inventársela. Un
invento que no sería completo si no arraigara en todos los aspectos del
fenómeno literario, empezando por el primero e imprescindible: la atribución de
autoría. Hochandí, una firma tan potencial
como su obra.
En un
aspecto, sin embargo, Demetrio Meléndez y Hochandí no se ajustan tampoco del
todo al antimodelo oulipiano, cuando
el lector cierra las páginas de estructura tan inesperada descubre que lo leído
trata un tema esencial de la poesía clásica. En el caso de Estancias, el que apunta el título en la acepción que concreta muy
bien la dedicatoria («A Manuel Flete, amigo. Merecería una estancia mejor y más larga»), es decir, el tiempo de la vida
contemplado desde su final. Un desarrollo innovador para un asunto clásico.
Sobre el
tiempo concreto de una vida tratan los solo treinta breves poemas reunidos en
un volumen que alcanza las doscientas páginas (en esta ocasión solo veinticinco
páginas menos que 227 páginas). El
género poético, no es su fin, sino solo el punto de partida del libro. El
significado de muchos de los versos se revela y se amplía mediante notas al pie
de página —que en el presente caso resultan notas a página completa—, con
informaciones diversas. Y en este aspecto radica la ruptura potencial de Estancias: convierte lo adyacente y complementario en su estructura
principal. Una auténtica resurrección de las ya casi extintas notas a pie de
página, que muchos editores ya se niegan a reproducir y los lectores se saltan
sin piedad.
Unas notas
son literarias, como las que afectan a todos los primeros versos, que coinciden
con el título de una novela. Este empezar el poema con un epígrafe narrativo
ajeno es un ejemplo del tipo de condicionante potencial que su autor utiliza. Se lo podía haber propuesto antes
cualquiera, pero Hochandí es el primero que lo realiza. Las notas que amplían
el sentido de los versos son a veces lingüísticas, otras eruditas, o
históricas, o geográficas… en una apelación constante a la simbiosis de
conocimientos, sea cual sea su origen. Pero las notas principales que acompañan
cada poema son las que retratan el paso por el planeta de un ser vivo animal.
Son notas de carácter científico, también didáctico, pero con una indudable
ascendencia narrativa. No se cuentan solo para enseñar, sino también para asombrar.
Añadiré
un único ejemplo entre centenas de notas. El duodécimo verso del poema 15, que
trata sobre el vuelo de los vencejos, es un heptasílabo que dice: «como el
volar de un sueño». Y en la nota que lo explica se lee: «El verso habla de una
experiencia compartida entre el poeta y quienes en alguna ocasión han creído
estar volando mientras dormían… suele tratarse de un vuelo rasante, similar al
que describen los vencejos en las ciudades del sur de Europa… el sueño también
guarda una estrecha relación con una de sus sorprendentes facultades… son capaces
de dormir en pleno vuelo». Humanos que vuelan como vencejos y vencejos que
sueñan como humanos.
En esta
nota a pie de páginas que se ha tomado como ejemplo se advierten algunas de sus
características: están escritas por un comentarista de Hochandí, con lo que la
trama autoral se complica; el carácter narrativo se acentúa con rasgos
tradicionales, como el de implicar al lector en lo descrito; o el hecho de que
la transparencia de la prosa no esté peleada con la precisión científica de las
afirmaciones. Este, digamos, sería el nivel significativo de la lectura; por
una parte, las alusiones a las diversas fuentes de lo que los versos afirman, y
por otra la ilustración de los hábitos animales y sus implicaciones. Pero
cuando se llega al final, como ocurre en el tránsito de los libros clásicos, se
impone un significado temático, implícito siempre, pero de repente explícito.
Para el primero de los animales retratado, un insecto denominado efímera, su
estancia en la vida es de apenas unos minutos; y el último, un tipo de medusa
cuya desaparición se desconoce, o como dice el poeta Hochandí: «no habrá
partida; / nadie te verá morir». Y entre el insecto y la medusa, se recrean todas
las dimensiones de estancias
conocidas. Menos una, la que emerge como tema oculto del libro, la longevidad de
cada lector, que potencialmente aspira
a ser «mejor y más larga».


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