Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

lunes, 8 de junio de 2026

Duración potencial de lo que existe | «Estancias», de Manuel Hochandí




El autor de Estancias recurre a dos rupturas con la tradición literaria a la hora de escribir y presentar su libro. Ambas formas de interrumpir el flujo constante de las convenciones tienen, cada una por su cuenta, su propia historia. Juntas ya son más raras. Empecemos por la segunda, la autoría. El libro lo firma Manuel Hochandí, del que se dice que nació en Badajoz, en 1978. Para la mayor parte de los lectores con que el autor de un libro tenga un nombre al frente les basta. Ahora bien, si alguno, por ejemplo, quisiera guardar su ejemplar firmado, de repente eso sería empeño imposible. La tradición de los seudónimos ha sido densa a lo largo de los siglos, y en muchas ocasiones vinculado a lacras sociales que irrita solo pensarlas. Tampoco Hochandí se integra del todo en el modo de uso habitual del sobrenombre, que suele considerarse un sustituto del propio. Por ejemplo, el añorado poeta portugués Eugénio de Andrade firmó con este seudónimo todos sus libros y no con su nombre, José Fontinhas. Pero Hochandí es ya un segundo libro de poemas de una serie en la que el primero lo firmaba Demetrio Meléndez Díez (Poesía elemental, RIL editores, 2021), que, en rigor, tampoco nació en 1971 ni falleció en 2018 como se afirma en el prólogo. Y es posible que, si se publica otro, lo firme un tercer seudónimo.  

En la prensa he leído que ambos son heterónimos. Solo en parte cuadra con el marco pessoano, es decir, con la parte más acumulativa y menos interesante de los heterónimos de Pessoa, que en los fundamentales manifiestan una identidad estética extremadamente marcada. Entre Meléndez y Hochandí no existe la distancia heteronímica. Ambos son seudónimos cuyo origen parece más ligado a la primera ruptura que practica Estancias: la tergiversación de las estructuras fijas de los géneros literarios y de los hábitos librescos para, con esta alteración, crear un libro inaudito. Aquí la tradición es más breve y se concentra en ciertos movimientos de ruptura que han aparecido en diversas épocas. En especial recuerda los propósitos vanguardistas de OuLiPo, acrónimo francés de «Taller de Literatura Potencial», que tuvo seguidores de genio como Raymond Queneau o Georges Perec y cuyas líneas llegan hasta el corte artístico practicado por Marcel Duchamp. Tanto la autoría de este volumen como su adscripción al género de la poesía presentan anomalías que se explica bien en términos de «creación Potencial», es decir, lo que podría existir porque no existe. O mejor, la estructura literaria que no ha existido hasta que el escritor de Poesía elemental y, sobre todo, de Estancias ha decidido inventársela. Un invento que no sería completo si no arraigara en todos los aspectos del fenómeno literario, empezando por el primero e imprescindible: la atribución de autoría. Hochandí, una firma tan potencial como su obra.

En un aspecto, sin embargo, Demetrio Meléndez y Hochandí no se ajustan tampoco del todo al antimodelo oulipiano, cuando el lector cierra las páginas de estructura tan inesperada descubre que lo leído trata un tema esencial de la poesía clásica. En el caso de Estancias, el que apunta el título en la acepción que concreta muy bien la dedicatoria («A Manuel Flete, amigo. Merecería una estancia mejor y más larga»), es decir, el tiempo de la vida contemplado desde su final. Un desarrollo innovador para un asunto clásico.

Sobre el tiempo concreto de una vida tratan los solo treinta breves poemas reunidos en un volumen que alcanza las doscientas páginas (en esta ocasión solo veinticinco páginas menos que 227 páginas). El género poético, no es su fin, sino solo el punto de partida del libro. El significado de muchos de los versos se revela y se amplía mediante notas al pie de página —que en el presente caso resultan notas a página completa—, con informaciones diversas. Y en este aspecto radica la ruptura potencial de Estancias: convierte lo adyacente y complementario en su estructura principal. Una auténtica resurrección de las ya casi extintas notas a pie de página, que muchos editores ya se niegan a reproducir y los lectores se saltan sin piedad.

Unas notas son literarias, como las que afectan a todos los primeros versos, que coinciden con el título de una novela. Este empezar el poema con un epígrafe narrativo ajeno es un ejemplo del tipo de condicionante potencial que su autor utiliza. Se lo podía haber propuesto antes cualquiera, pero Hochandí es el primero que lo realiza. Las notas que amplían el sentido de los versos son a veces lingüísticas, otras eruditas, o históricas, o geográficas… en una apelación constante a la simbiosis de conocimientos, sea cual sea su origen. Pero las notas principales que acompañan cada poema son las que retratan el paso por el planeta de un ser vivo animal. Son notas de carácter científico, también didáctico, pero con una indudable ascendencia narrativa. No se cuentan solo para enseñar, sino también para asombrar.

Añadiré un único ejemplo entre centenas de notas. El duodécimo verso del poema 15, que trata sobre el vuelo de los vencejos, es un heptasílabo que dice: «como el volar de un sueño». Y en la nota que lo explica se lee: «El verso habla de una experiencia compartida entre el poeta y quienes en alguna ocasión han creído estar volando mientras dormían… suele tratarse de un vuelo rasante, similar al que describen los vencejos en las ciudades del sur de Europa… el sueño también guarda una estrecha relación con una de sus sorprendentes facultades… son capaces de dormir en pleno vuelo». Humanos que vuelan como vencejos y vencejos que sueñan como humanos.

En esta nota a pie de páginas que se ha tomado como ejemplo se advierten algunas de sus características: están escritas por un comentarista de Hochandí, con lo que la trama autoral se complica; el carácter narrativo se acentúa con rasgos tradicionales, como el de implicar al lector en lo descrito; o el hecho de que la transparencia de la prosa no esté peleada con la precisión científica de las afirmaciones. Este, digamos, sería el nivel significativo de la lectura; por una parte, las alusiones a las diversas fuentes de lo que los versos afirman, y por otra la ilustración de los hábitos animales y sus implicaciones. Pero cuando se llega al final, como ocurre en el tránsito de los libros clásicos, se impone un significado temático, implícito siempre, pero de repente explícito. Para el primero de los animales retratado, un insecto denominado efímera, su estancia en la vida es de apenas unos minutos; y el último, un tipo de medusa cuya desaparición se desconoce, o como dice el poeta Hochandí: «no habrá partida; / nadie te verá morir». Y entre el insecto y la medusa, se recrean todas las dimensiones de estancias conocidas. Menos una, la que emerge como tema oculto del libro, la longevidad de cada lector, que potencialmente aspira a ser «mejor y más larga».

Cao Cultura, 1 de mayo de 2026. Enlace.



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