Si bien es cierto que la crónica de la
edad ha sido uno de los temas esenciales en la obra de Javier Salvago (1950), y
lo demuestran algunos títulos que lucieron en su momento como metáforas del
esplendor de la juventud (En la perfecta edad en 1982 o Los mejores
años en 1991), junto a poemas que exaltan la edad temprana, como recuerdos
de infancia y como retratos de presente, también es verdad que una sombra
transitaba por aquellos libros memorables de los años 80 y 90, cuando el poeta
contribuyó a consolidar una de las voces que caracterizaron aquellas dos
décadas feraces. En 1980 escribía «Esta ciudad, donde te vas volviendo / cada
día más viejo…» y en 1985 «Estoy cansado de zurcir / cada mañana este disfraz…»,
eran ideas, quizá más teóricas que vivenciales, que dotaban de contenido a su
pacto con la vida de entonces: «Solo el humor me salva».
El humor y el encomio de la juventud,
sin embargo, han desaparecido ya en el presente libro que titula, con la
descripción más desnuda, La vejez del poeta. Ciclo que arranca en 2019,
cuando se incluye como inédito de la poesía reunida, y concluye en 2026 con la
aparición de este volumen y la rotundidad de su título al cabo del listado
bibliográfico. La vejez ha dejado en el camino algunos atributos
temáticos del poeta y ha consolidado el protagonismo de aquella sombra
que vislumbraba alguno de sus primeros versos, pero sin abandonar ninguna de
las devociones formales de sus mejores libros.
En primer lugar, el reconocimiento de
la ascendencia machadiana, o mejor manuelmachadiana,
que vuelve en estas páginas a ser explícita, siguiendo en muchos casos
idénticas pautas de libros anteriores, así el célebre poema «Variaciones sobre
un tema de Manuel Machado», publicado con 32 años, se reescribe ahora en «Cuarenta
años más tarde». Si entonces se proponía como remedio «que no deje testimonio
del tiempo / que me tocó vivir», hoy las recomendaciones médicas son menos
irónicas: «Que no me obstine en ser el penoso aguafiestas / que desafina frente
al coro de poetas». Porque este es, en esencia, el tronco temático esencial de La
vejez del poeta: el retrato de la senectud, el testimonio del cansancio, la
filosofía contra la existencia de la vida, el encomio de la muerte y, en un
giro de radical existencialismo, la comprensión y el cara a cara con «la nada».
En las formas métricas de este libro, Salvago mantiene la misma fidelidad que muestra hacia sus maestros de juventud (Bécquer y Manuel Machado), y vuelve a fascinar su maestría tanto en los versos clásicos de arte mayor, como su delicadeza en los de arte menor, con el virtuosismo de los sonetos en versos trisílabos («Empresa / fallida / la vida. / Qué espesa») y la levedad que siempre les dio identidad a sus coplas («El ogro, la bruja, / El hombre del saco. / La muerte, el infierno, / la culpa, el pecado»); sin olvidar la incorporación de otras formas métricas, como los haikus, en los que logra grabar, con el aplomo de la epigrafía, su poética desde 1977: «Hacer sencillo / y fácil lo complejo, / claro lo oscuro». Aunque, como en este libro, lo oscuro provenga de la oscuridad misma.

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