Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

viernes, 19 de junio de 2026

La construcción del poema | «Todo va a salir bien», antología de José Luis Piquero






En una faja que colocó el editor en el último título publicado por José Luis Piquero (1967), la frase de un crítico le definía como «autor de algunos de los poemas más terribles y hermosos de los últimos tiempos». Si se prescinde de la adjetivación, aunque no esté alejada de la experiencia real, lo que queda traza una definición exacta de su propósito desde el principio: no la creación de una continuidad poética, sino la construcción de grandes poemas. Y no otra impresión resulta de la lectura de Todo va a salir bien, una colección de poemas para ser leídos de uno en uno. Una antología que, de momento, entretiene la ausencia de una recopilación completa de la obra. El conjunto está presentado por un atento y devoto prólogo de Rodrigo Olay.

         La persecución del poema único se advierte desde el primer libro. Piquero parte de experiencias coetáneas, en las que el carácter biográfico resulta un aspecto secundario disfrazado de principal. Desde el principio entiende que las experiencias limitadas al presente de la vivencia peligran el objetivo inicial, de ahí que el poema busque siempre una amplitud temporal, a veces indefinida, («El silencio cayó sobre nosotros / y nos quedamos solos»), pero en otras ocasiones es prospectiva («Y escribiré mil cartas intentando / un futuro imposible») o es retrospectiva («ese vértigo-arriba de la infancia»). En estos versos también se puede determinar un segundo recurso, el sujeto compartido («nosotros»), que con frecuencia se convierte en la inclusiva crónica del «grupo». E, incluso, cuando realiza algún retrato de personaje muy alejado del autor, acaba por establecer con él una identidad que trasciende también al lector, «Un perdedor sin más. Todos perdemos»; otra de las claves del impacto de un poema singular.

         En la persecución del poema como entidad autónoma y memorable resulta decisiva la transformación del detalle en categoría, así, por ejemplo, el concreto relato de un trabajo esporádico se convierte en una lección de vida: «la imposibilidad de una suerte mejor, / esa oscura certeza / que acaso nos disculpe a mí y a ellos». El aprendizaje en las clases del maestro Jaime Gil de Biedma resulta evidente, pero con el paso de los libros Piquero va a identificar pronto los recursos propios para trazar este propósito poético. Entre estos destacan la insistencia en paradigmas marginales de la historia religiosa, en una época Caín, después Lázaro; la conversión del poema en un espacio de contrición y casi de penitencia personal; las dramatizaciones hiperbólicas, la crónica de tortuosas historias de amor y, sobrevolando todas estas maneras de esencializar el comportamiento, una no oculta actitud moralista que, a diferencia de lo usual, no preconiza una moral, sino todo lo contrario, la destrucción de todos los principios por los que una conciencia impide el disfrute completo del cuerpo. Incluidos en el resultado final, y en eso prende también la condición terrible del poema impar, la ausencia de idealismo y la asunción completa de la tragedia que subyace a cualquier realidad auténtica.


Calle del Aire, 11. Sevilla, 2026

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