En una faja que
colocó el editor en el último título publicado por José Luis Piquero (1967), la
frase de un crítico le definía como «autor
de algunos de los poemas más terribles y hermosos de los últimos tiempos». Si
se prescinde de la adjetivación, aunque no esté alejada de la experiencia real,
lo que queda traza una definición exacta de su propósito desde el principio: no
la creación de una continuidad poética, sino la construcción de grandes poemas.
Y no otra impresión resulta de la lectura de Todo va a salir bien, una
colección de poemas para ser leídos de uno en uno. Una antología que, de
momento, entretiene la ausencia de una recopilación completa de la obra.
El conjunto está presentado por un atento y devoto prólogo de Rodrigo Olay.
La persecución del poema único se
advierte desde el primer libro. Piquero parte de experiencias coetáneas, en las
que el carácter biográfico resulta un aspecto secundario disfrazado de
principal. Desde el principio entiende que las experiencias limitadas al
presente de la vivencia peligran el objetivo inicial, de ahí que el poema
busque siempre una amplitud temporal, a veces indefinida, («El silencio cayó sobre nosotros / y nos quedamos
solos»), pero en otras ocasiones es prospectiva («Y
escribiré mil cartas intentando / un futuro imposible») o es retrospectiva («ese vértigo-arriba de la infancia»). En estos
versos también se puede determinar un segundo recurso, el sujeto compartido («nosotros»), que con frecuencia se convierte en la
inclusiva crónica del «grupo». E, incluso,
cuando realiza algún retrato de personaje muy alejado del autor, acaba por
establecer con él una identidad que trasciende también al lector, «Un perdedor sin más. Todos perdemos»; otra de las
claves del impacto de un poema singular.
En la persecución del poema como
entidad autónoma y memorable resulta decisiva la transformación del detalle en
categoría, así, por ejemplo, el concreto relato de un trabajo esporádico se
convierte en una lección de vida: «la
imposibilidad de una suerte mejor, / esa oscura certeza / que acaso nos
disculpe a mí y a ellos». El aprendizaje en las clases del maestro Jaime Gil de
Biedma resulta evidente, pero con el paso de los libros Piquero va a
identificar pronto los recursos propios para trazar este propósito poético.
Entre estos destacan la insistencia en paradigmas marginales de la historia
religiosa, en una época Caín, después Lázaro; la conversión del poema en un
espacio de contrición y casi de penitencia personal; las dramatizaciones
hiperbólicas, la crónica de tortuosas historias de amor y, sobrevolando todas
estas maneras de esencializar el comportamiento, una no oculta actitud
moralista que, a diferencia de lo usual, no preconiza una moral, sino todo lo
contrario, la destrucción de todos los principios por los que una conciencia
impide el disfrute completo del cuerpo. Incluidos en el resultado final,
y en eso prende también la condición terrible del poema impar, la
ausencia de idealismo y la asunción completa de la tragedia que subyace a
cualquier realidad auténtica.

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