La primera poesía de Dámaso Alonso parece avanzar en dos sentidos opuestos. Por una parte, se advierte una voluntad de relación con la trascendencia, un impulso religioso y un interés por centrarse en los asuntos del espíritu. Es esta una poesía vocativa y deseosa de diálogo que para expresarse busca los meandros de la oración. Por otra parte, se observa un gusto por dejar anotados en los versos los aspectos más insignificantes de la vida cotidiana, y por hacerlo con una gran concreción, dando relieve a aquello secundario y trivial que impregna la vida pero no suele ser considerado motivo poético.
Por una parte, su poesía transcurre en el terreno mental de la relación con la trascendencia; y por otra, en un estricto y circunstancial biografismo. Por esos dos sentido opuestos parece encaminarse la poesía de Dámaso Alonso como la de Gerardo Diego iba del «romancero de la novia» al «manual de espumas».
Pero esos dos caminos no trazaban líneas paralelas —como le ocurre a Gerardo Diego— sino levemente inclinadas una hacia la otra, lo que al cabo de los años y de los libros facilitó que se cruzaran. El punto de yuxtaposición se denomina Hijos de la ira y no solo es el libro más importante de Dámaso Alonso, sino una de las referencias obligadas de la posguerra (pues hasta la posguerra siguieron las líneas acercándose sin llegar a juntarse). Luego de este cruce, como ocurre en las X, los caminos siguieron separándose hasta el final.
El punto de inflexión de esas dos tendencias, la trascendente y la cotidiana, fue el hallazgo, en Hijos de la ira, de un tema que las pudo reunir: la ausencia de Dios.
El tema de la ausencia de Dios le permitió a Dámaso Alonso reunir aquella religiosidad vocativa de la oración —ahora teñida de tintes existencialistas— con los detalles más concreto —y más sórdidos también— de la biografía «real» de un hombre de su época. Existencialismo y expresionismo se dieron la mano en un libro que aireaba las heridas ya enterradas y aún abiertas de una guerra. En un libro que anhelaba hermanarse con otros trágicamente inconclusos e inéditos —con Poeta en Nueva York, por ejemplo. En un libro, en suma, que se revolvía en el nicho de la aceptación y de las verdades decretadas. Cualquier poema de Hijos de la ira puede representar la mejor poesía de Dámaso Alonso, y desde esta cima poética resulta interesante observar cómo en sus libros anteriores esos dos caminos opuestos y sentidos divergentes buscaban reunirse en algún punto, lejano aún entonces para ellos.
El asunto de la miopía —verdaderamente biográfico— había dado pie a alguno de los más delicados poemas triviales, aquél —por ejemplo— donde el defecto visual le «desdibuja el mundo» deliciosamente: «pasan lánguidamente las flexibles muchachas». En este soneto, sin embargo, donde en los cuartetos Dámaso Alonso rima «miopía», «fantasía» y «poesía», en los tercetos ya busca una razón trascendente. Los dos sentidos se reparte el poema, pero no se mezclan.
«Mañana lenta» insiste en un tema de gran tradición en la poesía española, el del camino como metáfora de la existencia. Tema que recuerda a Garcilaso —también lo evocan los epítetos iniciales del poema— y que tanto enriquecieron Rosalía de Castro y Antonio Machado. En estos versos lo concreto y su proyección significativa aparecen perfectamente unidos en un juego metafórico (hierba nueva / hierba seca) de inmediato efecto poético. Es uno de los mejores precedentes que tuvo ese libro notable que es Hijos de la ira.
:
El Ciervo nº 572, noviembre de 1998
El asunto de la miopía —verdaderamente biográfico— había dado pie a alguno de los más delicados poemas triviales, aquél —por ejemplo— donde el defecto visual le «desdibuja el mundo» deliciosamente: «pasan lánguidamente las flexibles muchachas». En este soneto, sin embargo, donde en los cuartetos Dámaso Alonso rima «miopía», «fantasía» y «poesía», en los tercetos ya busca una razón trascendente. Los dos sentidos se reparte el poema, pero no se mezclan.
«Mañana lenta» insiste en un tema de gran tradición en la poesía española, el del camino como metáfora de la existencia. Tema que recuerda a Garcilaso —también lo evocan los epítetos iniciales del poema— y que tanto enriquecieron Rosalía de Castro y Antonio Machado. En estos versos lo concreto y su proyección significativa aparecen perfectamente unidos en un juego metafórico (hierba nueva / hierba seca) de inmediato efecto poético. Es uno de los mejores precedentes que tuvo ese libro notable que es Hijos de la ira.
:
El Ciervo nº 572, noviembre de 1998

No hay comentarios:
Publicar un comentario