Cuaderno de crítica literaria | José Ángel Cilleruelo

lunes, 1 de diciembre de 2025

Los títulos soñados de Juan Ramón Jiménez


ESPACIO Y TIEMPO, de Juan Ramón Jiménez
Linteo, Ourense, 2012

En notas y aforismos Juan Ramón Jiménez (1881-1958) insistió en concebir su obra como «sucesión», sin olvidar que al mismo tiempo le gustaba también secuenciar («primera, segunda…») épocas y vivencias. Sea contemplada de una manera o de otra, que en esto discuten los críticos, tal vez suceder y secuenciar sean dos caras de un mismo fenómeno: su inusual capacidad para reiniciar su obra no al compás de los cambios estéticos de los tiempos, sino profetizándolos. Los dos poemas que ahora se reeditan en las mejores condiciones posibles (con los facsímiles de manuscritos y borradores) presentan ambas caras de esta ambición. «Espacio» es un poema cuya dimensión la historia general de las ideas poéticas quizá aún no haya absorbido, y «Tiempo» —inacabado, o  mejor, abandonado— es el ejemplo inverso, el esfuerzo frustrado por superar la estética de su época e ir hacia un más allá no descubierto. Son textos que crecieron en paralelo, que Juan Ramón concibió como complementarios (uno «vertical al cenit y al nadir», otro «horizontal, a los cuatro confines»), cuya edición conjunta se justifica por ello, pero que poseen un valor literario disímil.
            Tras el silencio en el que quedó el poeta tras el inicio de la Guerra Civil y el exilio americano, en sus notas sitúa el momento de recuperar la escritura durante su estancia en La Florida cuando reconoce lugares e instantes de su infancia andaluza. Con este entreverar pasado y presente no solo arranca la última etapa creativa de Juan Ramón sino que le conduce a una comprensión de espacio y tiempo que plasmará con trazo místico. Este desdoblamiento espacial aparece como motivo recurrente en el epicentro de los dos poemas ahora reeditados: «No, ese perro que ladra al sol caído, no ladra en el Monturrio de Moguer…; ladra en Miami…, y yo lo estoy oyendo allí, allí, no aquí, no aquí, allí, allí». La vivencia en dos lugares (geográficos y cronológicos) en un mismo presente le permite desunir la visión del espacio de la del tiempo, y una vez convocadas por separado en la conciencia, contemplar el presente como una encarnación del pasado, como un renacer a lo vivido.
A partir de esta experiencia, cuando el espacio es sentido sin el amarre del tiempo concreto, se inicia la meditación estremecedora del poema: «Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo». Nace aquí su personal vía mística hacia una superación de la horma del tiempo y hacia una concepción del espacio como altura donde la vida puede volver a ser vivida. Y también como conciencia donde la naturaleza recobra la unidad fragmentada por la vida contingente: «¡Espacio y tiempo y luz en todo yo, en todos y yo y todos! ¡Yo con la inmensidad!». Proceso místico que prende en una singular idea de poema total: sin asunto, sin pausas, solo una sucesión —acaso soñada como infinita— de lenguaje que eleva y culmina.
El Ciervo nº 740. Marzo de 2013

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