ESPACIO Y TIEMPO, de Juan Ramón Jiménez
Linteo, Ourense, 2012
En notas y aforismos Juan Ramón Jiménez
(1881-1958) insistió en concebir su obra como «sucesión», sin olvidar que al mismo tiempo le gustaba también
secuenciar («primera, segunda…») épocas y vivencias. Sea contemplada de una
manera o de otra, que en esto discuten los críticos, tal vez suceder y
secuenciar sean dos caras de un mismo fenómeno: su inusual capacidad para
reiniciar su obra no al compás de los cambios estéticos de los tiempos, sino
profetizándolos. Los dos poemas que ahora se reeditan en las mejores
condiciones posibles (con los facsímiles de manuscritos y borradores) presentan
ambas caras de esta ambición. «Espacio» es un poema cuya dimensión la historia
general de las ideas poéticas quizá aún no haya absorbido, y «Tiempo»
—inacabado, o mejor, abandonado— es el ejemplo
inverso, el esfuerzo frustrado por superar la estética de su época e ir hacia un
más allá no descubierto. Son textos que crecieron en paralelo, que Juan Ramón
concibió como complementarios (uno «vertical al cenit y al nadir», otro
«horizontal, a los cuatro confines»), cuya edición conjunta se justifica por
ello, pero que poseen un valor literario disímil.
Tras
el silencio en el que quedó el poeta tras el inicio de la Guerra Civil y el
exilio americano, en sus notas sitúa el momento de recuperar la escritura durante
su estancia en La Florida cuando reconoce lugares e instantes de su infancia
andaluza. Con este entreverar pasado y presente no solo arranca la última etapa
creativa de Juan Ramón sino que le conduce a una comprensión de espacio y tiempo
que plasmará con trazo místico. Este desdoblamiento espacial aparece como
motivo recurrente en el epicentro de los dos poemas ahora reeditados: «No, ese
perro que ladra al sol caído, no ladra en el Monturrio de Moguer…; ladra en
Miami…, y yo lo estoy oyendo allí, allí, no aquí, no aquí, allí, allí». La
vivencia en dos lugares (geográficos y cronológicos) en un mismo presente le
permite desunir la visión del espacio de la del tiempo, y una vez convocadas
por separado en la conciencia, contemplar el presente como una encarnación del
pasado, como un renacer a lo vivido.
A partir de esta experiencia, cuando
el espacio es sentido sin el amarre del tiempo concreto, se inicia la meditación
estremecedora del poema: «Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo
yo». Nace aquí su personal vía mística hacia una superación de la horma del
tiempo y hacia una concepción del espacio como altura donde la vida puede
volver a ser vivida. Y también como conciencia donde la naturaleza recobra la
unidad fragmentada por la vida contingente: «¡Espacio y tiempo y luz en todo
yo, en todos y yo y todos! ¡Yo con la inmensidad!». Proceso místico que prende
en una singular idea de poema total: sin asunto, sin pausas, solo una sucesión —acaso
soñada como infinita— de lenguaje que eleva y culmina.
El Ciervo nº 740. Marzo de 2013
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